Dinero y salud

Debo a la lotería una de las lecciones más profundas sobre la relatividad de la estimativa humana desde el día en que, siendo yo aún zagalillo y soñador, a mi madre le tocó el Gordo. La relatividad radicaba en el hecho de que mi madre sólo jugaba una peseta con la que la había agasajado como clienta una pescadera del mercado –entonces a una peseta correspondían 7.500—mientras que a nuestra queridísima cocinera, mi Encarnación de mi alma, que frisaba en los sesenta pero adolecía de la cosa cardiaca, le tocaron dos pesetas, es decir, nada menos que catorce mil al ala que enseguida movilizaron en torno suyo a sus lejanos familiares del pueblo. Pues bien, mi madre no sacó en claro de su suerte más que el sofocón de mi padre, mientras que mi Encarnación de mi alma consideró que ese capitalito justificaba su retiro al seno de la expectante jauría de sobrinos sobrevenidos: vean, como lo que para unos significa un fracaso para otros puede suponerlo todo. Este año de gracia, el 2014 –“Iº de la Recuperación”, hubieran dicho los poetas del franquismo—se ha vendido más lotería que nunca en España, según me apuntan instruidos ecónomos entre los que presto oídos especiales a mi entrañable Emilio de La Fuente, quien me recuerda, de paso, la ocurrencia de otra eminencia del ramo, J.M., que nos encarecía las duquitas de los malos tiempos con aquello de “Fíjate si andaremos mal, que parece que estamos ya en el año que viene”. La lotería es el clavo postrero del desdichado que se aferra como puede a la ilusión literaria de la vida, razón que inspiró al gran Michelet una frase rotunda: “El amor es una lotería, la gracia es también una lotería. ¿Será preciso explicar el éxito de la novela?”.

Recuerdo la respuesta de Luis Miguel (Dominguín) a la encuesta de urgencia de la radio un año en que le tocó un buen pellizco: “¿Que qué voy a almorzar hoy? Pues tortilla de patatas, como todos los días”. A la vista está que la lotería –que la mayoría quiere, al menos al parecer, “muy repartida”—no supone lo mismo para los de abajo que para los de arriba. “¡Mientras haya salud…!”, se conforma la montonera, pero mi madre ponía desde entonces el billetito so la Virgen de Fátima bajo la luz vacilante de una “mariposa” de las antiguas, por si acaso. ¿Cómo se le ha ocurrido a Montoro gravar esos premios siendo la lotería, como es, un impuesto voluntario? Para que luego digan que subir los impuestos es cosa de la izquierda…

Dos caras de IU

El último invento estratégico de IU consiste en duplicar su cara, como el dios Jano, con objeto de pedir por boca de Garzón (no el juez, el otro) que se abra una comisión investigadora amplia en la que quepan, junto a los ERE e Ibercaria, el “caso Edu”, mientras por boca de Maíllo solicita prórroga, es decir, dejar las cosas como están y seguir de mamporreros del PSOE-A al menos… ¡hasta después de las municipales! Causa general, en efecto, para los conservadores frente a anchas tragaderas para los socios en el Poder, como si la corrupción no fuera siempre, en el fondo, una y la misma. Fagocitada por Podemos, IU olvida que no es posible gobernar una nave a cuatro manos.

El colapso ruso

Recuerdo el panorama ruso, todavía soviético, en tiempos de la “perestroika” y de la “glasnost”, las colas ante el samovar público para beber –en el mismo vaso—el “cha” reconfortante, los taxis secretos de los polis fuera de servicio, el lujo avejentado de Leningrado con su mítico Hotel Europa –aquella “vieja dama” en la que decía Manolo Vicent que se podía escuchar el ruido sordo de la carcoma devorando la caoba y la seda de los cortinajes–, las manadas de viejos militantes con el pecho y hasta el abdomen abrumado de condecoraciones tropezando curdas en los pasillos del Hotel Rossia, junto a la Plaza Roja, los mercados semivacíos en competencia con los ilegales pero tolerados puestos de los “sovjoses” que ofrecían al público su aparatosa huerta. Sólo los turistas podían frecuentar las desabastecidas “berioskas” donde se podía comprar en dólares –nunca en rublos– matrioskas ante todo, además de caviar, vodka, salmón, ábacos, balalaicas, iconos, gorros de piel y poco más, como en un mercado dual del que estaba excluido el aborigen –como lo estaba de los propios hoteles—a pesar de que, fantasiosamente, el cambio oficial del dólar por rublos se regía por una imaginaria paridad: un dólar, un rublo. En viajes posteriores he visto luego el rostro desconcertado de la nueva Rusia, libre del soviet pero esclava de las mafias, con los mendigos hambreando por las esquinas y las mujerucas arremolinadas en las puertas de las iglesias, las tiendas “after hours” y el puterío de ambos sexos, juvenil sobre todo, rondando por las terrazas amenizadas por las orquestinas de jazz. Entonces parecía claro que la URSS se vendría abajo antes o después, ahora va estándolo que Rusia es un soberbio gigante con los pies de barro.
La semana pasada han cambiado las cosas en ese mercado financiero hasta alcanzar un cambio de 85 rublos por euros y 68 rublos por dólar, un zarpazo que, un poco a la desesperada, el régimen ha tratado de contener elevando el precio del dinero al 17 por ciento, mientras se desplomaba la Bolsa arrastrando en su caída –en virtud del fantástico carácter hipostático del capitalismo de mercado– a las europeas y aún a las americanas, en medio del torbellino de la deserción de inversores y el ajetreo incensario de los popes. Ya ven, sobre qué andamio merendamos confiados y lo imprevisible que puede ser la suerte de la sacrosanta economía especulativa.

La otra habanera

Conservo entre la niebla mis recuerdos casi adolescentes de la revolución cubana, los ecos que nos iban llegando desde ella, tan confusos, que ponían fin a la bella habanera de todos habíamos cantado al “dos por tres” –o al “3x 4”, como me recuerda Antonio Burgos que la trola carnavalera dice en Cádiz–, la nostalgia del soldado que, uniformado de rayadillo, recordaba, recostado en la borda de la vida, cómo “Una mulata muy zalamera/ de un hombre blanco se enamoró,/ dígame usted lo que pasó…”, o se entretenía narrando la historia que rezaba “Ahí viene el negro vendiendo flores/, negro azabache, negro nací/ y fue mi suerte tan favorita/ que esclavo tuyo me convertí”, que todavía se cantan a dos voces en Valverde del Camino o en Torrevieja como una herencia inmaterial de sus viejos guerreros. Conservé durante años una entrevista de Antonio D. Olano a Fidel Castro, cazada en plana Sierra Maestra para las páginas de “Pueblo”, en la que el joven líder le descubría al gran reportero que otro día llevó al Ché a los toros, no disponer en campaña más que de dos libros: los Evangelios y las Obras Completas de José Antonio. ¿Por qué dio luego el vuelco que dio aquella revolución que la prensa habanera llamaba entonces despectiva “el motín de los comemielda”, cómo pudo estar tan torpe el gran amigo del Norte hasta dar lugar a que los barbudos llamaran en su auxilio al Moscú de la Guerra Fría? A Luis del Olmo le sorprendió mucho que yo le declarara, en el año 92, a mi vuelta de Cuba, mi paulina caída del caballo en aquel camino de Damasco que Burgos había plasmado estremecidamente en la bella habanera a la que puso música Carlos Cano. Lo que a mí me pasó fue, sencillamente, que no pude superar el choque de mi utopía con una realidad mísera donde hasta las vedettes de “Tropicana” lampaban por un bocata y los abnegados médicos administraban con lupa sus cuatro aspirinas.

La negra crónica del castrismo no se entenderá sin atender a esos claroscuros, y no deja de ser elocuente que haya tenido que ser la mano del Papa la que lograra descorrer el cerrojo del viejo régimen, cuyo fracaso inicial corresponde al triunfo de un pueblo hambreado que ha sobrevivido a su tragedia con el pan racionado y sin papel higiénico. El caso es que nos ha pillado por sorpresa este nuevo seísmo tras el que, no sólo Cuba sino el mundo entero, puede que no vuelva a ser el mismo. Lo mismo que cuando lo de Berlín. Los sabios de la política no aciertan más que los astrólogos.

Bestias y burros

Al bestia que mató a patadas al burrillo del belén de Lucena, de parte de Juan Ramón: “Leo en un diccionario: Asnografía, s.f.: Se dice, irónicamente, por descripción del asno. ¡Pobre asno! ¡Tan bueno, tan noble, tan agudo como eres! Irónicamente… ¿Por qué? ¿Ni una descripción seria mereces, tú, cuya descripción cierta sería un cuento de primavera? ¡Si al hombres que es bueno debieran decirle asno!¡Si al asno que es malo debieran decirle hombre! Irónicamente… De ti, tan intelectual, amigo del viejo y del niño, del arroyo y de la mariposa, del sol y del perro, de la flor y de la luna, paciente, reflexivo, melancólico y amable, Marco Aurelio de los prados…”.

Cementerio marino

No me refiero al de Paul Valéry sino al que el papa Francisco señalaba en nuestro Mare Nostrum, epicentro de la civilización y también tumba insondable durante tantos siglos. Al Mediterráneo llegan casi diariamente bandas erráticas de hambrientos que huyen de la miseria y la violencia en busca de un lugar al sol en el paraíso imaginario, embajadas de la miseria para las que no hay sitio, evidentemente, en nuestro perro mundo. Les dan generosos una manta y un botellín de agua, quizá un tentempié, tratando de borrar de su imagen el aspecto fantasmal, aunque por lo general la mayoría se haya quedado atrás, en el abismo, pasto de Leviatán, mancha indeleble sobre la insolidaridad de Occidente. Cuentan que muchos de estos argonautas nunca habían visto el mar hasta la madrugada en que el mafioso los condujo a la patera atestada, dejando atrás una deuda impagable, para enfrentarse al inimaginable riesgo de las olas, al tormento de la sed y del mareo, a la escena desesperada en que el náufrago cae y se aleja hasta desaparecer para siempre, una madre que hubo de dejar atrás al marido y ve ahora alejarse sin fin a sus dos hijos, la espuma de un mínimo remolino haciendo, durante unos segundos eternos, de falso cenotafio, el niño que estrena orfandad mientras el padre se abisma igualmente, la costa entrevista que no acaba de alcanzarse, el mafioso que deserta… Miles de desdichados yacen en esas aguas mecidos de aquí para allá, disponibles en la cadena trófica en que la tragedia se torna en festín. Lleva razón Francisco: el Mediterráneo es un cementerio. África es el asesino y Europa el sepulturero.

No concibo estupor más grande que el que seguramente viven esos errantes, nómadas primero por desiertos inacabables, encerrados después en sus refugios mafiosos, por fin alojados en nuestras rebosantes casas de acogida en las que el psicólogo de turno les presta la atención que buenamente puede sin quitarse el casco, los guantes ni la mascarilla. El siglo XXI tiene su infrahumanidad, pero tiene también, ah, sus escogidas razones dialécticas, que yo no discuto aunque me sobrecojan esas visiones y me metan el corazón en un puño si imagino a la madre que ve alejarse al bebé caído por la borda, el remolino fugaz señalando por un instante la fosa de agua. Ignoro cómo se podría compensar este caos, este fracaso ético colectivo; siento, sin embargo, como una sorda punzada en mi costado humano. Si no quieren ver este infame paisaje, cierren los ojos.