¡A la calle!

El esperpento de IU en el cogobierno que ha sostenido al PSOE de doña Susana ha acabado con el gesto de la presidenta mantenida de echarlos a la calle de una patada en el BOJA. Maíllo dice que lo que ocurre es que del PSOE no se puede fiar uno, pero lo dice ahora, cuando ya no tiene remedio e IU ha quedado en ridículo, expulsada del Gobierno de un plumazo, y encima ni siquiera descarta una eventual y futura nueva alianza. IU irritaba mucho como compañera de viaje y cómplice del “régimen” pero me temo que desde ahora será peor porque dejará de interesar incluso a los contumaces. Una nueva era nos aguarda y no sabemos ni dónde.

La corbata

El populismo contemporáneo no usa corbata. El sincorbatismo parece que pretende simbolizar la independencia de los nuevos radicales, aunque justo es reconocer el precendente zapatarista del ministro Sebastián y un par de imitadores descorbatados en el Congreso para achicar la factura del aire acondicionado. La corbata ha pasado de ser un estigma de lo inapropiado a convertirse en emblema de un progresismo nuevo que no busca ya enderezar el Sistema sino echarlo abajo y, de paso, ganarle por la mano a ciertas antropologías, como la de Bettelheim, que veía en esa prenda barroca un símbolo del falo masculino. La indumenta tuvo siempre gran relieve mítico, como lo prueba el simbolismo de la sandalia —el sinsandalismo más bien—que ayudó al usurpador Palias a descubrir al héroe, como explicaron en su día tanto Jean-Pierre Vernant como Louis Gernet. ¡Gran revolución, la del sincorbatismo y, encima al alcance de cualquiera! Y mayor aún la que están llevando a cabo los populistas españoles que han mantenido, al menos hasta ahora (luego, ya veremos) un riguroso perfil vallecano a pesar de apalear tantos millones afanados en el Caribe. Ahí tienen, en fin, a un “premier” griego –guapo, joven y provocador como Alcibíades—posando cuello abierto para que Europa se entere de lo que vale un peine y el FMI se vaya enterando. ¡Nada de los viejos chaqués con chistera con que se retrataban los canovistas, ni siquiera de los “prêt-à-porter” Emidio Tucci propios, salvo excepciones, de nuestros demócratas de ambas orillas!

Después de todo, un descorbatado Tsipras inaugura una nueva era indumentaria como la coleta de Pablo Iglesias desafía al Sistema en su conjunto como un símbolo novísimo y rupturista. Guerra llamaba en sus mítines a los “descamisados”. Los nuevos radicales no se han atrevido a tanto, de momento, aunque nadie sabe si todo se andará, una vez que comprueben que es más fácil un pequeño “streap-tease” que no pagar la deuda o ponerle un sueldo por la cara a todos los españoles. Carlyle decía que la ropa nos ha hecho individuos distintos y refinados pero que había que tener cuidado para que no nos convirtiera en maniquíes. Y eso vale, creo yo, tanto para la ropa como para la “no ropa”, para el pergeño convencional y el deconstruido, una bagatela, como diría el atildado Azorín. ¡Triste epílogo para el progresismo reducir la revolución a licenciar la corbata! Puede que esto sea el principio del fin, pero no sé del fin de qué.

El agua y el aceite

Mal fin ha tenido el “pacto de progreso” muñido para salvar a Andalucía de la “marea azul”. ¿Quién iba a esperar que funcionara esa mezcla del agua y el aceite, que de la noche a la mañana desaparecieran las diferencias entre los social-demócratas-liberales o lo que sean y los comunistas a los que habría que ponerles hoy los mismos guiones? El fracaso de la izquierda española –y no sólo de la española, es verdad—viene de lejos, como puede leerse en esa crónica que incluye hasta el fratricidio. Pero en el caso andaluz es aún peor porque la izquierda radical ya puso en una ocasión al partido del “régimen” entre la espada y la pared por más que luego –y Chaves se lo refregaría alguna vez– se dejara los artejos en la puerta de la “casa común” suplicando agua, sal y asiento a la lumbre, como la vieja Guardia Civil. Se acabó lo que se daba, en resumen, aunque de poco haya servido ese cogobiernillo más allá de para acabar de desprestigiar enteramente a esa izquierda, que ahora, por si algo faltaba, tendrá que ver cómo detiene la hemorragia que supone para un partidito el cese de varios cientos de “colocados” en la nómina pública. Esto se veía venir desde que se fue Julio Anguita pero quizá no fuera imaginable el nivel del descalabro. Quien creyera que la presidenta Díaz –imagen viva de la ambición—iba a olvidar las bravatas y amenazas que Valderas y los valderitas lanzaron desde la oposición, ya conocen la realidad: le han durado a la lideresa el tiempo de echar una firma.
Es posible que tras esta experiencia la Izquierda, al menos teórica, desaparezca del mapa político, que el PSOE acabe reducido como su homólogo italiano e IU jibarizada como el suyo portugués, además de planear sobre ese mapa el híbrido peronista-caribeño del espejismo griego. Y queda por ver qué ocurre con un electorado de la Derecha, tan volátil que ha sido capaz –como en la última cita andaluza– de irse masivamente a la abstención en cien días, cuál será la respuesta de las clases medias ante esta nueva situación y en qué consistirá la de la UE al desafío de unos “revolucionarios” sin más programa que una demagogia párvula. Porque si es cierto que la “casta” –como decía Unamuno ante que Iglesias y Costa antes que Unamuno—se ha autodestruido en gran medida, no lo es menos que una democracia basada en esa suerte de “movimiento”—“Ni derechas ni izquierdas”, decía Primo de Rivera—nos puede arruinar el almuerzo al darle bruscamente y sin maña la vuelta a la tortilla.

Tren a la Moncloa

Ya está: se acabó el cogobierno, los comunistas han quedado como la Chata, nadie ha puesto un dedo sobre la corrupción ni ha invertido un euro en Andalucía, y el PSOE, más personalizado que nunca, inicia su asalto a la Moncloa para después de unas municipales y unas autonómicas que han de ser su doble prólogo. Nunca estuvimos en un alambre más expuesto ni con un balancín tan chico. La autonomía puede esperar, en todo caso, porque si Díaz falla aquí, se acabó el carbón, y si gana, se subirá al tren en marcha. El tren a la Moncloa, por descontado, porque nada hay que nos vuelva más ciegos que la ambición.

Juntos, mejor

Varios corresponsales (lo menos tres) discrepan de mi criterio y me reprochan haber insistido en que la reacción mundial ante el atentado de “Charlie Hebdo” no resulta proporcional a la mostrada por esos mismos países frente a la tragedia del terrorismo hispano, como si ello implicara algún desdén por la tragedia de los periodistas franceses. Pues no, nada de eso. Lo único que dije y en lo que insisto es que a ese bloque que se ha plantado en París para escenificar la unión de todos, no lo habíamos visto por aquí ni mientras los feroces atentados de ETA nos abrumaron con su crueldad ni tampoco con ocasión de la masacre de Atocha perpetrada sabe Dios por quién y con qué respaldos. Nadie dijo entonces, como con razón dice ahora el “premier” Valls, que estuviéramos en guerra, ni movió un dedo para unificar una estrategia como la que ahora se intenta, dándole al problema del terror esa dimensión universal que es la única que permite una réplica también planetaria, como nadie acertó tampoco a ver en la barbarie terrorista una amenaza colectiva porque ella no consiste en incidentes aislados sino en un choque de civilizaciones. ¿Se tocó a rebato en Europa cuando los muertos se amontonaron en el Hipercor catalán? No sólo hay que contestar que no sino que es preciso añadir que –aparte de la presunta colaboración soviética– la colaboración policial con Francia no llegó a producirse hasta que el Gobierno español decidió comprar el AVE a Francia y no a Alemania como, al parecer, estaba previsto.

Celebro sin reservas que, por fin, eso que entendemos por Occidente se decida a cerrar filas sin complejos frente a un desafío perfectamente conocido y localizable. Si algo similar se hubiera hecho cuando España era la víctima puede que otro gallo nos cantara a nosotros y a ellos, e incluso que la amenaza yihadista fuera –más allá de las consecuencias de las infaustas guerras de Irak—mucho menos consistente de lo que es hoy día y, ya de paso, imaginemos que también la ralea de ETA, hoy institucionalizada, ésa que amenaza a la Guardia Civil y homenajea a Bolinaga, puede que ni existiera. Y no es que uno espere milagros de estas convenciones, pero al menos se ha erigido como razón de la nueva solidaridad internacional el convencimiento elemental de que la amenaza del terror concierne a todos, entre otras cosas porque la amenaza está dentro. Lo que quise decir era que la solidaridad con España quién sabe si hubiera podido evitar la guerra de Valls.

Casti connubii

En todo el mundo civilizado, esto es, en la parte del planeta mejor desarrollada y, en consecuencia, más opulenta, las jóvenes parejas decidieron hace tiempo limitar drásticamente la prole. En China incluso se prohibió un segundo hijo –antes se usaba enterrar vivas a las niñas recién nacidas—y sólo ahora, tras el “boom” conseguido por el “comunismo capitalista”, se ha abierto la mano. Nuestras poblaciones envejecen hasta poner en peligro su supervivencia mientras el mundo pobre multiplica sus bocas hambrientas ante la indiferencia de los instalados. En África las tasas de crecimiento son descabelladas y es notorio que el pontificado ha venido oponiéndose desde siempre al beneficio que supone la educación sexual y el uso de preservativos incluso en circunstancias tan tremendas como la explosión del sida. Encíclica tras encíclica –desde León XIII a Juan Pablo II pasando por Pío XI y Pablo VI—la doctrina de la iglesia se ha mantenido inconmovible hasta la petrificación frente a las estrategias neomalthusianas que se sugerían desde la acera de enfrente. ¿Quién no recuerda las polémicas sobre el método Ogino y las que giraban en torno al uso de los anticonceptivos, mecánicos o anovuladores? La reproducción incondicional ha sido la barbacana de unos fundamentalismos indiferentes ante el problema familiar.

El papa Francisco ha dicho mientras volaba de regreso de Filipinas que los cristianos no somos conejos, añadiendo que él conoce varios métodos admisibles de planificación familiar, y a una madre pobre de siete hijos embarazada de un octavo le ha espetado sin ambages que “eso es una irresponsabilidad”, preguntándole si se proponía “dejar huérfanos a los otros siete”. No se puede remover los cimientos de una tradición doctrinal ni mostrar más humanidad con menos palabras, pero es obvio que esta novísima teología de la vida conyugal va a levantar ampollas en vastos sectores más papistas que el papa. El manoseado concepto de la “paternidad responsable” se vuelve claro y humano cuando el papa lo diferencia de la idea de “tener hijos en serie”, vengan o no con su pan bajo el brazo, tantas veces para agobiar de por vida a esos “castos esposos” de que hablaba Pío XI. ¿Se está percatando el mundo de la revolución pacífica pero expeditiva de este inesperado papa? Se juega la vida, desde luego, pero estoy convencido de que la mejor forma de levantar al cielo la cabeza consiste en poner con fuerza los pies en la tierra.