Igualdad y ventaja

Ha provocado comentarios de todo tipo la ocurrencia de los que mandan en el Servicio Andaluz de Salud (SAS) de incluir en la convocatoria de un concurso masivo la extravagante cláusula de que, en caso de empate entre dos aspirantes de distinto sexo, la plaza en cuestión le sería otorgada a la hembra y el macho que se las avíe como pueda. Los que hemos sufrido oposiciones sabemos bien de las tensiones que se producen así como de los graves problemas de juicio que se le plantean a los tribunales cuando son responsables, pero nunca hemos tenido noticia de que ganar una plaza pudiera depender de la configuración de la entrepierna. Miren a su alrededor y verán como, desde hace unos años, hay cuerpos generales y especiales en los que las mujeres ganan terreno a ojos vista, hasta el extremo de que incluso son ya mayoría en algunos de ellos no por razones discriminatorias sino por algo tan simple como el mérito propio. ¡Pregunten a los notarios, a los jueces y fiscales, a los abogados del Estado o a los catedráticos de universidad y verán como está más que asumido ya que la presencia de la mujer en la oposiciones crece como la espuma desde hace tiempo! ¿Por qué entonces primar a una de ellas frente a uno de ellos por el mero hecho de su condición sexual? Eso de la discriminación positiva es un camelo que ni se plantea en las Administraciones que se esfuerzan por mantener la seriedad.

A mi modo de ver, hasta cabría decir que discriminar favorablemente a una persona por razón de su sexo –algo obviamente anticonstitucional—sería hacerle un flaco servicio en un momento en el que ya está admitido que una mujer puede ser soldado, sargento o general lo mismo que un hombre, y en el que hasta se empieza a sospechar que las facultades femeninas para el estudio o para el trabajo son, salvo excepciones, superiores a las del varón domado o por domar. ¿Para qué necesitarían ese empujoncito ideológico la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, la juez Alaya o la banquera Botín, a ver, díganmelo? Para nada, como es lógico. Primar a las hembras en plan ventajista ha podido tener algún sentido hace años pero hoy por hoy carece de cualquier sentido que pretendan darle las profesionales de la discriminación, si es que, ya digo, no constituye una cierta afrenta para un “género” que posee sobradas prendas para la vida profesional. Los hombres no se merecen ese trato, pero las mujeres tampoco.

El anillo de Einstein

El amigo que me instruye con frecuencia sobre la novela astrofísica me recuerda que estamos viviendo el centenario del descubrimiento por Albert Einstein de la ley de la relatividad general. Hablamos ya de estas cosas como si las domináramos noológicamente, cuando la realidad es que, en la práctica, creemos en ellas movidos de una fe mucho más potente que nuestra razón. ¡El tiempo y el espacio, mismamente! ¿No es verdad que tenemos una idea concreta de ambos a pesar de que, como sabemos, son algo más que la extensión o la duración, vamos, que son una especie de dimensión mixta cuya intelección real nos está vedada a la inmensa mayoría de los peatones? ¿Acaso somos conscientes del todo de que lo que vemos cuando miramos al cielo nocturno dista mucho de su auténtica realidad? Hay hombres excepcionales, sí, como el propio Einstein, capaces de apreciar lo que no se ve e incluso de descifrar el engaño de las apariencias, por más que no debamos achacar a fallo de la perceptiva lo que, en realidad, forma parte de la gran broma cósmica. Hace cien años ahora, por ejemplo, que don Albert predijo, al formular aquella ley, que una galaxia masiva torcía la luz emitida por un cuerpo situado tras ella en la lejanía, algo que hace poco se ha demostrado en un observatorio chileno al obtener la espléndida foto de un aparente anillo que no es más que la imagen falsa de la superposición de las dos galaxias: lo que desde la Tierra vemos es el efecto óptico de una lente gravitacional que desvía y retuerce el tiempo y el espacio agrandándolos en apariencia.

Se asoma uno a la ciencia, aunque sea para contemplar el universo, y cae en una trampa sublime, quién sabe si indescifrable, en la que lo que vemos no es, y existe, en cambio, lo que no vemos, un garlito en el que esas dimensiones que creíamos cotidianas y manejables contorsionan sus misteriosos conceptos hasta engañar a nuestros sentidos. Hablamos de agujeros negros o universos paralelos apropiándonos de intuiciones científicas por completo inalcanzables para nuestra estimativa, y hasta el tiempo y el espacio, como se ve, burlan nuestros sentidos aunque se dejen manejar indiferentes en el día a día. Cualquiera diría que el majestuoso escenario en el que vivimos fugazmente como huéspedes fue diseñado como un juguete divino quizá para nuestro asombro y edificación. Somos polvo de estrellas, vale, pero impedidos de entender el tiempo que nos vertebra y el espacio que nos contiene.

Echar el garabato

Se está poniendo de moda en la Administración autónoma, es decir, en la Junta, eso rechazar toda responsabilidad con el mísero argumento de que el alto cargo se limita a firmar lo que le ponen por delante los funcionarios. Lo largó en el Supremo el consejero Viera –alegando, además, su incapacidad técnica para entender los expedientes que firmaba—y lo ha repetido ante el juez un delegado de Agricultura y Medio Ambiente almeriense especificando que él, como delegado, se limitaba “a firmar lo que dicen los técnicos de la casa que son los que saben”. ¡Hay, además, tantísimas resoluciones y expedientes…! El cargo se viste, se cobra y santas Pascuas que, en caso de estropicio, ahí están “los de abajo” para dar la cara.

Políticos mediocres

La mediocridad ha tenido siempre sus defensores al tiempo que era detractada. Los griegos defendieron mucho el “término medio” y Solón acuñó su memorable “Ne quid nimis”, o sea, nada en exceso, pero la intuición de la idoneidad de lo mediocre reaparece aquí y allá, un poco en todas las épocas. Nos quejamos, pues, de la mediocridad de nuestros próceres como si en alguna parte estuviera escrito que habrían de ser brillantes, ni siquiera convenientemente preparados. Cuando un consejero imputado en el “caso ERE” trata de exculparse ante el juez con el argumento de que él no es más que un maestro de escuela, se podrá argumentar que, conociendo esa limitación, nunca debió ser nombrado ni aceptar tareas que requerían más elevados conocimientos, pero sin olvidar que hay innumerables opiniones que vieron precisamente en esa limitación o medianía una garantía de equilibrio. Recuerdo que Montesquieu, citando de pasada a Tucídides, proclamó con rotundidad que no hay que exigir a los gobernantes más que la mediocridad, y también que Nietzsche reservaba la política para lo que él consideraba “cerebros mediocres”, pero me temo que ese incierto pesimismo tenga mucho que ver con la soberbia intelectual. ¿No es cierto que Carlomagno no sabía escribir? Pues ya ven, así y todo levantó un Imperio que, al menos en efigie, duraría siglos.
Podemos soñar con el ideal platónico del gobierno de los sabios –ojo, no de los poetas, a los que expulsó de su República—pero la verdad es que, por desgracia, quienes hacen una profesión de la vida pública suelen agarrarse a ella como a un clavo ardiente. Ello aparte de que cuando se llega al Poder, el recién llegado culmina la opinión de sí mismo en términos muchas veces tan ridículos que permitió a cierto talentazo argentino llegar a la conclusión de que si un hombre inteligente suele reponerse pronto de una derrota, uno mediano no se repone jamás de una victoria. Y claro, lo que el mediocre no quiere es que nadie brille más que él a su alrededor, razón por la que la suerte está echada sin remedio confirmando los temores expresados por cabezas tan distintas como las de Stuart Mill o Toqueville, Manheim o el aristocrático Ortega de “La rebelión de las masas”. Tal vez la gran causa de la crisis democrática radique en esa identificación de lo igual con lo mediocre. Hay que ser un Kennedy para rodearse de gente como Schlesinger Jr. o Kissinger. Un ZP o una Susana Díaz bajarán siempre el listón.

Testigo de cargo

La Fiscalía del Tribunal Supremo coincide con el ex-Interventor jefe de la Junta de Andalucía en que las declaraciones de inocencia de los sucesivos altísimos cargos imputados deben ser contrastadas escuchando la voz de quien, durante años, avisó sin éxito de lo que se estaba cociendo. Ese Interventor ya ha calificado de “indignas” las declaraciones de Chaves y de Griñán pero no cabe duda de que podría aportar al conocimiento del juez más que ningún otro testigo, ya que fue él y su departamento quienes enviaron a los consejeros –es decir, al Gobierno, para qué engañarnos—las alarmas que nadie atendió. Para un funcionario de la Junta que ha perdido el miedo, la verdad es que tendría delito no aprovechar su cualificado testimonio.

El número 3

Bien que conozco la simbología del número 3, tan presente en nuestra cultura mediterránea y, en especial, en la cultura neotestamentaria. Lo que no sabía es que existe una jerarquía mundial de personajes en el que tal número, el 3, corresponde por derecho propio, al presidente o presidenta del Fondo Monetario Internacional, ese mascarón de proa del sistema esencialmente desigual que conocemos como economía libre de mercado. Los presidentes del FMI tienen categoría de jefe de Estado, ahí es nada, pero ha querido el destino, que trenza las vidas a su gusto y capricho, que de los tres últimos que han ostentado el cargo –Rodrigo Rato, Strauss-Kahn y Christine Lagarde—los dos primeros hayan acabado entre rejas y la tercera ande gravemente imputada en su país por un caso notorio de corrupción. No me vayan a preguntar, por favor, aquello de “¿En manos de quién estamos?”, pues yo mismo no alcanzo a comprender cómo se puede depositar el control planetario de la economía en sujetos tan poco probos o en un maleante capaz de forzar sexualmente a una mucama de hotel. ¿Es que no hay en todo el mundo una sola persona de fiar, alguien que no sea un mangante o un salido? Tampoco lo sé, pero me entero de que Lagarde, por ejemplo, cobra en este momento de austeridades la bonita suma de 352.859 euros más 65.000 asignados para gastos personales, con la ventaja de que, al ser extranjera en USA y no cobrar en Francia, queda exenta de cualquier obligación fiscal.
Estamos en manos de una oligarquía transnacional que coopta a sus barandas sin otra regla conocida que su real gana, un estamento sobrevenido en el contexto globalizado en el que –a la vista está—abundan los delincuentes reales o presuntos, y que funciona en régimen de plena autonomía, atento a los objetivos del Primer Mundo y por completo indiferente a los problemas y duquitas negras de los países pobres. ¡Tres Presidentes de tres miccionando fuera de tiesto! No hay que ser Mandel, ni siquiera Keynes (o al revés), para ver en este hecho clamoroso la demostración palmaria del fracaso moral colectivo y encubierto de ese capitalismo que, como el ave Fénix, renace de sus cenizas cuando lo incineran sus propios excesos. ¡Tres de tres y llevándose el manso un mes sí y otro también! Los lamentos de los países abrumados por sus deudas no dejan de llevar razón cuando señalan al FMI como el injusto gendarme de un sistema por completo desmoralizado.