Batas blancas

Desde que tenemos diecisiete sanidades en lugar de una, grande y libre, ocurren en ese aséptico universo sucesos extraordinarios, en general enfrentados con la razón y el sentido común. Así, mientras cuentan que un gerente de hospital se pone una bata blanca y “ayuda” a un cirujano en una operación de hernia en un hospital balear, en el Puerto de Huelva el médico de la disuelta unidad sanitaria es obligado a vestir chaquetilla verde como encargado o jefe de lo que llaman “seguridad y prevención en obras”. Manejan lo público como si fuera privado (y propio) pero cuesta imaginar que la superioridad no tenga recursos para frenar este festival caprichoso.

Barbas sospechosas

La autoridades chinas que, como es bien sabido, no se andan con chiquitas a la hora de imponer sus decretos, acaban de prohibir a la etnia oiur, la conflictiva población musulmana de la provincia de Xinjiang, la barba masculina, el burqa femenino y hasta el ayuno del Ramadán. Ven en esos elementos, indicios intranquilizadores de la radicalización islamista y, a la vista de lo que está sucediendo un poco por todas partes, esa autoridad parece decidida a conjurar el pecado quitando la ocasión. La barba posee una simbología amplia que lo mismo connota respetabilidad que sugiere peligro, razón por la que no es ésta la primera vez que se prohíbe al varón mostrar el rostro intonso ni, probablemente, será la última. Entre mis recuerdos juveniles conservo el de la aventura de un joven economista, M. B., contratado en Presidencia del Gobierno –hablo de Castellana, 3, para entendernos—al que el almirante Carrero pretendió forzarlo a afeitarse sin que el forzado atendiese ni en primera ni en tercera instancia a la orden todopoderosa, hasta lograr que el almirante olvidase su propósito. No es difícil suponer lo que Carrero entreveía en aquella barba juvenil, símbolo insurgente demasiado obvio en aquellos años de plomo, pero me interesa retener de la anécdota el hecho de que con determinación y firmeza no todo estaba –ni está—perdido cuando trata de imponérsenos el capricho de un tirano. Los chinos ven en el barbado al salafista –y eso que en todas las épocas la barba entre ellos fue seña de respetabilidad—y han pensado que por donde mejor se siega el pasto revolucionario es por debajo de los pies.

Durante la llamada Revolución Cultural se prohibió también en aquel país misterioso el simple uso de las gafas en las que los jóvenes revolucionarios vislumbraban obcecados el desviacionismo que venía de Occidente y cuyos portadores resultaba imprescindible “reeducar”, pero estas prohibiciones de ahora parecen más justificada en su condición profiláctica. Ese extraño régimen de “comunismo de mercado”, valga el oxímoron, conserva intacto su instinto de conservación sin el que tal vez no podría funcionar un país hambriento y millonario que viaja impertérrito del abismo a la cumbre. El gato doméstico de Mao se ha convertido en un tigre urbano que no ha perdido un ápice de su ferocidad. Lo va a tener crudo el salafismo si proyecta dejarse la barba prohibida.

Todos espías

No me gustan las grabaciones secretas. Comprendo, sin embargo, que hemos llegado a un punto en que grabar las conversas con el Poder o sus allegados se ha convertido en una necesidad algo más que disculpable, lo que ha convertido a nuestro país en una película de espías. Cuando un funcionario discreto le dijo a una directora de la Junta (“paralela”) que, lamentándolo mucho, él no podía bregar con cierto expediente irregular porque eso no era ético, la dama le contestó impertérrita: “¡Huy, ético! Pero, almita de cántaro (sic), si fuera por la ética ni tu ni yo podríamos trabajar en esta institución!”. Y ahora circula a todo meter por la Red la grabación que otro funcionario, que no debía tenerlas todas consigo, le ha hecho a una delegada de Empleo de la Junta que reunió a sus trabajadores públicos para instruirlos en la necesidad de        que abandonando su trabajo, se convirtieran sobre la marcha en agentes electorales del 22-M dado que, de perder las elecciones el PSOE, ellos también perderían sus puestos de trabajo. Nunca hubo tanta grabadora en España, jamás los ciudadanos desconfiaron tanto del prójimo como para llevar encendido el magnetófono en el bolsillo por lo que pudiera ocurrir, lo cual no puede resultar raro en un país en el que, desde la Familia Real, algún miembro indigno firma un correo electrónico como “el duque em-palmado”. Qué asco, oigan, qué disparate de sociedad en la que no sólo el “Gran Hermano” sino los peatones se graban unos a otros esos paliques que son, en última instancia, el único recurso que le queda al ciudadano honrado.

Todo el follón del saqueo andaluz comenzó cuando dos desaprensivos le pidieron a un empresario una millonada a cambio de mediar para concederles una subvención. ¿Está bien o está mal eso de grabar subrepticiamente? Miren, yo no digo más que si la delincuencia no fuera de curso legal no habría necesidad de defenderse grabando las conversaciones y yendo luego a la policía o al juez con la cinta como prueba. ¡Y se encabritaban cuando decíamos que la corrupción estaba generalizándose, con el cuento ése de los “casos puntuales”! La partitocracia ha degradado a la sociedad en su conjunto y anda convirtiendo en espías a una legión de ciudadanos de a pie que no ven en la convivencia democrática otra garantía que la de grabar al político depravado sus indignas propuestas. “Si no ganamos, tendréis que buscaros la vida”, decía esa delegada. No he escuchado mayor vileza en los días de mi vida.

 

No hay manera

Insisten los fosores que viven de la inacabable búsqueda de los restos de García Lorca en exigir a la Junta –tras varios sonoros fracasos de sus anteriores intentos—que siga apoquinando para pagar las excavaciones. No les arredra ni el ridículo –al menos Ian Gibson se ha retirado entre bambalinas—ni el escándalo que supone seguir dilapidando el presupuesto en aventuras que han llegado a ser extravagantes. Claro que la Junta se merece la presión por haber sido la consentidora de esta exhibición de incompetencia y de falta de sentido común, en tanto que alentadora de una “memoria histórica” tan anacrónica a esta alturas como demuestra el despiste de los fosores. Los mismos que se ha reído del melodrama cervantino tendrán que mirarse en el espejo.

Locos por la casta

Parece que, finalmente, la estrategia andaluza de Podemos se decidirá, como siempre, desde Madrid. No es que me sorprenda, ya digo, porque desde que hay autonomía, los Presidentes de la Junta han sido puestos y defenestrados, uno tras otro, desde la capital del reino, pero, la verdad, tampoco me encaja del todo tratándose de un partido como Podemos que ha hecho fortuna precisamente vendiendo esa rara mercancía que es el talante asambleario. “Nosotros no pertenecemos a la Casta, nosotros somos respecto de ella como el agua y el aceite, lo que hagamos no lo decidirán los gerifaltes de la “pomada” sino que será acordado libremente por “la gente” –¿no hay algo despectivo en esa foto sin rostros?—primera y última instancia de la voluntad popular. ¡Vida Rousseau, viva Marx! ¡Se acabaron los “aparatos”, se acabó el ordeno y mando: en adelante, con nosotros, la política tendrá ese tono blanco rosado de la piedra griega, la del Partenón visto desde abajo. ¿Ganar? Nada de grandes nóminas: lo justo para vivir con dignidad, a excepción quizá de Monedero, que ése se las avía solo”. ¿No les suena ese largo discurso? Pues bien, ahora resulta que, como muchos nos maliciábamos –¡nos hemos tragado tantas asambleas de Facultad!—Podemos ha dejado de ser un “movimiento” y un brote espontáneo para convertirse en un partido como otro cualquiera, es decir, en una formación ordenada de arriba abajo en la que el que manda es el Jefe y el Jefe, como decían los fascistas antiguos, siempre lleva razón.

Una cosa es predicar y otra dar trigo, como están comprobando ya los diputados andaluces de Podemos a los que desde Madrid le van a decir en su momento lo que tienen que votar cuando la presidenta en funciones comparezca para su investidura. A eso le llamaba Lenin el “centralismo democrático” y ya se vio la cuenta que, llegado el caso, le hacía Lenin a los “soviets”, que eran como los “círculos” y asambleas que ahora vende Podemos a sus crédulos, o sea, nada. ¡Con tal de que estos no acaben mandándole a algún Troski propio un tío con un piolet! En fin, mejor para el PSOE que, a pesar de la podre y a pesar del peor resultado de su historia contemporánea, va a encontrar en esos revolucionarios indomables su imprescindible sostén. ¡Qué estafa, camaradas! Aunque no constituya ninguna novedad: recuerdo un viejo graffiti de la Supercasta: “Ni curas ni banqueros, Falange con los obreros”. Bueno, pues hubo más de uno y más de diez que se lo tragaron.

Ganar tiempo

Tocante a la restitución de los dineros mangados, la Junta sigue la estrategia de los equipos pobres: echar balones fuera y dejar que corra el reloj. El mismo expediente abierto a la UGT por las famosas facturas falsas, lleva años –he dicho años– rodando de negociado en negociado y de sección en sección en espera de que el tiempo se agote y la responsabilidad prescriba. ¿Cuánto tiempo en necesario, en realidad, para instruir un expediente exigiéndole a un subvencionado que devuelva la pasta que pidió para aliviar el paro y se la gastó en juergas? La Junta parece tenerlo calculado al dedillo para evitar que se llegue a la incómoda restitución.