Pecunia non olet

El Poder ha sido siempre permisivo con el origen de la riqueza. El denario arrebatado al bracero valía lo mismo que el pagado por el prohombre acaso porque de otra manera, es decir, afinando el criterio moral, se complicarían mucho las cuentas del Fisco. Pocas anécdotas tan frecuentadas como la que cuenta que, con motivo del impuesto sobre la orina que Vespasiano impuso a curtidores y otros azacanes interesados con fines industriales en el amoniaco de la orina, su hijo Tito, para reprocharle tan “sucia” imposición, echó despectivamente una moneda en el baño en el que aquel se solazaba, para que éste, sacándola de la bañera se la devolviera tras olerla asegurándole que no olía a nada. No he encontrado yo, desde luego, que Vespasiano llegara a pronunciar ese célebre “Pecunia non olet” pero, ciertamente, algo parecido debió de decirle porque más o menos así lo recoge Suetonio en sus “Vidas”. ¡Aviados íbamos si tuviéramos que husmear euro a euro por dónde ha discurrido la moneda y qué habrá sido pagado con ella! Y esa debe de ser la convicción de nuestros ecónomos de Estado cuando han decidido incluir, a la hora de calcular la riqueza nacional, del producto de actividades ilícitas, incluidos el narcotráfico y la prostitución. Vamos, que nuestro PIB –por no hablar ahora de los de Holanda, Noruega o Suecia, entre otros—ha aumentado un 4’5 por ciento con esa inclusión que tienen, entiendo yo, toda la lógica contable del mundo, pero que resulta también un insuperable emblema del cinismo político.

¡De modo que persiguen por el rastrojo a las pobres tusonas y hasta multan a sus clientes, pero luego –“pecunia non olet”, vale—cuadran las cuentas públicas sin hacerle ascos a sus ingresos, que son, por cierto, colosales! Son los mismos, claro está, que aterrorizan al fumador con sus disuasorias cajetillas tras haberle cobrado un impuesto, y los mismos que claman contra los efectos del alcohol tras haberle garantizado con su estampilla la botella, aunque en el caso del dinero sucio la cosa resulte más desvergonzada todavía por razones obvias. La moral del mercado, que funciona como el último “thelos” de toda moral, tiene la pituitaria de lo más maleable, y por eso, en cierto modo, somos los que nos asombramos de que el Estado no desdeñe el dinero de las putas y el de los narcos a la hora de cuadrar sus cuentas, quienes, en realidad, estamos fuera de cacho. Metido en política, Tito no le llegaba a su padre ni a la suela del zapato.

Escándalo evitable

Que el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA) haya abierto causa a los ex-consejeros a los que “blindó” Susana Díaz en el Parlamento andaluz, y designado instructor único a Miguel Pasquau, nombrado en su día a propuesta del PSOE, es uno de esos escándalos que quiebran la confianza pública en la Justicia. Pero, ojo, porque si el juez no puede inhibirse más que pos causas tasadas, ahí está abierta la vía para que las partes lo recusen, alegando algo tan obvio como que sería de traca que nada menos que el “caso ERE” fuera confiado a un juez –que no es de carrera sino profesor universitario– elegido por el PSOE. ¿Qué hay pocas posibilidades de que la recusación prospere? Bueno, pero, al menos en ese supuesto, el Alto Tribunal quedaría a la altura del betún.

La voz de su amo

Nadie tiene que descubrirnos la mistificada relación existente en todo tiempo y lugar entre los medios de comunicación y la publicidad. En este mismo diario supimos de un día para otro lo que suponía criticar cierta decisión del presidente de Telefónica –que entonces como siempre era César Alierta–, a saber que el periódico perdía un millón diario de las antiguas pesetas, que era lo que costaba la página de propaganda también diaria, con que la empresa pretendía, por lo visto, garantizar el apoyo crítico del medio. Aquí en Andalucía es ya una tradición consolidada que El Mundo –jodido debelador de los escándalos del “régimen”—no reciba un céntimo de la publicidad “institucional”, regulada por toda una ley que administra a su capricho la misma Junta que a otros unta generosa con tan buenos resultados. La relación entre “medios” y publicidad ha sido de toda la vida un cambalache y, desde luego, la piedra de toque de la independencia de un periódico, lo que equivale a descubrir, al menos a la larga, su propia credibilidad, y en la práctica a dividir la profesión entre medios “afines” o “discretos”, y medios “críticos” a los que, como es lógico, no hay que darles ni agua, aunque lo diga la ley. En Inglaterra y en todo un “The Daily Telegraph” acaba de dimitir un destacado miembro de su redacción, premio de Periodismo 3013, Peter Oborne, al que su conciencia (sic) no le permitía tragar con la estrategia desdramatizadora que el Telegraph seguía frente al escandalazo del banco HSBC –uno de sus principales anunciantes—provocado por la publicación de la famosa lista Falciani. La axiología mediática está encabezada con demasiada frecuencia por la cuenta de resultados.

Me acuerdo de los versos de Blas de Otero: “Algo tendrá el agua cuando la bendicen,/ algo tendrá el vino cuando lo consagran,/ y algo la palabra cuando la prohíben”. El tema es ya un tópico de la sociología de la información que sabe lo difícil que resulta mantener la independencia de criterio cuando el deber te exige una crítica imparcial que desfavorece al que, por pagar su anuncio, se cree el amo de la información y hay que admitir que lo es, no sin razón, en multitud de ocasiones. El indefenso, una vez más, es el ciudadano, ese sujeto fundante de la sociedad y del Estado que, sin embargo, trae al fresco al todopoderoso anunciante. ¿Quién es Peter Oborne, en fin de cuentas? Esa pregunta del HSBC la acaba de responder sin palabras el propio Telegraph.

Lotería preelectoral

Cada partido promete y promete sin tasa en cuanto se presentan las elecciones. Uno dice que rebajará por la mitad el paro andaluz, la otra que va a erradicar la corrupción y a “crujir” al corrupto, un tercero repudia una eventual “grosse koalition” que, a su juicio, no haría sino garantizar la decadencia y así sucesivamente. Ya se sabe que esas promesas están ahí para no ser cumplidas –Tierno dixit—pero incluso el mero acto de la promesa resuena en los oídos ciudadanos como una desfachatez. Dentro de tres semanas, verán como todo vuelve a su cauce, los regeneradores se calman y el peatón sigue su camino por esta vieja calle sin asfaltar.

El vaso de agua

El poeta Gonzalo Gragera, joven y culto, entusiasta de una poesía ágil y menuda, penetrante, de la que él mismo duda sin motivo, a mi juicio, en su afán de verdad, me depara la ocasión infrecuente de intercambiar anhelos e inquietudes, que no otra cosa es el instinto poético y, de paso, me trae su indignación por el colosal paripé de Arco, en fin, no de ese evento, sino de la habitual camelancia que ha logrado abrirse paso en el mercado del arte como si arte fuera, pongo por casos, un vaso de agua valorado en 20.000 euros o una mandala hecha con bragas rojas. Lo del vaso de agua es negocio del cubano Wilfredo Prieto, por lo visto y leído un habitual de esta “manera” que llaman “conceptual” y que resulta desconcertante, desde una perspectiva estrictamente noológica, cuando su gran galerista nos explica que, en fin de cuentas, no se trata más que de “un tema puramente de mercado, de oferta y demanda, y sin el menor riesgo comercial ya que “si alguien me lo roba pongo otro”, dado que lo que valora el objeto es la firma –por más que nunca hayamos oído hablar de este Wilfredo—que ya en otra ocasión le vendió a otro pardillo una sandía cuadrada, no se pierdan la “performance”, que llevó a cabo al propio cliente limitándose el autor a extenderle el valioso certificado.
Dalí estafaba a los yanquis en Cadaqués dejando que un erizo de mar empapado en un tintero dejara su rastro –naturalmente “conceptual”—sobre un papel de barba antes de cobrarles sus mil pelas, y ya les conté aquí el otro día que un tipo ha “expuesto” no recuerdo dónde pero con notable éxito a un par de mendigos sentados, tal cuales, frente al público. Ahora bien, cara dura como la de los del vaso de agua no había visto yo en mi vida. Mi amigo, como se apellida Gragera, escribe greguerías ramonianas titulándolas “graguerías” y destroza el Barroco de un mandoble con un poemilla titulado “Horror vacui” que se me ha enredado en la memoria porque me recuerda aquellas soleares medio guasonas que escribía el maestro Manolo Alcántara: “Imanes en mi nevera,/ vestigios de horror vacui/ en una era postmoderna”. Le pregunta alguien al galerista: “Oiga, ¿Y si el vaso de agua lo pongo yo en mi casa, tendría un Wilfredo Prieto”. “Ah, no, ni hablar, buen hombre. Usted lo que tendría no sería más que una copia…”. Vuelvo al libro de Gonzalo, no les niego que algo desnortado, preguntándome cuánto valdría en el mercado cada uno de estos versos ingenuos y prometedores.

El oro de Moscu

Si ha habido un tópico en la España previa a la democracia –que como la inmensa mayoría de los tópicos, tenía mucho de verdad—ha sido ese del oro de Moscú que estaría financiando a la “antiEspaña”, que es como la Dictadura llamaba a todo disidente de su trama. EL PCE, mismamente, se decía que era tan fuerte y tenía tanta presencia popular porque recibía ingentes propinas soviéticas que, hasta que Ángel Viñas demostró la realidad, los mitómanos relacionaban con el oro del Banco de España que la República envió a Moscú. Bien, ahora el temido no es ya, evidentemente, el PCE, sino más bien el fantasma de una fragmentación que pudiera ponernos a los pies de la nueva caballería roja. Lo podíamos leer, hace unos días, nada menos que en la portada de “The Economist”, en la que aparecía Putin manejando las cuerdas de unas marionetas que vendrían a ser, según la tesis editorial, los partidos populistas emergentes en Europa, desde el Syriza que, mal que bien, ya es poder en Grecia, hasta el IKIP británico pasando, lo que son las cosas, por el de la extrema derecha que maneja ahora mismo un 30 por ciento de los votos franceses, esto es, el Frente Nacional de Marine Le Pen. Putin fomenta la fractura de Occidente –tanto teme a unos Estados Unidos de Europa—a base no ya de financiar a los partidos, como de atizarles ayudas importantes a militantes concretos, y todo ello con el fin, además de quebrar por dentro la unidad social europea, de ir constituyendo en Bruselas un grupo prorruso más que consistente. Vamos, algo así como lo que Hugo Chávez ha logrado por cuatro perras con los cinco eurodiputados de Podemos.

Se ve claro, pues, que el populismo demagógico, es igual si pertenece a extrema derecha que si milita en el priscocomunismo más añejo, pues la estrategia de Putin lo que persigue, por el momento, es desunir, cuanto más mejor, las ya muy desunidas sociedades europeas, aparte de recuperar una zona de influencia prorrusa que en los últimos tiempos ha venido siendo prácticamente inexistente. Alguna de las repúblicas bálticas anda ya llamando a filas a sus jóvenes, temerosa de alguna maniobra rusa similar a la propiciada en Ucrania, un gesto simbólico si se quiere pero elocuente. “The Economist” incluía en esas fuerzas financiadas y disgregadoras al propio Podemos, como si quisiera cerrar el bucle melancólico y devolvernos a aquellos titulares que, un día sí y otro también, sacaban a relucir el oro de Moscú.