Huelga de basuras

Como en las huelgas de basuras, la podre se acumula hasta la asfixia castigando más que a nadie, por su proximidad, a los ciudadanos que menos culpa tienen con el conflicto. Se habla de la corrupción andaluza en la taberna y en el Congreso, dentro y fuera de España, y hasta se le pone nombre y cara a los presuntos corruptos ante la muchedumbre televisiva, apuntando a un Poder que –por más que trate de devolver la pelota al rival– no puede defenderse seriamente porque tiene el enemigo dentro. ¡Es que se habla ya de que el mangazo andaluz ronda los ¡3.000 millones de euros, señores! Lo lamentable de este asunto es que no quepa una justicia inmediata que, antes de las elecciones, descubriera a los ciudadanos esta enorme estafa política.

Azar y necesidad

A un “amigo político” de un político madrileño en apuros resulta que se ha descubierto que le ha tocado la lotería ocho veces. Lo mismo le ha ocurrido al ex–presidente de la Diputación de Castellón, Carlos Fabra, al que los jueces le pidieron explicaciones en su día por las siete veces que sus décimos resultaron premiados. Sin salir de Andalucía, han sido varios los políticos agraciados repetidamente por la suerte y hasta tal punto llegó a resultar sospechosa por entonces esa singularidad que cuando por casualidad me tocó a mí mismo –y tengo a mi amigo ciego que confirmará lo que digo—un consejero de la Junta dijo en un corrillo del Parlamento que a saber qué clase de lotería, ¡pobre de mí!, me habría tocado a mí, como dejando entrever no se me alcanza qué tipo de chanchullo que él, evidentemente, conocía a la perfección. El azar ha sido el aliado por antonomasia de la corrupción desde hace mucho, pero me temo que nunca como en estos tiempos del cólera en el que toda una “nueva clase”, como diría Milovan Djilas, va que se mata en busca del fortunón arramblando con todo lo que se le ponga por delante. Aún recuerdo el discreto mohín con que la banquista de turno me preguntó aquella feliz mañana, al entregarle yo mis décimos premiados, “cómo” quería cobrarlos, a lo que yo le contesté, más que nada para distender la situación, que por lo civil y, de ser posible, por la Iglesia.
¿Me creerán si les digo que aquel bendito dinero fue acaso el que, a pesar de mi modestia, menos satisfacción me produjo? Pues créanme aunque sea por aquello que decía el gran Alain cuando nos recomendaba desconfiar de las hadas si éstas se acercaban solícitas a nuestra cuna, porque no hay nada tan inquietante e incluso sospechoso como la potra en el juego. Nunca comprenderé esa dificultad que dicen que existe para determinar por las bravas el patrimonio de un ciudadano y menos aún el hecho de que Hacienda no sepa lo que sabemos todos, a saber, que en muchos bancos (¿en todos?) los billetes premiados se cotizan al alza como el mejor y más acreditado detergente del dinero. No sabía Carlos III a lo que estaba dando pie cuando se trajo de Nápoles su primitiva lotería. Hoy Felipe VI lo sabe, como lo sabía su padre, pero el trapicheo continúa como una palanca esencial de la vida pública y no es cosa de meterse sin ton ni son en ese berengenal. Hasta el amor y la Gracia decía Michelet que eran una lotería. Vivimos irremediablemente atrapados entre el azar y la necesidad.

Delirio post-debate

“¡Vaya campaña que te espera, bonita!”, Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del Gobierno. “Susana Díaz tiene muy poco que aportar”, la misma. “La que se va a preparar es ella el día 22”, Susana Díaz, presidenta de la Junta. “Estoy de cuatro meses y medio”, la misma. “Podemos se posiciona en contra de los intereses de Andalucía”, ídem. “Juanma estuvo de matrícula de honor”, Manuel Andrés González, presidente del PP onubense. “Te comiste a la Presidenta. Eres mi ídolo”, David Toscano, alcalde de Aljaraque. “Quiero que se investigue quien ha filtrado y por qué el expediente escolar de mis hijos”, Juanma Moreno Bonilla, candidato del PP. “Empezamos con la guerra sucia en la campaña y nos tememos que va a ir a más”, el mismo.

La mitad más una

Se ha celebrado en todo el mundo –en fin, o casi—el Día de la Mujer. Un acontecimiento de gran envergadura, apoyado por la inmensa mayoría de los medios y bendecido desde todas las atalayas políticas. La mujer –la mitad más una de la Humanidad, para entendernos—reclama igualdad social e igualdad económica, no está dispuesta a permitir que se la ningunee a la hora de tomar decisiones en su nombre ni a cobrar, en trabajos iguales, bastante menos que los varones. Claro es que no hablamos de la mujer como un género sino de amplios sectores ofendidos por la desigualdad a pesar de pertenecer al mundo democrático, pues fuera de ese planeta civilizado no es que no haya protestas, es que no hay siquiera conciencia de la desigualdad. Pero claro también en que no me refiero sólo a la hembra tercermundista, más o menos esclavizada “a natura”, sino a los sectores femeninos maltratados dentro de nuestro propio ámbito. No hay diferencias salariales entre los sexos en las filas de la Administración, faltaría más, ni en ámbitos similares, pero sí las hay en el vasto mundo del trabajo contratado y parece que va a seguir habiéndolas, según los expertos internacionales, al menos ¡durante 70 años! El por qué, lo ignoro, pero así parece que va a ser, como si fuera tan complicado imponer legalmente la igualdad entre todos los trabajadores, aunque, ahora que lo pienso, tal vez sí lo es, porque aquí mismo, en España, la izquierda que ha gobernado durante más de veinte años, puede que haya parloteado mucho, pero ni lo intentado siquiera.

Suele decirse entre los bienpensantes que lo más positivo para ganar esta batalla sería la presencia de varones en la primera línea de ese frente neolítico, aunque lo cierto sea que, al menos de momento, el androceo no parece muy por la labor de empeñarse en esa lucha, un hecho indudable que explica el sesgo feminista y crecientemente radical que mueve esa marea. No se entiende, en todo caso, qué es lo que puede impedir al Poder establecer por ley algo tan elemental como la igualdad laboral entre los trabajadores de ambos sexos y, desde luego, resulta insultante (o puede que cómico) escuchar eso del plazo de los 70 años necesarios para llevar a cabo el ajuste. Convencido de que Aristófanes hablaba en serio cuando planteaba en sus comedias la revolución de las mujeres, lo que no alcanzo a comprender es por qué, dos milenios y medio más tarde, y con la que ha caído desde entonces, aún nos lo tomamos a broma.

Justicia poética

Me equivoqué ayer en este recuadrillo al sugerir la inconsistencia del debate televisado. Al contrario de lo que suponía, el de ayer, trucado y todo, sirvió para rectificar la imagen bombardeada del candidato “popular”, Moreno Bonilla, y de paso para dejar en evidencia la escasa sustancia del populismo de la señora Presidenta. Maíllo fue, en la práctica, un convidado de piedra preso de su gran contradicción, aunque a mí lo que más me encandiló fue ver a Susana Díaz esgrimir El Mundo como testimonio fidedigno y “ultima ratio” para probar la maldad de su rival. “Justicia poética”, se llama eso, y a muchos les debió divertir tanto como a otros desconcertar.

El mundo en vilo

Si cuando hace cosa de tres lustros las potencias civilizadas hubieran impedido o, cuando menos, castigado, la voladura de los Budas de Bamiyán por parte de los talibanes afganos, es más que posible que las escenas apocalípticas de “limpieza cultural” que estamos viendo cada día realizar en Irak –la cuna de la civilización humana—por parte del denominado Califato jihadista, no hubieran tenido lugar. El saqueo y destrucción del museo de Mosul no es el primero que se perpetra en la zona, pues ya en las guerras de los Bush fueron expoliados importantes centros culturales que pronto reaparecieron, al parecer, en el mercado negro y hasta en alguna prestigiosa subasta. Pero la posterior destrucción de los restos de Hatra, la ciudad romana y de Nimrod, la capital asiria, demuestra que esta locura que estamos viviendo –destrucción de la arqueología dos veces milenaria y exterminio de nuestra herencia primordial—no son ya arranques casuales de exaltados sin control, sino el efecto de un plan sistemático que pretende borrar el pasado anterior a la tardía presencia islámica en la zona, llevando a cabo esa “limpieza cultural” que el fanatismo iconoclasta cree imprescindible para sus planes de borrar la Historia y abolir la memoria –incluso la visual—del pasado por considerarlo idolátrico y, en consecuencia, contrario a su bárbaro precepto religioso. Ante la pasividad de esa “potencias” a las que me refería antes, no deja de resultar casi cómico que desde la propia ONU se lance contra los excesos de esos majaras del Califato la calificación de “crimen de guerra”.

Comenta alguien la triste paradoja que supone que las escenas vandálicas que hemos visto estos días en Mosul, Hatra o Nimrod puede que hayan irritado más a la opinión que la escalofriante degollina de los cristianos escenificada hace unas semanas o las noticias sobre la crucifixión de niños (también cristianos) conocidas igualmente hace poco. Yo no sabría qué decir a este respecto, pero, ferviente pacifista como soy, no les oculto mi convicción de que la guerra que finalmente será inevitable hacer a ese “califato” –más allá de los evidentes riesgos “regionales” que implica—tal vez convendría decidirla antes que después. Porque después de todo nunca, ni siquiera en las fases extremas de la Guerra Fría, estuvo esto que llamamos Occidente tan amenazado como ahora. La inolvidable imagen de las Torres Gemelas o la carnicería de Atocha no han bastado, por lo visto, para abrirnos los ojos.