Tiempo elástico

La presidenta Díaz ha confirmado lo que todo el mundo sabía que acabaría por confirmar: que a lo que ella aspira no es a gobernar esta taifa autonómica sino saltar a Madrid, como está mandado. Todos los líderes andaluces se fueron, en cuanto les fue posible, a Madrid: González y Guerra, Julio Anguita, Arenas, Hernández Mancha. La autonomía no ha sido desde un principio más que más que el trampolín para saltar al Poder central cuando no el refugio para “arrecoger” a los descolgados del Foro como Chaves o Griñán. Y ello explica su secundaria entidad política y, tal vez, los resultados obtenidos: si no es lo más importante ni para quien la preside… Díaz no es la primera ni será la última en dejar el barco en manos del grumete.

Juez ¿Y parte?

Que la sentencia del “caso ERE” quede en manos de un alto cargo de la máxima confianza de los dos Presidentes imputados no debería ser siquiera discutido. No se puede ser juez y parte, y juez y parte caben pocas dudas que es el magistrado que, durante años, estuvo en el primer nivel político mandando y cobrando gracias a la confianza de esos Presidentes. El PP dice que reprobará a un juzgador tan llamativamente impropio y el PSOE que reprobarlo es una “aberración”, pero la inmensa mayoría de los ciudadanos no entenderían –de perpetrarse— ese extravagante abuso. Claro que el juez no es el único responsable en este casinillo con puerta giratoria que está demostrando hace mucho que la Justicia dista de ser independiente respecto del poder político.

Ítaca en Sevilla

Es ya casi imposible mantener la presunción benévola que se niega a ver en la sustituta de la juez Alaya una Penélope dedicada sin prisa ni pausa a destejer el velo de las corrupciones tejido por ésta. ¿Tan mala instructora era Alaya, tanta es la ventaja procesal que le lleva la juez de familia que heredó su azacaneada instrucción? Sin poner en cuestión la rectitud de Núñez, lo cierto es que sólo ella, el PSOE y la Junta tragan con su desmontaje. Y no se trata de condenar por condenar, pero tampoco de venir a estas alturas con el cuento de que aquellos “presuntos” son, en realidad, “víctimas”. Es tan evidente el caos mangón de estos años, que si Penélope devana finalmente lo tejido, la desmoralización popular será irreparable.

“Fumata Bianca”

Se desveló, al fin, el secreto a voces: la presidente de la Junta andaluza aspira a ser jefa política de su partido y, eventualmente, presidente de las Españas. ¿No serán esas demasiadas cuerdas para un solo violín? Ayer, al tiempo que se conocía tan magna nueva, llegaba desde Huelva el griterío en demanda de una sanidad mejor y desde Granada la protesta por su aislamiento ferroviario, por no hablar del callejón sin salida en que la Junta –mientras Susana Díaz se dedica a hacer carrera política—ha metido a la imprescindible educación concertada. Desde la tronera del Director de este periódico se ponía seriamente en duda la conveniencia de esta doble dedicación. Desde esta humilde almena se divisa el mismo panorama.

Otros populismos

El doctor Candel –“Spiriman” en el mundo mediático– va a encabezar ahora, culminada su campaña en favor de una sanidad andaluza mejor, el movimiento de masas que pretende acabar con el aislamiento ferroviario de Granada. Nada que objetar a esa furia cívica pero, sin mengua del respeto y simpatía por el personaje y teniendo presente el razonable adagio que dice  “zapatero, a tus zapatos”, uno se inquieta ante estos fervores populistas, tan en la onda actual como extravagantes, porque lo lógico sería mantener a los médicos en su hospital y a los políticos en su nosocomio. ¡Hasta el papa Francisco ha alertado de esas estrategias populistas asegurando que “siempre acaban mal”! Deseo fervorosamente que no sea éste el caso de ese doctor Pimpinela.

El sabio solitario

Don Julio Caro Baroja vivía frente al Retiro, en un piso alto del número 50 de Alfonso XII, desde la ventana de cuyo despacho contemplábamos en otoño el vasto mar de oro viejo del parque. Don Julio nos citaba a media mañana y aparecía indefectiblemente con su atuendo britanizante –¡aquellas chaquetas de tweed sobre el jersey de cuello alto…!–, amable sin estridencias, atentísimo siempre, conversador inolvidable sobre lo divino y lo humano, pues sobre ambos mundos fue un raro y hondo sabedor. Encima de su ordenada mesa había siempre un mazo de cuartillas sobre las que iba escribiendo espaciadamente mientras reservaba abajo un amplio espacio para las innumerables notas que surgían de sus muchos saberes. Conservo como oro en paño el manuscrito de uno de sus capítulo de sus “Los orígenes complejos de la vida religiosa” que tuve el privilegio de ofrecer como adelanto en una revista oficial, y cuya relectura me ha hecho cavilar tantas veces sobre la posibilidad de que no haya habido en su generación hombres más sabios que él y mi maestro Maravall.

Don Julio vivía en familia, entregado al estudio, viajaba con frecuencia a “Iztea” –la casa de don Pío en Vera de Bidasoa— donde, junto a su hermano Pío, conservaba religiosamente la memoria del gran novelista y el poso cultural de una familia que, como la suya, había sido clave en la cultura de la generación anterior. La trasera de la vivienda daba a los jardines de “El Botánico” y en sus dependencia atesoraba una espectacular biblioteca en la que se añadían, como estratos complementarios, textos de historia, antropología o folclore cuidadosamente ordenados.

No creo que nadie haya abierto un camino más ancho en la cultura española ni acertado con tanto tino en numerosos de sus aspectos más arduos como prueba su obra impagable. Pero tampoco que haya habido sabios tan asequibles y generosos, tan cercanos al interlocutor, ni tan conmovidos como él cuando surgía el recuerdo de su tío don Pío, de su desdichado padre (el editor Caro Raggio) o de su familia en general.