Más panderetas

Lamentable todo el asunto de Marbella, ese saqueo consentido que dejó al Ayuntamiento en cuadro e hizo cambiar de bando a la parroquia, de manera que los mismos que paseaban a hombros a Gil vitoreándolo, se revuelven hoy como una chusma insaciable ante el olor de la sangre. La imagen de Pantoja acosada y medio fuera de sí, abrumada por insultos e improperios, no puede ser calificada más que como la más chusca expresión de un revanchismo populista cruel y veleidoso. Porque son los mismos los que ayer la vitoreaban y quienes que ahora juegan a lincharla. Una lastimosa imagen, ya digo, indigna de un pueblo sano.

Años de plomo

Hiela escuchar a un tal Morcillo el relato de cómo asesinó al médico Brouard (¡enhorabuena a Antonio Rubio y al Máster de Investigación de El Mundo!). Dice el sicario: “Cuando salió de su consulta le pegué dos tiros y lo rematé en el suelo”. Así de frío. Y sigue: “Yo fui el ejecutor pero se me mandó hacerlo, me obligaron, me forzaron, fue Rafael Masa, mi compadre. Me dijo que si no lo hacíamos su jefe lo echaba. Su jefe era seguramente Julián Sancristóbal”. (Nota bene: Masa era un teniente coronel de la Guardia Civil luego condenado por narcotráfico; Sancristóbal, era el director de la Seguridad (¿) del Estado). El crimen de Estado reducido a su elemental ferocidad mercenaria: “Me dieron 7’5 millones de pesetas y de esa cantidad tuve que darle 2’5 a López Ocaña”. Así de fácil, así de sencillamente actuaba el GAL mientras González y Rubalcaba, su portavoz, atribuían los hechos a la imaginación de Pedro Jota, tan poco llegó a valer una vida humana en mano de aquellos bandidos con placa y permiso para matar. Dos tiros, el de gracia y a otra cosa. “Por lo que más quieras, Luis (Gordillo), hazlo de una puta vez porque me van a echar del Ministerio” le habría dicho Masa”, pero él dice ahora “Yo sólo (¡) apreté el gatillo; lo demás lo hicieron otros”. ¡Y tanto! El terrorismo de Estado, en aquella época, concernía a la burocracia y poco más: se mataba, se raptaba y, ya de paso, se repartía el “fondo de reptiles”. No hubo aquí una Thatcher que los pusiera encima del ambón y dijera a los parlamentarios “Yo disparé”. Pero incluso hubo un juez que vetó la comparecencia como testigo del Presidente argumentado el estigma que lo marcaría. Igual que en la gusanera italiana, aquí tampoco pagaron los grandes responsables. Sólo a los matarifes les queda un hilo de voz, casi inaudible, para contar la verdad estremecedora. Los criminales del GAL se fueron de rositas, muchos de ellos, forrados.

Lo que no quita que ande por ahí más de uno dando lecciones a la democracia o quejoso como una víctima. ¡Ha pasado tanto tiempo! Pero sin duda ésa fue la página negra de esta democracia averiada, el crac moral de cierta autodenominada izquierda y, lo peor de todo, el fracaso de una moral pública que apoyó a los sicarios por puro revanchismo. Nunca nos hemos recuperado del todo de ese atentado supino. No hay más que oír al asesino: “Yo sólo apreté el gatillo, lo demás lo hicieron otros”. No me determino a decidir quién fue más canalla.

Extraña derecha

Falta coraje. A esta oposición andaluza, como al Gobierno de la nación, les falta determinación ante los disparates que promueve un PSOE sovietizado por su alianza con IU, que no duda en liquidar al derecho constitucional a la propiedad y, en un gesto para la galería que busca de paso tapar la infamia de los ERE, expropiar las viviendas a sus legítimos dueños. En Madrid, la derecha ha sacado su parque inmobiliario y lo ha puesto a disposición de los desahuciados. Aquí se propone la confiscación demagógica y lo más que hace el PP es quejarse. ¡Todo el poder para el soviet! Griñán, con tal de mantenerse en pie, parece dispuesto a retroceder a donde haga falta.

Guantánamo

Hay cosas en política cuya demora tiene, en última instancia, su lógica. No siempre, sin embargo, dejar que se pudra el problema es la solución y nunca debería serlo cuando andan por medio la vida y los derechos humanos. El presidente Obama, por ejemplo, que llegó anunciando el fin de la atrocidad de Guantánamo –una prisión “exenta” para la reclusión indefinida al margen de los jueces—no ha movido un dedo una vez instalado en el Despacho Oval y los día pasan como pasan los años sobre unos presos dudosísimos que en su día sirvieron de parche a la herida del 11-S, pero que hace mucho tiempo que constituyen un verdadero escarnio para la “primera democracia del mundo”. Cualquiera reconoce a esos desdichados, son sus capuchas y sus monos color butano, encadenados de pies y manos que deambulan como zombies por el recinto secreto o gimen sin esperanza en sus celdas. Nueve de ellos han fallecido, siete han sido condenados y seis más acaban de ser remitidos a los tribunales militares, y ello a pesar de que en más de una ocasión la judicatura americana se ha pronunciado contra estos modos por completo ajenos al derecho. Sin olvidar a los ochenta y seis que han debido ser puestos en libertad al cabo del tiempo por falta de pruebas. Obama mantiene una ergástula desoyendo a Amnesty International, Human Rights o Cruz Roja, y en espera de que cualquier día otro Artur London demuestre que en todas partes cuecen habas. Ya son veinticinco las organizaciones defensoras de los derechos humanos que se han enfrentado a esta política de hecho consumados pero Obama ha permanecido insensible, mientras las manifestaciones proliferan reclamando el fin de la detención indefinida. Se comprende que Obama tenga poca fuerza moral cuando exige a países como China las mismas elementales garantías que él niega en su país.

Guantánamo es un escándalo sin paliativos que sólo se explica por la capacidad de autotolerancia que tienen incluso las democracias más puntillosas. No tienen más que ver la indiferencia con que tanto Obama como la Opinión contemplan como autistas la huelga de hambre de esos reclusos que alcanza ya el tercer mes sin haber conseguido la más mínima respuesta por parte de la Administración, aunque en ciertos casos se ha recurrido a la alimentación forzada. Un desafuero incomprensible, un crimen sin paliativos, el mantenimiento de esa prisión frente a la que Obama rasgaba sus vestiduras cuando el presidente era Bush.

Buen rollito

Los últimos informes sobre Educación prueban que vamos mal, muy mal, sencillamente, que nuestro sistema educativo no funciona como debiera y estamos abonados a la cola mientras a la Junta lo único que se le ocurre es “facilitar” el “pase” de los malos alumnos lo mismo proponiendo a los profesores el despropósitos de pagarles un suplemento si suspenden menos, que, finalmente, cortando por lo sano, desde la Delegación, las decisiones del profesorado. La Asociación de Profesores de Instituto de Andalucía (APIA) acaba de denunciar al delegado de la consejería en Sevilla por aprobar a un alumno al que en su centro de Bormujos los profesores habían suspendido ¡en cinco asignaturas! Si la batalla por la educación no está del todo perdida, está a punto de perderse.

Muertos dudosos

Está reciente la exhumación de Yaser Arafat a instancias de su viuda que sospecha que el Rais no murió de muerte natural sino envenenado con polonio radiactivo por sus enemigos, circunstancia de, de comprobarse, abriría el camino a una acción en el Tribunal Penal Internacional. Ahora le toca el turno a Pablo Neruda, también desenterrado a instancias del PCC y de un círculo familiar que siempre sospechó de la mano milica. En Chile hay ya un precedente temeroso y es el del expresidente Eduardo Frei cuyo cadáver proporcionó, en 2009, las pruebas de un envenenamiento indudable, y ahora la sospecha se cierne sobre el régimen de Pinochet considerado como el presunto autor del asesinato del poeta. No es bueno dejar en el aire leyendas de este tipo, como ocurrió con la muerte del papa Juan Pablo I cuando la mayoría de los cardenales se negaron en banda a que le fuera practicada la autopsia, dejando en suspenso la duda de muchos, pero tampoco parece razonable esta creciente moda de las exhumaciones –con Neruda han sido desenterrados otros12 cuerpos—que eleva exponencialmente la desconfianza hacia un mundo político que cobra con ellos aspectos siniestros. Los cabellos de Napoleón han demostrado, al parecer, que su muerte en Santa Elena no se debió al famoso cáncer de estómago sino a la ingesta de cianuro, se dice que administrado, a saber por quién, en dosis crecientes depositadas en las libaciones diarias del Emperador, aunque a nadie se la haya ocurrido, por el momento, abrir el túmulo de la cripta de los Inválidos que conserva sus restos. La radical desconfianza en la política provoca que no los dejen descansar ni en el sepulcro.

Nunca se determinó con certeza la causa de la muerte de Alejandro, que Arriano atribuye nada menos que a la larga mano de Aristóteles, Curcio a una maniobra sucesoria y otros a la supuesta perfidia de su esposa Roxana, celosa ante sus constantes infidelidades, aunque siempre –incluso hoy día en alguna prestigiosa revista médica, la Emergin Infectious Diseases, que pretende atribuirla a cierto virus—sin traspasar la raya de lo meramente conjetural. ¿Cómo probar que fue el tío el que mató al padre de Hamlet vertiendo la ponzoña en su oído? Demasiadas muertes de próceres cuestionadas, pocas, muy pocas, demostradas al fin. Yo no hubiera interrumpido el sueño de Neruda en su idílico paraíso de Isla Negra al que volverá, sin duda, sin que se apague la lumbre de la sospecha, esa pavesa del dolor.