¡Por fin!

Los servicios de urgencia hospitalarios del SAS son, desde siempre, un agujero negro. Abarrotados y ruidosos, acogen ilimitadamente a los pacientes para entretenerlos luego con esperas interminables, por lo general durante largas horas. Dos inconcebibles muertes han tenido que producirse en ellos para que la consejería de la Junta admita esa lamentable realidad que hasta ahora disimulaba o negaba, y prometa una reforma inmediata en su funcionamiento. ¡Bien esta lo que bien acaba! Lo que sobra son protestas como ésa –oficial– que dijo antier que no hay que enviar a los ciudadanos un mensaje desmoralizador. ¡Pero si no es eso, sino señales de alarma dirigidas a la propia Junta! ¿O es que eran imprescindibles esas dos personas muertas en pleno abandono para poner orden en el clásico desbarajuste? Todo parece indicar que, tristemente, sí.

Pellizcos de monja

Resulta de lo más divertido seguir atentamente el diálogo de Ciudadanos (C’s) con la Junta. Escuchar, por ejemplo, que hace falta una ley de Evaluación de la Gestión Pública, además de las pendientes que son nada menos que la de Agricultura (de la que ya hay cinco borradores registrados), la de Formación Profesional o las que han de reformar las actuales que regulan la RTVA (Canal Sur) o las elecciones autonómicas. Doña Susana no hace gran caso a su condescendiente socio, ésa es la verdad, y éste la requiebra paciente y con tiento (piropear está muy castigado) hasta el punto de verla como dueña de “un Ferrari” al que sólo tiene que “quitarle el freno”, cuando no le muestra un breve mohín discrepante. Pellizcos de monja y poco más. En Madrid, frente al PP, su tono es mucho más subido.

Todo a cien

Asombra el silencio que ha prolongado el reconocimiento por parte de la Junta de que, en la sanidad andaluza, trabajan ¡60 médicos sin titulación homologada! ¿Cómo se sentirían la consejera o la propia doña Susana si advirtiesen que el anestesista que las atiende en el quirófano es uno de esos mal documentados? Es fácil de imaginar, pero esos alarmantes casos, con toda seguridad, no han de ocurrir, estando como están reservados a eso que los políticos llaman “la gente”. ¿Vale ya todo en nuestro Sistema Público de Salud, qué ocurriría si los centros privados osaran imitar a la Junta en sus procedimientos a la hora de reclutar sanitarios? A saber si esa irregularidad –sólo en principio administrativa—habrá causado alguna que otra desgracia, pero en todo caso resulta inadmisible una actitud gestora que parece que apunta a una sanidad de “Todo a 100”.

El crimen banal

Va siendo interminable la lista de bárbaros que asesinan en serie, en no pocas ocasiones abrogándose la condición de “purificadores” o, simplemente, de ánimos superiores exentos, en consecuencia, de cualquier responsabilidad. Dos zagales vascongados acaban de aplastar brutalmente a un matrimonio anciano, en plan Dostoiewski, antes incluso de cumplir la quincena. Otro salvaje habría degollado a sus dos hijas con una sierra eléctrica, un tercero, quemado a sus dos hijos con el fin de ajustar cuentas con la parienta, y no es rara ya la escena del linchamiento de un mendigo por un piquete nocturno de jóvenes asesinos. El crimen se ha banalizado, en el sentido que explicó Hannah Arendt, ensangrentando esta época confusa acaso con el concurso de la inevitable difusión del horror en la sociedad medial y es notable la olímpica indiferencia moral con que sus autores contemplan su obra.

Un enfermero alemán está siendo juzgado como autor confeso de más de ochenta muertes y al mismo tiempo un policía ruso es acusado de haber liquidado a un números similar de mujeres, uno y otro en línea con el gélido criterio nietzscheano de su superior “moral natural”, esa idea perversa de la índole degradada de las moralidades que acabaría proponiendo la ensoñación del “superhombre”. Recordemos el entusiasmo con que Nietzsche hablaba de Dostoiewski en el “Crepúsculo de los ídolos”, o sus hijuelas repetidas en Apollinaire o Bataille, en la broma escalofriante de Thomas de Quincey o en la epopeya de Boris Vian, para entender que una vieja y alargada corriente de inhumana inmoralidad recorre, al parecer sin fin, la crónica de la aventura humana. ¿Sade? Sade, o el propio Masoch, resultarían ingenuos, a estas alturas, y casi sin derecho a telediario.

Quizá ello explique la explosiva adhesión pública a la propuesta de mantener en vigor la “cadena perpetua revisable” a que estamos asistiendo esta temporada, con el fin de equipararnos, siquiera preventivamente, a los sistemas penales vigentes en las grandes democracias contemporáneas. Falta, sin embargo, una reflexión sobre la circunstancia de un inmoralismo que entenebrece nuestra vida colectiva en términos cada día más aterradores y un severo esfuerzo por revisar los mecanismos penales que tan vulnerables se están demostrando. Quien concibió “Crimen y castigo” postulaba situarse “más allá del espanto y de la compasión” para conseguir la plenitud humana. Algo que hoy parece sobradamente alcanzado, con toda evidencia, en clave de fracaso de la especie.

Las ratas y el “marrón”

Estamos contemplando grandes diferencias entre los juicios políticos que, en estos días, afectan al PP y al PSOE. Curiosa (y digna, en cierto modo), la actitud de los “comprometidos” en la “caso ERE”, por ejemplo, frente a la de las ratas que en tromba se lanzan por la borda en el de la “Gürtel”. La Izquierda (en fin, es un modo de hablar) posee, entre otras ventajas, su complejo de hiperlegitimidad moral y su tendencia a la “omertà” cómplice; en la derecha funciona sólo –como puede comprobarse—la ferocidad hobbesiana: el “¡sálvese quien pueda!”. No hay delatores ni chivatos en el “caso ERE”; sobreabundan en el de la Gürtel: y saber comerse el “marrón” supone una impagable ventaja que aquellos roedores no imaginan siquiera. Lo comprobarán enseguida unos y otros. ¡Y usted que lo vea!

Gresca política

Los partidos andaluces constitucionalistas –los fetén— se agitan en plena gresca interna a pesar de los rumores de adelanto electoral. En el PSOE, una presidenta Díaz irreparablemente debilitada tras su derrota frente a Sánchez, escenifica una falsa paz con el jefe traicionada por su propia protesta de que los militantes andaluces apoyarán sin reservas –ya ven que rara tautología— a su secretario federal y luego se va con la música a otra parte. Por su parte, el PP mantiene su pugna intestina (y no sólo en Sevilla), dividido en bandos suicidas. La lucha por el poder, la comida de las fieras: ni que decir tiene que, ganen o pierdan unos u otros, la víctima será la propia Andalucía aunque se salve de la quema de los ERE. La política es ya sólo una profesión pingüe. La sociedad puede esperar.