Un siglo de Santos

Para el P. Pedro Fdez. de la Cuesta
Se celebra este año el quinto centenario del nacimiento de la doctora Teresa. No llevo demasiado oído sobre, que también es verdad que no está el horno para bollos. A Teresa no la subieron a los altares hasta 1622, cuando el papa Gregorio XV elevó junto a ella –de una tacada– a Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Isidro Labrador y Felipe Neri, un hecho inusual que los celosos italianos aprovecharon para el chascarrillo diciendo que su Santidad acababa de canonizar “a cuatro españoles y a un santo”. Fue un siglo de santos, el XVI, para que se hagan una idea de lo cual diré tan sólo que, en una España de ocho millones de almas, convivieron, mejor o peor, junto a la doctora y a su “medio fraile”, Juan de la Cruz, Ignacio, Javier y Borja, Juan de Ávila, Juan de Dios, Pedro de Alcántara, Miguel de los Santos, Pascual Bailón, Luis Beltrán o el hijo extramatrimonial del duque de Alcalá, el futuro patriarca Juan de Ribera. Esa explosiva religiosidad no era sino el efecto del espíritu “moderno”, el lado espiritual de una búsqueda apasionada del hombre nuevo, del “individuo”, en el marco de una cultura de fuerte impronta religiosa que aunaba a “espirituales” con “intelectuales” en un crisol único en el que cabían sabios juristas como Láinez, Salmerón, Cano o Soto con poetas y místicos como la propia Teresa, Juan de la Cruz o Luis de Granada, por no hablar ahora de la inocencia heterodoxa.
En día escribí y en ello sigo, que tan curiosa ebullición del espíritu se explica en la lógica de una sociedad que había logrado su unidad y recuperado su equilibrio pero que, sobre todo, había salido de una guerra multisecular con el ánimo hecho a grandezas. Y junto a ello el estímulo poderoso de la Reforma –y la seducción del erasmismo—frente a los que se levantaría la muralla de Trento que será una de las causas principales de nuestra singularidad en medio del teatro europeo. Hace quinientos años, aquella España vigorosa y visionaria tenía poco que ver con la que luego vino empeñada en retrasarnos, pero en su momento permitía convivir a esa pléyade de santos mayores con los albores del milagro cultural aunque también con la Inquisición o la picaresca. Teresa, mística y práctica, talento colosal en medio de una sociedad que ganaba guerras y descubría mundos, escribió acaso, en la prosa más levantada y límpida, de Dios y de los pucheros. Quinientos años después apenas le vemos la estameña.

Huelga de basuras

Como en las huelgas de basuras, la podre se acumula hasta la asfixia castigando más que a nadie, por su proximidad, a los ciudadanos que menos culpa tienen con el conflicto. Se habla de la corrupción andaluza en la taberna y en el Congreso, dentro y fuera de España, y hasta se le pone nombre y cara a los presuntos corruptos ante la muchedumbre televisiva, apuntando a un Poder que –por más que trate de devolver la pelota al rival– no puede defenderse seriamente porque tiene el enemigo dentro. ¡Es que se habla ya de que el mangazo andaluz ronda los ¡3.000 millones de euros, señores! Lo lamentable de este asunto es que no quepa una justicia inmediata que, antes de las elecciones, descubriera a los ciudadanos esta enorme estafa política.

Azar y necesidad

A un “amigo político” de un político madrileño en apuros resulta que se ha descubierto que le ha tocado la lotería ocho veces. Lo mismo le ha ocurrido al ex–presidente de la Diputación de Castellón, Carlos Fabra, al que los jueces le pidieron explicaciones en su día por las siete veces que sus décimos resultaron premiados. Sin salir de Andalucía, han sido varios los políticos agraciados repetidamente por la suerte y hasta tal punto llegó a resultar sospechosa por entonces esa singularidad que cuando por casualidad me tocó a mí mismo –y tengo a mi amigo ciego que confirmará lo que digo—un consejero de la Junta dijo en un corrillo del Parlamento que a saber qué clase de lotería, ¡pobre de mí!, me habría tocado a mí, como dejando entrever no se me alcanza qué tipo de chanchullo que él, evidentemente, conocía a la perfección. El azar ha sido el aliado por antonomasia de la corrupción desde hace mucho, pero me temo que nunca como en estos tiempos del cólera en el que toda una “nueva clase”, como diría Milovan Djilas, va que se mata en busca del fortunón arramblando con todo lo que se le ponga por delante. Aún recuerdo el discreto mohín con que la banquista de turno me preguntó aquella feliz mañana, al entregarle yo mis décimos premiados, “cómo” quería cobrarlos, a lo que yo le contesté, más que nada para distender la situación, que por lo civil y, de ser posible, por la Iglesia.
¿Me creerán si les digo que aquel bendito dinero fue acaso el que, a pesar de mi modestia, menos satisfacción me produjo? Pues créanme aunque sea por aquello que decía el gran Alain cuando nos recomendaba desconfiar de las hadas si éstas se acercaban solícitas a nuestra cuna, porque no hay nada tan inquietante e incluso sospechoso como la potra en el juego. Nunca comprenderé esa dificultad que dicen que existe para determinar por las bravas el patrimonio de un ciudadano y menos aún el hecho de que Hacienda no sepa lo que sabemos todos, a saber, que en muchos bancos (¿en todos?) los billetes premiados se cotizan al alza como el mejor y más acreditado detergente del dinero. No sabía Carlos III a lo que estaba dando pie cuando se trajo de Nápoles su primitiva lotería. Hoy Felipe VI lo sabe, como lo sabía su padre, pero el trapicheo continúa como una palanca esencial de la vida pública y no es cosa de meterse sin ton ni son en ese berengenal. Hasta el amor y la Gracia decía Michelet que eran una lotería. Vivimos irremediablemente atrapados entre el azar y la necesidad.

Delirio post-debate

“¡Vaya campaña que te espera, bonita!”, Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del Gobierno. “Susana Díaz tiene muy poco que aportar”, la misma. “La que se va a preparar es ella el día 22”, Susana Díaz, presidenta de la Junta. “Estoy de cuatro meses y medio”, la misma. “Podemos se posiciona en contra de los intereses de Andalucía”, ídem. “Juanma estuvo de matrícula de honor”, Manuel Andrés González, presidente del PP onubense. “Te comiste a la Presidenta. Eres mi ídolo”, David Toscano, alcalde de Aljaraque. “Quiero que se investigue quien ha filtrado y por qué el expediente escolar de mis hijos”, Juanma Moreno Bonilla, candidato del PP. “Empezamos con la guerra sucia en la campaña y nos tememos que va a ir a más”, el mismo.

La mitad más una

Se ha celebrado en todo el mundo –en fin, o casi—el Día de la Mujer. Un acontecimiento de gran envergadura, apoyado por la inmensa mayoría de los medios y bendecido desde todas las atalayas políticas. La mujer –la mitad más una de la Humanidad, para entendernos—reclama igualdad social e igualdad económica, no está dispuesta a permitir que se la ningunee a la hora de tomar decisiones en su nombre ni a cobrar, en trabajos iguales, bastante menos que los varones. Claro es que no hablamos de la mujer como un género sino de amplios sectores ofendidos por la desigualdad a pesar de pertenecer al mundo democrático, pues fuera de ese planeta civilizado no es que no haya protestas, es que no hay siquiera conciencia de la desigualdad. Pero claro también en que no me refiero sólo a la hembra tercermundista, más o menos esclavizada “a natura”, sino a los sectores femeninos maltratados dentro de nuestro propio ámbito. No hay diferencias salariales entre los sexos en las filas de la Administración, faltaría más, ni en ámbitos similares, pero sí las hay en el vasto mundo del trabajo contratado y parece que va a seguir habiéndolas, según los expertos internacionales, al menos ¡durante 70 años! El por qué, lo ignoro, pero así parece que va a ser, como si fuera tan complicado imponer legalmente la igualdad entre todos los trabajadores, aunque, ahora que lo pienso, tal vez sí lo es, porque aquí mismo, en España, la izquierda que ha gobernado durante más de veinte años, puede que haya parloteado mucho, pero ni lo intentado siquiera.

Suele decirse entre los bienpensantes que lo más positivo para ganar esta batalla sería la presencia de varones en la primera línea de ese frente neolítico, aunque lo cierto sea que, al menos de momento, el androceo no parece muy por la labor de empeñarse en esa lucha, un hecho indudable que explica el sesgo feminista y crecientemente radical que mueve esa marea. No se entiende, en todo caso, qué es lo que puede impedir al Poder establecer por ley algo tan elemental como la igualdad laboral entre los trabajadores de ambos sexos y, desde luego, resulta insultante (o puede que cómico) escuchar eso del plazo de los 70 años necesarios para llevar a cabo el ajuste. Convencido de que Aristófanes hablaba en serio cuando planteaba en sus comedias la revolución de las mujeres, lo que no alcanzo a comprender es por qué, dos milenios y medio más tarde, y con la que ha caído desde entonces, aún nos lo tomamos a broma.

Justicia poética

Me equivoqué ayer en este recuadrillo al sugerir la inconsistencia del debate televisado. Al contrario de lo que suponía, el de ayer, trucado y todo, sirvió para rectificar la imagen bombardeada del candidato “popular”, Moreno Bonilla, y de paso para dejar en evidencia la escasa sustancia del populismo de la señora Presidenta. Maíllo fue, en la práctica, un convidado de piedra preso de su gran contradicción, aunque a mí lo que más me encandiló fue ver a Susana Díaz esgrimir El Mundo como testimonio fidedigno y “ultima ratio” para probar la maldad de su rival. “Justicia poética”, se llama eso, y a muchos les debió divertir tanto como a otros desconcertar.