Justicia imposible

¿Qué puede Aquiles contra la lógica geométrica de la tortuga? Poca cosa. Leo en el BOE el anuncio del concurso de traslado que afecta a la juez Alaya, próxima magistrada de la Audiencia Provincial. A finales de abril, a todo tirar, deberá estar en su nuevo puesto, salvo que solicite y se le conceda prórroga para tratar de cerrar sus casos monumentales. Y ello justo cuando el Gobierno habla (en campaña) de acortar la duración de los procesos y el presidente del TSJA recomienda a los jueces “concienciarse”. Vale, pero ¿qué puede hacer el relevo de Alaya sólo para enterarse de qué va la vaina? Dejar la instrucción menos de los fiscales supondría un gran avance porque lo que es evidente es que ninguno de estos “supercasos” se resolverán con el sistema actual, verdadero aliviadero para los corruptos.

¿Qué fue del Dioni?

En mucho menos tiempos del que Guerra determinó para que a España no la reconociera ni la madre que la parió, este solar nuestro ha sufrido un cambio espectacular. Cierto que también las tecnologías llevan una velocidad que no nos permite ni apreciar las mudanzas, pero eso no quita para que uno eche de menos a aquella España del Dioni, patria pícara e ingenua en la que un hombre bragado cambiaba de ruta y se llevaba por la cara a las playas brasileras un furgón con una millonada dentro, se pagaba un injerto de pelo y un (relativo) arreglo de la jeta, rodeado indefectiblemente de las setenta huríes prometidas en sus edenes de cinco estrellas, mito de una delincuencia artesanal que, encima, no lesionaba más que los intereses de los bancos. ¡Qué trastorno, Dios mío, qué distancia desde aquel Dioni divertido que un día entrevistamos a tres el gran Jesús Quintero, Víctor Márquez y yo mismo, espíritu pronto y ligera respuesta, qué distancia, digo, con esta alta mangancia que nos abruma, lo mismo desde un infante consorte que desde un ex–presidente del FMI, desde presidentes de la patronal hasta banqueros gastosos que pagan joyas, comilonas o masajes con sus tarjetas black, políticos rancios o sindicalistas descolgados del viejo árbol marxistón! Las hazañas del Dioni eran el rabo de la picaresca, episodios tardobarrocos de nuestra “struggle for live”, algo así como un eslabón perdido entre los zarpazos del Lute y la ingeniería financiera de estos golfos respetables, siempre a años-luz del riesgo gracias al ventajismo de clase o a la protección de partido.
¿Qué habrá sido del Dioni, del país cabal de los mangazos a pulso, tan distinto de esta jungla digital en la que la tarjeta ha sustituido a la ganzúa y la libertad con cargos a la prisión sin fianza, donde nuestros más respetados políticos –“Tranquilo, Jordi, tranquilo”, ¿recuerdan?—se codean con narcos y traficantes rusos o chinos a la hora de blanquear sus negros dineros? Si este era el progreso que anunciaban los Condorcet, nos podíamos haber ahorrado el viaje antes de aterrizar en este desierto moral en el que, como en la Sodoma en que Abraham regateó con el Altísimo, va a ser más fácil ya contar los supervivientes honrados que a la muchedumbre pervertida. Se viene abajo de podre esta sociedad avarienta que sabe ponerse a buen recaudo de la horma de su zapato. En tiempo del Dioni las cosas solían ser, al menos, más cabales.

Un siglo de Santos

Para el P. Pedro Fdez. de la Cuesta
Se celebra este año el quinto centenario del nacimiento de la doctora Teresa. No llevo demasiado oído sobre, que también es verdad que no está el horno para bollos. A Teresa no la subieron a los altares hasta 1622, cuando el papa Gregorio XV elevó junto a ella –de una tacada– a Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Isidro Labrador y Felipe Neri, un hecho inusual que los celosos italianos aprovecharon para el chascarrillo diciendo que su Santidad acababa de canonizar “a cuatro españoles y a un santo”. Fue un siglo de santos, el XVI, para que se hagan una idea de lo cual diré tan sólo que, en una España de ocho millones de almas, convivieron, mejor o peor, junto a la doctora y a su “medio fraile”, Juan de la Cruz, Ignacio, Javier y Borja, Juan de Ávila, Juan de Dios, Pedro de Alcántara, Miguel de los Santos, Pascual Bailón, Luis Beltrán o el hijo extramatrimonial del duque de Alcalá, el futuro patriarca Juan de Ribera. Esa explosiva religiosidad no era sino el efecto del espíritu “moderno”, el lado espiritual de una búsqueda apasionada del hombre nuevo, del “individuo”, en el marco de una cultura de fuerte impronta religiosa que aunaba a “espirituales” con “intelectuales” en un crisol único en el que cabían sabios juristas como Láinez, Salmerón, Cano o Soto con poetas y místicos como la propia Teresa, Juan de la Cruz o Luis de Granada, por no hablar ahora de la inocencia heterodoxa.
En día escribí y en ello sigo, que tan curiosa ebullición del espíritu se explica en la lógica de una sociedad que había logrado su unidad y recuperado su equilibrio pero que, sobre todo, había salido de una guerra multisecular con el ánimo hecho a grandezas. Y junto a ello el estímulo poderoso de la Reforma –y la seducción del erasmismo—frente a los que se levantaría la muralla de Trento que será una de las causas principales de nuestra singularidad en medio del teatro europeo. Hace quinientos años, aquella España vigorosa y visionaria tenía poco que ver con la que luego vino empeñada en retrasarnos, pero en su momento permitía convivir a esa pléyade de santos mayores con los albores del milagro cultural aunque también con la Inquisición o la picaresca. Teresa, mística y práctica, talento colosal en medio de una sociedad que ganaba guerras y descubría mundos, escribió acaso, en la prosa más levantada y límpida, de Dios y de los pucheros. Quinientos años después apenas le vemos la estameña.

Huelga de basuras

Como en las huelgas de basuras, la podre se acumula hasta la asfixia castigando más que a nadie, por su proximidad, a los ciudadanos que menos culpa tienen con el conflicto. Se habla de la corrupción andaluza en la taberna y en el Congreso, dentro y fuera de España, y hasta se le pone nombre y cara a los presuntos corruptos ante la muchedumbre televisiva, apuntando a un Poder que –por más que trate de devolver la pelota al rival– no puede defenderse seriamente porque tiene el enemigo dentro. ¡Es que se habla ya de que el mangazo andaluz ronda los ¡3.000 millones de euros, señores! Lo lamentable de este asunto es que no quepa una justicia inmediata que, antes de las elecciones, descubriera a los ciudadanos esta enorme estafa política.

Azar y necesidad

A un “amigo político” de un político madrileño en apuros resulta que se ha descubierto que le ha tocado la lotería ocho veces. Lo mismo le ha ocurrido al ex–presidente de la Diputación de Castellón, Carlos Fabra, al que los jueces le pidieron explicaciones en su día por las siete veces que sus décimos resultaron premiados. Sin salir de Andalucía, han sido varios los políticos agraciados repetidamente por la suerte y hasta tal punto llegó a resultar sospechosa por entonces esa singularidad que cuando por casualidad me tocó a mí mismo –y tengo a mi amigo ciego que confirmará lo que digo—un consejero de la Junta dijo en un corrillo del Parlamento que a saber qué clase de lotería, ¡pobre de mí!, me habría tocado a mí, como dejando entrever no se me alcanza qué tipo de chanchullo que él, evidentemente, conocía a la perfección. El azar ha sido el aliado por antonomasia de la corrupción desde hace mucho, pero me temo que nunca como en estos tiempos del cólera en el que toda una “nueva clase”, como diría Milovan Djilas, va que se mata en busca del fortunón arramblando con todo lo que se le ponga por delante. Aún recuerdo el discreto mohín con que la banquista de turno me preguntó aquella feliz mañana, al entregarle yo mis décimos premiados, “cómo” quería cobrarlos, a lo que yo le contesté, más que nada para distender la situación, que por lo civil y, de ser posible, por la Iglesia.
¿Me creerán si les digo que aquel bendito dinero fue acaso el que, a pesar de mi modestia, menos satisfacción me produjo? Pues créanme aunque sea por aquello que decía el gran Alain cuando nos recomendaba desconfiar de las hadas si éstas se acercaban solícitas a nuestra cuna, porque no hay nada tan inquietante e incluso sospechoso como la potra en el juego. Nunca comprenderé esa dificultad que dicen que existe para determinar por las bravas el patrimonio de un ciudadano y menos aún el hecho de que Hacienda no sepa lo que sabemos todos, a saber, que en muchos bancos (¿en todos?) los billetes premiados se cotizan al alza como el mejor y más acreditado detergente del dinero. No sabía Carlos III a lo que estaba dando pie cuando se trajo de Nápoles su primitiva lotería. Hoy Felipe VI lo sabe, como lo sabía su padre, pero el trapicheo continúa como una palanca esencial de la vida pública y no es cosa de meterse sin ton ni son en ese berengenal. Hasta el amor y la Gracia decía Michelet que eran una lotería. Vivimos irremediablemente atrapados entre el azar y la necesidad.

Delirio post-debate

“¡Vaya campaña que te espera, bonita!”, Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del Gobierno. “Susana Díaz tiene muy poco que aportar”, la misma. “La que se va a preparar es ella el día 22”, Susana Díaz, presidenta de la Junta. “Estoy de cuatro meses y medio”, la misma. “Podemos se posiciona en contra de los intereses de Andalucía”, ídem. “Juanma estuvo de matrícula de honor”, Manuel Andrés González, presidente del PP onubense. “Te comiste a la Presidenta. Eres mi ídolo”, David Toscano, alcalde de Aljaraque. “Quiero que se investigue quien ha filtrado y por qué el expediente escolar de mis hijos”, Juanma Moreno Bonilla, candidato del PP. “Empezamos con la guerra sucia en la campaña y nos tememos que va a ir a más”, el mismo.