Inmenso y diminuto

Mi amigo y casi paisano Juan Pérez Mercader, el astrofísico que, con retranca onubense, busca para la NASA en el torturado río Tinto la réplica biológica del planeta Marte, me abruma cada vez que nos vemos con su pasión por lo infinitamente grande. Lo hace, el tío malvado, porque conoce mi lega afición a lo infinitamente pequeño, esto es, al mundo, no sólo invisible sino casi improbable, de la realidad subatómica, que a mí –lego, repito—me admira y suspende tanto como la vastedad sin fin que nos permiten imaginar esos miles de millones de galaxias. Lo peor para mí es que, mientras más me aplico a mi perspectiva, más se me complica un panorama en el que si ya era maravilla hablar de partículas carentes de carga y de masa, ahora nos vienen con la fabulosa “teoría de cuerdas”, esa hipótesis admirable que logra conciliar la teoría general de la relatividad einsteniana con los postulados de la mecánica cuántica. Conste que me rindo ante el misterio, pero también que me crezco poéticamente ante la explicación de que todo lo existente, desde esa partícula poco menos que conjetural hasta el astro más alejado, está constituido, en última instancia, por ciertas hebras de energía de cuyas distintas vibraciones surgen las partículas subatómicas. Me subyuga esa imagen de lo real desplegado en diez dimensiones –nueve espaciales y una temporal–, esa suerte de concierto vibratorio en el que estamos y que nos constituye.

Es penoso tener que quedarse en el umbral del enigma, atisbando miope el paisaje del milagro –¡cuerdas que vibrando producen partículas, partículas que, unas con otras, generan átomos!–, espiar inútilmente la clave divina, con la sospecha añadida de que, siguiendo este modelo, podríamos habérnoslas con el escándalo lógico que supone una superabundancia de universos compatibles con el nuestro, y no uno ni dos, sino diez elevado a quinientos. Miro a mi nieto con la esperanza de que, algún día, él pueda penetrar estos arcanos que, hoy por hoy, se nos muestran esquivos dejándonos apenas entrever esa inquieta energía cuya danza origina las cosas. El materialismo acabará revelándose como una poética a la que un dios oculto impone su preceptiva, hebras de energía que vibran, minúsculas partículas que surgen, estrellas que brillan después de muertas, mundos paralelos que no podríamos ni contar. Somos un enigma encastrado en un misterio, casi un poema tangible pero abisal frente al que no nos queda más que someternos.

Divinas palabras

Me ha sorprendido no poco la escasa resonancia que ha tenido le terminante aunque ambigüa autodefinición del líder de Podemos quien dice tenerse a sí mismo por “un socialdemócrata como Lenin”. Yo creo que el fondo de indeterminación que caracteriza a este raro momento político se debe, precisamente, al vaciamiento deliberado de los conceptos, a la enérgica colada a que han sido sometidas las palabras políticas heredadas del pasado. Por ejemplo, eso de “socialdemócrata como Lenin” es algo que en su facultad –que es la mía—hubiera resonado de modo explosivo en aquellos tiempos en que aún, siquiera algunos, nos dejábamos las pestañas y la buena fe sobre las ediciones que nos enviaban desde el mismo Moscú, haciendo nuestra aquella “weltanschauung” desde la cual la socialdemocracia era motejada como “socialtraición”. En Berlín he visto el lugar exacto en que los propios socialdemócratas ejecutaron a Rosa Luxenburgo y a Karl Liebknecht y luego aquí he ido viendo como los improvisados “socialistas” de los 70 iban mudando esa piel de serpiente para abrazar la causa “socialdemócrata”, algo tan difícil de concretar pero tan útil para dar el pego de ser rojos sin serlo. Ya ven, Pablo Iglesias, que defiende y comercia con la última hijuela soviética bolivariana, dice ser a un tiempo socialdemócrata y leninista –como si esa conjunción fuera posible en lugar de antagónica– por la razón elemental de que tiene que contentar a un tiempo a los desesperados y a los simplemente rebeldes con o sin causa.

Los conceptos, y menos las etiquetas, son en política por completo circunstanciales y pueden significar hoy lo contrario que mañana, vaciados de sentido o, cuando menos, descafeinados por el uso. Don Juan Valera o el abuelo de Borbolla pertenecieron uno tras otros a montón de partidos en los que lo único que cambiaba era el título, lo que para nada pretende equiparar a aquellos dinosuarios con un espontáneo como Iglesias. ¿Qué quiere decir “socialdemócrata como Lenin”? Pues nada, a ver que va a querer decir. Las palabras siguen teniendo, en todo caso, su papel, a veces decisivo, en una competición política cada día más fingida y desprovista de significado ideológico. Casi nada quiere decir nada ya. Y es en ese sentido en el único que puede ampararse el podemismo para elegir ese uniforme bicolor que no pega ni con cola. Lenin era todo menos un socialdemócrata. Compruebo que mi Facultad no se ha librado de la ruina histórica que padecemos.

Ni contigo ni sin tí

El señor Sánchez ha decretado incontinente el aislamiento del Partido Popular enviándolo al lazareto del que sólo se escapa por la mayoría absoluta. Por su parte, la señora Díaz recrimina a Rajoy que el PP andaluz no la suba en peso a su presidencia absteniéndose en su investidura. Consideren el doble dislate y vean hasta qué extremado punto los políticos rebajan la Política a ras de un suelo que impide necesariamente toda altura de miras. Y de paso, cómo camelan a los electores, como si éstos fueran bobos y carecieran de criterio propio, vendiéndoles cuatro tópicos de repertorio. Al bipartidismo, de momento, no lo erosionan tanto los “emergentes”, antisistemas o no, como ellos mismos, los dos partidos amenazados.

Vender el cuerpo

La policía acaba de impedir “in extremis” que una banda criminal lograra su propósito de comprarle un riñón a un inmigrante indigente para salvar la vida del hijo de un capo criminal. Le pagaban seis mil euros por la víscera, imagino que un precio normal en el mercado de órganos, que unas veces se abastece empleando estas ofertas de hambre y en otras ocasiones secuestra niños bolivianos, pongamos por caso, para extirparles la córnea que precisa otro mortal más afortunado. Ya vimos un reportaje periodístico en el que se probaba de qué manera ominosa funcionaba en México ese negocio pero es de conocimiento general que por todo el planeta se trafica hoy con los órganos que los pobres de solemnidad deciden vender acuciados por la necesidad y con frecuencia amparados por indignos profesionales. ¿Cómo de desesperada ha de estar una criatura para entrar voluntariamente en un quirófano a vender su propio cuerpo de la misma manera que se embarca en un flotador a la deriva en busca de una orilla amiga? La verdad es que estamos asistiendo en este siglo XXI a la degradación fatal de la condición humana, con sus pobres despiezados, sus niños soldados y sus niñas suicidas, las mafias campando por sus respetos lo mismo en África que en Asia y los países avanzados mirando para otra parte cuando no permitiendo la complicidad de sus propias policías en el inicuo negocio. Tocamos el techo del progreso con los pies hundidos en el cieno de la desigualdad extrema y el lobo humano diezmando sin descanso la majada.

Esta vez, al menos, se han torcido los planes de mafiosos, bien que el desgraciado de turno –arrepentido de su mutilación en última instancia—haya debido sufrir el castigo canalla antes de que la policía lograra liberarlo. Pero cabe preguntarse cuántos “donantes” andarán en las mismas, porque no parece probable que estas mafias funcionen si no es al por mayor. En la cima de esta civilización prodigiosa parece que hemos alcanzado lo más profundo de la miseria humana, niños vendidos o utilizados criminalmente, mujeres explotadas, inmigrantes víctimas de las mafias, seres desahuciados por la desigualdad que llegan a venderse por piezas para sobrevivir, toda una nueva esclavitud que es contemplada por los afortunados si no con indiferencia al menos con una distancia desoladora. Un riñón vale seis mil euros, eso es todo. Quien todavía piense que no hemos tocado fondo es un cómplice de la tragedia o le falta poco para serlo.

Nuevo caciquismo

Romanones recorría su feudo cambiándole a los electores por tres pesetas las dos que su hermano y rival político les había dado ya. Susana Díaz no hace eso, sino que libra, a escasos días de las elecciones, la pasta del subsidio agrario (el mal llamado PER), incrementando considerablemente la primera anualidad. Luego se quejarán de que por ahí se hable del “voto cautivo” y se vea el “régimen” andaluz como una réplica de aquellos añejos sistemas que se hacían con el apoyo electoral pagando con dinero público o privado. El caciquismo no muere, sólo se transforma, y los caciques sobrevenidos lo saben tan bien o mejor que los de antaño.

Un parque móvil

Casi al tiempo que el voto de calidad del presidente del CGPJ y del TC, Carlos Lesmes, decidía autorizar la publicación de las listas de defraudadores en el BOE, el noticiero gráfico nos descubría en Barcelona la escudería acumulada por el hijo de Pujol, un parque móvil valorado, de momento, en un millón y medio, euro arriba o euro abajo. ¿Para qué quiere un tío una escudería semejante? Ésa no es, sin embargo, la pregunta del millón sino la que plantea de qué nido ha salido esa fortuna y, sobre todo, porqué andamos todavía en los prolegómenos de los debates de la investigación en lugar de tener ya hace meses en la cárcel a una familia, la de los Pujol, que ha saqueado al erario público hasta el punto de pasar de la clase media más bien tiesa a una oligarquía que puede permitirse el lujo de coleccionar supercoches y esconder con celo el mapa del tesoro en el que figura una equis señalando la isla del paraíso fiscal donde se entierra el cofre. Insisto, ¿por qué no están los Pujol ya siquiera con un pie en el trullo, una vez comprobado que ni el patriarca es capaz de justificar ese dineral que no ha podido salir de su sueldo ni a tiros? ¿Y por qué los hijos –uno entrillado por su negocio con las ITV y otro que deja chico a Houdini en la piscina fiscal—siguen por la calle, tan tranquilos, vigilados por los paparazzi? Dicen que la Justicia es ciega y yo lo creo a pies juntilla.

Lo de Barcelona no es peor que lo de Valencia o que lo de Andalucía, por supuesto, pero al menos en estos dos casos ya hay personajes y personajillos que han pasado por la trena mientras sobre otros se cierne nada menos que el fin deshonroso de su carrera política, y hasta un guardia civil le echa mano al cogote a Rato como si fuera un camellito cualquiera para encajarlo en coche policial. En Barcelona, no, tal vez porque allí a la alta delincuencia la protege la bruma del tacto político que aconseja pillársela con papel de fumar antes de acercarse a los grandes mangantes y sus fautores. Un tío que junta en plena crisis una escudería de excepción no tiene defensa si no puede –como no puede el “hereu” del ex–Honorable—explicar el origen de tanto rumbo. ¿Veremos alguna vez entre rejas, no a los octogenarios patriarcas, que esos ya se fueron de rositas, pero, al menos, a sus aventajados retoños? No nos hemos dado cuenta quizá, pero de ello depende, entre otras cosas, que podamos seguir considerándonos una democracia.