Pedir la luna

Es cosa sabida que los políticos –todos– diseñan la gestión pública en función de sus intereses partidistas y, llegada la ocasión, incluso piden la luna, lo que no impide que, cada cual en su turno, exija al adversario imparcialidad y limpieza de manos. Ahí tienen al PP protestando porque la Junta de los ERE, Invercaria, fondos de Formación y demás, va a sacar de un decretazo la famosa Oficina contra el fraude, en lugar de presentar en la Cámara un proyecto de ley que permita su debate libre. ¡Pero, criaturas, cómo le piden al vecino que apedree su propio tejado! La Junta sabe de sobra que lo que hace es un truco y lo insólito sería que buscara de verdad la transparencia frente a la corrupción en medio de la que está cayendo. Son como niños y se creen que los niños somos nosotros.

Demagogia supina

La autodenominada izquierda andaluza (PSOE, IU, Podemos) quiere perpetuar la desigualdad fiscal entre los españoles manteniendo el brutal impuesto de sucesiones que rige en nuestra comundad. Y para fundamentar esa injusticia clamorosa, doña Susana sostiene en el Parlamento que los herederos obligados a pagar ese impuesto confiscatorio son “millonarios en euros”: ya ven que pamplina. Esta vez Ciudadanos (C’s) ha votado contra ese propósito pero no basta con eso, pues de sobra sabe este “socio para todo” con que cuenta el gobiernillo que, dada la aritmética parlamentaria, ello no constituye más que un gesto intrascendente. Que los andaluces tengan que pagar por su herencia lo que no pagan otros españoles es un disparate y un atraco. Aparte de que, si doña Susana quiere, otro día hablamos de quienes son aquí de verdad –¡y cómo lograron serlo!–  “millonarios en euros”.

Autonomía, ¿para qué?

Para muchas cosas, qué duda cabe, pero, lamentablemente, no para algunas de las más esenciales. Para librarnos del mochuelo de ser una de las pocas comunidades españolas que han renunciado a rebajar o eliminar el impuesto de sucesiones, para superar el fracaso educacional o, en fin, para algo tan urgente como organizar la sanidad de verano sin mantener las insostenibles listas de espera que la Junta oculta en la cámara oscura desde hace más de un año. No es que esperáramos que en la autonomía los fueran atados los perros con longaniza, desde luego, pero sí que nos sacara de una vez de la cola del tren nacional y nos mantuviera ni más ni menos que a la altura de los demás españoles. Más de tres decenios de “régimen”absoluto legitiman aquella incómoda pregunta.

El traje del decano

Es posible que un universitario actual no se haga idea cabal de lo que era un Decano de los viejos tiempos por no hablar siquiera de lo que representaba un Rector. En medio de la continuas tensiones de la convivencia universitaria provocadas por la oposición al régimen dictatorial, hubo, ciertamente, cargos que se plegaron a los dictados políticos pero también personajes que supieron mantener la hoy, en muchos casos, casi desaparecida dignidad académica. El ambiente de continuo ajetreo y hasta de violencia vividos en nuestras Facultades, era compatible, por ejemplo, con Decanos como Pérez Botija, que era un dandy de estricta observancia, del que se rumoreaba en la Facultad de C.C.P.P. y E.E tanto como en el Instituto de Estudios Políticos que reservaba permanentemente un vestuario completo en la institución en previsión de un eventual desdoro del que usaba de ordinario.

Pocos casos como el del maestro de procesalistas don Leonardo Prieto- Castro, a quien la turba estudiantil llamaba expresivamente en las “fiesta del rollo” y en latín macarrónico, cuando lo era, nada menos que “pluscuanperfecto Decano”, figura imperturbable y, ciertamente, respetada, a la que tocó lidiar con la marea que condujo al 68 –incluido el grave incidente provocado por los carlistas progres en el recibimiento en la Facultad de Derecho complutense del entonces Príncipe de España— y finalmente dimitido irrevocablemente en la primavera de aquel año tempestuoso cuando, encabezando a los estudiantes a la puerta del centro, fue alcanzado por la manguera policial, dando origen, además, a una desmesurada demanda judicial contra el Estado que pretendía la reparación costosísima de los daños causados por la represión a su impecable indumentaria, indemnización que, por supuesto, jamás llegaría a conseguir.

Quizá falta aún el balance de aquella situación conflictiva –la normalidad hubiera sido impensable en una Universidad aún viva–, en la que se produjeron acciones lamentables, sin duda, por parte del bando estudiantil, sólo explicables por la brusca terquedad de un poder que intentaba en vano –ya desde los disturbios del año 56 y el fallido rectorado de Laín Entralgo— establecer en la Universidad un clima mansueto. Hoy no alcanzaríamos a imaginar siquiera situaciones como el intento de defenestrar a un decano barcelonés o la escena indignante de la pintada integral y pública de un profesor, pero tampoco, me temo, posturas altivas como la del gran procesalista pasándole al Estado, en reparación del ultraje recibido, una factura del sastre que superaba con mucho el salario anual de un docente, como me ha comentado más de una vez el yerno de don Leonardo, y también ya maestro, Ramón Tamames.

El viejo debate

¿Subir impuestos, es propio de la Derecha o de la Izquierda? He ahí el viejo debate pleistoceno, heredado de la era González-Aznar, y zanjado hoy por la llamada izquierda andaluza al unirse –¡por una vez!—para rechazar la propuesta de rebajarle a los herederos del común la fiscalidad de sus herencias, tal como razonablemente hacen en muchas autonomías. En la nuestra, no. En la nuestra se mantiene esa carga, tantas veces inasumible, y hay que comprenderlo porque el gasto público es grande, incluso desaforado, y no es cosa de recortar los sueldos, dietas, alquileres de piso y otras gabelas a los políticos. “Peche el omecillo”, decían los códigos medievales, queriendo significar lo que con facilidad se deduce de esa fórmula. Y lo que sigue diciendo ahora la llamada Izquierda andaluza, lo mismo la sistemática que la antisistema.

Broncas y paces

En plena canícula, la Junta prodiga sus desencuentros con el Gobierno de la nación, esta vez confusamente correspondida por éste. No vayan a creer que en competencia por la solución de los graves problemas pendientes –el ralentí sanitario, la cuestión de Doñana, la ruina educativa y demás– sino por motivos improvisados por la mísera lógica de la confrontación, como el de una jornada de los funcionarios qué no se sabe ya por quién ni por qué se pretende modificar. El caso es mantener en ascuas la carroza de plomo derretido para que la fiesta no decaiga, que ya vendrá el otoño y se hallarán nuevas causas de discrepancia. Hasta el capo del PP regional le pide a “su” Gobierno que no apriete más las tuercas a una autonomía que es ante todo el ariete de su partido.