La mitad más una

Se ha celebrado en todo el mundo –en fin, o casi—el Día de la Mujer. Un acontecimiento de gran envergadura, apoyado por la inmensa mayoría de los medios y bendecido desde todas las atalayas políticas. La mujer –la mitad más una de la Humanidad, para entendernos—reclama igualdad social e igualdad económica, no está dispuesta a permitir que se la ningunee a la hora de tomar decisiones en su nombre ni a cobrar, en trabajos iguales, bastante menos que los varones. Claro es que no hablamos de la mujer como un género sino de amplios sectores ofendidos por la desigualdad a pesar de pertenecer al mundo democrático, pues fuera de ese planeta civilizado no es que no haya protestas, es que no hay siquiera conciencia de la desigualdad. Pero claro también en que no me refiero sólo a la hembra tercermundista, más o menos esclavizada “a natura”, sino a los sectores femeninos maltratados dentro de nuestro propio ámbito. No hay diferencias salariales entre los sexos en las filas de la Administración, faltaría más, ni en ámbitos similares, pero sí las hay en el vasto mundo del trabajo contratado y parece que va a seguir habiéndolas, según los expertos internacionales, al menos ¡durante 70 años! El por qué, lo ignoro, pero así parece que va a ser, como si fuera tan complicado imponer legalmente la igualdad entre todos los trabajadores, aunque, ahora que lo pienso, tal vez sí lo es, porque aquí mismo, en España, la izquierda que ha gobernado durante más de veinte años, puede que haya parloteado mucho, pero ni lo intentado siquiera.

Suele decirse entre los bienpensantes que lo más positivo para ganar esta batalla sería la presencia de varones en la primera línea de ese frente neolítico, aunque lo cierto sea que, al menos de momento, el androceo no parece muy por la labor de empeñarse en esa lucha, un hecho indudable que explica el sesgo feminista y crecientemente radical que mueve esa marea. No se entiende, en todo caso, qué es lo que puede impedir al Poder establecer por ley algo tan elemental como la igualdad laboral entre los trabajadores de ambos sexos y, desde luego, resulta insultante (o puede que cómico) escuchar eso del plazo de los 70 años necesarios para llevar a cabo el ajuste. Convencido de que Aristófanes hablaba en serio cuando planteaba en sus comedias la revolución de las mujeres, lo que no alcanzo a comprender es por qué, dos milenios y medio más tarde, y con la que ha caído desde entonces, aún nos lo tomamos a broma.

Justicia poética

Me equivoqué ayer en este recuadrillo al sugerir la inconsistencia del debate televisado. Al contrario de lo que suponía, el de ayer, trucado y todo, sirvió para rectificar la imagen bombardeada del candidato “popular”, Moreno Bonilla, y de paso para dejar en evidencia la escasa sustancia del populismo de la señora Presidenta. Maíllo fue, en la práctica, un convidado de piedra preso de su gran contradicción, aunque a mí lo que más me encandiló fue ver a Susana Díaz esgrimir El Mundo como testimonio fidedigno y “ultima ratio” para probar la maldad de su rival. “Justicia poética”, se llama eso, y a muchos les debió divertir tanto como a otros desconcertar.

El mundo en vilo

Si cuando hace cosa de tres lustros las potencias civilizadas hubieran impedido o, cuando menos, castigado, la voladura de los Budas de Bamiyán por parte de los talibanes afganos, es más que posible que las escenas apocalípticas de “limpieza cultural” que estamos viendo cada día realizar en Irak –la cuna de la civilización humana—por parte del denominado Califato jihadista, no hubieran tenido lugar. El saqueo y destrucción del museo de Mosul no es el primero que se perpetra en la zona, pues ya en las guerras de los Bush fueron expoliados importantes centros culturales que pronto reaparecieron, al parecer, en el mercado negro y hasta en alguna prestigiosa subasta. Pero la posterior destrucción de los restos de Hatra, la ciudad romana y de Nimrod, la capital asiria, demuestra que esta locura que estamos viviendo –destrucción de la arqueología dos veces milenaria y exterminio de nuestra herencia primordial—no son ya arranques casuales de exaltados sin control, sino el efecto de un plan sistemático que pretende borrar el pasado anterior a la tardía presencia islámica en la zona, llevando a cabo esa “limpieza cultural” que el fanatismo iconoclasta cree imprescindible para sus planes de borrar la Historia y abolir la memoria –incluso la visual—del pasado por considerarlo idolátrico y, en consecuencia, contrario a su bárbaro precepto religioso. Ante la pasividad de esa “potencias” a las que me refería antes, no deja de resultar casi cómico que desde la propia ONU se lance contra los excesos de esos majaras del Califato la calificación de “crimen de guerra”.

Comenta alguien la triste paradoja que supone que las escenas vandálicas que hemos visto estos días en Mosul, Hatra o Nimrod puede que hayan irritado más a la opinión que la escalofriante degollina de los cristianos escenificada hace unas semanas o las noticias sobre la crucifixión de niños (también cristianos) conocidas igualmente hace poco. Yo no sabría qué decir a este respecto, pero, ferviente pacifista como soy, no les oculto mi convicción de que la guerra que finalmente será inevitable hacer a ese “califato” –más allá de los evidentes riesgos “regionales” que implica—tal vez convendría decidirla antes que después. Porque después de todo nunca, ni siquiera en las fases extremas de la Guerra Fría, estuvo esto que llamamos Occidente tan amenazado como ahora. La inolvidable imagen de las Torres Gemelas o la carnicería de Atocha no han bastado, por lo visto, para abrirnos los ojos.

Vieja novedad

No acabo de entender la sorpresa de quienes reclaman debates cara a cara y no programas amañados como el de anoche. Canal Sur no es una televisión libre, ni independiente, sino un organismo creado y financiado por el PSOE desde la Junta al que se le consiente todo y se le pagan todas las facturas. A algunos nos han echado de sus platós por decir esto mismo en directo, pero lo bueno sería que fueran los propios candidatos contendientes quienes comenzaran avisando a los telespectadores de que lo que están viendo no es un verdadero debate sin condiciones sino un programita a medida de la Presidenta. Con este asunto como con el de la corrupción nadie quiere dar el paso y tirar la primera piedra.

Viaje a Marte

Los responsables del programa “Mars One”, el proyecto que espera trasladar terrícolas a Marte en viaje sin retorno, no dan abasto a seleccionar entre los más de 200.000 aspirantes que ya han solicitado su plaza de marciano para el año 2027. Tampoco están muy seguros de sus plazos y condiciones pero, claro está, a la profecía se le puede pedir lo que se quiera menos exactitud, razón por la que estos soñadores tan ciranianos (de Bergerac) andan modificando planes y circunstancias, desbordados por la ingente muchedumbre humana que se arremolina a su alrededor ofreciéndose como viajeros suicidas. Uno comprende que entre el yihadismo y los bolivarianos mengüe en el planeta la población esperanzada, pero ¿tan malamente está ya la Tierra como para que cientos de miles de desesperados se ofrezcan a un viaje sin retorno que, en la más visionaria de sus versiones, podría, todo lo más, proporcionarles un chabolo en medio de la nada marciana donde ensayar –con un par de parejas, como en una versión especular del Génesis– el proyecto de una nueva Humanidad, sobreviviendo a base de comida de emergencia y llenando la jarra mediante la electrolisis del hielo local? Allá por los sesenta, Billy Cafaro tuvo en éxito sensacional prometiendo a su “Ignorada marcianita” que “en diez años más, tú y yo/ estaremos tan cerquita/ que podremos pasear por el cielo y hablarnos de amor”, un paso adelante en la utopía cantable que ilusionó en los años 40 con “La casita de papel” de Jorge Sepúlveda, aquella de “Arriba en la montaña tengo un nido…” en la que los amantes –“¡Qué felices seremos los dos/ y qué dulces los besos serán…!”—se movían aún en el limitado paradigma sideral que va desde Luciano a Voltaire pasando por Dante y Godwin.

Desde siempre el Hombre ha jugado con la metáfora interplanetaria, es decir, consciente de su índole mítica, pero tan mal se deben de haber puesto las cosas que lo que hoy reclama ese sufrido sujeto no es ya el tropo sino la realidad entera y plena de ese viaje que tiene de realista lo que tiene de demiúrgico. ¡Doscientos mil candidatos para ir a Marte sin billete de vuelta! Yo creo que ni los más pesimistas de nuestros motivados observadores habrían imaginado siquiera que el proyecto celeste de “Mars One” se aproximaría tanto a la cola del paro. Dicen los optimistas que todo lo que un hombre pueda imaginar acabará siendo real algún día. Lo que yo no podía imaginar es que esos optimistas se pudieran contar hoy día por cientos de miles.

Privado y público

Un político francés que era amigo de mi padre le contó un día que a un colega británico lo habían sancionado duramente por haber empleado papel oficial en su correspondencia privada. Ahora es a Hillary Clinton a la que se le reprocha lo contrario más o menos, es decir, el haber utilizado en exclusiva su correo privado para enviar y recibir sus comunicaciones durante el periodo en que fue Secretaria de Estado, cosa que prohíbe expresamente la normativa americana. Ya ven qué situaciones tan diferentes de la que nosotros vivimos, por ejemplo aquí en Andalucía, donde acabamos de enterarnos –por boca de uno de los peritos de la Intervención General—de que los ERE fraudulentos funcionaban según un “plan brillante” que consistía en simular gastos inexistentes para luego repartir el dinero acumulado en subvenciones eludiendo todos los controles, y así por lo menos hasta los 855 millones de euros. El remedio no podría consistir, pues, en crear una “oficina de prevención de la corrupción” como acaba de prometer en su tómbola electoral la hasta ahora Presidente “por accidente”, pues ya me dirá ella dónde ubicar ese chiringuito si las trampas se urdían precisamente desde la consejería de Hacienda, como es lógico y natural con la anuencia y bendiciones de los más altos responsables, a los que la Intervención y sus reparos legalistas le importaban un rábano. Tan laberíntica y estudiada es ya aquí la confusión entre lo público y lo privado que hasta la Justicia se la reparten los políticos por cuotas, hoy por ti mañana por mí, como estamos comprobando día tras día.

Desechada por pueril la ocurrencia de la ex-ministra Calvo de que el dinero público “no es de nadie”, hay que convenir en que la apropiación de lo público por parte de los políticos es cuestión antigua y quién sabe si imposible de erradicar, no sólo cuando contemplamos la función sobre el fondo cañí de Marbella, sino también cuando la entrevemos prosperar y echar raíces en paisajes morales aparentemente más severo. Cicerón decía que en la Roma de su tiempo todos robaban, hasta el punto de que la riqueza empezó a considerarse un honor y la pobreza un oprobio, pero tenemos testimonios similares, desde mucho antes y en todas las latitudes, que sugieren que el hombre es un animal propenso a la corrupción propia aunque suela rebrincarse frente a la corrupción ajena. Roldán acaba de decir aquí que tirar de la manta no sirve para nada. Y, francamente, estoy por darle la razón.