Echar el garabato

Se está poniendo de moda en la Administración autónoma, es decir, en la Junta, eso rechazar toda responsabilidad con el mísero argumento de que el alto cargo se limita a firmar lo que le ponen por delante los funcionarios. Lo largó en el Supremo el consejero Viera –alegando, además, su incapacidad técnica para entender los expedientes que firmaba—y lo ha repetido ante el juez un delegado de Agricultura y Medio Ambiente almeriense especificando que él, como delegado, se limitaba “a firmar lo que dicen los técnicos de la casa que son los que saben”. ¡Hay, además, tantísimas resoluciones y expedientes…! El cargo se viste, se cobra y santas Pascuas que, en caso de estropicio, ahí están “los de abajo” para dar la cara.

Políticos mediocres

La mediocridad ha tenido siempre sus defensores al tiempo que era detractada. Los griegos defendieron mucho el “término medio” y Solón acuñó su memorable “Ne quid nimis”, o sea, nada en exceso, pero la intuición de la idoneidad de lo mediocre reaparece aquí y allá, un poco en todas las épocas. Nos quejamos, pues, de la mediocridad de nuestros próceres como si en alguna parte estuviera escrito que habrían de ser brillantes, ni siquiera convenientemente preparados. Cuando un consejero imputado en el “caso ERE” trata de exculparse ante el juez con el argumento de que él no es más que un maestro de escuela, se podrá argumentar que, conociendo esa limitación, nunca debió ser nombrado ni aceptar tareas que requerían más elevados conocimientos, pero sin olvidar que hay innumerables opiniones que vieron precisamente en esa limitación o medianía una garantía de equilibrio. Recuerdo que Montesquieu, citando de pasada a Tucídides, proclamó con rotundidad que no hay que exigir a los gobernantes más que la mediocridad, y también que Nietzsche reservaba la política para lo que él consideraba “cerebros mediocres”, pero me temo que ese incierto pesimismo tenga mucho que ver con la soberbia intelectual. ¿No es cierto que Carlomagno no sabía escribir? Pues ya ven, así y todo levantó un Imperio que, al menos en efigie, duraría siglos.
Podemos soñar con el ideal platónico del gobierno de los sabios –ojo, no de los poetas, a los que expulsó de su República—pero la verdad es que, por desgracia, quienes hacen una profesión de la vida pública suelen agarrarse a ella como a un clavo ardiente. Ello aparte de que cuando se llega al Poder, el recién llegado culmina la opinión de sí mismo en términos muchas veces tan ridículos que permitió a cierto talentazo argentino llegar a la conclusión de que si un hombre inteligente suele reponerse pronto de una derrota, uno mediano no se repone jamás de una victoria. Y claro, lo que el mediocre no quiere es que nadie brille más que él a su alrededor, razón por la que la suerte está echada sin remedio confirmando los temores expresados por cabezas tan distintas como las de Stuart Mill o Toqueville, Manheim o el aristocrático Ortega de “La rebelión de las masas”. Tal vez la gran causa de la crisis democrática radique en esa identificación de lo igual con lo mediocre. Hay que ser un Kennedy para rodearse de gente como Schlesinger Jr. o Kissinger. Un ZP o una Susana Díaz bajarán siempre el listón.

Testigo de cargo

La Fiscalía del Tribunal Supremo coincide con el ex-Interventor jefe de la Junta de Andalucía en que las declaraciones de inocencia de los sucesivos altísimos cargos imputados deben ser contrastadas escuchando la voz de quien, durante años, avisó sin éxito de lo que se estaba cociendo. Ese Interventor ya ha calificado de “indignas” las declaraciones de Chaves y de Griñán pero no cabe duda de que podría aportar al conocimiento del juez más que ningún otro testigo, ya que fue él y su departamento quienes enviaron a los consejeros –es decir, al Gobierno, para qué engañarnos—las alarmas que nadie atendió. Para un funcionario de la Junta que ha perdido el miedo, la verdad es que tendría delito no aprovechar su cualificado testimonio.

El número 3

Bien que conozco la simbología del número 3, tan presente en nuestra cultura mediterránea y, en especial, en la cultura neotestamentaria. Lo que no sabía es que existe una jerarquía mundial de personajes en el que tal número, el 3, corresponde por derecho propio, al presidente o presidenta del Fondo Monetario Internacional, ese mascarón de proa del sistema esencialmente desigual que conocemos como economía libre de mercado. Los presidentes del FMI tienen categoría de jefe de Estado, ahí es nada, pero ha querido el destino, que trenza las vidas a su gusto y capricho, que de los tres últimos que han ostentado el cargo –Rodrigo Rato, Strauss-Kahn y Christine Lagarde—los dos primeros hayan acabado entre rejas y la tercera ande gravemente imputada en su país por un caso notorio de corrupción. No me vayan a preguntar, por favor, aquello de “¿En manos de quién estamos?”, pues yo mismo no alcanzo a comprender cómo se puede depositar el control planetario de la economía en sujetos tan poco probos o en un maleante capaz de forzar sexualmente a una mucama de hotel. ¿Es que no hay en todo el mundo una sola persona de fiar, alguien que no sea un mangante o un salido? Tampoco lo sé, pero me entero de que Lagarde, por ejemplo, cobra en este momento de austeridades la bonita suma de 352.859 euros más 65.000 asignados para gastos personales, con la ventaja de que, al ser extranjera en USA y no cobrar en Francia, queda exenta de cualquier obligación fiscal.
Estamos en manos de una oligarquía transnacional que coopta a sus barandas sin otra regla conocida que su real gana, un estamento sobrevenido en el contexto globalizado en el que –a la vista está—abundan los delincuentes reales o presuntos, y que funciona en régimen de plena autonomía, atento a los objetivos del Primer Mundo y por completo indiferente a los problemas y duquitas negras de los países pobres. ¡Tres Presidentes de tres miccionando fuera de tiesto! No hay que ser Mandel, ni siquiera Keynes (o al revés), para ver en este hecho clamoroso la demostración palmaria del fracaso moral colectivo y encubierto de ese capitalismo que, como el ave Fénix, renace de sus cenizas cuando lo incineran sus propios excesos. ¡Tres de tres y llevándose el manso un mes sí y otro también! Los lamentos de los países abrumados por sus deudas no dejan de llevar razón cuando señalan al FMI como el injusto gendarme de un sistema por completo desmoralizado.

El Do de pecho

Griñán se va de la política. O lo echan sin manos, que todo puede ser, “pase lo que pase” con los ERE en el Supremo. Quienes como el abajo firmante tanto lo estimamos en tiempos, acaso nos sintamos un poco descargados del peso muerto de su desbordada autoestima y de una trayectoria sólo explicable por la ambición. Griñán ha pasado por todo: ha sido un tenor con voz de barítono y, cuando ha hecho falta, incluso de bajo, y esos transformismos en la ópera suelen acabar mal. Sostuve que era lo menos malo disponible entonces pero ahora, visto lo visto, no podría mantenerlo. En cuanto a los demás –a los muchos de griñanitas de estos años pasados–, mucho me temo que acaben en plena deserción. Un mal final de quien pudo esperarse que diera el do de pecho.

Mare nostrum

Italia está escapando al fin de la idea imperial, renovada por el nacionalismo expansionista desde D’Annunzio a Mussolini, de que el Mediterráneo, como se llegó a decir en pleno apogeo de la ilusión fascista, era un “lago italiano”. Como todos los mares, ése tiene también dos orillas y en estos años se anda descubriendo que entre ellas hay un abismo insondable que separa la civilización de un tercermundismo en ebullición que parece decidido a reclamar en el mundo afortunado su hueco salvador. En lo que va de año, la migración masiva –sobre todo la procedente de Libia– se ha triplicado hasta saturar los servicios de acogida, pero en alta mar han dejado sus vidas un millar y medio de personas, víctimas de las mafias que operan en la otra orilla con manifiesta impunidad. Italia exige a la UE una acción conjunta y decidida, toda vez que el flujo migratorio, además de afectar a los países más próximos, se dirige, en realidad, al territorio comunitario, una acción que no debería limitarse a controlar los miles de inmigrantes que lograron alcanzar el paraíso soñado, sino que no tiene otro remedio que intervenir con severidad actuando sobra las mafias en ese territorio sin ley que es África y, muy en especial, la Libia desbaratada posterior a Gadafi. El sueño de la “primavera árabe” tiene ya, sin duda sus propios monstruos para escarmiento de ingenuos y desdicha de sus poblaciones.
Yo me pregunto cómo hubiera reaccionado este viejo mundo si los miles de ahogados entre Gibraltar y Lampedusa no fueran africanos que huyen de la violencia y del hambre, sino ciudadanos europeos –¡o americanos!–, convencido de que hace tiempo que se habrían tomado medidas drásticas por muy laberínticas que puedan ser las estructuras mafiosas. ¿Qué habrían hecho Inglaterra o Alemania, Francia o la propia España, si el reciente millar largo de víctimas hubieran sido naturales suyos, cómo explicar que los mismos que lograron echar abajo el baluarte de Gadafi anden con paños calientes frente a esas miserables pandillas que están constituyendo la nueva esclavitud? No cabe duda, desde luego, de que este pavoroso panorama no ha de desaparecer en tanto no se creen en África las condiciones objetivas que permitan a esos pueblos permanecer en sus patrias, pero tampoco es posible ignorar las complejas circunstancias que resistirán frente al cambio. El cementerio marino seguirá ahí indiferente a galernas y bonanzas como muestra suprema de nuestro fracaso colectivo.