A la fuerza ahorcan

Parece que, al fin, doña Susana se verá obligada por su “socio para todo”, Ciudadanos (C’s), a renunciar a la absurda singularidad andaluza que supone nuestro carísimo impuesto de sucesiones, pues traga o el socio se vería en un compromiso grave al ser ésta su exigencia más divulgada, viéndose forzado a no apoyar la aprobación de los nuevos Presupuestos. Con retranca de lince viejo, el Director de este diario, dejaba ayer en el aire la posibilidad de que este giro estuviera pactado, pero lo esté o no, ignoro si los “ricos” saldrán perdiendo mucho –como afirma la demagogia juntera— tanto como estoy seguro de que, a estas alturas, un buen montón de andaluces peatonales se habrán arruinado ya. Mejor tarde que nunca, en todo caso, en esta Andalucía Cenicienta.

Que vuelva Salomón

Mañana debería comparecer Juana Rivas –la mediática madre de Maracena que ha protagonizado la actualidad este verano– ante un Juzgado granadino para valorar su posible responsabilidad penal por los presuntos delitos de desobediencia judicial y sustracción de menores, pero ya tenemos por ahí otro “caso”, el de una madre de Archidona que, al parecer, ha hecho lo propio: desaparecer con su prole ignorando a la Justicia, única instancia legítima a la hora de resolver contenciosos entre los ciudadanos. ¿Ven como no hay atajos secretos ni salidas particulares? Sin despreciar en absoluto la ansiedad parental ni las circunstancias personales, urge que esa Justicia unifique criterios y que estos sean lo más alejados posible de las ideologías. Los hijos no pueden convertirse en arma de los cónyuges ni en víctimas inocentes en manos de nadie.

Informe para ciegos

No creo exagerar si digo que Ernesto Sábato es uno de los personajes más fascinantes que he tenido el privilegio de conocer y tratar. Ya avanzado los años 70 recibí su aviso desde Santos Lugares citándome en un hotel madrileño cercano a la Ciudad Universitaria. Acudí y allí estaba él, con su seriedad solemne y su oralidad torrencial, junto a su mujer, Matilde, que ya mostraba síntomas de la que luego sería su enfermedad senil. Sábato hablaba y hablaba, iba y venía por el apartamento, contemplaba el panorama guadarrameño sin dejar de hilvanar teorías y razonamientos. El viejo físico de los años 30 y el apasionado surrealista posterior se fundían en aquel hombre lúcido y confuso a un tiempo, inmerso en una oscura subjetividad, que tocó techo, a mi entender, significativamente, en el “Informe sobre ciegos” y en “El túnel”, dos exponentes cumbres de la pasión humanista y ese pavesiano “oficio de vivir” que –me decía—“resulta tan difícil que cuando se aprende ya apenas nos queda tiempo”…

El viejo comunista –que hasta hubo de rendir cuentas en el Moscú stalinianio—era ahora un intelectual severo y atormentado que buceaba incesantemente en el misterio del Hombre –“una manera de conocerse a sí mismo”—desde una postura postcientífica que él definía como “transracional” en la medida en que sintetizaba la lógica y la imaginación, superando “esa alienación del hombre moderno que es el racionalismo”, en busca de un producto asimilable a lo que en lo antiguo fue “la narración y la epopeya, el mito y la novela, las confesiones y el ensayo”. El Sábato maduro de aquellos años se postulaba seguidor de Emmanuel Mounier y su personalismo, no menos que admirador de un cristianismo evangélico propiciador de un mundo alternativo, de una “sociedad de hombres libres y solidarios”: exactamente la misma propuesta que ofrecen algunos teólogos actuales.

Andando el tiempo caería sobre este razonante implacable, que hacía mucho que denunció las dictaduras de cualquier signo político, una dura tormenta política con motivo de la tragedia argentina, pero entonces, como digo, decía perseguir “el fundamento filosófico para la constitución de “un socialismo que resacralice al hombre”, el ser humano en su radical concreción y como resultado de su circunstancia. Venía de vueltas ya de las viejas utopías aunque todavía proclamase su admirativo respeto por la acracia, una vieja “poesía”. Casi sin completar el resuello añadía que “la Historia ha demostrado que no se pueden lograr fines nobles con medios innobles”. La aparición de una Matilde vacilante interrumpió sus confidencias. Me dio generosamente una edición de “Sobre héroes y tumbas”, sin duda –junto a “El túnel” y la tardía “Abbadón”—su logro más completo.

Cerrar los ojos

No se quiere ver la realidad. Incluso cuando la mala noticia salta a la opinión no resiste más que unos días, luego se olvida. El cáncer de la pobreza andaluza, por ejemplo. Aireado con frecuencia, ahí sigue, cada día más grave. El Defensor del Pueblo acaba de informar a nuestros políticos de que la situación familiar de nuestros menores es tan tremenda que uno de cada cuatro anda en riesgo de pobreza, dentro de una tasa superior, además, a la del resto de la población. Pero verán cómo pasado mañana nadie se acuerda ya de ese crimen. La política, como la sociedad, entorna los ojos para no ver la luna más que por su cara brillante. ¡Y ello tras casi cuarenta años de autonomía y de un sedicente gobierno “socialista” aferrado a su consigna: “ya escampará”!

“Rentrée” andaluza

“RENTRÉE” ANDALUZA

Han vuelto los políticos, bronceados pero inalterables. En la primera rueda de prensa de la presidenta Díaz –que no las prodiga–, lo mismo de siempre: que si la mar y los peces, que si respetamos a los jueces, que el Gobierno no nos da bastante para gastar lo que gastamos… A las preguntas concretas sobre la gestión, ni mu. ¡Qué impertinencia la de los periodistas! ¡Mira que preguntarle a doña Susana por el “ascensor mortal” o señalarle la imagen de otro alto cargo –uno más– escapando de la nada por la puerta giratoria que da al este del Edén! No parece que la vacación haya regenerado la neurona política de cara a ese otoño que viene que se mata con más problemas que soluciones.

Cumplir la ley

Había que cumplir la Ley y se ha cumplido. Ha hecho bien esa madre mal aconsejada al obedecer a la Justicia, aunque para ello haya sido necesario que ésta señalara a su defensa letrada y al Instituto Andaluz de la Mujer. Es legítimo que Fuenteovejuna se plante frente a un poder absoluto, pero no que lo intente en una democracia cuya indispensable piedra angular es el imperio de la Ley. Esa madre no podía seguir en rebeldía ni un pueblo –y menos una institución del Estado— mantener su actitud cómplice porque, aunque crea en su derecho, nadie puede tomarse la justicia por su mano. Bien vendría una reflexión general sobre este disparate: por parte de los padres enfrentados, de los ideólogos insensatos, de la emotiva ciudadanía y de los propios medios de comunicación.