La guerra secreta

Me cuesta compartir la interpretación de la matanza de París como un simple ataque a la libertad de expresión. Mientras más lo pienso más lo lamento –incluso por la cuenta que me tiene—pero confieso que igualmente me herviría la sangre si, en lugar de esos compañeros periodistas, la víctima hubiera sido un charcutero por vender carne de cerdo, porque lo que en última instancia está ocurriendo hace ya años es que desde el fanatismo islamista se lucha a muerte contra la civilización occidental, que es, claro está, la única que existe entre tantas culturas. Nunca como antier comprendí la profecía de Samuel Huntington que vaticinó que en el siglo XXI la hegeliana tensión de la Historia no se traduciría ya en conflictos entre naciones rivales sino en choques de civilizaciones incompatibles. Por supuesto que ese fanatismo dispara a la cabeza de quienes exhiben esa libertad pero, mucho más allá de eso, lo que niega es un sistema de valores que viene a ser como el reverso del anacronismo medieval, y para combatir el cual se cree legitimado por el propio Dios. ¿Qué haría ZP en la cabezada de pésame ante la embajada francesa cuando él y Erdogán –ya ven qué compañía—apostaron justamente por lo contrario, a saber, por una política que favoreciera una inimaginable “alianza de civilizaciones”? Verán el crédito que le sacan al atentado los lepenistas franceses y sus versiones inglesa o alemana. Seguir con la cantinela de multiculturalismo resulta sencillamente suicida para unas cándidas sociedades que incluso le han concedido a los fanáticos el derecho de ciudadanía.

Después de las barbaries de Nueva York, Madrid, Londres, Amsterdam o París, entre otras, lo único claro es que estamos viviendo una guerra no convencional pero real como la vida misma, en la que lo que se juega es seguir el curso natural hacia futuro o regresar de manera abrupta a la Edad Media. Pero Occidente, el llamado “mundo libre” para entendernos, que ha hecho ya dos guerras por el petróleo, parece petrificado ante esta canalla explosiva para la que supone una ventaja inigualable nuestro garantismo hiperdemocrático. Roma no se desplomó de un solo golpe sino que se fue desmoronando durante siglos a medida que el enemigo se instalaba en su seno hasta reventarlo. Houellebecq, que no es Toynbee ni Le Pen, acaba de exponer su mito apocalíptico de la islamización de Francia sin salirse de la demografía. Y francamente resulta difícil desde antier tacharlo por eso de islamófobo.

La foto de siempre

¿No se había quedado en que la política de “concertación” con la que se blinda la Junta frente a sindicatos y patronal a cambio darles una fortuna y mirar para otro lado? Es más, ¿no andan esos dirigentes siendo investigados por la Justicia y es de dominio público el modo indecoroso con que han manejado el dinero destinado a los parados? Pues nada, la foto para el año nuevo es la misma de siempre lo que prueba que la presidenta Díaz no tiene banquillo ni para una simulación. Aquí no va a cambiar nada mientras no cambie el “régimen”. La perpetuación de los mismos agentes lo demuestra de sobra.

Corazón de la tiniebla

Recibo mensajes que informan sobre los sucesos de Irak y piden oraciones por las víctimas cristianas y chiíes, en especial tras la caída de Quaraqosh, la mayor ciudad cristiana del país. Denuncia el desastre el Gran Imán de Al-Azhara, calcula en cien mil los huidos el patriarca caldeo Luis Sako y pide el papa Francisco –que sigue de cerca y personalmente el conflicto—“una postura clara y valiente” no sólo a los religiosos afectados sino a los líderes políticos. Informan la CNN y otros medios de las atrocidades que se están cometiendo por parte de los salvajes de ese llamado “Estado Islámico”, incomprensiblemente posibilitado por la inhibición del mundo civilizado, cuyos militantes fusilan o ahorcan a sus víctimas en público y llegan al extremo de decapitar a los niños en la plaza pública mostrando luego sus cabezas como trofeos hincadas en un palo. Casi toda la provincia de Nínive está ya en poder de los bárbaros –entre los que figuran, como es sabido, numerosos voluntarios europeos– que han arrancado las cruces de las iglesias cristianas y se calcula que han quemado, también en público, al menos mil quinientos manuscritos de incalculable valor. Veo en un video espeluznante cómo esa canalla obliga a arrodillarse a un cristiano y lo decapitan luego. ¿Un “desastre humanitario”, como dicen desde la propia ONU, un genocidio como sugieren desde el Observatorio de Derechos Humanos? Personalmente entiendo que vale más hablar de la defección absoluta de los países de Occidente, en especial de los que, con antelación, no se tentaron la ropa para invadir militarmente la zona o para bombardearla.

Esas cabezas cercenadas imputan, más que a un nuevo Herodes, a una dirigencia internacional demostradamente incapaz de defender los indeclinables principios de un mundo civilizado que, eso sí, se ha movilizado como un solo hombre cuando se ha tratado de salvar su petróleo o cuando lo han aconsejado sus estrategias particulares. Y mientras, como en el relato evangélico o en la páginas infernales de “El corazón de la tiniebla”, ahí quedan esas escenas que la mediatización generalizada convierte en pavoroso espectáculo, niños decapitados, hombres colgados de una soga, iglesias incendiadas, multitudes fugitivas perseguidas a uña de caballo por este agresor consentido. Nos piden oraciones, sin perjuicio de las cuales, quizá lo demandable en esta circunstancia sea una acción contundente y decidida a impedir la barbarie.

Ojos vendados

Si el edén de Doñana ha logrado sobrevivir a la tutela de la Junta –su transferencia, como es sabido, obedeció al capricho de un jacobino como Guerra–, a los furtivos y la amenaza de los oleoductos, no habrá ya, probablemente, quien acabe con él. Se trata a los linces infinitamente mejor que al contribuyente, se declaman odas de lo más bucólicas, pero a la hora de vigilar las maniobras de los regantes subrepticios, tanto la Junta como la Fiscalía cierran los ojos para no ver los pozos que saquean el freático y salinizan irreparablemente la tierra. Si eso ocurre en un Parque Nacional, imaginen lo que habrá ocurrido y seguirá ocurriendo por ahí.

Ciencia 2015

Tengo entendido que los presupuestos españoles dedicados a la investigación andan por los suelos o poco menos. Se quejan los sabios, entre otras cosas, de que ni siquiera se escuche una voz en el país que trace un posible proyecto para el año entrante mientras por ahí, en los países más concienzudos, no faltan programas o, cuando menos, expresiones de deseo sobre los objetivos posibles. En la propia revista “Nature”, una biblia para mí, encuentro un resumen no poco desequilibrado de dianas a las que esos sabios creen que debe apuntar la atención con mayor urgencia, líneas de trabajo tan distantes entre sí como los avances espaciales –se propone allanar las dificultades para superar los efectos sobre la microgravedad sobre los astronautas, sobre todo—y los esfuerzos encaminados a ampliar la paridad de “géneros” no sólo en Francia sino en varios países hispanoamericanos, culminando en el objetivo de lograr la igualdad total al menos entre los estudiantes, hoy por hoy calculada en un 35 por ciento. Lo más interesante a mi juicio –un hipocondriaco tiene sus preferencias, claro está—quizá sea el apoyo del mismísimo David Cameron a los trabajos contra las bacterias resistentes, negocio en el que la Gran Bretaña va, al parecer, en cabeza, y para el que el “premier” desearía un esfuerzo coordinado y global. Sólo desde la Fundación de los Gates (Bill y Melinda) parecen haberse acordado de que el mal de ébola sigue campando por sus respetos en África occidental y contra él dispone sus recursos que incluyen, además, un plan de erradicación total de la poliomelitis. Y en fin, en China, el organismo oficial superior se abre a la colaboración de todos en la lucha contra las enfermedades infecciosas mientras desde la ONU dan prioridad al cambio climático y desde el CERN piden que se relance el trabajo en el fabuloso colisionador de hadrones, ese que decían los necios y los aprensivos que iba a originar otro “Big Bang”…
No sé, pero uno echa de menos alguna atención a la prometida crecida exponencial de los alimentos en un mundo dominado por el hambre, acaso un empujón dialéctico a las reservas y miedos, más que nada ideológicos, que mantienen secuestrada la realidad del cultivo transgénico. Y sospecha que se debe cocer mucho más en esos laboratorios, incluso en los nuestros, enredado en la malla burocrática. Cada año traerá su afán, cierto, pero tampoco es cosa de tomar al pie de la letra a Mateo (Mt. 6,25) en el tema de los pajarillos y los lirios del campo.

El millón se resiste

No acertó la presidenta Díaz al predecir hace meses que en el 2014 bajaríamos del millón de parados: le han faltado unos 10.000 puestos mal contados, entre otras cosas porque nos hemos mantenido algo por encima de la media nacional y muy por debajo de las autonomías que hicieron mejor sus deberes, como Castilla-La Mancha, Cataluña o Cantabria. Más realista la delegada del Gobierno, Carmen Crespo, valora positivamente el descenso del paro lamentando que Andalucía sea la comunidad en que menos ha descendido. Se resiste el millón, como ven, mientras la oposición reclama más políticas activas de empleo y la Junta, de modo inexplicable, remolonea en su aplicación. Ni que decir tiene que el optimismo es tan preciso como la discreción y la objetividad.