Parió la abuela

Lo que faltaba: un magistrado de Sevilla dice con todas sus letras que el Gobierno de Susana Díaz, “sin observar el más mínimo rigor” adjudicó la explotación de una mina a una empresa “vinculada con el PSOE” concertada con un grupo mexicano. Y eso el día antes del tercer intento de investidura, pero dejando ya claro que lo que hay que investigar y corregir no sólo concierne a Chaves y a Griñán sino también a la señora Presidenta en funciones. ¿Ven como la corrupción, como la jodienda, no tiene enmienda? A ver con qué cara los partidos requeridos para el pacto esquivan este nuevo y definitivo obstáculo.

El pan nuestro

El economista que asesora a Ciudadanos ha propuesto en el programa electoral la subida del precio del pan. Bueno, no sólo del pan, sino de la cesta de la compra en su conjunto, infragravada en estos momentos según el ilustre profesor de la London School of Economics. Lego cómo es uno en materias de economía alcanza, sin embargo, a entender que esa medida no va aislada sino que forma parte de una estrategia fiscal elaborada por Luis Garicano –que ésa es la gracia del experto—que pretende dinamizar los ingresos públicos abaratando los que proceden de arriba, o sea del gran consumo, de suyo minoritario, para compensarlo con la subida de esa enorme masa que es el consumo básico, de manera que, según los maliciosos, el pan y la leche costarán más al gentío mientras que el yate le saldrá más arreglado al milloneti. ¡El precio del Pan! Lean a Paul Veynes en su impagable “Le pain et le cirque” y verán qué pronto descubrió el Poder la trascendencia que siempre tuvo para atraillar al pueblo el mantenerlo comido y divertido, esa máxima del evergetismo de todas las edades que, en la vieja Roma, se materializaba en los repartos masivos de trigo y la cruentas veladas de gladiadores.

En nuestro siglo XVII, Pedro de Valencia, el amigo de Góngora y discípulo dilecto de Arias Montano, ya se ocupó del negocio en su “Discurso sobre la tasa del pan”, obra en la que cifraba la felicidad del reino en la intensificación de la agricultura para llenarle la panza a los vasallos, y Antonio Elorza publicó, allá por los amenes del franquismo, la obra de León de Arroyal conocida como “Pan y toros”, en su día atribuida a Jovellanos, un manual panfletario para uso de gobiernos desaprensivos en el que se atribuía nuestra miseria patria a la devoción por ese doble estímulo. ¡A quién se le ocurre subir el pan en un país con una estremecedora estadística de pobreza y una mendicidad galopante! Uno no es nadie para porfiar con los ecónomos, pero no hacen falta muchas luces para comprender que el mero anuncio de ese propósito le puede salir a Ciudadanos por un ojo de la cara. Y es que hay símbolos sagrados –y el pan es uno de los principales—contra los que nadie puede atentar sin gravísimo riesgo. Franco, con su retranca cuartelera, lo que hizo fue racionarlo y repartirle el negocio a los estraperlistas adictos. Garicano lo quiere encarecer que es lo mismo que desafiar a la plebe tocándole esa fibra mítica. Éste es un país hecho que ni de intento para las Ada Colau.

Tonta del culo

La directora del Patronato de la Alhambra, Mar Villafranca, ha calificado a los votantes del Partido Popular, es decir, a la mayoría actual en su capital, de “tontos del culo” por creer lo contrario de lo que ella sostiene a propósito de cierto pleito del monumento. Luego ha corregido su monumental estupidez disculpándose para asegurar que “los votantes del PP le merecen todo el respeto”. Menos mal: favor que usted les hace, doña. Se ve que la tensión crece a medida que degenera la democracia que es, en lo fundamental, el respeto del hombre por el hombre, sobre todo si aquel, hombre o mujer –como en el caso de Granada—es mayoría. Esa directora merece un puesto en la retaguardia, un cuartel de invierno en el que purgar su mala palabra, si queremos que esto no degenere en una corrala porque ya ven lo fácil que sería a cualquiera decir que esa directora es tonta del culo.

Gregorio Morán

Ha estado estos días por aquí, invitado por este periódico, Gregorio Morán. Paseando por Sevilla, intercambiando recuerdos y secretos, mirándonos de reojo en el espejo cóncavo del tiempo que, por muy distintos caminos, nos ha traído hasta esta España entrañable y repugnante, convertida ya en el corral de cabras que entrevió Gil de Biedma y sobre el que lanzaron sus rayos jupiterinos Blas de Otero o Pepe Hierro. Gregorio es un pesimista –ya saben la broma: un optimista con información–, un hombre de vuelta de ni él sabe dónde, como no lo sé yo, que también ando siempre con un pie el paraíso amniótico, heridos ambos –como tantos colegas y amigos—por esta hiriente tragicomedia y el espectáculo entre picaresco y delicuencial en que nos han sumido los que mandan, gente vil y descomunal, como diría don Alonso Quijano, mangantes de toda laya, traidores doblegados bajo la férula del poder, que en este país donde decir las cosas claras es una raya en el agua. Gregorio ve con tolerancia y generosidad mis melindres y cauciones ante la sana ferocidad con que él le canta las verdades al barquero, a todos los barqueros con los que se cruza, fiel a su conciencia, consecuente con nuestra condición contingente –no somos nadie–, pero no sabe que en ellos va deslizada mi envidiosa admiración por su valor cívico, incluso cuando no estoy de acuerdo con él, que es con frecuencia. Es un cordero con piel de lobo, Gregorio, no vayan a creer que se me ha escapado la mayor.

Odia al mandarinato y paga puntualmente la multa, y yo me pregunto cómo se puede ser tan constante, tan apasionadamente fiel a una vocación debeladora, tan comprometido con la verdad pura y dura, incluso hiriente, un año tras otro, toda una vida desfaciendo entuertos sin la menor posibilidad de acabar ganándole la batalla a Merlín o a Bellido Dolfos. ¡Un caso, este Gregorio! Me lo he llevado por la Sevilla primaveral –¡un ciego llevando a otro ciego!—y hemos trasegado la solera vieja desde el convencimiento de que la culpa no es ajena sino de que “Algo nos pasa a nosotros”, algo que no nos deja vivir tranquilos y nos enfrenta lo mismo a molinos que a galeotes, qué le vamos a hacer, desde aquellos tiempos de “Triunfo” hasta esta bajamar ominosa que ya descubre sus lodos imprevistos. Se ha ido, abrumado, encorvado bajo su mascota, reinando ya, seguro, en nuevas aventuras de las que saldrá una vez más apaleado. Hay escritores serviles como los hay cimarrones. Y Gregorio es uno de estos.

Osada ignorancia

Ante el fracaso absoluto de su pretendida investidura, ha amenazado la Presidenta en funciones con paralizar la Administración autónoma, con expresa referencia a la sanidad y a la enseñanza. ¡Pero qué se habrá creído ese cuerpo soliviantado por la contrariedad! ¿Es que no sabe siquiera que la interinidad no implica merma alguna de la competencia mientras que, por otra parte, obliga al interino a cumplir con escrúpulo sus funciones, manteniendo el servicio público en su integridad? “O yo o el diluvio”, parece decir, como el Rey Sol, la presidenta en funciones. Ignora incluso que simplemente con amenazar/chantajear con ese disparate tiene puesto ya un pie en el delito. Evidentemente, no es lo mismo intrigar en un partido que gobernar un pueblo.

El Tendido 7

En mis frecuentes conversaciones con Borbolla –las amistades profundas están hechas de afectos y agravios a partes iguales, ya ven—sale a relucir nuestra común discordancia con la España tertuliana, y tiene guasa que yo comparta ese criterio siendo, según creo, después de Pepe Oneto, el tertuliano más antiguo del Reino. ¿Cómo puede funcionar un país en el que diariamente y varias veces al día, la opinión pública recibe el chaparrón dialéctico de una legión cada día más grandes de opinantes, que sienta cátedra de lo divino y de lo humano, por supuesto a bote pronto y sin encomendarse a Dios ni al diablo? El privilegio de haber visto los toros más de una vez junto a don Antonio Ordóñez me tiene vacunado contra los efectos demagógicos de ese “Tendido 7” que no sólo tiene la Monumental madrileña sino que la influencia televisiva ha difundido hasta en los balcones de la última capea. ¡Y qué diferencia entre escuchar la censura o el elogio pausado del maestro, del “connaisseur”, a tener que aguantar la baladronada gritona de un tendido que se ha legitimado a sí mismo, como la iglesia del Palmar! Hoy España, desde bien temprano, es un hervidero de opiniones normalmente maniqueas en la que sobran protagonistas sin cualificación bastante y falta gente reposada y culta capaz de enjuiciar los problemas con una mediana objetividad. Y eso es peligroso, al menos en la medida en que la difícil Verdad no acabe de abrirse paso nunca en perjuicio de la opinión pública. O superamos el influjo grave del “Tendido 7” o nunca tendremos un criterio que merezca la pena.

No es lo mismo entender a España desde la orientación de un Maravall o de un Domínguez Ortiz que siguiendo las elucubraciones de la fantasía nacionalista, por ejemplo, como no lo es devolver al corral un toro cojo o seriamente reparado de la vista porque lo dictamine, pongamos, un Miguel el Potra, que sacar el pañuelo verde al primer resbalón del morlaco sólo por divertirse con los cabestros. Nuestra inquietud actual debe mucho a este desorden del criterio provocado por la inflación desmesurada de lo mediático y por la moda de un debate de saldos encomendado, con las excepciones que sean precisas, a una compañía de sofistas que ha creado ya su “Tendido 7”, con su reglamento exclusivo y sin tomar ninguna alternativa. Decía Unamuno que la opinión española se dividía en dos: la suya y la de los demás. Camino llevamos de hacer de esa graciosa metáfora una lamentable y realísima tiranía.