Cielo encapotado

Desde que los ropones han roto el juguete de la impunidad con sus duras peticiones de pena a los implicados en la Gürtel, la jindama crece a ojos vista en el ámbito de los pendientes de los ERE que, encima, ven medrosos que se adelanten las autonómicas quedando ellos en la calle y sin fuero. Me consta que hay jueces y fiscales contentos de que así sea, hartos ya de tanto escepticismo popular y del tópico de que aquí no van a la cárcel más que los robagallinas. Cielo encapotado, pues, aunque tengo la convicción de que la mangancia no ha de acabarse ni por ésas. Es difícil detener el carro que rueda cuesta abajo. Y tan cuesta abajo va el nuestro que hasta los robespierres de Podemos se han aprendido ya el rito de la cucharada y paso atrás.

El otro terrorismo

Desde que ETA funciona institucionalmente va extendiéndose el equívoco de que ha estallado la paz. Y no hay tal, en cierto sentido, puesto que el llamado proyecto abertzale continúa con su hoja de ruta con la diferencia de que ahora a costa del presupuesto español en lugar de financiarse del bandidaje. ETA está ahí, no podemos olvidarlo, por más débil que pueda ser en este momento su alcance “militar”, como lo demuestran los hechos recientes. Uno de ellos, la oposición de Bildu en el Parlamento vasco a la aprobación de un texto de protesta y apoyo a las víctimas de París. Otro, no menos significativo, la detención por parte de la Guardia Civil de los abogados de ETA a los que no sólo acusa del delito de pertenencia a banda armada sino de simples defraudadores fiscales –aquí ya hasta los terroristas defraudan a Hacienda—que se encargaban, entre otras cosas, de controlar el colectivo de presos vascos para mantenerlos firmes en la disciplina de la banda. Y en fin, las palabras de un máximo responsable de Sortu y parlamentario de Bildu concluyendo para uso de su parroquia un tremendo objetivo –“Hay que dar jaque mate a la Guardia Civil”—que si en boca de cualquiera es un disparate, en la de terrorista asociado es claramente una amenaza, por no hablar de los infames homenajes a Bolinaga. ¿Ven cómo ETA está ahí, travestida pero idéntica, nunca desarmada e imprevisible, pero todavía luciendo en el rostro las señales del pasamontañas?
Nos costará entender en el futuro las debilidades partidistas que hicieron posible la reconversión de la banda abiertamente criminal en un entramado de instituciones con cabida en el modelo político constitucional, la cobardía de algunos y el oportunismo de muchos, por no hablar de los “ultracorrectos” para los que un bandido nada más disparar su trabuco se transforma social y jurídicamente en algo sacro mientras sus víctimas van al hoyo. Y si no, a ver cómo interpretan ese “jaque-mate” que dice el etarra de guante blanco que habría que darle a la Guardia Civil, esa despreciable semántica común a todos los terrorismos –Corcuera habló alguna vez de “dar matarile”, Queipo de “dar café”…—pero que hoy, por desgracia, se recoge legítimamente en los diarios parlamentarios. Por lo demás, ¿alguna vez se manifestó Europa contra nuestras tragedias como lo ha hecho España ante la matanza de París? ¡Nunca! Ya estamos viendo, sin embargo, cómo se las gastan por ahí fuera con los matarifes.

IU, de rodillas

IU se ha bajado de hinojos en cuanto la Presidenta Díaz ha mentado la bicha de la convocatoria de elecciones. ¡Se acabó la bicoca! Pero en lugar de alzar la cabeza y exigir que, antes de cerrar el chiringuito, se depuren responsabilidades –por ejemplo, del saqueo de los fondos de Formación—la coalición , por boca de Valderas, ha pronunciado una frase memorable; “Permitidme que no hable de eso”. Junto a él, el portavoz del Gobierno esquivaba la cuestión del saqueo de repitiendo ese mantra inocuo que ha hecho fortuna: “El que tenga que pagar, que lo pague”. Gran razón llevaba Chaves aquella vez que dijo que “con las cosas de comer no su juega”.

El negocio sanitario

Es vieja la acusación de rapacidad contra médicos y farmacéuticos. En algún Evangelio aparece una mujer arruinada por su enfermedad y en el refranero abundan los reproches a unas profesiones que han solido considerarse abusivas. No hay crítico que no haya arremetido una o cien veces contra la farmaindustria, esa pieza clave del progreso médico reconvertida en negocio –no siempre limpio—por los mercaderes de turno. Lo que está ocurriendo con la vacuna de la hepatitis C, disponible hoy a un precio prohibitivo, mantiene en pie de guerra no sólo a los enfermos de ese mal –unos 150 millones en el mundo, 900.000 en España, que saben que morirán si no tienen acceso a la vacuna recientemente descubierta y hoy por hoy inaccesible a la inmensa mayoría por su elevado precio– sino por colectivos de médicos sensibles que no ven razón posible para mantenerlo. Recuerden cómo se desplomó el precio del Omeprazol, ese protector de estómago hoy generalizado, que empezó costando una fortuna, y tengan en cuenta que la vacunación infantil que se considera indispensable ha pasado en catorce años, según avisa Médicos Sin Fronteras, a multiplicar su precio por catorce. Suele alegarse que la investigación es cara y sus resultados irregulares, lo que justificaría el resarcimiento de los productores de fármacos en un mercado prácticamente libre. Ya, ¿y entonces qué hacer, aguardar a que se forren un puñado de magnates –mientras mueren miles de enfermos—o intervenir en ese sector rompiendo el escrupuloso dogma liberal y haciéndose cargo el Estado, parcialmente, de esos riesgos pero también de sus eventuales beneficios? Pregúntenle a un afectado, incluso si se trata de un liberal cerrado, y verán lo que les contesta.

No es fácil resolver el problema del coste final del fármaco investigado, pero lo que resulta obvio es que los 150 millones de infectados que hay en el mundo o los 900.000 que malviven en España, no pueden pagar lo que en USA se conoce como “el fármaco de los mil euros” porque esa cantidad aproximada cuesta la dosis (en España sólo 735 euros) que habrá de administrarse entre doce y veinticuatro días. Los Estados deben exigir una solución a ese laboratorio habida cuenta del carácter mortal de la enfermedad en cuestión y de la eficacia probada del medicamento. Negociando o interviniendo si llega el caso. No puede haber una sola razón para mantener el beneficio industrial, por justificado que pueda estar, por encima de la vida.

Locos o tontos

Ya hay pintadas yihadistas (¿?) en Andalucía. En Jerez, por ejemplo, o en Lepe, donde el propio lenguaje alerta sobre la posibilidad de la broma oportunista y pesada. Andalucía no corre más riesgo que el resto de Europa y será preciso dilucidar estas gamberradas, vengan de donde vengan, para evitar la posible alarma social. A las propias comunidades islámicas conviene aclarar el disparate, denunciando, por la cuenta que les tiene, a cualquier radical sospechoso o a quien quiera que aproveche la ocasión para inquietar la paz. Me consta que la Delegación del Gobierno sabe lo que hace. Que lo sepan los agitadores, reales o imaginarios, lo dudo.

Leer en corro

Parece que vuelve a la actualidad la idea decimonónica –principalmente obrera y religiosa—de fomentar la lectura por medio de los llamados “clubs”. La mismísima RAE inauguró el año recién pasado uno de ellos en el que pretende ofrecer al público de lengua española un escogido programa literario y, desde luego, es cada día más frecuente toparse con uno de esos centros abiertos al público, sobre todo en capitales de provincia. En mi misma casa estamos cumpliendo rigurosamente con la liturgia de releer el Quijote –edición de Rodríguez Marín, háganme caso—a razón de uno o dos capítulos al día con motivo de celebrarse este año el cuarto centenario de la aparición de la Segunda Parte de libro inmortal y tengo noticias, más de una, que me permiten albergar cierto optimismo sobre la atención al tema en las escuelas e institutos. En el XIX funcionaron con gran diligencia los círculos de lectura que, como digo, unas veces servían a la propaganda del movimiento obrero en marcha y otras a la causa católica, pero esa tradición acabó con los años como acabó el folletín por entregas cuando la radio y luego la tele impusieron la novela retransmitida. Y ahora ha sido un joven lince, el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, el que en tres días ha demostrado el “sorpasso” cultural radicalísimo que supone para la vida cultural la experiencia cibernética. ¿Cómo? Pues sólo proponiendo la lectura de un libro compartida en una página de su invento y citar, para empezar el cuento, la obra de Moisés Naim “El fin del poder”, una novedad que ha sido barrida hasta agotarse en todas las distribuidoras del planeta. No hay como la novedad para enganchar a la gente en un proyecto nunca cumplido.
Es como pasar de aquellos polvorientos clubs del bisabuelo a la dimensión impoluta de la lectura informática en la que nuestros nietos tal vez descubran, como nosotros un día ya lejano, las aventuras de Conrad o Melville, siempre mucho más sugestivas que sus videojuegos. Pero eso no lo va a lograr la diligencia de los poderes públicos sino la iniciativa de un aventurero exitoso que quién sabe si busca acrecentar su negocio o expiar cierta mala conciencia de milloneti ignaro. Veremos lo que da de sí la oferta del joven magnate y cuál es el efecto cultural que produce en la legión de lectores invisibles que, miren por dónde, hasta puede que acaben prestando a sus “tabletas” la atención que le fue negada durante siglos al libro de Gutenberg.