Cosas que se dicen

“Andalucía es una necesidad”, Antonio Banderas, actor. “Siento cierta preocupación por la orientación de las finanzas de Andalucía”, Antonio López, Consejero Mayor de la Cámara de Cuentas. “La ley de Cooperación Ciudadana supondrá un asalto a las instituciones”, Diego Valderas, copresidente de la Junta de Andalucía. “Si fuera verdad que en el segundo trimestre van a mejorar las cosas, no tendríamos dificultades para cumplir el objetivo de déficit”, José Antonio Griñán, copresidente de la Junta de Andalucía. “No se ve todavía la luz al fondo del túnel del paro”, Gaspar Llanes, secretario general de Empleo. “La ministra de Trabajo estaría mejor en su pueblo haciendo punto de cruz”, Jesús Ferrera, secretario de organización del PSOE de Huelva.

El verdugo saudí

La pena de muerte es frecuentísima en Arabia Saudí. Se le aplica a los convictos (no es imprescindibles que sean confesos) de apostasía, robo mano armada, brujería o tráfico de drogas, y suele ejecutarse en la plaza pública, generalmente por decapitación. Con frecuencia se crucifica luego al ajusticiado, separado de su cabeza, para ejemplo de todos. Y  no importa la edad, pues los menores ajusticiados son frecuentes. Ayer mismo, se remedió a última el fusilamiento de seis jóvenes por delitos cometidos casi en la adolescencia (con trece años algunos) y la crucifixión de su jefe, en cumplimiento de una sentencia que versaba sobre un robo cometido en 2009, a pesar de la intensa campaña desarrollada en las redes sociales y al toque de rebato lanzado por Amnistía Internacional. Tan frecuente es la pena de muerte en Arabia que solamente entre 1985 y 2012 fueron liquidados casi dos mil personas, 1.938 para ser exactos, unos 80 al año en los más recientes, 17 en los dos primeros meses de 2013. La aplicación de ese suplicio a menores es contraria al derecho internacional, por supuesto, aunque ya sabemos lo poco que ese derecho supone para el integrismo islamista, y hay que recordar que los procedimientos judiciales empleados son prácticamente sumarios y van acompañados de tortura a los reos y, en ciertos casos, también a los familiares de estos. A estos últimos infelices los han sometido, al parecer, a palizas, severas privaciones del sueño, largas permanencias en pie y demás recursos del repertorio canalla, tras lo cual todos ellos han firmado, como es natural, sus respectivas “confesiones”. Arabia, como cualquier país, tiene sus usos y costumbres, eso no se discute; lo inaceptable es que luego pertenezca a un orden internacional que mantiene con ella relaciones privilegiadas con los ojos cerrados. Un país que ejecuta a dos personas a la semana y con esos procedimientos no debería ser aceptado en la familia occidental.

 

Y lo malo es que no hay alternativa, que con primaveras árabes o sin ellas, en esos países atenidos a un fundamentalismo de corte enteramente medieval no hay relevo posible, como estamos comprobando en algunos de ellos, ya “liberados” pero sometidos a nuevas inquisiciones. Siete menores fusilados y uno crucificado: la verdad es que, del Rey abajo, vamos por la vida acompañando a socios incompatibles con la sensibilidad más elemental.

Machismo impune

Hoy día el machismo es una actitud muy castigada por la sociedad en general y por las organizaciones feministas que vivaquean en la nómina pública. Y sin embargo, cuando sale un rufián e insulta a una mujer del bando adversario, ni una de esas “boquitas pintadas” se abre para denunciar el hecho. ¿Cómo justificar el silencio del Instituto Andaluz de la Mujer, del Lobby Europeo de Mujeres y el de los propios responsables políticos ante la grosera descalificación que un tal Ferrera, de la Ejecutiva Provincial del PSOE de Huelva, ha lanzado impunemente contra la ministra de Trabajo? Pues de ninguna manera, aparte del fanatismo y la impunidad. Tenemos un feminismo de partido no un feminismo universal y encima lo pagamos con dinero de todos. De otra forma, ese miserable ya habría recibido lo que se merece.

La vera imagen

En una espléndida obra sobre Séneca, el latinista Francisco Socas –un andaluz en la tradición de nuestros insignes clasicistas contemporáneos—nos ha echado abajo la tradicional convención que unifica la imagen del gran filósofo en el busto de facciones trágicas que Orsini descubrió en el XVI, aquel de la guedeja revuelta y las facciones angulosas, la nariz audaz y la mirada penetrante que, quien más quien menos, reconocemos desde la adolescencia en las ilustraciones de nuestros libros de texto. Socas revela que la “vera efigie” de aquel romano cordobés no sería ésa sino otra, descubierta al filo del romanticismo, que aparece ensamblada por la nuca con el inconfundible busto de Sócrates, y que debemos al hiperrealismo del retratista romano, tan ajeno a “la idealidad tipificadora pero engañosa” de los retratos griegos: “Un hombre con pinta de carnicero o de picador de toros más que un filósofo enjuto y barbado”. ¡Otro adiós a la inocencia! Solemos imaginar indefectible y subjetivamente a todo personaje porque nuestra mente –un poco en el sentido que apuntó Heisenberg—resulta incapaz de entender lo que no visualiza, es decir, que, en fin de cuentas, la razón necesita para comprender de esa andadera que es la imagen. ¡Cuántas caras le habremos puesto a madame Bovary, cuántas a Pablo de Tarso! No hay quien nos desvíe del generoso retrato que Juan de la Cruz hizo de la doctora Teresa como, en tiempos modernos, no habrá quien nos haga ver otro Nerón –a pesar del retrato fidedigno de Suetonio–  que aquel al que pusieron caras inolvidables en el cine Peter Ustinov o Charles Laughton. No sabe Socas cuánto me cuesta ahora conciliarme con el nuevo rostro que “de frente hace un gesto como de melancolía exquisita, que de perfil se hace más adusto y solemne”. Si me lo creo es porque lo dice él.

 

Es raro disponer de testimonios como los que encierra el “Libro de Retratos” de Pacheco. Lo normal es aviárnosla con la primera impresión, siempre subjetiva, o con la insuperable propuesta icónica que nos imponen los “medios”. Como raro resulta también representarnos con fidelidad el pensamiento de un Séneca, si no es valiéndonos de una vivisección como la que nos ofrece el profesor Socas, descubridor de un Séneca plural que él, como quien desmonta una matrioska, va desvelándonos en sus figuras complementarias. Lean este libro magnífico a poco que estén interesados en comprobar la fragilidad de nuestras “idées reçues”.

Cámara de cuentos

Ahora se sabe que la Cámara de Cuentas, es decir, sus técnicos, habían elaborado un borrador de la auditoría sobre los ERES fraudulentos y las prejubilaciones falsas en el que implicaba a Griñán como consejero de Hacienda. Y también, que su presidente, Antonio López, pidió entonces un dictamen de su gabinete jurídico en el que desaparecieron todas las flechas dirigidas a Griñán. Y qué quieren, es lo normal en estos órganos de extracción parlamentaria que representan lo que representan y ni una migaja más. La Cámara está ahí para las fiscalizaciones de rutina y para blindar a la Junta que es al ama del cortijo. De Antonio López no sabríamos nada de no ser así las cosas.

Guerra a distancia

No es verdad que, como creía Napoleón, en la guerra y en el amor resulte preciso a los contendientes estar cerca para culminar la tarea. La tecnología galopante está dejando fuera de combate eso que se ha venido llamando durante siglos el “arte de la guerra” y que implicaba, como en la visión napoleónica, el enfrentamiento directo con el enemigo. Hay ya robots que sustituyen a los buscadores de minas liberando así al soldado de todo riesgo, hay misiles dirigidos que alcanzan milimétricamente sus objetivos y existe, en fin, el moderno avión no tripulado, esos “drones” capaces de localizar y destruir desde Arizona o Nevada al adversario residente en Paquistán o en el Sahel. La guerra presente, y nada les digo de la futura, no se librará ya en orden de batalla sino a distancia lo que, con toda evidencia, hará trizas la mítica del honor guerrero, pues difícilmente la acción de apretar un botón en una base alejada miles de kilómetros puede implicar connotaciones épicas. Y lo malo, al menos a mi juicio, es que las nuevas estrategias no suponen necesariamente una ventaja ética o moral puesto que esta guerra moderna puede resultar tan canalla como la clásica y, desde luego, potencialmente mucho más peligrosa, a no ser que entendamos que la desaparición del concepto heroico de la lucha, la plutarquiana religión del combate y el ideal del honor bélico pudieran constituir en sí mismos un progreso clave en la evolución de la mentalidad humana. Sabemos bien que actualmente una guerra devastadora podría librarse en un santiamén desde un par de submarinos atómicos sin desenvainar siquiera la espada, pero eso –insisto, al menos para mí—no resulta tranquilizador sino todo lo contrario. Horacio decía que mientras la guerra fuera el recurso ningún mal tendría remedio.

 

Todo indica que la tecnificación del conflicto dará definitivamente al traste con esa mentada mítica guerrera que recorre como un nervio, a través de los siglos, la mentalidad humana. No hay valor ni belleza en la guerra, no hay en el combate más que cólera y locura demostrativas de un fracaso radical de la razón, pero es lo cierto que lo contrario –la apología del héroe—atraviesa como un bramante la axiología de la especie  desde Homero hasta Clausewitz. Ha habido que esperar a que la tecnología haga innecesario al héroe para entender que en la agresión no cabe valor humano. Algo que empieza a ser una realidad en mano de los modernos estrategas.