La rampa del triunfo

No quiero pensar qué se hubiera dicho de Javier Arenas si el día en que ganó las antepasadas elecciones autonómicas se le ocurre descender triunfalmente por la rampa –¡el sueño de la Esmeralda!—para escenificar el triunfo pírrico. “Esta Presidenta”, como ella dice y repite, sostiene que gobernará en solitario y en minoría. ¿Sí, y cómo se hace eso, empezando por la investidura? ¿Absteniéndose alguno de sus críticos más feroces o acaso el propio PP para dar una lección de juego limpio y, de paso, alargar la agonía de la investida? No descarto –ya lo he repetido—que haya que recurrir a unas nuevas elecciones ni tengo idea de que ocurriría en ese supuesto. Lo que sé es que Díaz no puede gobernar con lo que tiene, por más que su pretorio se susurre obsequioso lo contrario.

Y ahora, qué

Cuatro años más, al menos teóricos, para la hegemonía del PSOE andaluz. Cuando se cumplan, habrá gobernado, año arriba año abajo, tanto como el PRI o como Franco, y Andalucía, probablemente, seguirá –¿por qué con las mismas mimbres se iba a hacer ahora una canasta diferente?—situada a la cola de la querida España y de la culta Europa. Nadie tuvo jamás una ocasión semejante para exorcizar al demonio meridional, aunque fuera para sustituirlo por un nuevo satanismo. Y es raro, porque en este bipartidismo que corre a lo loco como la gallina descabezada, ni uno ni otro miembro acaba de fallar, como ha ocurrido en otras tierras, lo que supone tanto como decir que las novedades políticas, los llamados partidos emergentes, vienen a esta feria a engalanar el real pero no a suprimir el chalaneo. ¿Y ahora, qué? Pues ahora, una de tres: o Podemos se suicida aliándose con el PSOE de las corrupciones (la expresión es suya), o Ciudadanos hace lo propio aliándose con el PSOE de las corrupciones (también es suya la expresión), o vamos otra vez a las urnas aunque sólo sea para ver qué pasa. La democracia “è bella ma troppo incomoda”, ciertamente, porque nadie dijo nunca –ni Rousseau siquiera– que la “voluntad general” pudiera, más allá de resolver el conflicto aritméticamente, garantizar por sí sola lo óptimo ni lo cierto. Los demócratas hemos de aceptar los aciertos de la mayoría tanto como respetar sus yerros.

Si Podemos y Ciudadanos mantienen “su” verdad, no habrá otro remedio que convocar de nuevo a la tribu para que ratifique su indiferencia ante la corrupción y la asunción de nuestro atraso ya histórico. Porque el PSOE se ha “legitimado” –se dice y es verdad– aunque sea al precio de la complicidad de la mayoría del electorado, pero no parece fácil que ahora pueda gobernar sin soltar antes el pesado lastre que lo abruma ni, desde luego, que las opciones “renovadoras” lleguen a constituir opciones de gobierno. La autonomía andaluza ha progresado degenerando, como decía Belmonte, rebajando el nivel de sus gestores hasta cotas sólo comparables a las del disparate de ZP, y poco van a remediar esa tragedia las andaderas recién llegadas. Nada nuevo: todavía alienta la pesadilla peronista y lo que le queda. Hemos llegado a un punto muerto en el que no nos sirven ni el fracaso ni sus remedios. Aunque hayamos de pagarlos a precio de próceres. Aunque tengamos que resignarnos a seguir viajando en el parachoque, como el Lute en sus peores tiempos.

Otra amninistía

Teniendo en cuenta en que se calcula en 6 millones de euros el dinero presuntamente defraudado por el “régimen” en el último decenio, no cabe duda de que a los andaluces –no menos que a los valencianos o a tantos otros– la corrupción les importa un pito. Cierto que no le han dado al “régimen” luz verde, pero también que le han puesto el semáforo en ámbar, y ello equivale a mirar para otro lado o a esperar que la regeneración nos caiga del cielo en lugar de surgir de la tierra. Cunde el sentimiento de resignación profunda, la asunción del destino como un “fatum” y no como un “fieri”, como algo rematado e inevitable y no como algo que está en nuestras manos. Cuando Guerra dijo a las primeras de cambio que el pueblo les había condonado su deuda en las urnas, no andaba muy lejos de la realidad.

El gozo en el pozo

Fría se ha quedado esta España que marcea indecisa entre anticiclones y borrascas ante las conclusiones de la rueda de prensa celebrada en Madrid, alcaldesa incluida, para hacer balance de los trabajos acometidos en busca de los restos de don Miguel de Cervantes. ¿Que qué han dicho? Bueno, yo no me enterado muy bien, perdido entre los posibles, los probables, los quizá y los quién sabe, todo un repertorio de inconclusiones que certifica la sospecha que muchos teníamos de que la euforia hasta hace poco mostrada por fosores y munícipes tal vez carecería, finalmente, de una concreción como la gente. Y así ha sido. Se han revisado miles de fragmentos de huesos pertenecientes a un número indeterminado de difuntos, se ha revuelto cielo y tierra pero, en resumidas cuentas, seguimos sin saber otra cosa que la sabida, a saber, que don Miguel fue enterrado en el convento madrileño de las Mercedarias, en el que su hija era profesa y que luego sería reformado y ampliado con la consiguiente confusión. ¡Ay, España! ¡Las mañanas que uno ha echado en el Père Lachaise o en el Montparnasse, los atardeceres en que muchos hemos subido, como quien va de anábasis, al cementerio de Highgate, allá por el barrio de Hampstead, a saludar a Marx y, de paso al sabio Herbert Spencer, enterrado frente a él, nuestras visitas al cementerio marino del veneciano San Michele, tan poético, casi una invitación a los románticos…!

Que no, que España no es un país que haya honrado tradicionalmente a sus muertos eminentes, y si no, dense una decepcionante vuelta por alguna de las criptas dedicados a “hombres ilustres” para comprobarlo. En todo tiempo, España ha sido más de reliquias y relicarios, porque nuestros santos siempre fueron más estimados que nuestros creadores y políticos y, en fin, sin darle más vueltas, porque nuestra memoria patria es débil y quebradiza. Nadie tiene ni idea qué fue de la huesa de Velázquez, un poco como nadie la tiene en Viena de la de Mozart. Pero montando el número de la cabra en pleno “Madrid de las letras”, revolviendo tibias y calaveras a ver si se conseguía dotar al barrio de un nuevo punto turístico. Una tontería, me ha parecido entender que ha dicho desde su elegancia Francisco Rico, cervantino tan eminente, refiriéndose a esta farsa fúnebre. Son cosas de la España, en la secular tradición de los olvidos y las ocurrencias. Habrá que ponerle un par de rosas al genio, eso sí, una vez que se apacigüe la antropología y repose la municipalidad.

O.K. Corral

Un fantasma recorre el mundo: el corralito. Pudimos verlo en directo en las calles argentinas, con la gente arremolinada y apedreando la cristalera de los bancos, lo presentimos aquí mismo cuando ZP decía que la crisis no era más un invento antipatriótico de la Derecha o, un poco antes, cuando el trancazo de Mario Conde que atragantó el bocado a media España. Con Franco no había corralitos que valga ni creo que vaya a haberlos ahora en profundidad, porque me da que el Sistema no va a suicidarse ni mucho menos, pero ahí están los impositores de Banco Madrid con su dinero bloqueado en la caja fuerte y sin saber qué decirles a la santa que en casa les pide explicaciones. Lo bonito de este fandango es que nos muestra, como en un daguerrotipo antiguo, a los mafiosos rusos y los malandrines chinos junto a la garduña nacionalista encabezada por el propio Pujol y yo, fíjense lo que son las cosas, tengo el pálpito de que a lo mejor no es que EEUU haya denunciado el blanqueo sarnoso de los andorranos y sus socios madrileños, sino que es España la que le ha pedido que lo denuncie para no tener que enfangarse demasiado y encontrase el pastel servido: hoy por ti, mañana por mí. Mientras tanto, en todo caso, hay ciudadanos suspirantes que tiemblan pensando en que de sus depósitos no les está garantizado más que 100.000 euros, por más que, al menos de momento, sus inversiones en fondos estén a salvo de la quema. ¿Cómo es posible que un banco mantenga riesgos tan altos, por qué se lo consiente la autoridad, es que acaso no se podría vallar esa huerta poniéndole un tope allí donde comience a amenazar a la ciudad alegre y confiada?

El dinero no se mueve hoy atenido al puñado de instituciones que discurrieron los juristas romanos, sino que por vericuetos laberínticos que permiten apostar “a futuro” lo mismo que “a derivados”, hacer una pajarita del tiempo doblándolo y redoblándolo, inventarse títulos y hasta salir un día por peteneras diciendo que la caja se ha cerrado y que si hablamos de seguridad de la inversión, no me acuerdo. A un imputado del “caso ERE” le pillaron la pasta debajo del colchón, como antiguamente y no recuerdo si fue al mismo al que su madre encomió diciendo aquello de que su hijo tenía dinero “pa asá una vaca”. Duerman tranquilos, de verdad, que eso del corralito es un fantasma al que en menos que canta un gallo, –ya lo verán—se le apagará la palmatoria.

Genio y figura

Reapareció en público Julio Anguita, mi admirado y querido referente en muchas cosas, y lo hizo para apoyar a Podemos y otros “out-siders”, tal vez olvidado por un momento de la advertencia de Lenin de que el izquierdismo es la enfermedad infantil del comunismo. ¿Tan decepcionado está de sus propios camaradas (que no digo yo que no sea para estarlo) o será que busca desesperadamente, sin encontrarla nunca, a la vieja poesía utópica? Yo no lo sé pero al verlo me ha parecido confirmada la crisis definitiva de la Izquierda y su eventual marginalización. Si Anguita no ve ya más salida que la bolivariana –sabiendo lo que se sabe de Venezuela (y de Podemos)– habrá que dar por buena esta última conclusión.