La tele descubre

No es que la tele nos exponga más gordos, que también, sino que te descubre como si de unos rayos X se tratara en cuanto te enfila la cámara y te deja manifestarte. Vean cómo descubrió, por ejemplo, a la presidenta Díaz, de qué manera captó esos fruncidos de entrecejo, esos apretones de labios, esa dinamita fulmínea con que, ante la alelada coordinadora, abrasaba el plató en cuanto el candidato pepero le apretaba las tuercas. No hay nada oculto que no deba revelarse, dice el Evangelio, ni soberbia alguna que escape el ojo hertziano. La tele ha desnudado psíquicamente a Susana destrozando su leyenda simpática: no era una cordera valerosa, es un perro de presa. ¡A que va a resultar que es cierto lo que han dicho siempre los que la conocen!

Deporte y negocio

Yo alcancé a vislumbrar una Liga de fútbol más bien heroica. Los jugadores cobraban poco, cuando cobraban, y debían hacerse el cuerpo a inacabables viajes en tren –pongamos por caso, entre Sevilla y Bilbao– y conste que hablo de aquellos románticos trenes de postguerra, de traqueteo y carbonilla, por los que pululaba la Guardia Civil identificando al personal y las estraperlistas escondiendo sus recovas. Hubiera sido inimaginable, supongo, que un entrenador –lo de “míster” sólo se decía entonces en Huelva y otras zonas anglófilas colonizadas—se viera en la precisión de criticar a sus jugadores por el hecho de verlos contemplarse como Narcisos en el espejo del vestuario antes de saltar al campo, que tampoco se llamaba todavía la “cancha”. Aquel era un deporte-competición de hombres de pelo en pecho y honrados como arcángeles, en los que nadie hubiera imaginado siquiera la posibilidad del peinado de peluquería ni de la del tongo. No existía la “mercadotecnia”, por descontado, y a nadie se le ocurría reclamarle a una figura una camiseta sudada y mucho menos la de citarse a oscuras con un trajinante para comprar o vender un partido decisivo. Imaginar en aquel paisaje casos como el “Totonero” o “Moggigate”, obra el primero de la Mafia, tumba el segundo de un “scudeto” irreparable en el que saldrían pringados, junto al Milan, la Fiorentina, el Reggina y el Lazio, una Juventus deshonrada con el descenso de categoría, no era posible entonces.
Hoy hay metidos en los Juzgados españoles al menos dos Presidentes del Barcelona, uno antiguo del Sevilla (su sucesor está en la cárcel), directivos y jugadores del Gerona, Osasuna, Betis y Español, demostración irrebatible de que el deporte es incompatible con el liberalismo de mercado. En algunos vestuarios ha tenido que colgar la Liga de Fútbol Profesional (LFP) un video en el que se previene a los jugadores de las tentaciones del tongo, algo que quizá no hubieran sido capaces de imaginar aquellos pioneros. Había que oír al gran Domenech, el valenciano del Sevilla, explicar las duquitas negras que suponía el viaje machadiano de quince horas en el vagón de tercera y escucharle luego su desdén frente a los mocitos que hoy esconden sus caudales en paraísos fiscales. Parece que lo veo detrás de su mostrador, amable y currante, poniéndote una tapa de paella como quien, de hombre a hombre, te mete el hombro en la carga legal.

“Ca uno es ca uno”

Es la vieja broma de Borbolla para justificar lo injustificable cuando llegaba el caso, y es la fórmula que mejor cuadra a la hora de valorar a “esta Presidenta” que no tolera objeciones ni respeta en modo alguno las reglas elementales del diálogo sin andador. Díaz es una mujer soberbia y engreída –tal vez desbordada por su inaudita fortuna—que no sabe gobernar –ya lo ha probado frente a IU—como el socio no le haga permanentemente el rindan armas. Y además, oculta lo que sabe, que ha de ser mucho, puesto que lleva en el puente de mando –¡y al lado e Viera y Griñán!– tanto tiempo como los ERE. Difícil lo va a tener para buscar socio postelectoral, dado que es incapaz –cada cual llega a donde llega y no más—de una solución a la alemana para afirmar un bipartidismo obviamente necesitado de revisión a fondo. Con Susana Díaz, ni a coger duros. Sin ella –y por su culpa—en el brete de la ingobernabilidad.

Niños verdugos

Superada la fase inicial de decoro, los videos terroristas ya no llevan censura. Vean (no vean, quiero decir) el del pequeño Abdallah, diez años, melenilla suelta, suéter negro y pantalón de camuflaje, junto al bárbaro que pronuncia la condena y lee versículos del Corán antes de la ejecución de dos prisioneros rusos acusados de espionaje al Califato. No pestañea, no mueve un músculo cuando, agarrando con las dos manos la pesada pistola, adelanta un par se pasos para descerrajar a quemarropa los tiros en las nucas y otro dos de gracia, pero a mí me asaltan las lágrimas percibiendo en los rasgos del niño verdugo, bajo el velo negro de la ferocidad, el signo inconfundible de la inocencia. Hemos visto muchos de esos niños-soldado, abrumados bajo el peso del kalasnikov, un par de granadas en la cintura y la mirada dramática del teatro de la miseria, e incluso a alguno de ellos que, acompañado por su padre, mostraba con desconcertante orgullo una cabeza cercenada. ¿Será verdad que en Siria hay campamentos infantiles en los que se adiestra militarmente a los chiquillos y hasta se les impone, como ejercicio forzoso, la ejecución de prisioneros? No sería extraño porque llevamos años viendo campar por los andurriales africanos a esas bandas infantiles acanalladas a la fuerza, sin que ningún poder del planeta haya intentado siquiera ponerle coto al desmán, aunque haya que reconocer la novedad que representa la imagen desoladora de Abdallah –diez años, suéter negro y pantalón de camuflaje– volándole las cabezas a sus reos, y sin mover una pestaña, ya digo.

Trato de imaginar la vuelta de Abdallah a su pequeño grupo, su vida cotidiana inmersa en la brutalidad, la razón dimitida, el sueño tal vez poblado de temerosas pesadillas, el destino de ese niño abducido por la infamia, pervertido en el crisol del fanatismo. ¿Es Abdallah un verdugo o habrá que ver en él a una víctima más, acaso irredimible, de ese conflicto bestial frente al que el mundo civilizado apenas murmura unas vagas lamentaciones? Yo creo en lo primero, en su inocencia vulnerada, incluso cuando, al final de la ceremonia, lo veo alzar el brazo en señal de victoria –ese equívoco argot de los adultos—, indiferente ante la tragedia, ajeno al espanto de la escena, pobre Abdallah, acunado él mismo, quién sabe si para siempre, en el sueño canalla de la setenta huríes de un oasis imposible regado por ríos de sangre.

Justicia imposible

¿Qué puede Aquiles contra la lógica geométrica de la tortuga? Poca cosa. Leo en el BOE el anuncio del concurso de traslado que afecta a la juez Alaya, próxima magistrada de la Audiencia Provincial. A finales de abril, a todo tirar, deberá estar en su nuevo puesto, salvo que solicite y se le conceda prórroga para tratar de cerrar sus casos monumentales. Y ello justo cuando el Gobierno habla (en campaña) de acortar la duración de los procesos y el presidente del TSJA recomienda a los jueces “concienciarse”. Vale, pero ¿qué puede hacer el relevo de Alaya sólo para enterarse de qué va la vaina? Dejar la instrucción menos de los fiscales supondría un gran avance porque lo que es evidente es que ninguno de estos “supercasos” se resolverán con el sistema actual, verdadero aliviadero para los corruptos.

¿Qué fue del Dioni?

En mucho menos tiempos del que Guerra determinó para que a España no la reconociera ni la madre que la parió, este solar nuestro ha sufrido un cambio espectacular. Cierto que también las tecnologías llevan una velocidad que no nos permite ni apreciar las mudanzas, pero eso no quita para que uno eche de menos a aquella España del Dioni, patria pícara e ingenua en la que un hombre bragado cambiaba de ruta y se llevaba por la cara a las playas brasileras un furgón con una millonada dentro, se pagaba un injerto de pelo y un (relativo) arreglo de la jeta, rodeado indefectiblemente de las setenta huríes prometidas en sus edenes de cinco estrellas, mito de una delincuencia artesanal que, encima, no lesionaba más que los intereses de los bancos. ¡Qué trastorno, Dios mío, qué distancia desde aquel Dioni divertido que un día entrevistamos a tres el gran Jesús Quintero, Víctor Márquez y yo mismo, espíritu pronto y ligera respuesta, qué distancia, digo, con esta alta mangancia que nos abruma, lo mismo desde un infante consorte que desde un ex–presidente del FMI, desde presidentes de la patronal hasta banqueros gastosos que pagan joyas, comilonas o masajes con sus tarjetas black, políticos rancios o sindicalistas descolgados del viejo árbol marxistón! Las hazañas del Dioni eran el rabo de la picaresca, episodios tardobarrocos de nuestra “struggle for live”, algo así como un eslabón perdido entre los zarpazos del Lute y la ingeniería financiera de estos golfos respetables, siempre a años-luz del riesgo gracias al ventajismo de clase o a la protección de partido.
¿Qué habrá sido del Dioni, del país cabal de los mangazos a pulso, tan distinto de esta jungla digital en la que la tarjeta ha sustituido a la ganzúa y la libertad con cargos a la prisión sin fianza, donde nuestros más respetados políticos –“Tranquilo, Jordi, tranquilo”, ¿recuerdan?—se codean con narcos y traficantes rusos o chinos a la hora de blanquear sus negros dineros? Si este era el progreso que anunciaban los Condorcet, nos podíamos haber ahorrado el viaje antes de aterrizar en este desierto moral en el que, como en la Sodoma en que Abraham regateó con el Altísimo, va a ser más fácil ya contar los supervivientes honrados que a la muchedumbre pervertida. Se viene abajo de podre esta sociedad avarienta que sabe ponerse a buen recaudo de la horma de su zapato. En tiempo del Dioni las cosas solían ser, al menos, más cabales.