El complot inventado

Recibo la larga respuesta –los hechos no permitían brevedad—en que el teniente general José Mena rebate el relato que de aquel complot inventado que cuenta Bono en sus nuevas memorias. El General está triste aunque firme, indignado sin exceder la disciplina, dolido por ver su limpia hoja de servicios rematada con un arresto, y en un tono pausado pero contundente va desmontando una por una las referencias de Bono, todas ellas protagonísticas, hasta concluir que aquel discurso sevillano de la Pascua Militar de 2006 –en el que el mando declaraba con serena determinación su inquietud y la de sus subordinados ante el (entonces) inminente Estatuto de Cataluña con que ZP pagó al PSC su decisiva contribución a su elevación a la Presidencia– fue un complot. Se cruzan las acusaciones de mendacidad entre ambos, pero uno acaba aceptando las del General frente a las del Ministro, y viendo en toda aquella tramoya un complot inventado por éste para atribuirse luego el mérito de su solución ante un Presidente “muy asustado” y unos jefes militares visiblemente inclinados ante el Poder, porque lo que dijo Mena en la Capitanía de Sevilla era algo que compartía media España y parte de la otra media sin sacar ni la punta del pie del círculo constitucional. Por lo visto ZP, “muy asustado” insisto, quería de entrada destituir a varios espadones pero Bono –loco por cargarse él solito a uno de ellos—lo convenció de que él se bastaba y sobraba para resolver la “crisis”. ¿Qué crisis? Pues probablemente ninguna, fuera del complot inventado a mayor gloria del ministro.
El general Mena está triste y se defiende con detalle de las acusaciones, mientras Bono expone su hazaña con desparpajo. Pero hay algo que me sorprende en el relato impugnado y es que ni una sola vez los políticos apelen al Rey, que es el jefe del Ejército. Es la fantasía conspirativa de cierto sector ideológico –destituir a un espadón–, la ilusión que inspiró aquel “¡Capitán, mande firmes!” proclamado ante las cámaras por su sucesora. En la prosa de Bono late todavía la sinrazón romántica de los cuartelazos. En la del general, el disciplinado susurro de un militar consciente de su papel y de su suerte, que no ha solicitado que no se borre de su hoja de servicios un arresto que él sabe mejor que nadie que carecía de causa. Hay quien aún no se ha percatado de que este Ejército no es el de la Dictadura y hay gente, como Bono, que sí. Si no, ¿de qué…?

La mala memoria

Ha dicho la Presidenta en funciones –no se sabe por cuánto tiempo—una frase memorable a fuer de increíble : “Voy a ser Presidenta porque lo quieren las urnas (¿) y eso no te lo quita nadie, eso te da fuerzas”. Bueno, pero vamos a ver, ¿por qué, entonces, no apoyó ella en las elecciones anteriores la presidencia de Javier Arenas que es a quien habían querido las urnas, por cierto, no poco más que a ella? Ambos Díaz y Arenas, perdieron las elecciones que ganaron, por más que a ella IU –como en su día el PA a Chaves—se lo haya hecho olvidar. Veremos si Podemos o Ciudadanos se juegan el bigote repitiendo aquella jugada que puede salvar al “régimen” pero que a ellos los dejaría tiritando y sin el disfraz.

El Real peinado

A pesar de la evidente crisis que atraviesa la institución de la monarquía española, un viejo republicano racional como el que suscribe tiene la impresión de que el adjetivo “republicano” va quedando reducido en España a la medida de lo que en Francia significa y suscita el de “monárquico”. Conozco la fe de algunos de nuestros repúblicos –uno de ellos me envió un día una bandera tricolor que conservo como esa joya preciada que, ay, nunca vas a lucir—pero también, con la edad, va uno sabiendo ya lo suficiente de este pueblo y de su psicología como para entrever en ellos la imagen de ese veleidoso monarquismo que los sondeos confirman una y otra vez. Ahí tienen el revuelo que ha provocado el corte de pelo de la reina Letizia, ésa Cenicienta escueta, elegante y casi caquéctica, cuyos críticos más implacables son propios los monarquistas jartibles –esos para los que el Rey fetén era don Juan y ahora lo es don Juan Carlos– que acaso no le perdonan su fibra morganática, y la legión femenina que tampoco le acepta, como a la del cuento, su destino prodigioso. Hasta la veo comparada en efigie con sus colegas europeas, acompañadas las imágenes con el comentario de que ni doña Sofía ni la reina Isabel han consentido a su peluquero mover un cabello de su foto nupcial y de que lo mismo Kate Middelton que Mary de Dinamarca o Matilde de Bélgica conservan intacta su cabellera originaria. Ya ven, a eso le llamo yo “interés”, porque lo suyo sería, si el republicanismo la alcanzara a ella, si no el desdén, al menos el silencio. “Baja corriendo las escaleras peinándote el cabello./ Eres la chica más bonita que he visto en mi vida”, cantaba Bob Dylan cuando yo era mozo.

Mi padre, que vio a la reina doña Victoria cuando él hacía la mili, siempre estuvo secretamente enamoriscado de ella con todo y ser un monógamo implacable, y si algo no le perdonaba a Alfonso XIII –a quien él llamaba “el Señor”—era justamente el no haber sabido valorar lo que tenía en casa, tal como a don Felipe no le acaban de perdonar el haber elevado por encima de las convenciones las intraducibles razones del corazón. Se corta doña Letizia el pelo y ya tenemos ahí el vendavalillo de afectos y desafectos que no son otra cosa que la prueba de su popularidad. Por cierto, nadie dice ni pío cuando el Rey se deja o se afeita la barba, en cambio, ¿cómo se explicaría eso? No me determino a decir que porque en este país las mujeres son tan machistas, por lo menos, como los hombres.

Mal comparado

Ha dicho Javier Arenas –el que le ganó a Susana Díaz las elecciones– que el que se avecina es, probablemente, el peor momento que ha vivido España desde la muerte de Franco. Convencido de que no le faltan sólidas razones para temer lo peor, creo conveniente aclarar que, de hecho, ese mal momento no concierne sólo a las expectativas de los conservadores sino también – y creo que en mayor medida—a una Izquierda que no sabe dónde está de pie ni a qué ha venido a la feria. Nos amenaza lo arbitrario, la ocurrencia, el amateurismo aventurero y eso da para todos. Cuando Franco murió, además de que éramos más jóvenes, no cabía en la política tanto matute como cabe hoy día.

Igualdad y ventaja

Ha provocado comentarios de todo tipo la ocurrencia de los que mandan en el Servicio Andaluz de Salud (SAS) de incluir en la convocatoria de un concurso masivo la extravagante cláusula de que, en caso de empate entre dos aspirantes de distinto sexo, la plaza en cuestión le sería otorgada a la hembra y el macho que se las avíe como pueda. Los que hemos sufrido oposiciones sabemos bien de las tensiones que se producen así como de los graves problemas de juicio que se le plantean a los tribunales cuando son responsables, pero nunca hemos tenido noticia de que ganar una plaza pudiera depender de la configuración de la entrepierna. Miren a su alrededor y verán como, desde hace unos años, hay cuerpos generales y especiales en los que las mujeres ganan terreno a ojos vista, hasta el extremo de que incluso son ya mayoría en algunos de ellos no por razones discriminatorias sino por algo tan simple como el mérito propio. ¡Pregunten a los notarios, a los jueces y fiscales, a los abogados del Estado o a los catedráticos de universidad y verán como está más que asumido ya que la presencia de la mujer en la oposiciones crece como la espuma desde hace tiempo! ¿Por qué entonces primar a una de ellas frente a uno de ellos por el mero hecho de su condición sexual? Eso de la discriminación positiva es un camelo que ni se plantea en las Administraciones que se esfuerzan por mantener la seriedad.

A mi modo de ver, hasta cabría decir que discriminar favorablemente a una persona por razón de su sexo –algo obviamente anticonstitucional—sería hacerle un flaco servicio en un momento en el que ya está admitido que una mujer puede ser soldado, sargento o general lo mismo que un hombre, y en el que hasta se empieza a sospechar que las facultades femeninas para el estudio o para el trabajo son, salvo excepciones, superiores a las del varón domado o por domar. ¿Para qué necesitarían ese empujoncito ideológico la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, la juez Alaya o la banquera Botín, a ver, díganmelo? Para nada, como es lógico. Primar a las hembras en plan ventajista ha podido tener algún sentido hace años pero hoy por hoy carece de cualquier sentido que pretendan darle las profesionales de la discriminación, si es que, ya digo, no constituye una cierta afrenta para un “género” que posee sobradas prendas para la vida profesional. Los hombres no se merecen ese trato, pero las mujeres tampoco.

El anillo de Einstein

El amigo que me instruye con frecuencia sobre la novela astrofísica me recuerda que estamos viviendo el centenario del descubrimiento por Albert Einstein de la ley de la relatividad general. Hablamos ya de estas cosas como si las domináramos noológicamente, cuando la realidad es que, en la práctica, creemos en ellas movidos de una fe mucho más potente que nuestra razón. ¡El tiempo y el espacio, mismamente! ¿No es verdad que tenemos una idea concreta de ambos a pesar de que, como sabemos, son algo más que la extensión o la duración, vamos, que son una especie de dimensión mixta cuya intelección real nos está vedada a la inmensa mayoría de los peatones? ¿Acaso somos conscientes del todo de que lo que vemos cuando miramos al cielo nocturno dista mucho de su auténtica realidad? Hay hombres excepcionales, sí, como el propio Einstein, capaces de apreciar lo que no se ve e incluso de descifrar el engaño de las apariencias, por más que no debamos achacar a fallo de la perceptiva lo que, en realidad, forma parte de la gran broma cósmica. Hace cien años ahora, por ejemplo, que don Albert predijo, al formular aquella ley, que una galaxia masiva torcía la luz emitida por un cuerpo situado tras ella en la lejanía, algo que hace poco se ha demostrado en un observatorio chileno al obtener la espléndida foto de un aparente anillo que no es más que la imagen falsa de la superposición de las dos galaxias: lo que desde la Tierra vemos es el efecto óptico de una lente gravitacional que desvía y retuerce el tiempo y el espacio agrandándolos en apariencia.

Se asoma uno a la ciencia, aunque sea para contemplar el universo, y cae en una trampa sublime, quién sabe si indescifrable, en la que lo que vemos no es, y existe, en cambio, lo que no vemos, un garlito en el que esas dimensiones que creíamos cotidianas y manejables contorsionan sus misteriosos conceptos hasta engañar a nuestros sentidos. Hablamos de agujeros negros o universos paralelos apropiándonos de intuiciones científicas por completo inalcanzables para nuestra estimativa, y hasta el tiempo y el espacio, como se ve, burlan nuestros sentidos aunque se dejen manejar indiferentes en el día a día. Cualquiera diría que el majestuoso escenario en el que vivimos fugazmente como huéspedes fue diseñado como un juguete divino quizá para nuestro asombro y edificación. Somos polvo de estrellas, vale, pero impedidos de entender el tiempo que nos vertebra y el espacio que nos contiene.