Nuestra Babia

Al filo de los 60 publicó Pemán una Tercera de ABC titulada “Estar en Babia” que provocó gran desasosiego en la Dictadura. Aún me acuerdo de su arranque –“En los montes der León, cerca de Murias de Peredes” hay un valle recoleto y verdoso que se llama Babia…!”—y de la movida organizada por Emilio Romero desde “Pueblo” convocando un concurso con premio de diez mil rupias que acabó ganando un fascista consumado, que de rapazuelo en la División Azul había llegado al generalato en la Guardia Civil. El dicho “estar en Babia”, explicaba Pemán, remachando lo bien sabido, venía de que a aquel idílico cazadero de corzos y jabalíes iban los reyes de León dejando sus gobierno en manos de sus edecanes, los cuales zanjaban toda demanda del pechero con esa excusa perfecta: “El Rey está en Babia”. Años antes había resumido la cuestión Víctor de la Serna (no el nuestro, sino su padre) diciendo que la expresión alude a “un estado psicológico que está entre el dolce far niente y el no quiero saber nada” que hoy resulta que ni pintado para retratar a nuestros próceres implicados en el saqueo perpetrado durante diez años en la Junta. Ahí tienen el inconcebible argumento del consejero Viera de que él, como maestro de escuela que es, no entiende ni sabe de leyes, o el memorable de Griñán alegando ante el Supremo que aquí se ha producido una barbaridad y un gran fraude aunque espontáneos, es decir, sin responder a ningún plan, y en el que los altos responsables no habrían tenido arte ni parte.
¡Miles y miles de millones de las viejas pesetas escurridas entre los dedos durante un decenio ni sospechas despertaron en quienes mandaban de verdad y ahora señalan como responsables, con evidente mezquindad, a los pringaos del tingladillo! Como en Babia, los reyes de la Andalucía autonómica, habrían vivido lejos de la intriga, en la inopia bucólica del Poder, mientras “cuatro golfos” vaciaban la despensa abastada a la fuerza por el pechero y ellos se tapaban los ojos, los oídos y la boca como los monos sabios de la metáfora china. Ni se enteraban, oigan, como no quisieron enterarse cuando se les avisó ni quieran enterarse ahora aunque reconozcan ya, al menos, indultando al mensajero, que si no un “plan”, sí que hubo un “gran fraude”, vamos, una “barbaridad”, cuyo eco no llegó ni de lejos a Babia. Sólo nos queda comprobar si los jueces del Supremo siguen también en Babia o han regresado ya a su estrado dispuestos a reparar la Ley.

Pedofilia en la picota

Una fuerte discusión gira en Portugal alrededor de un proyecto de ley con el que ministra de Justicia, Paula Teixeira, se propone alcanzar la yugular del colectivo pedófilo, un sector tan vasto que, según fuentes judiciales, cada día se registra una condena por pedofilia en el país: sólo en 2014 fueron condenados más de trescientos portugueses por ese motivo. El debate estriba entre el garantismo que, no dudo que magnánimamente, rechaza estigmatizar a esos peligrosos delincuentes y el designio de erradicar el auge creciente del abuso de menores ni más ni menos que como vienen haciéndolo ya en la mayoría de los Estados norteamericanos, donde las listas de esos convictos figuran hace tiempo en Internet a disposición de cualquiera, y no sólo a facilitarlas, como en el sistema anglosajón, sólo a la policía y, eventualmente, a los padres debidamente acreditados. A la ministra portuguesa la apoya el hecho contundente de que en su país se instruyeron el año pasado más de mil doscientas investigaciones judiciales –casi cuatro diarias– por presuntos delitos de pedofilia, mientras que los que he llamado “garantistas” se justifican oponiéndose a la onerosidad de esa medida sobre el delincuente, a pesar de estar probado que la mayoría de ese tipo de malvados reincide cuando recobra la libertad. ¿Es lógico poner a disposición de los padres la relación circunstanciada de pedófilos, con sus descripciones físicas y domicilios, o lo es más aferrarse a la idea de que, “pagada” la pena, el delincuente tiene derecho a perderse invisible entre la muchedumbre de la ciudad alegre y confiada?

No creo que la severidad que supone esta medida de prevención esté reñida –a la vista de las constantes redadas masivas de abusadores que difunden cada dos por tres las policías en todos los países– con la lógica social. Si un pedófilo, como un violador, reinciden estadísticamente de un modo alarmante, se entiende con facilidad el derecho de los damnificados y de la sociedad en general, a controlar en lo posible a los infractores en legítima defensa de su prole. No parece que acertemos a la hora de buscar un punto de equilibrio entre un humanismo que respalda los derechos del transgresor y otro más atenido a la vieja obviedad de que quien quita la ocasión, quita el peligro. Pero es obvio que la gravedad del tema –a la que no es ajena la contribución de las nuevas comunicaciones—fuerza a repensar esa cuestión sin crueldad pero también sin remilgos.

Feminismo, pero menos

La delegación cordobesa de Igualdad, Salud y Política Social ha denegado a un enfermero del Hospital Reina Sofía el permiso de cuatro semanas de baja laboral que establece la normativa del Servicio Andaluz de Salud, con el argumentillo de que, para que el varón domado acceda a ese privilegio paterno, su señora ha de traer entre manos otra actividad laboral. Pero el toque está en que la propia delegada, Isabel Baena, muestra en Twitter un perfil personal en el que aparece sonriente con un cartelón en el que reza: “Que para combatir la igualdad no hace falta ser mujer” (sic). ¿Ven como no hay que fiarse demasiado de Internet y menos de los políticos? El que lo debe de haber visto claro es el enfermero en cuestión.

Escrito por otro

De tantas curiosidades literarias como uno lleva conocidas, pocas tan desproporcionadas y extravagantes como el éxito de Stieg Larssons y su saga “Millenium”. Pocos autores conseguirán vender casi ochenta millones de ejemplares, sobre todo después de muertos, y menos aún lograrán que cuatro de esos millones correspondan a lectores en español. Confieso que yo no pude con su primera entrega pero la verdad es que he oído valoraciones muy diversas sobre la obra en su conjunto e incluso elogios provenientes de escritores de fuste que tal vez miraron de reojo el extraño éxito “post-mortem” conseguido por Larssons, y que ahora trata de apropiarse un espontáneo, un tal David Largerkrantz, al anunciar para este verano la aparición de un volumen espurio de la saga que ya se disputan las editoriales. Como uno anda metido en la lectura familiar y diaria del Quijote para conmemorar el cuarto centenario de su segunda parte, el caso me ha traído a la memoria de inmediato el suceso de Avellaneda –que tanto encabritó a Cervantes, y del que Luis Gómez Canseco acaba de lanzar una edición espectacular en la RAE–, al apropiarse del personaje inmortal y prolongar sus aventuras sin encomendarse a Dios ni al diablo, y hacerlo, a mi juicio, con tan buena mano de escritor que obligó a Cervantes a contener su rabiosa reacción en términos tan discretos, por más que el bachiller Sansón Carrasco grabara en el mármol eso de que “nunca segundas partes fueron buenas”. A lo mejor llevaba razón D’Ors cuando legó al frontón del Buen Retiro el lema maximalista de que “todo lo que no es tradición es plagio”.

Lo que me pregunto es por qué una sociedad tan poco lectora como la nuestra se pirra por esos centones inacabables que parecen haber desplazado sin remedio a la gran literatura, cómo es posible que en una España en la que las ediciones –aparte de montajes como algún gran premio– no suelen pasar de tres mil ejemplares, se logren triunfos tan espectaculares como alcanzado por “El código Da Vinci” o el citado “Millenium”, horma acaso de una mentalidad masiva lamentablemente adocenada. Veremos de lo que es capaz ese David Lagerkrantz rehaciendo su canasta con las mimbres de Larssons adecuadamente reutilizadas para un público haragán pero ávido de oscuras sensaciones. Imagino el estupor de Luckács si pudiera asomarse a este mercado esencialmente antiestético en el que la novela ha cambiado posiblemente de género sin avisar siquiera.

Chapuzas económicas

Un problema añadido para la presidenta-candidata: que la liturgia de la investidura, además de los pactos imprescindibles, cuenta hoy por hoy con dos normas contradictorias, una la que recoge el Reglamento en su artículo 138, y otra, la establecida en el Estatuto vigente establecido en 2007. La primera mantiene lo que disponía el anterior Estatuto mientras que la segunda, no, lo que supone mandar en aquella que a la tercera se invista al candidato más votado, y en la primera –que es la que el Reglamento conserva—que dos meses después de la primera votación hay que disolver la Cámara y convocar nuevas elecciones. Un lío que, llegado el caso, salvarán de un brinco sus Señorías, no lo dudo, pero una muestra más de la chapuza autonómica.

Homo longevus

Ha muerto en Portugal el cineasta Manoel Oliveira –¿por qué seguiremos viviendo de espalda, como siameses, españoles y lusos?, se preguntaba Saramago—y lo ha hecho, como un pimpollo, con sus 106 años cumplidos y noventa de profesión. Vivimos más, eso es lo que hay. El progreso general –la nutrición, la higiene, la medicina prodigiosa—nos pone en bandeja lo que ya parece un anuncio de la vuelta al tiempo mayor de los patriarcas, cuando las edades del hombre se contaban por siglos. Y cada vez mejor. No es cierto que la vejez sea por sí misma una enfermedad como aseguraba Terencio; lo es más el “dictum” de Rostand, el de Cyrano, quien aseguraba que mientras más envejezca la Humanidad, más necesitará de sus ancianos, porque la epopeya de la nueva biología nos está poniendo a huevo, no ya la longevidad, sino –al menos sobre el papel—la inmortalidad. Hay más centenarios que nunca en países extremos como China pero también en los más tradicionales y evolucionados, un fenómeno que hemos de mirar con cautela y sentido de la previsión pues, como tiene explicado mi amigo Ginés Morata, premio Príncipe de Asturias entre otras cosas, no se trata ya de ver en la vejez esa especie de catábasis que inventó Borges sino, sencilla y llanamente, de garantizarle la pensión. ¿Qué hará una Seguridad Social si cada vez trabajan menos sus jóvenes mientras sus ancianos mueren más tarde? En mi libro de cabecera, las “Venises” de Paul Morand, está escrito que el hombre de edad, el viejo, vive bajo el signo “menos”: cada vez menos inteligente, cada vez menos tonto”.

Como aseguró el maestro Sauvy, pocos negocios tan complejos y delicados como alterar la demografía. Y la demografía actual poco tiene que ver con la de, pongamos, hace un siglo, una vez superado el flagelo de la mortalidad infantil y estirado la existencia media –la esperanza de vida—en términos que traen de cabeza a los encargados de la despensa. Oliveira no es hoy ninguna rareza, sino una señal más del éxito de la vida, lo cual no deja de ser una paradoja en tiempos tan difíciles, pero menos lo será cuando recordemos su caso dentro de un decenio o dos. Recuerdo lo que, evocando a Stendhal, nos dijo Rosa Chacel a Paca Aguirre y a mí el día en que la recibimos en Barajas a su vuelta del exilio: “La vejez no es más que la superación de la locura, la ausencia de la ilusión y las pasiones, y a mí me interesa bastante menos la debilidad física que la cordura”. Es una pena haber nacido demasiado pronto.