El derecho de Adán

Todo parece indicar que en la reunión del G8, es decir, de los ocho hombres que deciden políticamente en el planeta, no se va a conseguir gran cosa aparte de la foto. No sin cierta ingenuidad se esperaba de este cónclave un acuerdo de fondo contra la evasión fiscal, es decir, un portazo definitivo a los “paraísos fiscales” en los que se consuma el expolio general en esta fase del capitalismo explotador. ¡Pero cómo iba a conseguir Cameron un acuerdo sobre ese portazo si su país, la Gran Bretaña, tiene algunos de los paraísos más prósperos que se conocen! Ya es bastante, se dice con razón, el hecho mismo de que este encuentro en Irlanda haya consentido que el tema vaya en su guión, pero ni ahora en Lough Erne, ni en el próximo a celebrar en Rusia existirá la menor posibilidad de cerrarlo. Habrá que esperar, cuando menos, hasta que se reúnan en Alemania en 2015 para que la vieja aspiración de tanta gente tenga alguna posibilidad de progresar. Hace bien poco Francia y Suiza se las tuvieron tiesas a propósito de ese levantamiento del secreto bancario que es el auténtico catalizador de los dineros negros y rojos que mueven subrepticiamente esta economía globalizada, y en Francia –como poco antes en España—los ricos evasores, que se cuentan por miles, han solicitado árnica a su Gobierno para normalizar la situación fiscal de esas fortunas. En el fondo se trata de que todos los países, los ricos como a los pobres, tengan acceso a esa información básica hasta hoy extremadamente confidencial. ¡Cómo para abrir la mano en el asunto! El sistema capitalista funciona sobre esta trampa suprema que arman entre todos porque a todos conviene.

En cierto modo –decía un econominsta americano recientemente—hoy no es concebible el funcionamiento del sistema económico mundial sin contar con esa institución fraudulenta. En Gibraltar hay tantos bancos como vecinos, lo mismo que en la isla de Man, y eso quiere decir, sin lugar a dudas, que los trajines del dinero negro constituyen acaso el principal activo del Sistema. Los Estados, es cierto, necesitan ese dinero para rellenar el agujero negro que les ha abierto la crisis, pero ni así está en sus manos el arreglo. Al ministro francés de Hacienda le acaban de descubrir su calcetín suizo, lo mismo que a ciertos miembros de la familia real española, ¿comprenden? Habrá paraísos disponibles por mucho tiempo. Son el gran instrumento del capitalismo postmoderno. Sin él estaríamos hablando de otra cosa.

Barbas en remojo

IU ha echado sus barbas a remojar por lo que pudiera derivarse de la instrucción del caso de los ERE fraudulentos y las prejubilaciones falsas, un saqueo en el que ha participado demasiada gente. Por eso su portavoz parlamentario se ha apresurado a señalar que “sus” tres consejeros nada tienen que ver con el gran chanchullo, sin dejar de mostrar su inquietud para el supuesto de que la investigación llegara a salpicar al cogobiernillo. IU va en la cuerda floja, y hay que reconocer que su postura no es cómoda, pero eso es algo que la coalición sabía antes de pactar con el PSOE. IU no acaba de descubrir a la “caterva de golfos y golfas que se han enriquecido”. Si los denuncia ahora es precisamente para que lo parezca.

La TV pública

Desde que en la primera huelga general organizada por los “sindicatos de clase” al “Gobierno hermano” no se había conocido, que yo sepa, en toda Europa, un “apagón” tan espectacular como el que ha cerrado la TV griega dejando al viejo país de la razón sordo y mudo. Vale que los trabajadores y técnicos hayan paliado ese apagón mediante la conexión a Internet garantizando con ello la continuidad relativa (e incómoda) de las emisiones, pero el hecho mismo del cierre de una tele pública resulta inquietante por muchos conceptos. Claro que cuando el primer ministro griego se escuda en que la medida la toma por imposición de la UE, de Bruselas para entendernos, no dice que la TV griega costaba ¡cinco veces más! que una cadena privada, lo mismo, más o menos, que sucede en Italia o aquí. No cabe duda de que para la opinión pública la existencia de una opción pública supone –o debe suponer—una garantía de pluralismo y libertad en suma, pero la propia experiencia que nosotros poseemos nos dice también que, al menos aquí, una TV pública es la voz de su amo y nada más. ¿Cómo es posible que Cataluña no cumpla con el déficit pero tenga tres canales de una televisión perfectamente amaestrada, altavoz en cada momento, del partido en el Gobierno, por qué una tele como la andaluza ha de costar más cara que las cadenas privadas que tiene mucho más éxito y mucho mayor audiencia de ella? Pues porque, a cambio de la fidelidad perruna, el gobierno de turno le ofrece al medio barra libre y acaba por engullir a una clientela “de facto” que no tiene por qué ser partidista ni gubernamental pero que acaba siéndolo por imposición de la realidad. Pienso que, a lo mejor, una leal competencia entre una TV pública y la competencia privada podría ser una solución. Los partidos –todos los partidos—piensan, como es natural, algo por completo distinto.

Un país sin TV es hoy por hoy inconcebible, en cualquier caso, y si la UE aprieta las tuercas para regularizar situaciones tan complejas como la griega, debe, en cualquier caso, evitar ese corte umbilical que supone dejar al gentío sin el ruido de fondo de sus vidas. Apuesto por una televisión pública como prerrequisito de la democracia, pero no veo por qué confundir “público” con “partidista”, ni comprendo por qué ha de salir más cara la pública que la privada. La democracia griega está hoy entre paréntesis a la espera de que caigan en esa cuenta los demócratas europeos.

Esperpento andaluz

Con haber visto ya casi de todo, no recuerdo una escena más esperpéntica que el encuentro televisado en directo entre Mario Conde y Diego Cañamero, con su debate ridículo y su tramoya “novecentista”. Ni la arenga del ex-banquero embargado ni la risible amenaza del revolucionario profesional –segunda versión notablemente empeorada del paripé que mantuvieron en su día el duque de Huéscar y Sánchez Gordillo—son otra cosa que un esperpento que a Valle-Inclán no se le habría ni ocurrido. ¡Mira que pedir un “banco de tierras” a una Junta que mantiene incorrupto el cadáver de la “reforma agraria”! Nunca la política fue más teatro (o más circo, según se mire) ni el movimiento obrero alcanzó cotas semejantes de folclorismo.

Héroe o villano

Estoy convencido de que no habrá acuerdo, finalmente, entre la opinión de quienes ven en ese excolaborador de la CIA –doscientos mil dólares de soldada, por cierto—que ha filtrado los sensibles secretos de Estado, la figura de un traidor temerario, y quienes, en cambio, en él creen distinguir los rasgos morales del héroe carlyleano. La moda en cuestión es, ciertamente, peligrosa se mire como se mire, en la medida en que la seguridad de ese Estado queda expuesta al público sin mayor consideración, pero enseguida ha surgido el debate en torno a la cuestión moral: ¿justifica el imperativo moral de defender las libertades esenciales del individuo la vulneración del deber de custodia de los secretos en cuestión, o por el contrario, el vulnerador es reo de alta traición puesto que expone a los ciudadanos, entre otras amenazas, a las garras del terrorismo? En EEUU dicen que si estos debeladores hubieran surgido antes de la muerte de Bin Laden es posible que la condena hubiera sido unánime y vehemente, en la medida en que esa muerte ha logrado exorcizar, siquiera de manera subliminar, el miedo colectivo, pero que en una situación de expectativa pública tranquilizada, lo más probable es que el ciudadano se aferre al viejo argumento republicano que sitúa a la libertad por encima de cualquier otro logro. Eso de “prefiero la injusticia al desorden”, que dijo Goethe, funciona divinamente en una atmósfera de terror e inseguridad, pero deja entrever su meollo reaccionario cuando las cosas está más calmas. Verán cómo ni la sangre de Snowdon ni la del soldado Manning llegan al río. Habrá que hacer el paripé, por supuesto, pero Obama sabe a estas alturas que a su grave secreto le han levantado la falda.

No hace tanto que no hubiéramos imaginado la virtualidad de la utopía de Orwell que, en tan poco tiempo, ha hecho posible el avance tecnológico. Y es evidente que la “razón de Estado” va a maquiavelizar, en la medida en que pueda, la vida privada de los pueblos. Lo que se ha descubierto, en fin, no es que ese Estado tenga malas prácticas –¿qué Estado no las tiene?—sino que ha estirado temerariamente ese margen de discrecionalidad del que todo Poder tiende a abusar. ¡Estábamos sin saberlo –es un decir—en un planeta controlado hasta un punto inimaginable hasta hace poco incluso para la ciencia-ficción! Ni Snowdon ni Obama son héroes o lo son ambos para el ciudadano que se sabe espiado hasta en el cuarto de baño.

El coladero de la Junta

La Junta de Andalucía ha decidido que, aparte de los exámenes que determina la ley para garantizar la titulación de sus estudiantes, basta con que, a juicio del “equipo docente”, el mal alumno –incluso si tiene pendientes varia asignaturas, pueda obtener su título sin necesidad siquiera de agotar las concocatorias por “haber alcanzado las competencias básicas y los objetivos de la etapa”. Vean que astuta manera de cuadrar el círculo vicioso del fracaso escolar –se aprueba al suspendido y santas pascuas—y comprueben de paso, una vez más, la insensata estrategia de un gobiernillo que mima a su electorado incluso fuera de la ley.