Dinero y patria

No acabo de entender bien la marimorena que se han organizado al saberse que un motero famoso ha fijado su residencia en Andorra para pagar menos impuestos. Se rasgan las vestiduras, se multiplican los recordatorios de antecedentes sacando a la luz nombres e imágenes de otros famosos que se declararon andorranos con tal de evitar la exacción de un Estado realmente insaciable, aunque no he visto ninguna alusión al caso aquel en el que las fotos delataron la visita de todo un ministro de Interior y de su Secretario de Estado a un banco del paraíso vecino. ¿De qué se extraña el personal –me pregunto—en un país donde la trampa es la norma y cuyos dirigentes más conspicuos –incluyendo a alguno con categoría de jefe de Estado y que a punto estuvo de gobernarnos—andan enredados en la mayor malversación de nuestra Historia? Desde que Cicerón sentenció aquello de “ubi bene ibi patria”, luego vulgarizado como “el dinero no tiene patria”, sabemos que los límites del patriotismo caben en la faltriquera, así como desde que en España la democracia está permitiendo sacar secretos a la luz del día tenemos la evidencia de que aquí, quien no tiene pasta oculta en algún paraíso, no es nadie. ¿No es lógico que ese centauro busque refugio en un paisito de conveniencia en el que pagará quince veces menos que en esta patria voraz, teniendo en cuenta el ejemplo perverso que diariamente le ofrecen los más altos responsables de la patria? En absoluto defiendo la trampa del motero pero en un Estado que ha renunciado hace tiempo a destapar la olla podrida de la defraudación no puede sorprender, en conciencia, la avaricia de un joven triunfador.

El único argumento público que condenaría a los defraudadores sería el dictado por una mano implacable que forzara la evidencia de que en este país ya no manga “del rey abajo, ninguno”, es decir, todo lo contrario de lo que llevamos años comprobando cada mañana en el periódico. Lo del patriotismo es una pamema en este puerto de Arrebatacapas en el que hasta los ultracríticos y revolucionarios cobran en dinero negro o logran trabajos bien remunerados en los que luego, una vez cobrados, no dan palo al agua, y más en esta sociedad desmoralizada en la que los de arriba llaman “ingeniería” al trampantojo. Ese arrapiezo derrapando en las curvas para que la bandera tremole emotivamente no es la causa sino el efecto de nuestra secular condición defraudatoria. Uno más que debería ir a la trena pero, eso, solamente uno más.

Lo dice el socio

Hace más de un decenio que algunos, frente al enfado de muchos, nos venimos refiriendo a la autonomía andaluza como un “régimen”. Bien, pues ahora es el socio de Gobierno del PSOE, esto es, IU, la que por boca de sus máximos dirigentes le han explicado a unos estudiantes onubenses que, en efecto, de un “régimen” se trata y que la minoría del PSOE a la que ellos sostienen “ha agredido a la mayoría social de los andaluces con medidas a favor de intereses oligárquicos”. ¿Entonces por qué sostienen en el poder a quien Valderas definía hasta el día antes como “gobiernillo de corruptos”? Como en su día el PA, IU es la responsable de los males de ese “régimen” que ahora denuncian como si los acabaran de descubrir.

Locos por matar

Fue en 1995. Scott Panetti, un reo que había matado a sus suegros tres años antes, apareció ante el tribunal tejano vestido de cow-boy, exigió ejercer la defensa propia y citó como testigos a Kennedy, a Jesús de Nazaret y al papa entonces felizmente reinante. El hombre había sido diagnosticado formalmente como esquizofrénico pero ello ni disuadió ni al jurado ni al juez a la hora de dictar una sentencia de muerte que hasta el miércoles por la mañana no fue suspendida “in extremis” por un tribunal federal. Lo que está ocurriendo en Estados Unidos a este respecto es tan tremendo como indica el hecho de que, según los estudiosos del tema, la mitad de los últimos reos ajusticiados habían sido declarados previamente enfermos mentales severos o mostraban elocuentes signos de serlo, un hallazgo que no ha logrado disuadir a más del cuarenta por ciento de los ciudadanos encuestados de su empeño justiciero. Ni siquiera la prohibición dictada por el Tribunal Supremo del país en el año 86, que prohibía expresamente la ejecución de “insanes” (locos en general), ha logrado detener esta barbarie al haber resignado el Alto Tribunal en los jueces locales la facultad de declarar al reo capaz o incapaz de distinguir racionalmente entre el bien y el mal, es decir, de comprender la índole última de sus actos. En Texas, desde luego, tanto los tribunales como los jurados no están por la labor de hilar fino en la mente de los acusados. El que la hizo que la pague y a otra cosa.
A través del Death Penalty Information Center hemos sabido que, en opinión de los expertos, quince de cada cien alojados en el “corredor de la muerte” están, probablemente, más para allá que para acá, y por medio del Dallas Morning News, conocemos la opinión reflejada en el voto particular de uno de los jueces que han intervenido en el caso de Panetti –¡republicano, por más señas!– según la cual estas ejecuciones de anormales vulneran brutalmente la Constitución americana y ponen en cuestión la razón jurídica de la propia pena de muerte. Y es que en esa extraña democracia capaz de asumir su condición de gendarme universal, no es infrecuente la ejecución de dementes o menores de edad, por no hablar de la elocuente estadística penal en la que los reos negros sobrepasan de manera escandalosa a los blancos. ¡Un pirado vestido de vaquero y citando en su defensa al propio Cristo! Hacen falta más razones para bajar del cadalso a un reo en el país de la Libertad.

Las cosas de comer

Otra vez este título vergonzante, que se ha convertido en “ultima ratio” de todos los apurados: “¡A mí no me va a dar nadie lecciones contra la corrupción!” claman desde todos los partidos a pesar del peso de las evidencias. Y todo sigue su apacible curso por los senderos que se entrecruzan ante los ojos atónitos del ciudadano contribuyente. IU denuncia la corrupción del PSOE y hasta lo amenaza con llevarlo “ante la juez Alaya” pero… manteniendo el “pacto de progreso” y, ya de paso, metiendo la mano cuando se tercia. Denunciar la corrupción no es siquiera asignatura optativa cuando se trata, como Chaves advirtiera, de las “cosas de comer”.

Inventar la demanda

Creo que fue el banquero Escámez –aquella lumbrera que rompió de botones y llegó a presidir la banca y financiar Filesa—quien dijo aquello de que, “en caso de apuro (vale decir de “crisis”), la demanda se inventa”, que viene a ser una versión focalizada de la ley general de Say que aseguraba, simple y llanamente, que “la oferta crea su propia demanda”: llega el buhonero al pueblo y hasta los que no son calvos se arremolinan ante su carreta para comprarle el crecepelo, que ésa es, precisamente, la “ultima ratio” del Mercado y el nervio de su Mano Invisible. La lonja funciona a golpe de moda y las modas van llegando impuntuales, desde los Estados Unidos más que nada, dispuestas a desequilibrar los presupuestos familiares a cambio de baratijas, y si no ahí tienen el rastrillo de Halloween al que sigue –pues “todos los santos tienen octava”—este nuevo “Black Friday” que tras, la pavada de Acción de Gracias, atrae a las masas para ensayar el “potlach” navideño. Dicen que este año se han vendido ese día en aquel gran país 171.000 armas de fuego, rebajadas a tope, incluyendo pistolas, fusiles de asalto y metralletas con su correspondiente munición, y al amparo de ese derecho constitucional que se considera, hoy como en tiempos del Far West, la mejor garantía de la libertad individual. Nada tan maleable ni tan simple como una demanda que logró dar el pelotazo diciendo aquello de “hoy te quiero más que ayer pero menos que mañana”.

Eso sí, el Mercado es caprichoso y no tolera iniciativas ni intromisiones. Recuerden a ZP diciendo a los españoles perplejos en el umbral de la crisis aquello de “!Hala, a consumir!”, como si la demanda fuera en verdad autónoma, voluntaria, y no –como creo que es, al menos en gran medida–, un reflejo provocado y gregario. Los clásicos tenían un solo y mismo dios para los mercaderes y para los ladrones, el gran Hermes (Mercurio), el mensajero alado hijo del propio Zeus, patrón también de los quimeristas y mentirosos en general, con lo que demostraban su conocimiento profundo del comportamiento humano y, ya de paso, su concepción del Mercado como trampa imprescindible para la convivencia. La oferta es astutamente tiránica y tan sabia como para metamorfosearse tres o cuatro veces cada año en sirena irresistible para el ingenuo navegante. Me dicen que este año alguna gran superficie contratará para Navidad el doble de temporeros. Si eso llega a resultar cierto es que Rajoy anda diciendo la verdad.

Ruido de togas

Va tomando cuerpo en los sectores más sensibles de la opinión pública, la sensación de que el poder judicial anda encabritado desde hace algún tiempo y como dispuesto a no seguir pagando el pato político de la proverbial impunidad de los ciudadanos notables. Acabamos de ver entrar en la trena a Isabel Pantoja, hay que admitir que un poco cogida por los pelos de una sentencia deliberadamente ambigua, al más alto responsable del PP castellonense, Carlos Fabra, y más pronto que tarde vamos a ver volver a él al ex ministro y expresidente balear Jaume Matas para reunirse con los “malayos” y el tesorero del PP, Luis Bárcenas, el presidente de la patronal Díaz Ferrán o el expresidente de Caja Madrid Miguel Blesa. Nunca en España habían estado imputados al mismo tiempo, una infanta, dos presidente de autonomía (y de partido), siete consejeros, multitud de alcaldes y concejales y hasta clérigos distinguidos, lo que sugiere que los ropones no están dispuestos a seguir haciendo de parachoques a los políticos y han decidido, no sabemos aún en qué medida, tirar de la manta. En poco tiempo, ya lo verán, serán muchos de los nombrados y otros que me dejé en el tintero, quienes aparecerán en el telediario en la consabida y tantas veces injusta imagen del “paseíllo” camino del Juzgado o de la trena, por lo que va careciendo de razón la consabida queja por la impunidad de los importantes, lo que, naturalmente, no quiere decir, que, ni aún entonces, la imprescindible catarsis que este muladar necesita resulte suficiente. Todo lo que no sea imponer la obligación de reintegrar lo malversado como condición de la libertad no bastará a liquidar nuestra vieja experiencia de la impunidad de los de arriba.

Lo que no sé es si los jueces aguantarán el pulso el tiempo necesario para convencer a una opinión tan largamente decepcionada al menios en tanto no logren la separación constitucional de los poderes del Estado simplemente para que cada palo aguante su vela. Porque, por desgracia, ya no queda más expediente útil que esa exhibición de la “auctoritas” independiente de la “potestas”, resumida en aquella triste aunque ejemplar imagen de los condenados hasta ahora intocables. Los ropones no parecen dispuestos a seguir pagando los platos rotos en otros ámbitos influyentes de la vida pública. Entender algo tan elemental, incluso como hipótesis, nos ha costado la friolera de tres desmoralizadores decenios.