Extraño socio

El nuevo lucero refulgente de IU, Alberto Garzón, ha asegurado que la presidenta Díaz está inquieta gobernando apoyada en una coalición de izquierda y que por eso mismo podría, llegado el caso, pactar con el PP. Y ya de paso ha subrayado que el PSOE andaluz navega con el lastre “de todos los casos de corrupción que están por determinar”, mientras que justifica la colaboración de IU con ese estado de cosas con el argumento de que, si apoya a Díaz, es “para cumplir un programa (¿) y hacer cosas que no se harían si no estuviéramos en el gobierno”. Como Churchill, el neocomunismo “se aliaría con el diablo” con tal de alcanzar el poder. Esperen y verán.

Todos a una

Los empresarios españoles han pedido públicamente a las dos grandes fuerzas políticas, los democristianos del PP y los socialdemócratas del PSOE, que aparquen sus diferencias y traten de encontrar una fórmula unitaria que les permita intentar juntos la salvación de esta nave a la deriva. Es obvio que el dinero ha detectado el riesgo de la crecida antisistema y no ha tenido mejor ocurrencia que acordarse de Alemania, por ejemplo, donde al menos en tres ocasiones ha gobernado ya una “Grosse Koalition” en un plazo que no llega a los cuarenta años, o quizá de la propia Francia inventora de la “cohabitation” entre una cabeza roja de la República y un gestor del Gobierno de signo contrario. ¡Sería estupendo, por supuesto, siquiera como un gesto de flexibilidad racional, un pacto de ese tipo, hoy por hoy –me pare e a mí—poco probable entre nosotros! ¿Por qué? Pues porque, por una parte, nuestros partidos no han superado la enemistad guerracivilista sino que siguen anclados en el binomio maniqueo que alcanzó el paroxismo en el llamado “pacto del Tinell”, aquel cuyo discurso se agotaba en el “todos contra el PP” y caiga el que caiga. Ah, pero de otro lado –hay que decirlo todo—nuestras fuerzas económicas no están hoy por encima de nuestros partidos sino que comparten con ellos y con los sindicatos una y la misma situación ética precaria: hay en este momento un presidente de la patronal en la cárcel, otro con un pie dentro y otro fuera de ella y un tercero imputado, un balance pésimo a la hora de exigir o siquiera de sugerir a los políticos el camino a seguir.
La catarsis que necesita España no puede reducirse a un cambalache de gobierno, exige más bien un hondo ejercicio de depuración para el que, desde luego, no son los partidos, pero tampoco las organizaciones patronales o los sindicatos, los llamados a tirar la primera piedra, como no puede serlo una banca que anda sumida en el peor desprestigio imaginable incluso después de haber sido la causante, en buena medida, de la crisis que vivimos y rescatada con el dinero de todos los ciudadanos. España no es Alemania, ni siquiera es la Portugal donde alguna vez se intentó el cambalache de marras, sino un país empeñado en derrotarse a sí mismo por mano de sus dirigentes. Quedan lejos los momentos de la Transición pero no se olvide que tampoco en ellos se logró evitar la división a ultranza. Nuestro dinero bastante tiene con limpiarse a sí mismo antes de meterse a consejero de príncipes.

Más que un ridículo

Lo del empeño de los fosores en hallar la sepultura de Federico García Lorca –que ni siquiera interesa ya a la familia del poeta asesinado– supera ya el ridículo para convertirse en un auténtico disparate. El otro día se trataba, por lo visto, de ampliar la zona excavada, ya que, como en la ocasión anterior, los buscadores no daban con el pozo buscado, pero ahora se trata de plantear dos nuevos estudios, uno de georradar y otro de fotografía, a partir de los cuales empezar a plantear nuevos microsondeos geológicos. Y dale que te pego, mientras pagamos entre todos el emperre de esos memoriosos –o más bien de esos obsesos—que se entretienen a costa del contribuyente. Gibson no sabía la que estaba organizando cuando, hace demasiado tiempo ya, empezó a remover la memoria.

El votante de izquierda

Uno escribió un libro sobre la polaridad derecha-izquierda hace ya unas décadas, cuando aún se cría que era posible distinguir entre el pensamiento de izquierdas y la actitud de la derechas guiándose por la polar que siempre fue el concepto de utopía. Hoy está de moda, ya lo sé, negar esa polaridad clásica, y aunque algunos nos resistamos a aceptar tamaña anulación de sentido, preciso es reconocer los perfiles casi indiscernibles de los conservadores frente a los llamados “revolucionarios” desde que el Sistema liberal-capitalista ganó la batalla a lomos de la crisis y trazó sobre unos y otros un rasero común: adiós a Marx y bienvenido Smith, vaya con Dios incluso Popper y alfombra roja para el manchesteriano. ¿A quién votar desde la izquierda si la izquierda no se diferencia ya apenas de la derecha, es más, cuando está probado que, llegado el caso, izquierda y derecha, con no poco buen criterio, están conformes en ceder ambas en el marco de una “Grosse Koalition” y una vez asumido que ni una ni otra han sido capaces de controlar sus propias corrupciones? ¿Cómo extrañarse de que Podemos haya desinflado, visto y no visto, el globo de IU y, de paso, haya recogido su cosecha en el alfoz social-demócrata? Pues porque la Izquierda se ha desvanecido como el fantasma paterno de Hamlet dejando a merced de esos “nuevos bárbaros” (salida de la OTAN, impago de la deuda, salario máximo y demás) siquiera la sugestiva tentación de la utopía perdida. Estamos hechos de la materia de los sueños, ya saben.

Hoy sabemos ya que izquierda y derecha juntas pueden gobernar como lo está haciendo en Alemania o Extremadura, y sabemos también que, juntas, pueden taparse mutuamente las vergüenzas como lo está haciendo en Andalucía. ¿Qué hacer entonces?”, preguntaría Lenin. No es fácil responder (tampoco lo era en su tiempo), aunque, en el fondo de su alma, la mayoría sabe que cuanto acabo de escribir es el evangelio puro. En Italia, como en Grecia, el socialismo de partido (incluido el gran PCI) anda hace años en almoneda mientras en Francia andan en ello y a punto de conseguirlo, desaparecidos unos en combate, todos los otros en su forcejeo cainita. Bueno, pues cada día temo más que a esta lista pueda añadirse España, con o sin Podemos, corroídos los cimientos conservadores y sus rivales por el ébola sin vacuna de la corrupción. Votar a Podemos puede ser un remedio indigesto, pero quien no puede quejarse de ello es la llamada izquierda de toda la vida.

Sobre dos ruedas

No es ningún secreto que el culto a la bicicleta se ha convertido en un tópico del imaginario comunista. Ayuntamientos como el de Sevilla dedican grandes sumas a la construcción del carril-bici y la Junta, desde la consejería del ramo, unos dos millones de euros para “estudios” sobre tan compleja materia. Puede que esta sea la aportación-estrella de la coalición aliada del PSOE para salir de la crisis que nos ahoga, lo que resulta elocuente a la hora de explicar por dónde va la vera de la Izquierda. La investigación sobre I+D+I puede esperar, lo que urge es la bicicleta. Las rejillas de aparcamiento de las mismas se hacen llamar “infraestructura para la sostenibilidad”, ¿qué les parece?

Justicia blanca

La rebelión provocada en EEUU y Canadá por la absolución del policía blanco que mató el joven negro Michael Brown parece que no va a ser una más sino que podría marcar un punto de inflexión en el pulso racista. La minoría negra es mayoría en las cárceles y, por descontado, en el “corredor de la muerte”, pero también aporta como ninguna otra en el pleito recurrente de las muertes callejeras de personas a manos de la policía. Cientos de manifestaciones se han producido en el mundo al calor de esos incendios que iluminan la temerosa escena de ciudadanos airados enfrentándose a unas expeditivas policías armadas como un ejército, una escena desmoralizadora que ha dado ocasión no sólo a que la ONU considere “desproporcionado” el número de víctimas de la policía americana sino que nada menos que Rusia, un país donde los derechos humanos cuentan poco a la hora de reprimir, se permita denunciar que los Estados Unidos “tienen problemas con los derechos humanos”, es decir, más o menos, lo mismo que Obama recitaba hace poco en Pekín ante la indiferencia de los líderes chinos. En todo caso, lo que está fuera de dudas es que el sistema de jurado en ese país racista de toda la vida garantiza la desigualdad jurídica entre sus poblaciones: ya me dirán qué puede esperarse de un jurado –como el que ha absuelto al policía de Ferguson—compuesto por nueve blancos y sólo tres negros. El Presidente negro, en esto como en tantos otros órdenes, ha resultado no ser más que la guinda del pastel.
La psicología del racismo ha dado de sí perlas incontables. Ernest Renan sostenía que si la muerte de un francés suponía un acontecimiento moral, la un cosaco –ponía él por caso—no pasaba de constituir un simple “hecho fisiológico”: había una máquina que funcionaba y ya no funciona, eso era todo. Y ése es todavía el núcleo de la conciencia blanca, hay que reconocer que no sólo en aquel gran país sino un poco por todas partes. Por políticamente incorrecta hubo de ser suprimida en alguna encuesta oficial –me consta—el enorme porcentaje de ciudadanos que, proclamándose no racistas, excluía sin dudarlo a los gitanos de su ámbito vital. De manera que imaginen cómo funcionará ese mecanismo ideológico en un país inspirado desde siempre en la ilusión de la superioridad “caucasiana”. El pleito de Ferguson, por ejemplo, no pretendía siquiera exculpar al policía homicida sino, simplemente, juzgarlo. Al hombre blanco le ha parecido más seguro declararlo impune.