La mala hora

Se pregunta Nicolás Redondo jr., un socialista honrado donde los haya, si el tsunami de Madrid –la defenestración fulminante de Tomás Gómez por Pedro Sánchez—acabará siendo para el PSOE un motivo de cambio o de desaparición. Muchos otros observadores apuntan a Susana Díaz, esa lideresa sobrevenida, cuyo elocuente silencio inicial no era difícil interpretar como una censura tácita a su secretario general. El PSOE se deshace a ojos vista, se viene abajo como el templo filisteo derribado por Sansón, lleva camino de reconvertirse en un partido socialdemócrata de menor cuantía como el PSI o el Pasoc –sus correspondientes italiano y griego—arrastrando de paso la pata izquierda del bipartidismo. Pero ¿podrá endosarse a Pedro Sánchez o a Susana Díaz semejante catástrofe, puede sostenerse en verdad que el desplome paulatino de ese partido de gobierno es obra de estos penúltimos advenedizos, o sería más propio recordar que esta involución viene, al menos, desde los tiempos primordiales del González-Guerrismo, del tejemaneje de Juan Guerra y el trinconeo de Filesa? En mi opinión, estos líderes no serían responsables más que del epílogo de esta catástrofe anunciada pues, en realidad, la aluminosis que ha ido pudriendo la “casa común” fue diagnosticada desde un principio por el propio sentido común. Si el PSOE se convierte en un PSI testimonial o en un Pasoc fracasado, no se culpe en exclusiva a los mediocres dirigentes actuales pues ellos no son sino los herederos de un pésimo legado.

Si el PSOE hubiera escuchado a Alonso Puerta cuando madrugó para denunciar las concesiones corruptas en Madrid o hubiera respetado a Pablo Castellano cuando afirmó en “El Independiente”, refiriéndose más que nada a Benegas, que “algunos dirigentes del PSOE están haciendo fortunas”, otro gallo le cantara. Pero no lo hizo, sino que asumió la corrupción como algo inevitable hasta llegar al saqueo andaluz o al trampantojo del tranvía de Parla. Y eso se acaba pagando. Hoy Susana Díaz –implicada ella misma en alguna de las subvenciones dudosas—o un Pedro Sánchez recién aterrizado, puede que protagonicen la debacle definitiva del partido, pero no serían ellos los ultimadores del difunto sino tan sólo sus enterradores. Sánchez se lo ha puesto difícil a Díaz, de eso no hay duda, me temo que con Rubalcaba y Prisa detrás de las bambalinas. La Izquierda actual, moderada o rabiosa, no ha sido abatida sino que se suicidado con la larga soga heredada de sus predecesores.

El maestro armero

La Intervención General –el “maestro armero” al que el PSOE viene endosándole el muerto de los mangazos—se ha decidido, al fin, a enviarle al gobiernillo en funciones un “informe de actuación”, es decir, no ya un aviso sobre posibles irregularidades en la gestión del dinero público, sino un exhorto que forzará a la presidenta Díaz a actuar a cara descubierta frente a la corrupción. ¿Tarde? Pues quizá, pero más vale tarde que nunca, aunque casi en campaña electoral y con la que está cayendo, la cornada es, por lo menos, de pronóstico “menos grave”. O grave, sin más. Eso vamos a comprobarlo en poco tiempo no por deseo de transparencia de la Junta sino por obra del “maestro armero”.

Guerras de religión

Hay un error en la visión generaliza del yihadismo como una guerra del extremismo islamista contra el Occidente cristiano. La yihad funciona actualmente como un virus mutante que lo mismo la emprende contra los cristianos que contra los propios islamistas: la vieja guerra entre sunitas y chiíes, contemporánea casi del Profeta, no debe pasar desapercibida a la hora de valorar esa atroz amenaza, de la misma manera que no deben olvidarse las motivaciones de carácter meramente político que subyacen bajo el conflicto. Guerras entre cristianos, por lo demás, las ha habido siempre en ese Occidente y nadie será tan ingenuo como para creer a fondo que nuestros históricos enfrentamientos tuvieron siempre como “ultima ratio”, intereses y objetivos religiosos. Hace poco, como acaba de lamentar el propio Papa Francisco, se libra en Ucrania una descomunal batalla entre dos bandos que comparten religión y a poca gente se le ocurriría calificarla de guerra religiosa. El yihadismo extremo –que digan lo que digan tiene base coránica expresa—está explotando el factor religioso en casos como los ocurridos a partir del 11-S en varios países occidentales, pero creo que lo que mueve el intrincado laberinto de luchas intestinas en Irak o en Siria responde más a un proyecto político –el concepto de un llamado Califato Islámico no deja lugar a dudas sobre el particular—que a motivaciones religiosas, a no ser que, como creía Bernanos, toda guerra civil acabe convirtiéndose en guerra de religión.

Los infelices que se inmolan alabando a su Dios no saben, seguramente, que están sirviendo a un amo mucho más próximo y mundanal del que la seducción de sus captadores no es sino el aparato de propaganda. Porque las guerras de religión propiamente dichas hace siglos que desaparecieron en un mundo progresivamente secularizado. La yihad es un fósil activo del mitologema mahometano, una secuela medieval hábilmente explotada por quienes saben que la religión es un material que se inflama con facilidad sobre todo en manos de la ignorancia, y que ésta abunda siempre con el abono de la miseria en las sociedades desiguales. Ni más ni menos, nada de contienda en nombre de Dios, sino pugnas humanas, luchas de intereses económicos y políticos como los que, durante siglos, movieron el fanatismo en el ámbito cristiano. El Islam extremado ha liquidado hasta ahora muchos más musulmanes que cristianos. Éstos, los cristianos, no precisan ayuda para liquidarse entre sí.

Votar al podrido

Nadie tiene que descubrirnos a los andaluces que un pueblo es capaz de mantener en el Poder a un partido responsable de la corrupción por muy extensa y profunda que ésta sea. Y no sólo porque el “Régimen” –habrá que escribirlo ya con mayúscula—mantenga atrailladas muchas voluntades en sus redes clientelares, sino porque el humor electoral de “la gente”, como dicen los de Podemos, parece inmune a la ofensa del agio y del latrocinio. Lo cual no supone sólo una estruendosa ruina política sino que indica el fracaso moral profundo de toda la ciudadanía. Ante el terremoto actual, lo malo sería que acabe beneficiándose de esas cegueras voluntarias el primer populista desarrapado que pase por ahí.

Guerra y corralito

Las exigencias del torbellino griego van disminuyendo a medida que pasan las semanas. Ya no se habla de reintegrar a todos los funcionarios despedidos por los “austeros” sino solo a los que lo hubieran sido “ilegalmente”, ni de subir de sopetón el salario mínimo sino a un ritmo gradual; ya ven cómo las cosas, se ven de otra manera cuando se sienta uno en el despacho del jefe. Tsipras proponer ahora reabrir la televisión pública cerrada por su antecesor, aunque no explica con qué recursos logrará ese proyecto y, ya de paso, se lanza a la piscina con el argumento de que si su país, Grecia, debe tanto a Alemania, más le debe Alemania a Grecia, setenta años después, en concepto de presuntas indemnizaciones por la pasada Guerra Mundial calculadas, según él, en 162.000 millones de euros, lo que supondría más o menos la mitad de la actual deuda contraída actualmente por el país. Con las cajas fuertes de los bancos vacías a causa de las desbandada general de los impositores y el grifo financiero exterior cerrado, Tsipras y su partido parece que subliman volviendo a la más remota exigencia del helenismo, esto es, a la necesidad de que la comunidad política, la “polis”, fuera “autárquica”, condición que exigía la “autonomía” o libertad interna de la gestión pública, y la “eleuthería”, que era tanto como decir la no dependencia de nada ni de nadie, la independencia en suma.

El “Grecia no obedecerá más órdenes venidas de fuera”, leiv motiv de Syriza y sus dirigentes, recuerda esta concepción de la vida libre que tuvo el griego clásico y trae a la cabeza –cierto que en términos anacrónicos– la pintura de la ciudad ideal representada en el escudo de Aquiles y descrita por Homero (Ilíada, Canto XVIII). En fin, ya veremos qué piensa la UE y, sobre todo, qué piensa, ante todo, esta Alemania, que hay que reconocer que no es en absoluto responsable de lo que los nazis hicieran o dejaran de hacer en los países por los que pasaron, como Tsipras –y la garduña que ha llevado al país a la ruina—poco tienen que ver con aquellos gigantes del despertar heleno. Nada mejor dio Zeus a los hombres que la “diké”, la justicia, pero esta virtud implica la responsabilidad, incluida la que corresponde al deudor. Siempre está bien volver la mirada a la vieja Atenas, eso no se discute, pero en esta coyuntura más le valía a Tsipras mirar a Buenos Aires y recordar aquella tragedia del “corralito” que, qué duda cabe, planea ahora sobre su país.

Fiscales a la carta

La Junta de Andalucía –hay que comprender que motivada por muchas presiones—pretende regular en una orden autonómica la nueva “oficina fiscal” que el fiscal-consejero Llera trae entre manos. Lejos de dar el paso decisivo y entregar la instrucción de los sumarios, como en tantos países ordenados, al fiscal, lo que la Junta pretende es lo contrario, a saber, que ningún fleco de la fiscalía quede fuera del alcance de sus tentáculos. O sea, que de propósitos de enmienda, nada de nada. El propio fiscal Llera se pliega a una apropiación de esa decisiva función procesal tal como se amoldó a las exigencias desdramatizadoras de la Junta en apuros. Un fiscal “propio” es un tesoro. Y la Junta, agobiada por tantos enredos, no quiere renunciar, con buena lógica, a su pretensión de controlarlos y marcarles el paso.