Guerra y corralito

Las exigencias del torbellino griego van disminuyendo a medida que pasan las semanas. Ya no se habla de reintegrar a todos los funcionarios despedidos por los “austeros” sino solo a los que lo hubieran sido “ilegalmente”, ni de subir de sopetón el salario mínimo sino a un ritmo gradual; ya ven cómo las cosas, se ven de otra manera cuando se sienta uno en el despacho del jefe. Tsipras proponer ahora reabrir la televisión pública cerrada por su antecesor, aunque no explica con qué recursos logrará ese proyecto y, ya de paso, se lanza a la piscina con el argumento de que si su país, Grecia, debe tanto a Alemania, más le debe Alemania a Grecia, setenta años después, en concepto de presuntas indemnizaciones por la pasada Guerra Mundial calculadas, según él, en 162.000 millones de euros, lo que supondría más o menos la mitad de la actual deuda contraída actualmente por el país. Con las cajas fuertes de los bancos vacías a causa de las desbandada general de los impositores y el grifo financiero exterior cerrado, Tsipras y su partido parece que subliman volviendo a la más remota exigencia del helenismo, esto es, a la necesidad de que la comunidad política, la “polis”, fuera “autárquica”, condición que exigía la “autonomía” o libertad interna de la gestión pública, y la “eleuthería”, que era tanto como decir la no dependencia de nada ni de nadie, la independencia en suma.

El “Grecia no obedecerá más órdenes venidas de fuera”, leiv motiv de Syriza y sus dirigentes, recuerda esta concepción de la vida libre que tuvo el griego clásico y trae a la cabeza –cierto que en términos anacrónicos– la pintura de la ciudad ideal representada en el escudo de Aquiles y descrita por Homero (Ilíada, Canto XVIII). En fin, ya veremos qué piensa la UE y, sobre todo, qué piensa, ante todo, esta Alemania, que hay que reconocer que no es en absoluto responsable de lo que los nazis hicieran o dejaran de hacer en los países por los que pasaron, como Tsipras –y la garduña que ha llevado al país a la ruina—poco tienen que ver con aquellos gigantes del despertar heleno. Nada mejor dio Zeus a los hombres que la “diké”, la justicia, pero esta virtud implica la responsabilidad, incluida la que corresponde al deudor. Siempre está bien volver la mirada a la vieja Atenas, eso no se discute, pero en esta coyuntura más le valía a Tsipras mirar a Buenos Aires y recordar aquella tragedia del “corralito” que, qué duda cabe, planea ahora sobre su país.

Fiscales a la carta

La Junta de Andalucía –hay que comprender que motivada por muchas presiones—pretende regular en una orden autonómica la nueva “oficina fiscal” que el fiscal-consejero Llera trae entre manos. Lejos de dar el paso decisivo y entregar la instrucción de los sumarios, como en tantos países ordenados, al fiscal, lo que la Junta pretende es lo contrario, a saber, que ningún fleco de la fiscalía quede fuera del alcance de sus tentáculos. O sea, que de propósitos de enmienda, nada de nada. El propio fiscal Llera se pliega a una apropiación de esa decisiva función procesal tal como se amoldó a las exigencias desdramatizadoras de la Junta en apuros. Un fiscal “propio” es un tesoro. Y la Junta, agobiada por tantos enredos, no quiere renunciar, con buena lógica, a su pretensión de controlarlos y marcarles el paso.

El arte perdido

Un museo sueco, el de Bellas Artes de Malmö, acaba de organizar la marimorena al exponer en una de sus salas a unos mendigos “roms” considerados como obra de arte. Ya ven, un hombre en las últimas, la mano tendida, el ojo suplicante: a eso le llaman arte hoy. En realidad, resulta ya difícil establecer el límite de esta “libertad creadora”, sobre todo teniendo en cuenta los pocos burgueses que van quedando ya por “epatar”, pero no ha faltado quien, como José Javier Esparza –por no citar más que a un crítico propio y actual– pusiera en su sitio no hace tanto a esos falsarios. El viajero ilustrado que llega a Venecia atraído por la reforma que el milloneti François Pinault ha hecho en la Punta della Dogana, quedará estupefacto, –si el oremus no le falla– al contemplar un caballo empotrado a buena altura en la pared, obra, por decir algo, del famoso Maurice Cattelan, el mismo que, tras su ruidosa exposición en Milán, fue forzado por la Junta a retirar de la Bienal de Sevilla el cuerpo de un joven ahorcado. Hay que recordar la auténtica novela del “negro de Bañolas”, expuesto en el museo local y repatriado tras ímprobos esfuerzos por mi amigo el embajador Garrigues, que terminaría novelando el despropósito. En el Museo Nacional de Antropología de Madrid había en mis tiempos estudiantiles no recuerdo ya si un cadáver o sólo una osamenta que don Julio Caro Baroja me contó que pertenecía a un gigante protegido de Alfonso XII que calzaba (en el buen sentido) un 52, no les digo más. Por no hablar de los “cadáveres plastificados” expuestos en México por el doctor Von Hagens y no asomarnos siquiera a las “muestras” blasfematorias financiadas alguna vez por ciertas autonomías.

Les recomiendo ese libro de Esparza aunque, seguramente, a la inmensa mayoría no le hará falta apoyo crítico alguno para descubrir bajo propuestas “artísticas” semejantes la simple superchería. Una vez que me oyó criticar las “obras” adquiridas por nuestra Junta, un vanguardista me preguntó molesto cuál era el autor que yo respetaba y al contestarle a bote pronto que Velázquez me espetó convencido: “Sí, ése está muy bien para las cajas de dulcemembrillo”. No creo que, el pobre, haya llegado muy lejos, pero cierto que esos otros mamelucos que degradan el arte como queda dicho, andan triunfando en vida por esos mundos, con la complicidad de la crítica y la inopia de la masa. ¡El mendigo como obra de arte! Dudo de que a la crisis del Humanismo le quede mucho recorrido.

¡Jamón mismo!

La Junta de Andalucía se gastó más de un millón de las antiguas pesetas en comprar jamones destinados a “atenciones privadas” en la Escuela de Formación de Artesanos de Gelves, a pesar de que la propia Cámara de Cuentas ya había alertado contra esas “atenciones” aunque, según ella, “en muchos casos no se produce la necesaria coherencia entre los gastos justificados y la naturaleza de las actividades subvencionadas”. ¡Serán aguafiestas! Si la Junta tira por alto, incluso con dinero de los parados, es por su convicción revolucionaria de que la demotización del jamón no es más que un homenaje revolucionario al pueblo soberano. ¡Todo el jamón para el soviet! He ahí un lema muy trianero que no sería extraño escuchar cualquier día en un mitin.

Don Camilo y Pepone

Mi amigo dice que está muy entonado con el varapalo que el CIS acaba de propinar al bipartidismo. ¡Toma, y yo! ¿A quién le va a gustar, a estas alturas, el “modelo Cánovas/Sagasta”, la vuelta a la democracia “censitaria” de la Restauración desde esta democracia “transitiva”? El problema es “qué hacer”, como decía Lenin en estos trances, teniendo en cuenta que si lo bueno que está por venir es acabar replicando lo que han sido los italianos después de la Guerra Mundial, aviados vamos. Don Camilo y Pepone superados, vale, cómo no, el binomio bolche-vaticano arrojado al desván, lo que quieran, pero ¿sabrán los post-comunistas como mi amigo cuántos Gobiernos ha tenido Italia en este medio siglo largo, tendrán memoria bastante para recordar lo que fueron aquellos Gobierno tripartitos, pentapartitos y hasta compuestos por siete formaciones incluyendo a los neofascistas que solían acabar, cómo no, cual el rosario de la aurora? Los que dicen, como quien no quiere la cosa, que lo que ahora toca es simplemente pactar, eluden algo tan fundamental como lo que van a ser los posibles pactos entre una Izquierda clásica desplazada por los manijeros del cabreo público con una Derecha venida a menos que nunca. ¿Por qué se fiará más el personal de una pandilla que, antes de empezar incluso, ya han probado con sus mangancias que en poco se diferenciará, en cuanto trinquen los Presupuestos públicos, de los bipartidistas más “castúos”?
Mucho me temo que si el sonajero del bipartidismo ha dado de sí lo que ha dado, la llamada “cultura de los pactos” nos va a hacer pasar de Guareschi a Sciaccia, forzándonos a trasladar el Congreso al Areópago y el Supremo al Ágora, aunque las asambleas no dejen de ser un elemento decorativo y quienes tomen las decisiones sigan siendo los de siempre. Con don Camilo y Pepone sabíamos ya, más o menos, a qué atenernos, conocíamos sus tratos y contratos, pero desde ahora vamos a tener que ir cada día al oráculo que, encima, nos contestará en siete lenguas. Y con un canto en los dientes si no nos vemos con el grifo cerrado y el “corralito” abierto, cosa que don Camilo había evitado aquí hasta ahora, siquiera a trancas y barrancas, a pesar de la obstinación y la petera de Pepone. Mi amigo no quiere ni ver no oír nada, sino echar el templo abajo en plan Sansón, que luego Dios dirá. Las naciones “gripean” como las personas ya sabemos que esos trancazos sólo se curan en una semana o en siete días.

Extremo Oriente

Más de un memorioso ha recordado, con motivo de la justificada indignación del Gobierno japonés frente a la degollación por los fanáticos del IS de los dos rehenes nipones, la crueldad que durante la última gran guerra desplegaron ellos mismos. Rebanar la cabeza de un sablazo no fue una práctica extraña al imperialismo japonés como no lo fue el abuso masivo de la mujer durante la campaña bélica, en especial en Corea y en China, por parte de un ejército inclemente cuya extremosidad contribuyó no poco a justificar ante la opinión pública americana la apocalíptica solución con que Truman zanjó la contienda en Hiroshima y Nagasaki. Japón fue siempre un coto cerrado, como lo fue China según observó ya Marco Polo, y aunque en la actualidad ambas naciones hayan optado por promover un turismo exterior también masivo, lo cierto es que, sobre todo, en China, la obsesión aislacionista no ha desaparecido ni mucho menos. Ahora mismo se discute allí en los círculos pro-occidentales la determinación del régimen de prohibir a rajatabla la influencia occidental en unas nuevas generaciones que, según la mayoría de los observadores, propenden a imitar los usos y costumbres de poniente, como lo prueba la firme instrucción del ministro del ramo de prohibir a los enseñantes la tolerancia frente a las influencias exteriores que se consideran ilegales en la medida en que apartan a los jóvenes de una docencia basada fundamentalmente en la difusión de los valores básicos del socialismo, sea lo que fuera lo que en estos momentos entienda por tales la dirigencia China. La Muralla China no es sólo una metáfora del pasado, como se ha podido creer, sino una ilustración a la que debe ajustarse el presente.

Otra cosa es que el modelo occidental –léase liberal-capitalista—aliente en la entraña de un régimen indefinible probablemente no poco alejado de su sociedad cambiante. Extremo Oriente sigue siendo un mundo cerrado por más que la asunción de los modelos de producción y tecnológicos de los que trata de aislarse en teoría lo penetre cada día más y sin remedio. El mismo Gobierno chino que anima la imitación y el comercio con Occidente ve en la influencia recibida un peligro para su propia identidad hasta el punto de prohibir en sus universidades los textos y, por descontado, la ideología que viene del oeste. Lejos ya de la “revolución cultural”, parece que el país no se deshace de algunas de sus obsesiones ideológicas.