El muerto vivo

Mal invierno está pasando el SAS –bueno, sus pacientes andaluces—entre la gripe y los recortes. Dos fallecimientos en los pasillos no han sido suficientes siquiera para que el Parlamento pida cuentas (en serio) a sus responsables, pero como toda comedia puede derivar en astracán, ahí tienen el caso de ese granadino al que los servicios sanitarios de la Junta han citado para practicarle unas pruebas oncológicas… ¡20 años después de su muerte! El “régimen” sabe que el personal aguanta lo que le echen y por eso capea el temporal lo mismo en invierno que en verano. ¡Pero si da a los andaluces medicinas “genéricas” muy inferiores a las que reciben otros españoles, ¿quieren más?! Ni una peste como la de la película de moda sería suficiente para poner en su sitio a estos dirigentes impunes.

La otra peste

No ocurre sola en Andalucía sino en toda España: crece imparable el porcentaje de menores adictos al alcohol hasta el punto de que se habla ya de cifras millonarias de borrachos infantiles. Nada ha discurrido la autoridad en tantos años frente a ese reto de la “botellona” y ni siquiera ha sido capaz de controlar el mercado negro de alcohol y otros psicótropos, pero la alarma crece entre los observadores sanitarios que ven en esta epidemia social un peligro capital sobre toda una generación. Tan grave hecho ha quedado reducido a poco más que a una vaga inquietud manifestada retóricamente de vez en cuando. Los expertos avisan, mientras tanto, de la inevitabilidad de un desastre sanitario, de una explosión de la cirrosis y de un fracaso masivo. La “generación autonómica” puede ser otra “lost generation”. Por desgracia, pueden verla de cerca el próximo “finde”.

Dèja vu

Andan preocupados los conservadores conscientes de su profunda crisis: las ratas de la corrupción se arrojan del barco, las encuestas anuncian la llegada de una nueva derecha “oportunista e inexperta” y Rajoy decide movilizar a sus huestes. ¿Tarde quizá? Pues quizá. Desde luego, en Andalucía al menos, no se ven brotes verdes, y anuncios como el hecho por su presidente Juanma Moreno –¡la creación de 600.000 empleos!—, resultan a todas luces un “dèja vu”: eso lo dijo González a principios de los 80 y, naturalmente, nunca se cumplió. Pero, además, ¿no habíamos quedado en que la mejora laboral andaluza era obra del Gobierno de la nación y no de la autonomía? No mejoran ni los eslóganes. La inercia que sostiene a este “régimen”, fracasado en tantos aspectos desde hace más de tres decenios, es generada un poco por todos.

Guerra y Paz

Reciente aún la falsa alarma de ataque aéreo coreano a Haway, irrumpe la extraña noticia de que las dos Coreas, encarnizadas enemigas desde la guerra atroz que nubló mi infancia, van a desfilar juntas en los próximos Juegos de Invierno que tendrán lugar en el Sur. El deporte una vez más en su papel de “koiné” pacificadora, de jerga capaz de conectar a los intraducibles y bandera blanca en pleno zafarrancho, un poco como ya ocurría en la Grecia olímpica cuando el anuncio del torneo pacificaba el país abriendo de par en par los caminos bajo la protección de los dioses, o luego, en la Edad Media, cuando el honor caballeresco imponía por la fuerza la paz de las justas nobiliarias. ¿Cómo entender que una simple cita deportiva pueda solventar tan aterradora amenaza? La inconsistencia del conflicto político se revela de modo súbito en este cambalache improvisado de la paz deportiva.

Entre los pliegues de mi memoria remota permanece la insistente idea de mi padre de que lo de Corea –un conflicto en el que “Popeye” MacArthur anduvo empeñado en repetir la barbarie de atómica— no era más que la prórroga de la Guerra Mundial, del mismo modo que la llamada de Indochina vendría a ser su continuación algo más tarde. ¡Siempre habría una guerra –pensaba mi padre— en un mundo fiel, al parecer, a la oscura proclama de Heráclito que, en uno de sus más fragmentos, le atribuyó la paternidad “de todas las cosas” y, por descontado, sujeto a los planes negociales del “big money”! La verdad es que llevo perdida la cuenta de las guerras que desde entonces han ido confirmándome su profecía (Heonik Kwon cifró sólo las pérdidas de la Guerra Fría en 40 millones de víctimas), en especial desde que la violencia se trasladó desde Occidente a los termiteros africanos y asiáticos. En febrero, no obstante, las dos Coreas –Caín y Abel irreconciliables—van a celebrar un extraño armisticio lúdico, muy lejano ya de aquel que en Panmunjon desgarró el viejo mapa con el filo del Paralelo 38.

Cuentan que Trump no interrumpió siquiera su partida de golf al enterarse del incidente que aterrorizó a Haway y él mismo acaba de girar en redondo para asegurar que ve posible el mejor entendimiento con Kim Jong-un, el mismo que, hace semanas tan sólo y tras llamarle “viejo chocho”, lo condenaba a muerte ofendido por sus insultos. Este invierno, jugadoras de las dos Coreas, y como si no hubiera pasado nada en estos años aciagos, jugarán unidas a hockey sobre hielo en un mismo equipo. Lo peor de la tragedia política puede que sea su cara cómica.

Zoología política

Los zoólogos/as de la Junta andan gastándose el dinero, no en una campaña para sensibilizar al personal con la miseria de la “renta mínima” (¡y tan mínima!) que el “régimen” acaba de inventar, sino en intentar exterminar al varón desconsiderado que, piropeándola, acosa a la hembra en la vía pública. “¡No seas animal!” es el lema de una ridícula campaña que busca “normalizar el papel de la mujer como objeto sexual” (¿?) hasta conseguir la “exterminación” (sic) de esa fauna agresiva. ¡Más pamplinas y más despilfarro en una autonomía que tiene la vida pública en manos de mujer desde la Presidencia hasta la Hacienda o la Salud! Da grima escuchar esa clasificación heterófoba del varón “gallito”, “buitre”, “búho” o “pulpo”, que resulta tan parcial e injusta como grotesca. De Cleoptara a madame Curie, la mujer no necesitó nunca de estos trampantojos para afirmar su rotunda realidad.

El Gran Poder

Todo Poder tiende a ser absoluto: el que no lo consigue es porque no puede y el “régimen” que gobierna la autonomía desde siempre nunca fue una excepción en esa materia. Última demostración, que viene a sumarse a tantas otras: el ukase de doña Susana ordenando vaciar por completo de rivales al Consejo Consultivo, ese chiringo expletivo pero costosísimo, sin otra función que asilar a ilustres acreedores partidistas y lustrarle los zapatos al Jefe. Un “crítico” parece que había en él y ni a ése han dejado, porque será sustituido por una “compañera”, fiel a prueba de nómina, en pro de la unanimidad. No tiene remedio, lo sabemos desde Alejandro y César. Que hayan menguado las tallas es lo de menos. El fondo de la cuestión –la irresistible tendencia al absolutismo– no ha variado ni poco ni mucho.