Repertorio estival

“Ya quisiera yo que el ‘caso Gürtel’ llevara la misma celeridad que el de los ERE”, Cayo Lara, coordinador general de IU. “Yo creo que la gestión del Guadalquivir es indelegable”, Alfonso Guerra, diputado. “El acuerdo del Ayuntamiento de Jerez para excluirme es ilegal e inconstitucional”, Pedro Pacheco, ex-alcalde de Jerez condenado e inhabilitado. “Si Guerrero pidió la cesantía y tenía derecho a ella, la cobraría”, portavoz del cogobierno andaluz. “Todos los que estaban por encima de mía (sic), saben lo que hay aquí (en Invercaria)”, ex –presidenta de esa empresa pública. “Si me comprometiera con le ética, no estaría trabajando en esta organización”, la misma.

Mandela

Hubo una larga temporada en Londres en que cada tarde noche se organizaba en Trafalgar Square la cita por la libertad de Mandela. Gente joven, turistas curiosos, muchachas cimbreantes mantenían encendida la lumbre de la esperanza al ritmo de bongos y voces invocando la libertad del viejo preso, dispersando por el ambiente una vaga sugestión de exotismo que los “bobies” se encargaban discretamente de mantener a raya. Bajo esa sugestión cobraba cuerpo en el imaginario aquel país lejano, con sus estepas inacabables y sus laberintos de manglares, sus colonos despóticos y el calvario de una negritud expoliada a la que encarnaba mejor que nada ni nadie un nombre ya por entonces mítico, Mandela, que había pasado entre rejas lo mejor de su vida, indesmayable en la demanda de libertad para su pueblo, de justicia para sus gentes, de igualdad de partida para todos los hombres al margen de su color. Un tertuliano –y bien inteligente—me pregunta en la radio, no sé si capciosa o ingenuamente, si no habremos sobrevalorado entre todos a Mandela, si no habremos hecho un mártir de quien tal vez, para defenderse, hubo de derramar o permitir que se derramara sangre, en una palabra, si fue o no fue terrorista en su día. Por toda respuesta, le he preguntado a mi vez si sería propio llamar terroristas a los héroes de la “Resistencia” francesa o a los españolitos guerrilleros que osaron enfrentarse a Napoleón, por poner dos ejemplos. ¿Acaso hay procesos de independencia legítima –la de los pueblos oprimidos y privados de sus derechos por gente extranjera—que no haya afilado alguna vez sus dagas o engrasado su fusil? Mandela podría alegar, en todo caso, que él sufrió dignamente en prisiones tratando siempre de poner paz en aquel matadero que simbolizaba el “apartheid” de los caballeros blancos y las damas con pamela, aquel idilio ya insostenible. Trafalgar era una fiesta entonces. Siempre lo acaban siendo los festivales por la libertad.

Ahora Mandela se muere, se acaba, habría que decir, doblada ya hace tiempo la curva de los 90, rodeado del fervor de su pueblo y del respeto de la inmensa mayoría, se va entre murmullos de rezos y ecos de sufragios, definitivamente consagrado como sólo logran serlo los héroes, y su mundo se deshace en lágrimas incoloras rodando por las negras mejillas. Hay vidas terribles que son casi perfectas. Aún resuenan en mi cerebro los bongos de Trafalgar Sq uare.

El paso cambiado

Frente al hostigamiento del copresidente Valderas y sus públicos comentarios sobre/contra la juez Alaya, ahora resulta que viene a Sevilla Cayo Lara, el coordinador general de IU, y hace un elogio de la acosada poniéndola por las nubes. En IU llevan el paso cambiado, como se ve, todo lo contrario que en la Junta, donde su fiscal/consejero de Justicia no desaprovecha ocasión para tirarle un puyazo a sus compañeros enfrentados jurídicamente a los intereses de la Junta. Dice Lara que ya le gustaría a él que el “caso Gürtel” fuera al mismo ritmo que los que lleva Alaya. A muchos ciudadanos, también.

La chispa de la vida

Los lobbies americanos son de una eficacia fuera de toda duda. Consiguen que se haga o deje de hacer lo que conviene a sus empresas, es decir, hacen lo mismo que aquí hacen otros que no son lobistas, pero a las claras. Hay muchos ejemplos, pero uno que me ronda por la cabeza desde que tuve noticia de él, es concretamente el logro de que el boicot impuesto por los EEUU a Sudán por promover ciertos terrorismos y haber dado asilo nada menos que al difunto Bin Laden, se haya aplicado con rigor sobre aquel país, en cualquier caso hambriento y martirizado, salvo en lo concerniente a la exportación de goma arábiga, una mercancía de la que son clientes supremos dos colosos de la economía yanqui: la Coca-Cola y la Pepsi-Cola. ¿La razón? Pues que esa sustancia, savia de una pseudoacacia indígena, resulta ser un emulsionante clave a la hora de fabricar esos refrescos, dado que sin ella el azúcar no se mezclaría con el agua sino que acabaría decantándose en el fondo de la botella o de la lata. ¡Como para prohibir su importación en EEUU por muy canalla que resulte ser el régimen sudanés y muy bárbara que sea su oposición rebelde! Cuando el embargo del petróleo a los árabes, un sobrino del secretario general de la ONU se puso las botas traficando con él, que el dinero no tiene patria, y, además, como decía el emperador romano que gravó las letrinas, “non olet” aunque de ellas provenga. A los sátrapas del Congo –incontables víctimas ya a sus espaldas—se les compra igualmente el coltán de nuestros juguetes electrónicos a pesar de que conste que su explotación es sencillamente inhumana. Los lobbies tienen mucha fuerza, la conciencia muy poca.

Ya no está de moda hablar de imperialismos ni colonialismos, tal vez porque esos conceptos, en un planeta globalizado, no respondan ya al diseño mental que popularizó Franz Fanon en los años 60, ni sean comprensibles más que en el ámbito conceptual sofisticadísimo de las nuevas relaciones internacionales. Pero, como se ve, no porque cerremos los ojos o la boca han dejado de funcionar esos sistemas, si me apuran, mucho más inhumanos ahora que entonces, lo mismo si pensamos en las industrias deslocalizadas con que se explota a la humanidad más desvalida, que si situamos la acción en los elegantes despachos de diseño desde los que actúan los lobbistas. No voy a poder beber una coca en adelante sin representarme a los sudanesitos que se dejan la vida recogiendo la goma en sus bosques de acacias.

Al vuelo

Las pillan al vuelo. Fíjense en que nada más asomarse a una Ley de Transparencia ya se le han ocurrido a la Junta dos cosas: una, incrementar la burocracia –es decir, la clientela política—creando de la Nada , valga la redundancia, hasta 26 entes de nueva planta, que si una Agencia, que si un comité, que si una comisión, que si un organismo por consejería para gestionar esta nueva función; y segunda, nombrar sobre todo ese entramado, una autoridad que será la única de elección parlamentaria que no necesitará mayoría cualificada para su elección. Ya ven lo que se puede esperar de esa “transparencia” que comienza por dejar fuera a la minoría mayoritaria del Parlamento.

Una cena lejana

La plana mayor de la política francesa se ha volcado en elogio a la muerte de Pierre Mauroy. En el 84 fui con el presidente Borbolla desde Bonn a Lille para asistir a una reunión del comité de Regiones Europeas presidido por el viejo zorro Edgar Faure a la sombra del alcalde de la ciudad, Pierre Mauroy, aquel “toujours ouvrier” no poco idealizado pero rebosante de simpatía y talento político. Por allí nos encontramos –Borbolla y yo íbamos de dignos peatones pero nada más—con un Pujol que llegó en su comitiva escoltado por Maciá Alavedra y un enjambre de secretarios y cogecosas, flameante en la limusina el banderín cuatribarrado. La reunión era, por supuesto, una puesta en escena y de ella sólo recuerdo (y encuentro en mis notas) los brillantes comentarios de Mauroy sobre el difícil porvenir del socialismo y las pullas, brillantes y malévolas de un Edgar Faure empeñado, no sé por qué, en hablarnos de Racine. Mauroy nos invitó a una asfixiante cena en el Ayuntamiento y tuvo especial deferencia con Borbolla y hasta conmigo, una vez que pegamos la hebra del fracaso de las enérgica economía que él había vivido en su difícil mandato como primer ministro de Mitterrand y, en general, sobre el azaroso futuro que aguardaba al socialismo en la postmodernidad, que entonces aún no se llamaba así. Entre dientes despotricó fuerte y flojo de Faure quien le ponía los comentarios a huevo con sus observaciones sobre una Europa de la que el introductor del IVA en su país no creo que esperara demasiado. Recuerdo que Pujol no logró la atención en ningún momento a pesar de pasarse la cena braceando como un gnomo empeñado en pontificar.

¿Racine? Mauroy sacaba punta afilada al empeño literario de Faure, lo que no dejó de impresionarme puesto a considerar sobre la grave diferencia entre aquellas élites cultas y la tropa española, pero recuerdo que nosotros le devolvimos la pelota metiendo por medio las sombras de Sartre, de Camus, de Flaubert y hasta de Villon, lo que nos permitió mortificar algo al viejo Faure que había saltado de la IV a la V República y, de pasada, descubrir un insospechado fondo de lecturas en el “político obrero”. Todas las voces coinciden hoy, como digo, en elogiar a este hombre singular y cercano que ha sobrevolado ileso su selva partidista entre Mitterrand y Michel Rocard, que ya es sobrevolar. Nos confió su deseo de venir algún día a Ávila, ignoro por qué razón. Que yo sepa se ha ido sin celebrar esa visita.