El nuevo tiempo

Rosa Aguilar vuelve al puente de mando, Griñán solicita su jubilación (como funcionario), Alaya rechaza por segunda vez concederle a Antonio Fernández un aumento de pensión, una juez dice que el saqueo de los fondos de Formación fue posible por el sistema establecido por la Junta, los funcionarios a la cárcel de Alcalá se rebelan contra los privilegios de la reclusa Pantoja, a Juan Marín, el capo local de Ciudadanos, le parecen pocos los “asesores” de la Junta y dice que “cuantos más, mejor” y la capitana de Podemos sostiene que el nuevo Gobierno es “el Ejecutivo de una sociedad que exigen cambios”. El “nuevo tiempo” prometido es ya una realidad.

Formas y límites

La irrupción de los antisistema en nuestra política ha inaugurado una imagen de la vida pública por completo novedosa. No es que se haya arrumbado el viejo frac o el chaqué de la vieja política, de suyo arcaizantes, sino que los rebeldes electos han llevado a las instituciones sus livianas camisetas estampadas embutidos en las cuales han reconvertido en mítines las fórmulas de toma de posesión. Todo un espectáculo, sin duda, posiblemente inspirado en el equívoco de que la rebeldía cabe en la indumentaria y la regeneración en el informalismo. La demagogia se está expresando así a través de cierta plebeyización de la política indumentaria que se complementa con un nuevo discurso mostrenco en el que sus autores parecen creer que la radicalidad consiste en el insulto o en el exceso dentro del que cabría todo o casi todo, incluidos los tópicos más abyectos del frentismo y de los racistas. Yo creo que en un sólo día –el de la constitución de los cabildos—el extremismo impaciente ha dejado clara su villanía profunda y una vocación totalitaria que no descarta sino que prima la violencia como instrumento político en el marco de una única estrategia: la de la división banderiza de la nación. La alcaldesa Carmena, por ejemplo, no ha tenido más remedio que rendirse ante el nuevo estilo barriobajero que de haber sido adoptado por el adversario habría destapado la caja de los truenos.

Ahí andamos, en el New York Times y otras grandes tribunas, luciendo el flamante y cutre uniforme de quienes confunden la cercanía a lo popular con la actitud populachera que era el resultado esperable de estos improvisados populismos a los que ya apuntaba el bozo en tiempos de ZP y a los que Rubalcaba blindó incluso frente a la ley Electoral, iniciando una táctica incluyente que, muy probablemente y más pronto que tarde, podría acabar por fagocitar al PSOE desde dentro. Cierto que ninguno de los dos grandes partidos acaba de entender la gravedad de este fenómeno seguramente efímero pero que puede acarrear males irreversibles en el momento más delicado de nuestra democracia. Las formas tienen su importancia y exigen reconocer sus límites infranqueables antes de que los radicales nos lleven, como en Grecia, a un callejón sin salida. Lo que no sabe el PSOE quizá es que erigiéndose en Monipodio de esos pícaros puede acabar bien pronto como el PASOC. Que se mire en el espejo de IU y verá su propio futuro.

El mayor escándalo

Nunca vivimos otro momento igual. De vergonzoso, quiero decir. ¿A que no se cuerda el lector de cuántos consejeros de Chaves y de Griñán lleva imputados la juez Alaya en los diversos saqueos perpetrados en esta década, incluidos aquellos a los que Susana Díaz blindó al aforarlos en el Parlamento de Andalucía? Dos presidentes y un puñado tan grande de consejeros bajo sospecha judicial descalifica a cualquier “régimen” menos a éste, por lo visto, y constituye una vergüenza supina con independencia del resultado final. Han hecho de Andalucía la Meca de picaresca y encima se quejan. La Justicia ha conseguido al menos, en pugna con todos, destapar la sentina y mostrarnos su interior.

El futuro harén

Por el prestigioso instituto Gallup me entero de que la sociedad americana, así en general, claro, anda evolucionando con ritmo creciente en torno a al modelo tradicional de familia, es decir, el de la pareja heterosexual. Dicen esos sociólogos que, solamente en diez años, la opinión pública americana –por otra parte, proverbialmente conservadora—ha elevado de un 7 a un 16 por ciento el apoyo a la poligamia, un proceso que atribuyen a la visión progresivamente libertaria que parece profesar un sector nada despreciable de la juventud. La poligamia está prohibida legalmente en toda Europa, faltaría más, pero no suele saberse que en cincuenta países del planeta está legalizada, aparte de que la inmigración masiva que recibe nuestro continente está introduciendo a paso rápido el modelo familiar propio de los países del Sur. ¿Cómo controlar, por otra parte, lo que hace un varón dentro de su domicilio con su eventual harén y cómo evitar coyundas múltiples mientras se mantengan a puerta cerrada? Bueno, en España –donde la prohibición se mantiene—juez ha habido que sentenció repartir la pensión de un polígamo entre sus dos viudas y a mí, qué quieren que les diga, me parece que ese ropón no es un bárbaro sino un cadí muy puesto en razón. Ahora, fíjense qué curioso: lo que nadie solicita nunca es la poliandria, la familia amplia nucleada en torno a una sola mujer, lo que, a mi entender, demuestra que el libertarismo que reclama el derecho al harén no supone ningún progreso civil, sino que obedece a una especie supina de machismo. Es sólo una opinión, ya digo.

Sin salir de los EEUU, es verdad que los cuáqueros y otros adeptos al pluralismo matrimonial, no les va nada mal en su relativo aislamiento del resto del mundo, y para qué hablar de los países tercermundista donde el pluralismo es la regla, aunque sospecho que también entre nosotros, los supercivilizados, la tendencia polígama habrá de prosperar del mismo modo que lo hicieron las que reclamaban el divorcio o el aborto. Por lo demás, este debate tiene no poco de farisaico dado que, en realidad, la poligamia es algo que conoce y admite, aunque sea a regañadientes, nuestra sociedad cuando el polígamo puede pagarse el gusto. No es probable que, salvo excepciones, llegue a haber hembras que le pongan piso a sus maromos como tradicionalmente han hecho nuestros machos. Por algo decía Tono, aquel fino humorista, que el matrimonio es una cruz tan pesada que hay que llevarla entre tres.

Barrer para adentro

Un tema malo, el de la detención del alcalde de Punta Umbría nada más sentarse en su sillón. Él dice que no ha estado detenido pero entonces ya nos explicará por qué se acogió a su derecho a no declarar. Y la presidenta Díaz, como de costumbre, lo que dice es que hay que esperar a que la Justicia se plante antes de tomar una decisión. ¿Será verdad que ese alcalde ha recibido en subvenciones de la Junta el triple de dinero que el propio pueblo que regenta y, encima, no queda claro que haya realizado los cursos subvencionados? Lo que cada día está más claro es que la corrupción no es imputable sólo a los que le perpetran sino a los que la consienten.

El Rey y la opinión

Por fin, el Rey ha cogido el toro por los cuernos y –no dudo de que con dolor de su corazón—ha desposeído a su hermana la infanta Cristina del ducado de Palma, que es algo por lo que infinidad de españoles clamaba hace tiempo, en especial, desde que impresentable del duque consorte envió aquel correo jugando zafiamente con el título mismo. ¿Podía seguir inhibido el Rey, mirando para otra parte, mientras la infanta se sentaba en el banquillo de los acusados? Lo suyo es contestar que no, como en su día lo fue separarla de la Familia Real, aun respetando la presunción de inocencia, porque esa sola imagen constituiría un atentado a la institución real y una ofensa a una clase como la aristocrática que, sea cual fuere su papel actual, lo menos que puede hacer para sobrevivir es mantener limpia su imagen. También es cierto que otros miembros de la familia –como su augusto padre—han salido de situaciones lamentables con una simple petición de perdón y un proclamado propósito de enmienda, pero el Rey actual pertenece a una nueva era ética y estética y, al menos hasta ahora, va demostrando que tiene los anillos bien sujetos. No debe de ser fácil degradar a una hermana, pero el inexcusable deber de ejemplaridad exigía a voces una medida como la adoptada por un Rey que parece seriamente comprometido con su significación política y con su tarea institucional. Hasta los republicanos hemos de admitir que esa imprescindible y amarga medida constituye un imperativo del honor.

Hemos de confiar, por lo demás, en que si tan alto se pone el listón de la ejemplaridad frente a las corrupciones que nos invaden, el gesto habrá de suponer un respaldo simbólico nada despreciable para una Justicia abrumada por tantas presiones políticas y, lo que es peor, tan desacreditada ante una opinión pública que –aunque suela preferir a Barrabás– no ha perdido del todo el sentido germinal de lo justo y lo injusto. Y ello resulta especialmente trascendente si se considera que de la política y de los políticos –núcleo activo del agio y sus consecuencias—no cabía esperar la catarsis suficiente. Que mediara una necesidad insalvable no quita mérito, a mi juicio, a un joven Rey que debe de saber lo trascendentales que suelen ser los inicios de los reinados. Por desgracia para la infanta, un sujeto como Urdangarín no podía seguir luciendo una corona ducal que él mismo se ha encargado de despreciar. De su penitencia consorte, sólo ella es responsable.