Todos son casta

No hay forma de poner un pie en la nómina política sin reconvertirte en miembro de la “casta”. Llegan todos locos por tocar poder, insectos seducidos por la luz en que pueden abrasarse vivos. Pero al menos los de Podemos van de duros y han puesto cara de poker tras asistir a la sesión de trilerismo de la investidura manteniendo su veto a una candidata prometelo-todo, mientras que a Ciudadanos, esa esperanza blanca, le ha faltado tiempo para tirarse a la piscina vacía. Dice Arias Maldonado que ese apoyo comprometido con Díaz sin regatear siquiera sólo puede responder a la ambición de los dirigentes que mueven los hilos desde Barcelona y también que puede que, por ganar Andalucía, pierdan España. Ahí le duele. La “vieja guardia” del partido anda que echa humos.

Estupendos ingenuos

A mis buenos y cultos amigos, a esos mismos que han tratado de convencerme denodadamente para que votara a Ciudadanos, apena les sale ahora la voz del cuerpo, desconcertados por el pacto de esos incorruptibles con el “régimen” andaluz. A los radicales –que también los tengo– y que me reprochaban no haber entendido ni papa del nuevo evangelio de Podemos, los ocurre tres cuartos de lo mismo: que están desconcertados. A ver, ¿qué hacer ahora sino apoyar a la candidata del PSOE, una vez oído su compromiso no sólo de cumplir punto por punto sus planes revolucionarios, sino mejorarlos pródigamente a base de compromisos mil que incluyen las leyes, planes y medidas que reclamaban los “indignados”? Lo de Ciudadanos parece que ha sido pan comido –¡menuda en el cuerpo a cuerpo la candidata!—y que ha bastado el doble y falso sacrificio de Chaves y Griñán para apaciguar el ánimo exaltado de estos chicos estupendos que, desde luego, antes de salir de Cataluña ya han tenido ocasión de ver de cerca lo que es una política rapaz. Y lo de Podemos, pues más o menos, pues repasen lo prometido por la candidata y verán como los ha pasado por la izquierda sin perder la derecha. ¿Qué van a hacer las criaturas sino facilitar su investidura y confiar en que la legislatura que nos aguarda no sea un mar de sargazos sino un amplia y luminosa bahía en la que la barca se mece suavemente y los peces se pescan solos? Las revoluciones espontáneas tienen eso: que al final se las traga el político curtido.

No sé qué decidirán y menos aún que habrán de hacer los “emergentes” durante los años que dure esta legislatura –que yo me imagino breve–, apalancados en una Oposición inútil a no ser que voten confundidas churras y merinas o que, por arte de magia, alguien caiga en la cuenta de que, como ya hiciera la IU de Anguita, no pasa nada por codearse con el PP y romper, aquí y allá, donde sea preciso, la negra baraja aparejada en el Tinell. Pero ya les digo que a mis buenos y cultos amigos se les ha puesto un poco cara de colgados una vez convencidos de que, para prolongar el “régimen” andaluz, el votante podía hacer dos cosas: una, votar al PSOE, claro; otra, votar a Ciudadanos por la derecha o a Podemos por la izquierda. No sé, por ejemplo, qué tendrá que decir mi amigo Julio Anguita, pero mira que era fácil el cálculo que hacíamos los irreductibles cuando decíamos que aquí no había más alternativa que el trágala. El pobre Hessel no sabe el favor que le ha hecho a la Casta.

“Que no farte de na”

Escucho con atención el discurso de la candidata Díaz, anoto a dos manos promesas y compromisos, y les engañaría si les dijese que no levito en la burbuja amniótica del mejor y más panglossiano de los mundos posibles, que no hago pie en la realidad de nuestra tierra, tan diferente de esta Arcadia feliz que aquella nos promete. ¡A ver qué se creían Ciudadanos y Podemos! Díaz les ha comido a ambos y uno a uno todas sus propuestas y le ha añadido los dos huevos duros habituales de incontables, leyes, planes, modelos, catálogos y mejoras. Tendrán que apoyar al “régimen”, a ver, después de tanto rentoy, y sostener a este PRI andaluz corrupto y fracasado que ahora promete excelencias por un tubo. Borbolla soñaba con convertirnos en California. Treinta años después, Díaz nos va a convertir en Jauja.

El castigo divino

Han dicho los monjes de Nepal que la catástrofe que ha asolado el país no es más que un castigo divino. ¡El problema del Mal! Todas las religiones, desde el hilomorfismo primigenio hasta los monoteísmos más desarrollados, sostienen lo que en teología se llama la “teoría de la retribución”, o sea la idea fija de que el gran ojo que nos vigila desde el triángulo sagrado pertenece a un riguroso contable que lleva las cuentas de todo bicho viviente, de tal manera que el bueno es recompensado aquí en la Tierra mientras que el malo aquí recibe también su descalabro. Nunca me he explicado esa visión mezquina de la divinidad que la experiencia demuestra a cada paso que carece de fundamento pues ahí están tan campantes los canallas como afligidos los santos, razón por la que no es ninguna novedad histórica el proyecto filosófico de justificar a ese Dios racionero y eximirle del mal, un género que desde Leibnitz se llama “teodicea” y del que hay un buen montón de ejemplos a cual menos convincente. Existe una vieja tradición mítica o cuentística basada en la desconcertante figura del “justo sufriente”, o sea, del hombre cumplidor y respetuoso al que aflige enigmáticamente el Mal, una tradición que desde Egipto y pasando por Mesopotamia, llega pronto a la Biblia con el que probablemente sea su libro más antiguo, el “Libro de Job”, que es como un segundo enigma encerrado en el primero pues deja intacto ese problema que, a mi juicio, es más bien una aporía.

La grandeza de ese libro estriba en el contraste de la paciencia del santo –no poco insolente, todo hay que decirlo– con el silencio de un Ser Supremo que es inescrutable incluso cuando nos habla “desde habla tormenta”. ¿Quién es el Hombre para cuestionar a Dios, incluso cuando la evidencia lo respalda? El problema del Mal, ya digo, ante el que lo único que cabe responder es que carece por completo de respuesta intelectual, que no puede ajustarse a otra lógica que no sea la de lo arbitrario. ¡Que castigo de Dios ni que ocho cuartos! Cuando un tipo como Safranski nos dice que el mal es el precio de la Libertad se topa de frente con un Estrada que titula su libro “La imposible teodicea”. Voltaire fue muy leibnitziano hasta que le llegó la noticia del terremoto de Lisboa. Los mojes tibetanos, tan piadosos y recogidos, tan contemplativos, ahí siguen, sin embargo, erre que erre. El miedo es un viejo negocio que las religiones venden en pública almoneda. Pregúntenle a Job y verán.

El paradigma Troski

La expulsión o, en fin, la renuncia de Pablo Iglesias a contar con quien hasta ahora ha sido visiblemente su mano derecha, es decir, Juan Carlos Monedero, confirma una vez más el viejo paradigma político que rige todos los proyectos revolucionarios o su inmensa mayoría: la sombra del troskismo. En efecto, poco varían las cosas –salvadas todas las distancias– entre esta primera crisis de Podemos y el enfrentamiento de Lenin con Troski que no es más que la expresión de las tensiones que el Poder experimenta desde dentro a medida que nos acercamos a él. En la Rusia legendaria, el bolchevismo llegó a borrar todo rastro de Troski de la vida pública siguiendo el modelo romano de la “damnatio memoriae”, esa práctica igualmente acreditada ya en la antigüedad egipcia que consistía en ningunear físicamente al perdedor a mayor gloria del victorioso. Yo no me creo, por supuesto, la versión oficial de que la tocata y fuga de Monedero se deba a diferencias ideológicas, inconcebibles en un personaje que ha demostrado, ya antes de llegar al Poder, poseer tan formidable capacidad pragmática. ¿Van a prescindir de Monedero por un quítame allá esas pajas asamblearias? “Amos, anden”, como dicen en el foro y resuena mejor que en ningún sitio en la Puerta del Sol donde se engoró el huevo de la serpiente. ¿Entonces? Pues, nada, lo de siempre, que el Poder es un artefacto psíquico de suma sensibilidad y la ambición un estopín también de lo más sensible. Esta es la primera “purga” de un “movimiento” y seguramente no será la última. Ya lo verán.
Es raro, eso sí, que el tironeo o la comida de las fieras haya comenzado antes de encenderse siquiera las luces de pista, pero eso mismo nos está indicando que si Monedero –el ideólogo y el factótum de la cosa—se tiene que marchar es, sencillamente, porque en el mismo sillón no caben dos. ¿“Casta” todos menos ellos? Ya ven que no, pero han de verlo mucho más nítidamente a medida que la “conquista del Estado”, como dijo Elorza que los conoce a todos muy de cerca, vaya aumentando el caudal a administrar. La antipolítica no tiene más garantías de unidad que la política tal como la conocemos desde que hay memoria histórica. Lo acaba de demostrar Iglesias poniendo en la calle a Monedero para despejarse el camino pero no duden de que ya irán saliendo más pruebas. La sombra de Troski es alargada. Yo que Monedero no le daría la espalda desde ahora a nadie que pueda llevar en la mano un piolet.

Devotio ibérica

En la vieja Iberia, anterior y contemporánea de los romanos, regía una severa institución llamada la “devotio ibérica”. Era una fórmula protofeudal basada en el compromiso de los partidarios del Jefe de entregarse a él de por vida –a cambio de su protección—y sacrificarse en última instancia cuando el Jefe era derrotado. Me he acordado de esa antigüedad considerando el caso de Carmen Martínez Aguayo, la “segunda” de Griñán, que se mantiene en sus trece de que el consejero fue del todo inocente ya que ella nunca le comunicó los avisos de ilegalidad enviados por el Interventor. Los iberos apoyaban su espada en un roble y se dejaban caer sobre ella a pecho descubierto. Aguado ha simplificado ese trámite limitándose a ofrecer el propio pecho a una Justicia a la que “no le cabe en la cabeza” la inocencia de Griñán.