IU en evidencia

Ahora sí que Izquierda Unida va a quedar en evidencia y no sé yo si ese eventual progreso electoral propiciado por la debacle del PSOE no se resentirá ahora, cuando los electores caigan en la cuenta de que la coalición no busca otra cosa que el Poder y en que los últimos acontecimientos la han convertido en cómplice y tapadera del desmán de los ERE. Allá ella, pero qué pena que el sistema –tan lesionado ya por la Derecha—vaya tan derecho a la ruina también por la Izquierda. Ya, por supuesto: fuera del Poder, esos manijeros no son nadie. Pero qué pena, de todas formas.

Tres trajes

Se va Griñán. No quiere verse reproducido en el daguerrotipo de Camps aunque, en perspectiva, éste resulte ahora un pringao, al menos por lo de los tres trajes, si se le compara con tantos ciento de miles de millones de las antiguas pesetas como aquí se han gestionado al margen de la Ley. Como senador o como simple retirado –el retiro de un Presidente en Andalucía es de ensueño—siempre le será más llevadera la cada día más inminente imputación. Si se quedara estaría expuesto a un pimpampún que ríanse ustedes del valenciano. Por eso ni aguarda a convocar unas primarias sino que quema etapas y consagra a su sucesora a puro dedo, es decir, como ya lo fuera él mismo. La parte fea del espectáculo empieza, de hecho, ahora, cuando el sumario permita leer en plata la letra pequeña de este asalto a la caja y este supremo desprecio de la legalidad, cuando vayan siendo vistos de cerca y con detalle el ex-director /buco, el chófer de la coca y los conseguidores bufos o de cuello blanco que han hecho fortuna, por la sencilla razón de que se lo han permitido. Griñán no quiere verse en esa oscura foto de familia en que la imputación iguala a los retratados en un único mosaico. Por eso se larga sin esperar siquiera a que retiren los platos del festín. Eso que lo haga la sucesora que tiene, ciertamente, todo que ganar y nada que perder. Él es un político con ínfulas y no se ve en la foto con Monipodio. Aparte de que, desde fuera, con fuero o desaforado, se desactiva no poco el escándalo. La juez Alaya, ésa misma que no iba a ninguna parte (lo sostenían hasta sus colegas) va a cobrarse la pieza mayor en esta montería. Y Andalucía ha de pagar los platos rotos, el dinero que desapareció de la registradora que nadie va a reintegrar, el tiempo perdido e irrecuperable, ya lo verán. Ella, Andalucía, sí que es “different”. Aquí se hacen las cosas a lo grande o no se da un palo al agua.

En tres decenios largos, la autonomía tendrá, pues, cuatro Presidentes, tres de ellos impuestos a dedo, dos defenestrados desde Madrid y uno ahuyentado por la Justicia, como Camps el de los tres trajes, todo un “régimen” que pasa de elecciones o no respeta sus resultados. ¡Y qué más da! Aquí el hábito hace al cargo. En otro supuesto, Griñán tendría que aguantar todavía mucho granizo y su sucesora –una “oblata” de partido, según Leguina—no podría soñar despierta. La sombra de Camps es alargada, por no hablar de la de Urralburu. Y no les quepa duda de que Griñán lo sabe.

Verdad y mentira

Decidido a ignorar la novelística contemporánea, hago una excepción con una obra contundente y primeriza de un autor americano, James L. Halperin, atraído por un título que ningún observador de nuestra realidad actual puede eludir: “La máquina de la Verdad”. En un mundo precipitado por el progreso, hacia 2050, con una Humanidad atrapada entre la felicidad y el desastre, un genio concibe y logra desarrollar la idea de crear una “máquina de la Verdad” capaz de detectar la mentira con un cien por cien de fiabilidad. Ni les cuento las aventuras del genio y los trastornos provocados por el novedoso ingenio aplicable igualmente a la vida privada que a la pública, imagínense, y capaz, en consecuencia, de eliminar toda disfunción en la convivencia humana. Este trebejo debelador, respecto del cual el polígrafo policial no supone más que un precedente prehistórico, revoluciona un mundo civilizado al límite que, sin embargo, ve entorpecida su existencia por la capacidad mentirosa de la especie, en adelante superada por el control de la máquina. Me temo que todos y cada uno de nosotros nos lo pensaríamos dos veces antes de apostar por el invento –mentir, al fin y al cabo, es una opción legítima de la intimidad, incluso en el Juzgado–, pero ¿cómo no pensar en Bárcenas, cómo quitarnos de la cabeza los tejemanejes de la Junta andaluza en su aventura los ERE y tantos otros enredos ante la sola mención de este artilugio prodigioso que me temo que pudiera poner en peligro la vida de las sociedades? La novela de Halperin preconiza una Humanidad nueva en la que, prácticamente, el Mal desaparecería abandonado por su socia la mentira. Les prometo que, tras mucho pensarlo, he decidido no enviarle ejemplares a la juez Alaya y al juez Ruz por no ponerles los dientes largos.

No seamos ingenuo: la verdad es peligrosa. Un sabio como Fontenelle decía que en el caso de que llegara a tener alguna vez en la mano todas las verdades se guardaría muy mucho de descubrírselas a los hombres (cfr. “Por l’amour de la paix”), a pesar de que sepamos por Braque que la verdad existe, de modo que sólo se inventa la mentira. En mi antología de citas guardo como oro en paño una de Goethe que sostiene que la verdad, como los dioses, jamás se muestran a rostro descubierto. Cierro algo desencantado la novela en cuestión, pensando en la paradoja de la condición mentirosa del hombre. No hay que pasarse de verídicos ni de mendaces. En un término medio reside, como ven, la virtud.

Entre culturas

Sigo desde hace tiempo los debates en torno a las exigencias judías y árabes sobre el sacrificio de los animales destinados al consumo de carne, es decir, a los métodos “halal” y “kosher”, respectivamente, establecidos de antiguo en los libros sagrados. Hasta la ONU ha llegado esa preocupación por el sufrimiento animal que, según la Humane Society International y otras entidades, provocan esos sacrificios rituales en los que el animal es orientado litúrgicamente y el sacrificador invoca a la divinidad mientras secciona con un cuchillo afilado los grandes vasos del cuello y la tráquea hasta conseguir su desangramiento total. No hay ni que decir que el asunto tiene su trasfondo económico, especialmente en los países en los que las colonias inmigrantes suponen ya un factor relevante del consumo, pero en lo que más suele insisten los opositores a la matanza es en el argumento animalista del padecimiento animal. En Polonia, donde estaba prohibida esa práctica, la Dieta acaba de rechazar, con los votos de la oposición y muchos otros descolgados del propio partido gobernante, un proyecto de ley que pretendía legalizarla y no han faltado en el correspondiente debate parlamentario quien esgrimiera, la acusación de “barbarie contra los animales”, tan defendida en diversos estudios científicos como negada en otros. Hay que decir que ha sido la izquierda política la fuerza que más ha insistido en la primera tesis –la del sufrimiento animal—que en países como Francia o España no parece preocupar al legislador.

Ni que decir tiene que semejante discusión implica la desconfianza que subyace en los países occidentales frente a la creciente exigencia cultural de las minorías inmigrantes que apoyan sin reservas los partidarios del multiculturalismo contra la opinión de quienes preferirían que ese proceso discurriera por el cauce de la integración. Y tampoco que, como adelantábamos anteriormente, la observancia ritual de esas prácticas debe tanto a los intereses creados alrededor del matadero como a la exigencia ortodoxa en un medio social civilizado cuya también creciente preocupación por los alimentos no otorga valor alguno a unas prescripciones rituales, medievales en algún caso, milenarias en otro. Los liberales que gobiernan en Polonia han perdido esta batalla que la izquierda postcomunista considera “una mala noticia para los sádicos”. La guerra, sin embargo, acabarán ganándola éstos, ya lo verán.

Crisis parcial

No es la primera vez que nos ponemos a considerar el curioso fenómeno que supone al enriquecimiento vertiginoso de los más ricos en la coyuntura de la crisis. Lo hacemos en esta ocasión tras leer en el semanario “Challenges” el informe sobre el crecimiento de las grandes fortunas francesas durante el año pasado. Sostiene ese informe que el crecimiento calculado no ha sido tan alto desde que la revista publica la relación de las 500 grandes fortunas del país, concluyendo que una décima parte de la riqueza del país está actualmente en manos de una fracción cienmilésima de la población, un dato especialmente llamativo si se considera el peso de la crisis tanto en el mercado laboral como en la vida de las empresas y el hecho notable de que cincuenta y cinco de esos quinientos afortunados son milmillonarios, cifra que supone un diez por ciento superior al registrado en el ejercicio anterior. Un caso elocuente es el del primer clasificado en ese ránking, Xavier Niel, que habiendo entrado en él en 2003 con ochenta millones de euros ha visto multiplicada su fortuna durante la crisis nada menos que por setenta. La crisis no va con un vasto sector de los ricos a cuyos negocios no afecta la epidemia general sino todo lo contrario, y ése es un dato que debería hacer reflexionar sobre la naturaleza del fenómeno, más allá de la obviedad de que, en tiempos de ruina general, quienes disponen de dinero ven abrirse a su alrededor un fastuoso panorama de negocios en el que prosperar justamente a costa de los arruinados. La relación que ofrece “Challenges” es estupenda y permite ver al desnudo la paradoja del oportunismo capitalista de paso que descubre la sumisión de la economía de mercado al gran dinero. No es que la crisis no afecta a los muy ricos sino que constituye para ellos una oportunidad de oro.

Va a ser difícil mantener tras estos estragos la tesis para ingenuos con que el neoliberalismo ha logrado hasta ahora convencer a la mayoría de que la crisis no es sino el efecto perverso de una mala autogestión de la sociedad, cuyas capas medias e inferiores habrían vivido por encima de sus posibilidades hasta provocar la catástrofe. Lo que se vislumbra ya es más bien que incluso la crisis es una situación controlada y administrada por el gran capital que no sólo resulta ganancioso en tiempos de vacas gordas sino que se enriquece aún más con las flacas. Cuando una gana un duro, otro lo pierde. ¿Será cierto ese adagio que alguna vez oí en la Bolsa?

Justicia romana

Casi coincidiendo con la detención de un “monseñor” (que no era prelado, ojo) traficante al que se le intervino un maletín con una fortunita, el personal del Vaticano ha conocido la noticia de una honda reforma penal decretada por el papa Francisco. Es un gesto más a tener en cuenta en la personalidad del nuevo pontífice y sin duda sugiere una determinación que permite reconocer un carácter fuerte decidido a liquidar los rasgos arcaicos de la legislación vaticana “aggiornándola” como si dijéramos para conseguir que coja el paso con los ordenamientos internacionales más acreditados. Para empezar el papa ha suprimido una figura de impronta medieval como el “ergastolo”, es decir, la cadena perpetua, pera endurecer al tiempo delitos ni siquiera contemplados hasta ahora por la normativa como el atentado contra la seguridad del Estado vaticano, cuya inexistencia no dejó otra opción a los jueces que condenar a Paolo Gabriele, el mayordomo infiel que saqueó la documentación de la misma cámara papal, a una leve pena por hurto. Al papa le interesan, sobre todo, los delitos “modernos” o los desgraciadamente frecuentes, incluyendo entre los primeros el blanqueo de dinero o el terrorismo, el genocidio y el “apartheid”, y entre los segundos aquellos que se refieren a la protección de los menores, al tráfico en materia de prostitución y, muy en especial, a la pedofilia y la pornografía infantil. Toda una declaración de intenciones que leerá atentamente entre líneas el personal al servicio de la curia, dado que la nueva normativa afectará a todas las personas dependientes de aquella Administración, incluidos los nuncios apostólicos, dado su carácter no territorial. Algo está cambiando en Roma sin prisa pero sin pausa de la mano de un hombre normal.

Olvidamos con excesiva facilidad que el Vaticano es un Estado y no es probable que se sepa ni mucho ni poco sobre su diseño legal o sus procedimientos judiciales, todo lo cual procede del Código Zanardelli establecido en la coyuntura lateranense de 1929. Y parece que el papa ha querido comenzar por ese delicado flanco su reforma de un estado de cosas realmente inaceptables, poniendo el mayor empeño en concordar la legislación local con las convenciones internacionales. No le arriendo la ganancia a los grandes delincuentes purpurados o no con este papa tan aparentemente resuelto a dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.