El dilema perfecto

¿Ha fracasado sin remedio el pacto con los “emergentes”? Eso parece, ya que el susanismo –¡a la fuerza ahorcan!—parece aproximarse al PP, olvidado ya el síndrome del Tinell. París bien vale una misa, ¿no? Aunque, claro está, el PP sólo mantendrá esa “mano tendida” si el PSOE cede y admite que en adelante gobierne la lista más votada, lo que supondría para él gran ventaja en las municipales y en lo que venga detrás. Es el dilema perfecto tanto para un PSOE que basó siempre su éxito en la satanización de la Derecha, como para el PP, que necesitaría para no suicidarse conseguir a cambio una compensación del orden de la apuntada y apuntarse el tanto de salvar “in extremis” la implosión del bipartidismo.

La nueva esclavitud

Circula por la Red una estremecedora entrevista a un inmigrante, Bangali Kone, en la que nos descubre con detalle la odisea de la inmigración. Cuatro años ha tardado esa criatura en alcanzar nuestras playas, tras salir de Costa de Marfil huyendo de la guerra, pasar por Guinea, residir dos años en Mali, atravesar el desierto y cruzar Mauritania. Bangali explica que, aparte del azote de las guerras, esos africanos que nos llegan de milagro en las pateras huyen de la esclavitud, pero no de una esclavitud metafórica sino de una tan real como la vida misma, en la que el negro trabaja sin condiciones si quiere alcanzar siquiera un mendrugo de pan. Y las mafias. A Bengali y sus amigos los engañó un miserable que, tras cobrarles por adelantado, no compareció para cumplir su parte del trato –imagínense la desolación–, por lo que hubieron de entramparse de nuevo, dejar la familia en el trayecto e intentarlo de nuevo hasta pisar la costa para comenzar un nuevo calvario, el del papeleo, ese otro desierto de papel timbrado que impone el hombre blanco. Bengali dice que los españoles son buena gente pero que ignoran la homérica realidad de la inmigración, la larga jornada del emigrante hasta llegar la Paraíso. ¡La mayor alegría de su vida! Ulises se olvida de Circes y Polifemos en cuanto llega a ese reino imaginario que es su Ítaca ajena y da por bien empleada su odisea. ¿Quién sabe qué gran futuro tiene reservado el mundo rico para sus hijos?, se pregunta, el pobre.

Cuatro años no es nada, si bien se mira, si al final, allá en la delgada línea del horizonte, se vislumbran –¡con tal de que no sea un espejismo!—las cimbreantes palmeras del oasis, el mundo justo y humano en que la esclavitud se abolió hace mucho y el racismo es un delito. Miro la cara de Bengali, su gesto entre atormentado y feliz, y esos ojos privados de los suyos por los que ha navegado, atado al mástil para no oír a las sirenas, desde su desastrosa Troya hasta este paraíso en que lo aguarda acechante, en el mejor de los casos, el piso hacinado, los sueldos-basura, la amenaza constante y el calor sofocante bajo el plástico de los invernaderos. Son los nuevos bárbaros, de acuerdo, pero admitamos que nosotros somos la ruina moral del Imperio, los nuevos amos explotadores pero que, al menos, les damos de comer. Miles de Bengali llegan al edén cada día tras años de viaje, miseria, naufragios y desiertos. Bengali no se queja. Ni ese derecho le queda a los nuevos esclavos.

Marcha atrás

Se enroca el PSOE en el argumento de la gobernabilidad y exige a los otros tres partidos que “dejan gobernar” a la candidata, mientras escucho a Albert Rivera en la radio muy sensatas razones que desautorizan, de hecho, las premuras de su virrey andaluz. Alsina le pregunta que por qué sólo exigen la sanción de Chaves y Griñán con olvido de la legión de altos cargos también imputados, pero Rivera esquiva el venablo. De todas maneras, demasiados indicios apuntan a que la candidata Díaz –que disolvió el Parlamento porque le dio la gana—lo tiene cada día menos claro en su pretensión de mandar por derecho propio. No saben que negociar es ceder, pero van a tener que acostumbrarse a vivir un drama político que ya no tiene dos actores sino, por lo menos, cuatro. Rivera ha echado el freno sabedor de que ganar hoy Andalucía podría suponer perder dentro de poco España.

Aquella voz

Me llaman de Huelva, los paisanos comunes, hablo también con Raúl del Pozo, para comentar la inesperada muerte de Jesús Hermida. Como muchos comunicadores, Hermida, de hecho, no fue de Huelva más que de joven –creo que él había nacido en Ayamonte, junto a la raya de Portugal, que diría nuestro querido Carlos Cano—porque cuando lo reencontré en Madrid, al filo de los años 60, él peroraba ya en un castellano impostado, casi prosopopéyico, en cierta residencia que mantenía el ministerio de Trabajo, con una jotas que rasgaban como cuchillas y unas eses que ni mi Jesús Quintero. Lo recuerdo, eso sí, de joven, rodeado de cierta leyenda trágica por la prematura muerte de su padre, erguido ya el tupé aunque todavía con el pelo de la dehesa, y luego en Madrid hablando del paraíso perdido sin muchos detalles. Cuando le sugerí al alcalde “perpetuo” de Huelva, Pedro Rodríguez, que lo conocía igual que yo, que lo distinguiera con la medalla de la ciudad –cosa que hizo con gusto— recuerdo que él correspondió con un discurso medido, templando las consonantes, sin allanarse del todo sino manteniendo estudiadamente el discreto acento de la patria chica.

Siempre le dije que escribía mejor que hablaba pero él, que sabía que lo suyo no era tanto la comunicación como el espectáculo, me saqueaba mi incipiente biblioteca y seguía su camino. Habrá a quien le gustara más o menos, incluso tal vez quién lo detestara por su gesto suficiente y su vuelo rasante “au dessus de la melée”, pero yo nunca dejé de verlo en su imagen poco más que adolescente –era mayor que yo–, listo como el hambre y, creo yo, que tímido bajo el que acabaría siendo su distante disfraz profesional. Recuerdo su crónica sobre el asesinato de Martin L. King en el telediario como si la estuviera oyendo y su imagen peripatética por nuestra calle Mayor –la calle Concepción—, ídolo ya de las mozas como lo sería luego siempre. Y su retransmisión del primer alunizaje y oírle decir que aquellos desolados parajes Cabo Cañaveral le recordaban las marismas españolas “comprendidas entre Cádiz y Portugal”, es decir, en nuestra Huelva natal. Él era así, una audaz autoconstrucción, un perfil autoesculpido, una voz impostada y ajena que a mí me recordaba, sin embargo, al muchacho de otro tiempo, ya entonces, como siempre, amable caricatura de sí mismo. Nunca entendí por qué nuestras voces señeras se aferran al castellano mesetario. Tampoco ignoré nunca que el teatro tiene sus exigencias.

Todos son casta

No hay forma de poner un pie en la nómina política sin reconvertirte en miembro de la “casta”. Llegan todos locos por tocar poder, insectos seducidos por la luz en que pueden abrasarse vivos. Pero al menos los de Podemos van de duros y han puesto cara de poker tras asistir a la sesión de trilerismo de la investidura manteniendo su veto a una candidata prometelo-todo, mientras que a Ciudadanos, esa esperanza blanca, le ha faltado tiempo para tirarse a la piscina vacía. Dice Arias Maldonado que ese apoyo comprometido con Díaz sin regatear siquiera sólo puede responder a la ambición de los dirigentes que mueven los hilos desde Barcelona y también que puede que, por ganar Andalucía, pierdan España. Ahí le duele. La “vieja guardia” del partido anda que echa humos.

Estupendos ingenuos

A mis buenos y cultos amigos, a esos mismos que han tratado de convencerme denodadamente para que votara a Ciudadanos, apena les sale ahora la voz del cuerpo, desconcertados por el pacto de esos incorruptibles con el “régimen” andaluz. A los radicales –que también los tengo– y que me reprochaban no haber entendido ni papa del nuevo evangelio de Podemos, los ocurre tres cuartos de lo mismo: que están desconcertados. A ver, ¿qué hacer ahora sino apoyar a la candidata del PSOE, una vez oído su compromiso no sólo de cumplir punto por punto sus planes revolucionarios, sino mejorarlos pródigamente a base de compromisos mil que incluyen las leyes, planes y medidas que reclamaban los “indignados”? Lo de Ciudadanos parece que ha sido pan comido –¡menuda en el cuerpo a cuerpo la candidata!—y que ha bastado el doble y falso sacrificio de Chaves y Griñán para apaciguar el ánimo exaltado de estos chicos estupendos que, desde luego, antes de salir de Cataluña ya han tenido ocasión de ver de cerca lo que es una política rapaz. Y lo de Podemos, pues más o menos, pues repasen lo prometido por la candidata y verán como los ha pasado por la izquierda sin perder la derecha. ¿Qué van a hacer las criaturas sino facilitar su investidura y confiar en que la legislatura que nos aguarda no sea un mar de sargazos sino un amplia y luminosa bahía en la que la barca se mece suavemente y los peces se pescan solos? Las revoluciones espontáneas tienen eso: que al final se las traga el político curtido.

No sé qué decidirán y menos aún que habrán de hacer los “emergentes” durante los años que dure esta legislatura –que yo me imagino breve–, apalancados en una Oposición inútil a no ser que voten confundidas churras y merinas o que, por arte de magia, alguien caiga en la cuenta de que, como ya hiciera la IU de Anguita, no pasa nada por codearse con el PP y romper, aquí y allá, donde sea preciso, la negra baraja aparejada en el Tinell. Pero ya les digo que a mis buenos y cultos amigos se les ha puesto un poco cara de colgados una vez convencidos de que, para prolongar el “régimen” andaluz, el votante podía hacer dos cosas: una, votar al PSOE, claro; otra, votar a Ciudadanos por la derecha o a Podemos por la izquierda. No sé, por ejemplo, qué tendrá que decir mi amigo Julio Anguita, pero mira que era fácil el cálculo que hacíamos los irreductibles cuando decíamos que aquí no había más alternativa que el trágala. El pobre Hessel no sabe el favor que le ha hecho a la Casta.