La hermana abeja

Hay gran alarma en torno a la suerte que están corriendo las abejas en casi todo el mundo. No se conocen las conclusiones de Philisco Tasio ni de Aristómaco Solense que, según Covarrubias, dedicaron sus vidas a estudiar de cerca esa prodigiosa criatura a la que debemos la polinización que es condición de nuestras vidas, aunque sí los numerosos estudios modernos (contemporáneos) que vienen descifrando el arte de la colmena, el lenguaje de sus obreras o el papel de sus zánganos. Que son un prodigio, las abejas, lo sabíamos mucho antes de que nuestros sabios hodiernos fueran capaces de traducir su fabuloso lenguaje, su audacia arquitectónica o su modélica organización social, pero lo que nos llegan hoy no son ya elogios como los que a su especie dedicó Plinio, sino alarmantes noticias sobre su progresiva extinción, atribuida primero a la presencia de una subespecie africana y luego a los efectos perversos de ciertos pesticidas de uso generalizado y, principalmente, de los neonicotinoides que fabrican potencias tan poderosas como la Bayer o Sygenta. En América un clamor popular logró la prohibición del uso de estas substancias y en el Parlamento Europeo está planteado un grave pulso entre los partidarios de la prohibición y la presión de la poderosa industria, a pesar de los avisos de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) que prevé una catástrofe en caso de mantenerse las fumigaciones. Las abejas se mueren en todo el mundo y no acabamos de saber por qué, aunque pocas personas esté enteradas, supongo, de que, solamente en nuestro ámbito occidental, su trabajo polinizador equivale a un beneficio de 153.000 millones de euros.

Los hebreos llamaban a la abeja “deborah” y la tenían por símbolo de la elocuencia, tal vez porque ya intuían el prodigio de su código comunicador, y los griegos, “melisa” por ser las productoras de la miel, pero la civilización voraz que sostenemos asiste indiferente a la probable extinción de ese benéfico insecto al que Virgilio dedicara versos hermosísimos. Dicen que también van acorraladas nuestras sonoras tórtolas autóctonas por esas primas turcas de tan ronco zureo que nos invaden desde hace años haciendo que, privados de sus arrullos, enmudezcan los pinares al atardecer. No sé, pero personalmente he firmado en Internet la petición colectiva de prohibición de los pesticidas. Decían los antiguos que la miel preservaba de la corrupción. Aunque sólo sea por eso merecería la pena defender a la abeja.

Graves cargos

Ver a los barandas de los dos grandes y mimados “sindicatos de clase” desmentir de prisa y corriendo la presunta tesis de la Instrucción del “caso ERE” que sostiene que una fortunita del gran saqueo, a ellos fue a parar sólo por dar “información privilegiada” a los que bregaban en el gran negocio. ¿A quién creer, a los presuntos o a la juez? Pocas dudan le pueden caber a aquellos de que, en vista de lo mucho que lleva visto, la inmensa mayoría de los ciudadanos no se ha extrañado de la noticia y da por cierto el mangazo. ¡Quién lo hubiera dicho hace treinta años, cuando aún no funcionaba este “verticalismo” de la llamada “concertación”! En todo caso no basta con desmentir. Me temo que van a tener que alegar algo más que un ceño fruncido si quieren contrarrestar lo que parece una evidencia.

Estado de sitio

Al escribir estas líneas ignoro cómo habrán ido las cosas el viernes pasado en el partido calificatorio para el Mundial de fútbol entre las selecciones de Croacia y Serbia que habría de celebrarse en el estadio Maksimir de Zagreb. Confío en que bien, pero no es eso lo que preveía la prensa de ambos países que recordaba, seguramente, el grave estallido en que terminó en 1990 el encuentro entre el Dinamo de Zagreb y la Crvena Zvezda de Belgrado. A lo peor ni siquiera ha tenido sentido programar ese macht que ha forzado a declarar en la ciudad el “estado de sitio”, aparte de comprometerse ambos países a impedir los desplazamientos colectivos de hinchas en evitación de los casi inevitables conflictos. Una severa lista de radicales croatas no podrán acceder a un estadio en el que las entradas serán personalizadas y hasta se ha convenido que el partido se suspendería por el simple hecho de que la hinchada croata entonara canciones contra Serbia, una determinación que perjudicaría especialmente a Croacia, actual líder de su grupo. Todo, en fin, hacía presagiar un desenlace que celebraré que no se haya producido, y cuya gravedad puede deducirse de la ingenua advertencia del “míster” serbio de que el partido no podía ser considerado, en modo alguno, como la “continuación de la guerra”. Pocas veces se le habrá trasparentado tan claramente al fútbol (como a otros deportes) su última condición bélica, su vocación cainita, flameando por encima de ese mito de la deportividad que pretende no ver en el rival la condición de enemigo.

He recordado una vez más la tesis de Patrick Mignon (“La passion du football”) de que comprender el fútbol supone penetrar en profundidad las culturas populares en la medida en que la competición refleja mejor que nada los modos de construcción de las identidades colectivas, incluso, las relaciones entre elementos sociales tales como géneros, clases o razas. Santiago Amón parafraseaba a Clausewitz cuando bromeaba diciendo que el fútbol no era sino la continuación de la guerra “con menos medios”, y en ese sentido, la válvula de escape que permitía desahogar las pasiones colectivas con un riesgo menor que el que implica el combate. Ojalá que los hechos del viernes en Zagreb hayan desmentido estas duras apreciaciones de la sociología respecto del fútbol. Nada, en ningún caso, borra del todo la sospecha de que toda competición encierra su agonía.

Triple escándalo

El Fondo Monetario Internacional (FMI) es una institución poderosa. Sus presidentes tienen categoría de Jefes de Estado y gozan de privilegios acordes con ese estatus. Sin embargo, los tres últimos presidentes no han terminado felizmente sus respectivos mandatos, puesto que Rodrigo Rato anda envuelto en la madeja de esa merienda de negros que fue Caja Madrid, Strauss-Kahn ha pasado por los calabozos antes de arruinar por completo su carrera política y, en fin, su sucesora, Christine Lagarde está siendo investigada en este momento por la policía y la Justicia francesa que tratan de aclarar el caso del arbitraje que puso fin al largo pleito entre el Crédit Lyonnais y el controvertido político Bernard Tapie que, junto con su señora, acabaría llevándose 400 millones de euros del negocio. Ver a la policía registrar el piso de la presidenta del FMI, como en su día contemplar la imagen humillada de Strauss-Kahn, y sin contar la mala imagen de un Rato expuesto a la vergüenza pública por una inconcebible gestión de su entidad financiera, no cabe duda de que resulta desmoralizador para el ciudadano, en especial si es consciente de que esos altísimos “presuntos” tienen arte y parte en las duras medidas que nuestras sociedades están padeciendo. No sale gratis escuchar a la Justicia presumir siquiera de una presidenta del FMI que ha “estado implicada personalmente” en el festín de referencia y menos escuchar a los fiscales la teoría de que Lagarde, siendo aún ministra, habría dado instrucciones de voto a los representantes del Estado para inclinar la balanza del lado de Tapie. ¿En manos de quiénes estamos? Esa pregunta cobra esta temporada todo su sentido.

No tiene sentido que un organismo que decide sobre la suerte del planeta, esté presidido, uno tras otro, por personajes, que, sin perjuicio de la presunción de inocencia, acaben todos en el banquillo. Cuando se habla de la desmoralización ciudadana deben tenerse en cuenta estos casos que ilustran el pesimismo con graves razones al alcance de cualquiera. ¿Cómo aplastar a Chipre o poner entre la espada y la pared a Portugal o a Grecia sin garantizar siquiera la plena integridad de quienes toman las decisiones? La foto de los agentes registrando el piso de Lagarde colma, sin duda, el vaso de la paciencia. Tres presidentes consecutivos en la picota son demasiados incluso para un mundo que no conoce demasiado bien el intríngulis de la alta política.

El gran saqueo

Aunque a IU no le baste con lo que ya sabemos sobre el saqueo de los ERE, ahí están las cifras impresionantes confirmadas por la Guardia Civil y que maneja la juez Alaya: un manijero (ya verán como, al final, Guerrero no es más que eso) que trinca más de medio millón de euros; un chófer amiguete que se forra por sus servicios; un “camello” coquero que se lleva cerca de otro medio millón; un “conseguidor” al que le encuentran bajo el colchón 82.000 euros; altos responsables financieros pringados, alguno de los cuales consiguió 3’7 millones en tres años… Esto ha sido un robadero durante una década, sin duda con el conocimiento de la cúspide de la Junta. Cada día –menos mal– encogen las esperanzas de impunidad.

¿Una nueva Iglesia?

Habrá que esperar, qué duda cabe, para confirmar los propósitos anunciados por el nuevo pontífice, el papa Francisco, sobre la pobreza de la Iglesia y la prioridad moral de las necesidades no materiales. Sin embargo, ya hay alguna que otra señal, aunque sea del otro lado de la muga, como ese gesto del patriarca ortodoxo de Chipre, Crisóstomo II, quien tras entrevistarse con el primer ministro de la isla, se ha declarado dispuesto a hipotecar todos los bienes de su Iglesia para comprar obligaciones del Estado. La Iglesia chipriota es rica, en términos relativos, pues su patrimonio se estima elevedísimo, tiene numerosas participaciones en empresas privadas y es, además, principal accionista del banco de mayor poder en la isla, el Hellenic Bank, lo que la convierte, posiblemente, en el primer propietario del pequeño Estado que está a punto de ser aplastado por la hegemonía europea. ¿Tendrá el gesto de Crisóstomo un eco en el papado romano, sería posible, por una vez, que la Iglesia se mostrara solidaria a tope con los atribulados ciudadanos de esta Unión Europea tan benéfica como exigente? Nada nos autoriza a presumir que el papa Francisco va a poner en almoneda sus inmensas sus riquezas con el fin de auxiliar a los necesitados de la recesión europea y medio mundial, pero no cabe duda, posiblemente, de que el gesto del jerarca chipriota va a tener un alcance considerable en la opinión pública en este momento crucial de la coyuntura de Occidente. Una Iglesia pobre supone una revolución que habría de encontrar enfrente e numerosos Burke pero hay que reconocer que en el pontificado que ahora comienza coincide el hambre con las ganas de comer. Medio mundo está con el alma en vilo aguardando a que Francisco abra esa caja de Pandora que, sin duda, opondrá a quien pretenda franquearla dificultades sin cuento.

Si el papa Francisco pretende revolucionar la vida eclesial abriendo los cofres y compartiendo franciscanamente su tesoro, va a tener que habérselas con formidables resistencias, pero ahí tienen el caso chipriota para dejar claro que para avanzar no hay como dar el primer paso. La pobreza tiene mala prensa, eso es verdad, pero no son estos momentos de andarse con dudas y cavilaciones sino de actuar por derecho. De actuar con audacia, el papa perdería un apoyo tradicional pero seguro que ganaba la adhesión de un mundo hasta ahora alejado por efecto de la propia desigualdad.