Autonomía en funciones

Sería muy raro que la Presidenta en funciones logre convencer a alguna de las fuerzas salidas del 22-M para que apoyen su investidura. No siempre le va a salir gratis al PSOE andaluz la permanencia del “régimen”. Es más, no me extrañaría que esa interinidad durara, al menos, hasta después de las municipales, y eso como poco. Lo que supone que la Andalucía que navega a la deriva, más o menos, desde que descabalgaron a Chaves, al pairo siga un largo trecho sin más que una apariencia de autonomía. Que es lo que le faltaba a una taifa que, se mitre por donde se mire, luce el farolillo rojo de este inseguro tren desde hace más de treinta años.

A quemarropa

En la Cámara de Representantes del estado de Utah ha prosperado una propuesta republicana autorizando la ejecución del reo por fusilamiento a quemarropa cuando no se disponga de sustancias letales expeditivas, ahora negadas por ciertos laboratorios más que nada por una cuestión estética, la provocada por el inaudito espectáculo deparado por una de las últimas ejecuciones. Hay en la farmaindustria, pues, quien se niega a participar en el suplicio, y enseguida los padres de la patria han decidido que, dado el caso, ahí está el acreditado procedimiento del pelotón de fusileros apostado a treinta centímetros del reo que, bien sujeto en una silla reforzada y vendados los ojos, favorecerá el tino de los tiradores portando sobre los órganos vitales una señal roja a modo de blanco. Aquí les hablaba hace bien poco de la resolución de Oklahoma de recurrir de nuevo a la cámara de gas sólo que cebándola exclusivamente de nitrógeno puro y de la opción por la silla eléctrica que algunos Estados consideran todavía un instrumento letal más efectivo y “limpio”, y no se puede decir que no tengan materia sobrada para hacer semejantes planteamientos pues desde 1976, año en que se devolvió la vía libre al asesinato legal, los ejecutados en Estados Unidos a punto están de alcanzar los dos mil. No se puede liquidar a un reo así como así, existiendo, como existe, tan ancho margen de opciones letales.

¿Qué es, en realidad, más cínico y retorcido, inyectar veneno a un hombre, asfixiarlo en una cámara de gas, freírlo en una silla eléctrica o acribillarlos a treinta centímetros por un pelotón de fusileros? Pues, miren, en confianza, entiendo que los bárbaros que recurren al pelotón al menos no disimulan ni tratan de edulcorar su bestialismo utilizando esos métodos pretendidamente “más humanos”: se mata a un hombre, se destroza su cuerpo a balazos, se recoge la sangre y santas pascuas. Al menos la canalla que se apunta como espectador en el anfiteatro para contemplar el castigo del penado no podrá excusarse formalmente aduciendo las “ventajas” de un método que, en el fondo, no es distinto de los demás, en punto a crueldad, pero que trata de sugerir una inconcebible sensibilidad “humanista” que no pasa de ser una coquetería del salvaje. Sólo un primitivismo revanchista puede respaldar, a estas alturas, la pena de muerte, en una sociedad que tiene medios sobrados para garantizar su seguridad aislando de por vida al criminal.

Un oficio difícil

Estoy sobre ascuas a la espera de echarle el ojo a la novela que acaba de anunciar Umberto Eco, “Domani”, cuyo argumento he visto resumido como la crónica de la vida de un periódico diario dedicado a desinformar a sus lectores. Provoca mi ansiedad un cierta sensación de “déjà vu” derivada de mi convencimiento de que los medios de comunicación tienden a desinformar con extraordinaria frecuencia. ¿Un periódico que cuenta la feria al revés de cómo ésta fue en realidad? ¡Pues vaya descubrimiento! Por no salir de España, consideren sólo el hecho de que la fidelización del lector a un medio suele fundarse en el convencimiento fanático de que sólo ese medio dice la verdad mientras que el que predica lo contrario está mintiendo como un bellaco. De la misma manera que infinidad españoles votan “contra” el adversario tanto o más que a favor del elegido en conciencia, aquí se atiende a los medios más pendientes del previsible contraargumento que de la verdad pura y simple. ¿Qué puede hacer el lector medio en conciencia si un acreditado medio pinta una noticia de blanco mientras otro –a su vera en el kiosko– declara con grandes titulares la contraria? Eco dirá lo que quiera, pero “desinformar” es una variante técnica y moral de la información, entre otras cosas, por la sencilla razón de que la Verdad suele ser relativa, pero “a más a más”, como dicen los catalanes, porque los medios son raramente independientes por completo ya que, en la práctica, deben doblegarse, no sólo al capricho de quien los dirige y a las filias y fobias de quienes los materializan, a los intereses de sus propietarios.
Lean “L’Humanité y luego “L’Express”, pongo por caso, o asómense a “la Reppublica” antes de leer el “Diario della Sera”, verán como un mismo hecho –la misma noticia—suele ofrecer perfiles diferentes cuando no por completo contradictorios. Aunque “desinformar” no constituye necesariamente un acto positivo, pues con enorme frecuencia no consiste más que en el silencio, que resulta más desinformador que el clamor, lo que despista definitivamente al lector a poco que éste mantenga una micra de criterio independiente. La independencia puede existir, por supuesto, pero resulta por sistema prohibitiva y el negocio está en ello. Quién sabe si más intrigante e iluminadora que “Domani” sería una novela que nos contase, en lugar de las peripecias de los defraudadores, la vida y milagros de un “medio” comprometido a sangre y fuego con la Verdad.

Los empresarios, también

No es que nos hayamos caído del guindo ahora, pero de ser cierta la noticia de que la organización empresarial andaluza, la CEA, se ha embolsado 11 millones de euros destinados a ofrecer cursos de formación, sin dar ni uno de ellos, resulta desmoralizadora. Hay incluso otras fuentes que elevan aquella cifra considerablemente aunque, hablando desde la pura ética, lo decisivo y grave no depende en este negocio tanto de la cantidad como de la calidad. El esquema “vertical” que ha supuesto la política de “concertación social” puede que le haya servido a la Junta para viajar en calma, pero ha resultado fatal tanto para el prestigio de los patronos como para el de los sindicatos.

El oficio de vivir

Me entero por Rafa Porras y por una excelente entrevista que le hace Teodoro León Gross al maestro Manuel Alcántara, de que el poeta ha tenido que “pasar por el taller” y se ha tomado unas vacaciones pero que, dado de alta, ahí está ya con su “olivetti” y su “dry Martini” como hace diez, quince, veinte, treinta, cuarenta años. Conservo una foto de Alcántara en la que aparezco casi adolescente junto a Félix Grande y a Eladio Cabañero, una noche en que fuimos a un colegio mayor de la Universitaria a sacarnos honradamente un jornal, y es esa imagen suya la que se me representa cada vez que en pienso en él o en un verso suyo cuando nos deslumbraba el poeta “hablando por soleares de la resurrección de la carne”, –“Cuando termine la muerte,/ si llaman a levantarse/ a mí que no me despierten”—o nos divertíamos noctámbulos –ay, Juan José Cuadros, entrañable amigo—comprando canutos, revueltos con los legionarios, a las vendedoras callejeras de la calle Victoria. Alcántara constituye una demostración de la compatibilidad entre el hombre razonablemente bohemio y el profesional puntualísimo, entre el vago contemplativo por vocación y el azacán que nunca pudo vivir sin su oficio, que era escribir, esto es, hablar a los otros, dialogar de lo divino y de lo humano, hacer compatible el estro garcisalista con el espectáculo vibrante del boxeo, libre siempre en su temática, audaz en su estilo, como un cimarrón escapado de la prosa de Carpentier, libre y responsable exclusivamente ante sí mismo. No conozco a un escritor más autónomo que Alcántara, al que he visto pasar incólume por la prensa de los años de plomo y por la que vino después.

Leo cada día que puedo el mensaje de Alcántara, escuela de independientes, referente oculto de varias generaciones, maestro de la trascendencia y mago de la bagatela, el escritor para el que el tema –grande o chico, grave o trivial—no es más que un pretexto sometido a su inteligente interpretación. Y con frecuencia, echo mano de sus libros, libros de mi juventud, me consta que admirados por Blas de Otero o por Claudio Rodríguez entre tantos náufragos de aquellas generaciones, libros de una poesía decantada y libre, amarga e irónica, profunda en su aparente superficialidad. No creo que quede escritor más añoso ni más vital que él en esta nómina declinante. Yo me miro en su espejo hace mucho, atado yo también a la columna, entre tanto estilita, un punto envidioso siempre de su entrañable ejemplo.

El tinglado de la farsa

Del escandalazo de antier –la nueva redada de altos cargos de la Junta—destaca, sin comparación posible, el desahogo cínico y seguramente delictivo de esa delegada de Empleo de Jaén arengando a sus trabajadores públicos para convertirlos en agentes electorales del PSOE como condición para conservar el empleo. ¿Qué es eso, señor Fiscal, una amenaza, una coacción, un chantaje? Su señoría sabrá, pero los miles de andaluces que han escuchado perplejos semejante discurso merecerían que se calificase como proceda en derecho semejante uso y abuso del poder y del dinero público.