Cuentas de Taifas

Alguien ha hecho cuentas para averiguar la diferencia real existente entre lo que un andaluz tributa por recibir una herencia y lo que pagan los demás españoles. Y ha llegado a conclusiones tan estupefacientes como que nuestra obligación es 100 veces mayor que la de un madrileño y 1.000 veces mayor que la de un canario. Para que se hagan una idea, el contable deduce que, por la misma cantidad heredada, aquí hay que pagar 164.000 euros y en Tenerife, un poner, nada más que 134. La presidenta Díaz propone corregir al alza en lugar de hacerlo a la baja, y endosarle el marrón a los españolitos de las demás comunidades. Lo que no se les ocurre nunca es ahorrar, no dilapidar. Está visto que lo más fácil es mandarle el publicano al pobre peatón.

La reina desnuda

Otro 28-F con globos y fantoches, autoelogios y miel sobre hojuelas: “Andalucía imparable”. Como si no nos abrumaran las pruebas de nuestro atraso y creciente divergencia con los demás, como si no fuera significativo que la Junta –su Presidenta—haya de dejar en la nevera a dos ex-Presidentes que, sí, cierto que están sub iudice, pero más claro aún que la Junta actual trata de distanciarse de ellos manteniéndolos en el lazareto simbólico de la ausencia. ¡No, no es verdad que vayamos embalados, lo es más que seguimos muy por debajo de nuestras posibilidades mientras el susanato organiza su salto a Madrid! Nuestros 28-F deberían llevar un crespón por nuestra condenada situación y no diluirse en el festolín a la sombra de los Montpensier.

Cómo nos ven

Escucho en la radio nocturna un programa deportivo en el que aparece como figura estelar el señor Lopera. Y me avergüenzo e indigno, porque así como a los otros invitados (ex-presidentes de clubs) se les entrevista con cierta normalidad, a Lopera se le dio el micro para que perorara en su peculiar sub-habla no cabe duda de que como emblema subsidiario de los andaluces. ¡Qué papel tan injustificado y triste le ha tocado a esta región de los Góngora, los Cánovas, los Juan Ramón y los García Lorca, ahora representado –porque es lo más fácil para los “medios”—como Patio de Monipodio y como juerga colectiva! Apagué la radio con tristeza convencido de que nuestra regeneración autonómica, 36 años después, está por estrenar.

Guardar la ropa

La presidenta Díaz ha invitado a la fiesta de los 36 años de autonomía a los ex-Presidentes Escuredo y  Borbolla. De Chaves y de Griñán no ha querido saber nada, por lo visto, aunque entre ambos hayan gobernado esta taifa más que los otros dos. Es una precaución comprensible, ya que el juicio de los dos excluidos es inminente, pero contrasta, ciertamente, con las ambiguas posturas procesales de la Junta. Y permítanme una malicia: doña Susana quiere alejar de sí el fantasmón del gran fraude de los ERE al que, sin embargo, ella, bien mirados los calendarios, quizá no es del todo ajena. La lealtad en política es una virtud por completo prescindible. No tienen más que ver cómo se ningunea a quienes hasta antier fueron los jefes intocables.

La justicia de Juan Palomo

Inconcebible. Ha habido casos anteriores en que magistrados siquiera cuestionables tuvieron en sus manos la suerte de los peatones. Pero lo último que nos quedaba por ver es que la sentencia del “caso” más vituperado y conocido en toda España –el del saqueo de los ERE—acabara siendo dictada de su puño y letra por un juez que anteriormente fue nombrado responsable ¡de Justicia! de la propia Junta por los dos Presidentes que ahora ha de juzgar. Esto es ya demasiado, la negación absoluta de la prudencia judicial y el motivo más fundado para la desconfianza de los ciudadanos. ¿Cómo va a juzgar un magistrado a quien antes lo nombró a él y mantuvo durante años en el machito? Si se perpetra al fin abuso el descrédito de la Justicia será, sin duda, irreparable.

Un sabedor a contracorriente

A mitad de los años 60, el entonces joven profesor de Sociología de la Complutense Carlos Moya puso en mis manos una novela escrita por un autor andaluz con intención de montar algo así como seminario sobre la tremenda crítica al cacicato y a la situación campesina en general que el libro contenía. Del autor, Manuel Barrios, aunque me sonaba, no conocía yo entonces nada pero, en efecto, aquella novela me descubrió a un escritor vigoroso, cuyo trasfondo culto no podía ocultar la deliberada sencillez del texto. Ni que decir tiene –sería muy largo de explicar— que el proyecto no acabó de fraguar aunque sí permitió una notable difusión en aquellos círculos universitarios como pude comunicarle a él en cuanto tuve ocasión de conocerlo, que fue enseguida, abriendo una amistad que duró toda su vida.

A Barrios había que aceptarlo como era, no quedaba otra. Inquieto sin límites, se asomaba al flamenco al tiempo que a la Historia y ejercía un periodismo activo –también en la radio— al tiempo que me consta que se interesaba  por la mirada sociológica que luego marcaría hondamente su obra. Escribió Barrios miles de artículos y más de medio centenar de libros, con una prosa apasionada que delataba su vasto trasfondo libresco y un temperamento cimarrón que, ciertamente, entiendo que fue el principal factor de su agitada vida profesional. Recuerdo bien –porque entonces yo andaba del otro lado de la muga— la vara, no siempre atemperada, que le dio a la “nueva clase” hasta provocar que le cayera encima una de las sentencias más desmesuradas que conozco: la de la inhabilitación y una multa de ¡50 millones! de pesetas que, ni que decir tiene, hubo de pagar este mismo ABC como responsable subsidiario. Manolo se reía de los millones pero bramaba sin comprender contra una inhabilitación que era, de hecho, una mordaza.

¡No había manera de frenarlo en su lucha –sincera, sin duda—contra ciertos molinos de viento entrevistos por él y también contra abusos rotundos de los que se cometían en la vida pública entonces como ahora! Sus saberes folclóricos y su arremolinada erudición le permitieron escribir lo mismo sobre el cante que sobre la Inquisición, el filisteísmo político o la vida menuda, pero siempre con una arrebatada serenidad que lo decía todo sobre su condición de hombre bueno. Lo perdió lo mismo que lo ennoblecía: su pasión. Quizá ello explique el poco tiempo que ha sido menester para eclipsar su memoria.