Annus Horribilis

Se fue el año, como el gnomo por la ventana, dejando tras de sí una memoria enojosa. Bueno, según como se miren las cosas, porque dicen los que llevan las cuentas que hay mucho ganancioso por ahí que se ha puesto las botas con la ruina ajena y también, fíjense qué raro, que España es, por una vez, la locomotora de Europa o poco menos, la nación en la que el PIB crece más y en la que, a pesar de los pesares, más decrece el paro y más engorda la afiliación a la Seguridad Social. Nada nos ha descubierto 2014, sin embargo, que no sospecháramos hace un año, a saber, sobre todo, el hecho histórico de que el Sistema le ha ganado la partida al proyecto progresista echando a bajo (¿definitivamente?) el espíritu de la Utopía que, durante un par de siglos mal contados, había ido consolidando su campamento alrededor de la City. Saldremos de la crisis, es decir, reajustaremos el déficit, mantendremos maniatada la inflación, seguiremos creciendo a paso de tortuga mientras el Aquiles de las finanzas globales gana la meta a grandes zancadas aunque quizá el héroe no haya valorado como es debido el riesgo implícito en toda singularidad en la que se sobrepasa el límite soportable de la gravedad: ahí está el “Big Bang”. Y luego están los “rompecosas”, los que aprovechan el cabreo del nene para destrozar el juguete cuyo mecanismo no se entiende: en Italia, en Grecia y aquí, faltaría más. Sansón echando abajo el templo y pereciendo bajo los escombros nunca ha dejado de ser una tentación para los agraviados.

Y como agraviados hay para parar un tren, pues ahí andan ya los oportunistas aupados por algunos “castizos” como si fueran profetas. “Annus horribilis” con el “ejército de reserva” lampando por el seguro de paro, los fanáticos degollando a sus rehenes en nombre de su dios –¡bendito sea su santo nombre!–, las mafias traficando con sus víctimas reconvertidas en argonautas suicidas, los celosos rajando a sus mujeres, los Estados rescatando a los bancos y éstos desahuciando a los morosos, los sindicatos desnortados o corrompidos, los políticos en la picota y la última sonda logrando aterrizar sobre un cometa. “Está to mu malo”, como dicen en Cádiz, pero aguarden a ver qué ocurre en este manicomio si el Sistema llegara a quedar en manos de los “antisistema”, ¡vaya paradoja! Como no sea que los peces salgan para escuchar al papa Francisco, aviados vamos. El progreso es un mito “ilustrado”. No hay más que mirar alrededor para convencerse de ello.

Llega el fantasma

En el Ayuntamiento de Cádiz, los radicales de “Podemos”, tan asamblearios ellos (en principio), han violentado el Pleno municipal con maneras injustificables y la consecuente indumentaria “lumpen”. Casi al mismo tiempo, en Grecia la insensatez le ponía el Poder a huevo a sus colegas de “Syriza” y, claro está, las Bolsas se derrumbaban en todo el mundo arruinando no sólo a los especuladores sino, de paso, a medio planeta. Un fantasma recorre Europa, como diría Marx, con el cuento del envergue de que la patria se salva llevando al Parlamento diputados con pinta de gorrillas. Ya escampará, seguramente. Y si no escampa, vayan atándose el flotador.

Jamón de Jabugo

La ocurrencia del alcalde Jabugo de procurar la declaración de nuestro jamón de toda la vida “Patrimonio Inmaterial de la Humanidad” va a dar mucho que hablar, sobre todo si la consigue. En este negocio de la inmaterialidad del patrimonio creo yo que tiene mucho que ver Antonio Burgos, quien versó sobre esa materia, allá por 1985, en su discurso de entrada en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras –el rollo de la Unesco no comienza hasta el 2001—aunque él recuerda siempre, honradamente, que a él le había propuesto ese concepto el maestro Santiago Amón, que tanto nos enseñó a tantos desde su inmensa cultura. Desde ese 2001 al que me he referido, la Unesco ha hecho un uso poco riguroso del concepto y ha incluido en su relación de esos bienes universales lo mismo al flamenco que a los castellets, igual a la dieta mediterránea que al tango, sin olvidar el silbo gomero y la deslumbrante plaza Yamaa el Fna de Marrakech, donde lo mismo se tropieza uno con un cuentacuentos que con un encantador de serpientes o con un chapero.

Pero volvamos a Jabugo y a su benemérito alcalde, José Luis Ramos, aunque sólo sea para decirle que, por mucho abuso que se haya hecho para conseguir la ambiguación de lo inmaterial, nunca habíamos asistido a una propuesta tan audaz como la suya. ¿El jamón de nuestras ferias y de nuestros bocatas, “inmaterial”? Si todavía hubiera dicho “oral” –por aquello de “os-oris”, la boca latina—la cosa tendría un pase, pero lo de inmaterial, querido alcalde, es que ni pega ni llega, en especial cuando uno sabe de qué va lo que se cuece en la dehesa. “Del cerdo, hasta los andares”: cuando uno los va visto contonearse por esas altas dehesas sobre sus cuatro joyas motrices, hozando sin pausa bajo las encinas o vadeando apurados el lodazal, lo tiene crudo para imaginarlos privados de su suculenta materia.

¡Y yo que creo que lo mejor que se podría hacer por el jamón es esconderlo, dejarlo dormir en la fresca alhacena, sustraído a la tentación irresistible del mercado global, lo mismo que dicen que la China esconde sus “huevos de cien años” y los sátrapas africanos sus diamantes de sangre! Va a poner usted por las nubes el cuarto y mitad del “pata negra” dejando para los nativos con mejor derecho el producto de recebo. En fin, todo sea por Jabugo, feudo del diputado Talero que fue el primer ecologista que se rompió en España cuando todavía la “nouvelle cuisine” no había inventado nada comparable al jamón.

Regias razones

Como no vive, por desgracia, el gran genealogista Selva Nevada, consulto con un amigo experto en derecho nobiliario a propósito de ese runrún generalizado que exige a la infanta Cristina, en tertulias y conciliábulos, que renuncie a sus derechos sucesorios a la corona española. “¿Pero qué derechos son esos – me contesta el experto—, si en España no hay más heredero constitucional que el heredero, al margen de que, si se dieran ciertas circunstancias, la corona, siguiendo la inercia del derecho civil común, pudiera corresponder a ésta o a aquella señoría? Porque no existen hoy “reyes de armas”, que si no cualquiera de ellos nos aseguraría que una línea sucesoria existe, por ejemplo, en Inglaterra, dentro de la cual se consagra el derecho de cada eventual heredero rigurosamente numerado, pero no en esta España nuestra donde hasta se ha dado el caso de tener que buscar por medio mundo para encontrar a un Amadeo.
Ahora bien, lo que tiene mandanga es que el Rey aún no le haya retirado a la pareja el título ducal y su tratamiento—que eso sí que puede hacerlo él con un simple ordeno y mando–, sobre todo para que un sujeto como el Urdangarín ése no tenga ya ocasión de hacer chistes obscenos. No me cuento entre los denigradores que se muerden las uñas alborozados ante la desdichada situación de la Infanta, pero incluso por completo desde fuera de ese ámbito, un republicano sin República como yo, entiende que, por mero respeto a las instituciones, no es admisible que se sienten en el banquillo dos duques imputados.

¿Por qué nadie reclama eso, es decir, que se le retiren las coronas ducales al matrimonio Urdangarín, en lugar de clamar por una renuncia que, de hecho, no renunciaría a nada por tratarse de un derecho inexistente? Es como si Cayetano de Alba, por caso, provocara la hilaridad nacional renunciando al ducado de Alba, lo cual no sería posible sino dándose inverosímiles eventualidades, afortunadamente, de lo más improbables . No nos dejemos engañar por efectos “casticistas” como el provocado por la muerte de Cayetana de Alba, pues eso, como Ortega explicó en “Papeles de Velázquez y Goya”, viene de lejos, desde aquel XVIII en que nuestros nobles no compitieron en un palenque estamental sino en teatros, colmados y bailes de candil. No entiendo cómo el Rey no se ha percatado, a estas peligrosas alturas, de que estos últimos serán siempre menos peligrosos que un banquillo o una picota.

El fiscal y la juez

Son inevitables los balances y se están haciendo, no sólo en Andalucía, sobre el trabajo hercúleo de la juez Mercedes Alaya. Como lo es el lógico reconocimiento de la ciudadanía a esta funcionaria que cumple de sobra con la etimología de su empleo. Y contrasta su papel con el del fiscal-consejero De Llera al que la Junta fichó como los equipos de los 60 fichaban a un “secante” para Di Stéfano, aunque, en lo que va de temporada, la juez, sin proponérselo, le ha roto la cintura treinta veces. Su última bufonada ha sido preguntarse en voz alta si la juez tendrá tiempo bastante para hacer su trabajo y para afirmar, chulesco, que él no se ha leído el último auto ni piensa leerlo. ¿Ni eso, Señoría?

Vuelve Mendizábal

Cuando leo estos manejos que se traen unos y otros en torno a la “secularización” de la Mezquita-Catedral de Córdoba pienso siempre en los mismo: en lo malamente que gobiernan los liberales y en los numerosos flecos que Mendizábal, dejó colgando de su Desamortización. Es verdad que había que hacer algo para reducir las “manos muertas” y dotar a la España del dinamismo con el que soñaron tantos arbitristas, pero la realidad fue que se despojó a la Iglesia de lo que era históricamente suyo en beneficio de una nueva clase, justamente la que, no sin razón, pensaban los reformadores que habría de servir de base al Estado que aspirara a liquidar al Antiguo Régimen. Al pueblo le llegaron, si acaso, las migajas del festín que hoy sabemos que fue el ámbito en el que se produjo la relativa modernidad de un país tan desmarcado de Europa. Y a la Iglesia –que en tiempos del Imperio fue la mayor terrateniente imaginable—no le quedó sino atenerse el sobrante y tender la mano. O sea que con el cuento del “rescate popular” de los bienes eclesiásticos lo que se hizo fue remodelar la estructura oligárquica de España sin favorecer en modo alguno a las clases inferiores. No entraron en esa lobada, desde luego, las catedrales, entre otras cosas porque eran patronatos reales, es decir, propiedad de la Corona que –como en el caso de Fernando III en Córdoba o en Sevilla—cedieron el uso incondicional a la Iglesia, desde entonces responsables de muchos atropellos artísticos, pero también conservadora de un fabuloso inventario monumental. Las cosas como sean: “suum quique tribuere”, que diría Ulpiano.

Desde luego que estas porfías no tendrían lugar si la Mezquita hubiera seguido siendo templo islámico y la Junta se viera ahora en la precisión de reclamársela al ayatollá, quien por otro lado, tampoco tendría más derecho sobre el monumento que su actual dueña, puesto que lo mismo que a ellos se la desamortizaron a mazazo limpio los cristianísimos caballeros del Rey Santo, antes se la habían desamortizado ellos, cimitarra o alfange en mano, a nuestros ancestros godos. Sé que hay Concordatos por medio, pero la mera idea de desamortizar monumentos para engordar a la Junta pone los pelos de punta: piénsese en la que acaban de montar en La Alhambra sólo revendiendo entradas al turista. El Cabildo se equivoca tanto suprimiendo el título de Mezquita como la Junta aspirando a colarse de rondón en los repartimientos de don Fernando el Tercero.