Imaginación al poder

El hijo del copresidente Valderas, concejal de Lepe y colocado en la Diputación, se siente preterido en su Ayuntamiento, y en consecuencia, ha “okupado” un banco, pero no de los de la pasta gansa y los desahucios, sino de los de sentarse al fresco en la plaza, colocando en él su “despacho” municipal. Vean cómo las generaciones se superan y cómo crece la audacia en esa izquierda profesional que no se ve a sí misma si no es en un despacho amueblado, con teléfono y secretaria, además de un empleíto curioso. Ahora que desde EEUU a Corea del Norte se imponen las dinastías políticas, Andalucía no iba a ser una excepción.

El coro cambiante

Hemos visto la escena de la Pantoja desmadejada entre guardias civiles, rodeada del coro de “tricoteusses” acosadoras y desocupados justicieros. España vive su época de un Terror sin Robespierre en la que la plebe compensa el hambre y distrae el ocio al pie de la guillotina, aunque ahora las sentencias se dicten en directo por televisión. A la infanta imputada todavía no la increpan, pero todo se andará, pues ya el otro día una ménade llamó “asesino” a un banquero en el Congreso y no hay jornada ni telediario sin su ración de acoso a unos políticos suspectos de esto o de lo otro. Pan o circo: esa plebe es omnívora y se sacia o lo intenta con los despojos morales de los caídos, lo cual es explicable hasta cierto punto, dada la frecuentísima impunidad de los delincuentes poderosos. No hay traslado policial al que no aguarde un piquete de linchadores espontáneos para aporrear la carrocería y gritarle al conducido los peores insultos, hasta el punto de que esa imagen se haya convertido en un tópico televisivo que traduce a ojos vista la realidad de que lo que mueve a esos figurantes no es la Justicia sino la venganza. Aunque sean los mismos, repito, aunque los que hoy se desgañitan llamando “choriza” a la Pantoja sean los mismos a los que se les hizo un nudo en la garganta escuchando “Marinero de luces”, y aunque los que persiguen a la infanta, cámara y micro en ristre, se hayan pasado la vida “cubriendo” su real vida. Nos estamos convirtiendo a todo trapo en una sociedad carroñera.

Bien entendido que estas demagogias no son más que la consecuencia del fracaso democrático, es decir, que si la chusma respira como respira es porque la dirigencia política y los poderes económicos le vienen haciendo el boca a boca, hace demasiado tiempo, con sus incontables trapacerías. ¡Cómo será la cosa que al Gobierno no se le ha ocurrido nada mejor que sustituir en una nueva norma el concepto de “imputado” por el de “investigado”, como si ese ajuste nominalista fuera a resolver el problema generalizado que soporta el país! Pero eso es, en buena medida, porque la riada desborda toda previsión y, sobre todo, porque nadie confía en que caiga el telón y termine el espectáculo. Y la chusma no es el coro reglado del viejo teatro, la voz unánime de la censura o del elogio, sino la masa anómica que se recuerda vagamente como soberana. En la Pantoja y la infanta tiene garantizado ese protagonismo colectivo para una buena temporada.

Juicios y sentencias

El consejero de Cultura y Deporte ha salido al tercio para brindar al sol su tesis de que la terminante acusación de la consejera de Hacienda, Carmen Aguayo, a los dos consejeros e Trabajo Viera y Fernández, “no vale” porque ésa no es la versión oficial de la Junta en el caso de los ERE fraudulentos y las prejubilaciones falsas. La Oposición, por su parte, exige que Aguayo explique en el Parlamento por qué considera responsables a aquellos dos colegas. Esto se enreda, como pueden ver, y no sería de extrañar que, en un momento dado, salgan por ahí más Aguayos cada cual tirando de la manta desde su ángulo. En todo caso, lo dicho, dicho está, y lo que queda por saber es si la consejera habló espontáneamente o de manera acordada.

Cantos de cisnes

Sospecho que el libro de Lamet sobre el cura Llanos va a dar más que hablar por la anécdota de la presunta conversión de Pasionaria que por la aventura apasionada del biografiado. Cuando la sociedad no estaba tan secularizada, privó la moda de la conversión del famoso. Se convirtió Graham Green, se convirtió Gary Cooper… pero las piezas más cotizadas en aquel certamen fueron, entre nosotros, los intelectuales manifiestamente desafectos. Una leyenda extendidísima contó como el padre Félix García, una lumbrera de entonces, consiguió acceder al lecho de muerte de Ortega y darle la extremaunción, según unos, o darle a besar un crucifijo, según otros, una versión que ha rechazado siempre el olimpo orteguiano y que recuerdo como indignaba a quien fue quizá su más devoto discípulo, Paulino Garagorri, cuando en la Facultad algún importuno le repetía la monserga. Sobra don Pío, mucho más combativo en este sentido (léase “Juventud, egolatría”) el rumor fue cortado en seco por la familia y definitivamente despejado en sus memorias por su sabio sobrino don Julio Caro. Y ahora le toca el turno a Pasionaria –y eso es ya caza mayor—por más que no dudo ni del testimonio del buen padre Llanos ni de la probidad absoluta de Lamet. La imagen de Dolores Ibárruri en el reclinatorio será, sin duda, motivo de dimes y diretes tanto para la tropa monaguilla como para los acólitos radicales, porque en la destrucción de un mito la verdad importa bastante menos que la propaganda. Van a abrir en canal la memoria de la vieja luchadora, ya lo verán, para hurgar entre sus vísceras, como los magos babilonios de la extispicina, en busca de las señas negras de su larga militancia. Aunque, por el otro bando, en cambio, no creo que cunda esa revelación que lo privaría de un enemigo arquetípico. Lo del hijo pródigo nunca acabó de convencer a los hermanos sumisos.

Y lo malo es que, de paso, a lo peor se desvía la atención del objeto central del libro, es decir, de la obra ingente, admirable y sin duda santa de aquel cura comunista que, contra viento y marea, eligió a los más pobres después de haber sido confesor de Franco quien, en cierto modo, lo hizo respetar siempre. Dicen que Pasionaria le pedía a Llanos encomendarla “al partir el pan” y en ello habría, con toda seguridad, un especialísimo trasfondo teológico. ¿Habían oído eso de que “Dios no abandona nunca a un buen marxista”? Pues quién sabe si estaremos ante otra prueba del misterio insondable de la intimidad.

Más panderetas

Lamentable todo el asunto de Marbella, ese saqueo consentido que dejó al Ayuntamiento en cuadro e hizo cambiar de bando a la parroquia, de manera que los mismos que paseaban a hombros a Gil vitoreándolo, se revuelven hoy como una chusma insaciable ante el olor de la sangre. La imagen de Pantoja acosada y medio fuera de sí, abrumada por insultos e improperios, no puede ser calificada más que como la más chusca expresión de un revanchismo populista cruel y veleidoso. Porque son los mismos los que ayer la vitoreaban y quienes que ahora juegan a lincharla. Una lastimosa imagen, ya digo, indigna de un pueblo sano.

Años de plomo

Hiela escuchar a un tal Morcillo el relato de cómo asesinó al médico Brouard (¡enhorabuena a Antonio Rubio y al Máster de Investigación de El Mundo!). Dice el sicario: “Cuando salió de su consulta le pegué dos tiros y lo rematé en el suelo”. Así de frío. Y sigue: “Yo fui el ejecutor pero se me mandó hacerlo, me obligaron, me forzaron, fue Rafael Masa, mi compadre. Me dijo que si no lo hacíamos su jefe lo echaba. Su jefe era seguramente Julián Sancristóbal”. (Nota bene: Masa era un teniente coronel de la Guardia Civil luego condenado por narcotráfico; Sancristóbal, era el director de la Seguridad (¿) del Estado). El crimen de Estado reducido a su elemental ferocidad mercenaria: “Me dieron 7’5 millones de pesetas y de esa cantidad tuve que darle 2’5 a López Ocaña”. Así de fácil, así de sencillamente actuaba el GAL mientras González y Rubalcaba, su portavoz, atribuían los hechos a la imaginación de Pedro Jota, tan poco llegó a valer una vida humana en mano de aquellos bandidos con placa y permiso para matar. Dos tiros, el de gracia y a otra cosa. “Por lo que más quieras, Luis (Gordillo), hazlo de una puta vez porque me van a echar del Ministerio” le habría dicho Masa”, pero él dice ahora “Yo sólo (¡) apreté el gatillo; lo demás lo hicieron otros”. ¡Y tanto! El terrorismo de Estado, en aquella época, concernía a la burocracia y poco más: se mataba, se raptaba y, ya de paso, se repartía el “fondo de reptiles”. No hubo aquí una Thatcher que los pusiera encima del ambón y dijera a los parlamentarios “Yo disparé”. Pero incluso hubo un juez que vetó la comparecencia como testigo del Presidente argumentado el estigma que lo marcaría. Igual que en la gusanera italiana, aquí tampoco pagaron los grandes responsables. Sólo a los matarifes les queda un hilo de voz, casi inaudible, para contar la verdad estremecedora. Los criminales del GAL se fueron de rositas, muchos de ellos, forrados.

Lo que no quita que ande por ahí más de uno dando lecciones a la democracia o quejoso como una víctima. ¡Ha pasado tanto tiempo! Pero sin duda ésa fue la página negra de esta democracia averiada, el crac moral de cierta autodenominada izquierda y, lo peor de todo, el fracaso de una moral pública que apoyó a los sicarios por puro revanchismo. Nunca nos hemos recuperado del todo de ese atentado supino. No hay más que oír al asesino: “Yo sólo apreté el gatillo, lo demás lo hicieron otros”. No me determino a decidir quién fue más canalla.