Chapuzas económicas

Un problema añadido para la presidenta-candidata: que la liturgia de la investidura, además de los pactos imprescindibles, cuenta hoy por hoy con dos normas contradictorias, una la que recoge el Reglamento en su artículo 138, y otra, la establecida en el Estatuto vigente establecido en 2007. La primera mantiene lo que disponía el anterior Estatuto mientras que la segunda, no, lo que supone mandar en aquella que a la tercera se invista al candidato más votado, y en la primera –que es la que el Reglamento conserva—que dos meses después de la primera votación hay que disolver la Cámara y convocar nuevas elecciones. Un lío que, llegado el caso, salvarán de un brinco sus Señorías, no lo dudo, pero una muestra más de la chapuza autonómica.

Homo longevus

Ha muerto en Portugal el cineasta Manoel Oliveira –¿por qué seguiremos viviendo de espalda, como siameses, españoles y lusos?, se preguntaba Saramago—y lo ha hecho, como un pimpollo, con sus 106 años cumplidos y noventa de profesión. Vivimos más, eso es lo que hay. El progreso general –la nutrición, la higiene, la medicina prodigiosa—nos pone en bandeja lo que ya parece un anuncio de la vuelta al tiempo mayor de los patriarcas, cuando las edades del hombre se contaban por siglos. Y cada vez mejor. No es cierto que la vejez sea por sí misma una enfermedad como aseguraba Terencio; lo es más el “dictum” de Rostand, el de Cyrano, quien aseguraba que mientras más envejezca la Humanidad, más necesitará de sus ancianos, porque la epopeya de la nueva biología nos está poniendo a huevo, no ya la longevidad, sino –al menos sobre el papel—la inmortalidad. Hay más centenarios que nunca en países extremos como China pero también en los más tradicionales y evolucionados, un fenómeno que hemos de mirar con cautela y sentido de la previsión pues, como tiene explicado mi amigo Ginés Morata, premio Príncipe de Asturias entre otras cosas, no se trata ya de ver en la vejez esa especie de catábasis que inventó Borges sino, sencilla y llanamente, de garantizarle la pensión. ¿Qué hará una Seguridad Social si cada vez trabajan menos sus jóvenes mientras sus ancianos mueren más tarde? En mi libro de cabecera, las “Venises” de Paul Morand, está escrito que el hombre de edad, el viejo, vive bajo el signo “menos”: cada vez menos inteligente, cada vez menos tonto”.

Como aseguró el maestro Sauvy, pocos negocios tan complejos y delicados como alterar la demografía. Y la demografía actual poco tiene que ver con la de, pongamos, hace un siglo, una vez superado el flagelo de la mortalidad infantil y estirado la existencia media –la esperanza de vida—en términos que traen de cabeza a los encargados de la despensa. Oliveira no es hoy ninguna rareza, sino una señal más del éxito de la vida, lo cual no deja de ser una paradoja en tiempos tan difíciles, pero menos lo será cuando recordemos su caso dentro de un decenio o dos. Recuerdo lo que, evocando a Stendhal, nos dijo Rosa Chacel a Paca Aguirre y a mí el día en que la recibimos en Barajas a su vuelta del exilio: “La vejez no es más que la superación de la locura, la ausencia de la ilusión y las pasiones, y a mí me interesa bastante menos la debilidad física que la cordura”. Es una pena haber nacido demasiado pronto.

Semana de infarto

Tras la Semana de Pasión y la Semana Santa llega ahora la semana de infarto y en ella hemos de ver la procesionaria de altos y altísimos cargos de la Junta desfilar ante el Tribunal Supremo para dirimir responsabilidades, si las hubiere, en el festín de los ERE y las prejubilaciones falsas que dura ya tantos años. De lo que en el Alto Tribunal ocurra han de estar pendientes los negociadores políticos de los que dependen la estabilidad de una autonomía que llega a este delicado momento hecha unos zorros. Y el pueblo soberano, tan escéptico y convencido de que la Justicia no alcanza tan alto. Que Dios reparta suerte si es que le queda humor para ello.

Malos tiempos

Nos han abrumado durante la Semana Santa las nuevas lamentables. Un desequilibrado sin el debido control, tras parapetarse premeditadamente en la cabina, precipita un avión con centenar y medio de criaturas sobre un valle escarpado de los Alpes franceses. Nada menos que cuatro grupos fanáticos profanan el Miércoles Santo con otros tantos atentados suicidas o no dirigidos contra los cristianos. Varios parricidas se llevan por delante a sus mujeres, en algunos casos suicidándose a continuación. Una pareja de inmigrantes rumanos trata sin éxito de vender a su hija recién nacida y concebida para tal fin y otra de “lobas solitarias” es interceptada por la policía en USA cuando preparaban una campaña de bombas. Hay más, muchas más noticias de esa índole, como si se tratara de refregarnos la evidencia de que el Mal no sólo existe –muchas teodiceas lo vienen negando desde tiempos inmemoriales—sino que tiene sus “temporadas altas”, sus funestas mareas difícilmente comprensibles para el hombre normal, que no es un lobo para el hombre, como querían Plauto y Hobbes, ni mucho menos. Es un enigma eso del Mal, aunque tenga rostro y voz propia muchas veces, como bien supieron Hannah Arendt o Primo Levi, hasta el punto de que en ocasiones parece que mueve al mundo cierta algofilia, esto es, la aceptación alegre del Mal, el regocijo incluso ante sus efectos, o acaso que el sadismo no es una enfermedad rara sino una afición dispersa en una sociedad enloquecida. ¿Mano dura? Bueno, es posible, pero hemos llegado a un punto en que dudo de que bastara con aplicarla.

Hay quien, como Rüdiger Safranski, sostienen que el Mal es el precio de la libertad, o sea, que sin ese factor negativo y temible la especie seguiría siendo poco menos que un rebaño, y hay quien como san Agustín pensaba que la libertad de espíritu está en los abismos del mal. Quizá, pero ¿quién se para en teorías mientras los medios nos bombardean sin descanso con las imágenes desoladoras de la ferocidad humana? Se dice que las persecuciones romanas no lastimaron a los cristianos tanto como las que hoy prodigan esos poderes incontrolados y que tal vez nunca como ahora fue la Humanidad testigo de tanta crueldad, pero la fiesta sigue y no parece que el mundo civilizado tenga en su mano pararla. A duras penas se mantiene en pie el humanismo superviviente, mientras la ciudad alegre y confiada aprovecha el anticiclón para broncearse en la playa.

Batas blancas

Desde que tenemos diecisiete sanidades en lugar de una, grande y libre, ocurren en ese aséptico universo sucesos extraordinarios, en general enfrentados con la razón y el sentido común. Así, mientras cuentan que un gerente de hospital se pone una bata blanca y “ayuda” a un cirujano en una operación de hernia en un hospital balear, en el Puerto de Huelva el médico de la disuelta unidad sanitaria es obligado a vestir chaquetilla verde como encargado o jefe de lo que llaman “seguridad y prevención en obras”. Manejan lo público como si fuera privado (y propio) pero cuesta imaginar que la superioridad no tenga recursos para frenar este festival caprichoso.

Barbas sospechosas

La autoridades chinas que, como es bien sabido, no se andan con chiquitas a la hora de imponer sus decretos, acaban de prohibir a la etnia oiur, la conflictiva población musulmana de la provincia de Xinjiang, la barba masculina, el burqa femenino y hasta el ayuno del Ramadán. Ven en esos elementos, indicios intranquilizadores de la radicalización islamista y, a la vista de lo que está sucediendo un poco por todas partes, esa autoridad parece decidida a conjurar el pecado quitando la ocasión. La barba posee una simbología amplia que lo mismo connota respetabilidad que sugiere peligro, razón por la que no es ésta la primera vez que se prohíbe al varón mostrar el rostro intonso ni, probablemente, será la última. Entre mis recuerdos juveniles conservo el de la aventura de un joven economista, M. B., contratado en Presidencia del Gobierno –hablo de Castellana, 3, para entendernos—al que el almirante Carrero pretendió forzarlo a afeitarse sin que el forzado atendiese ni en primera ni en tercera instancia a la orden todopoderosa, hasta lograr que el almirante olvidase su propósito. No es difícil suponer lo que Carrero entreveía en aquella barba juvenil, símbolo insurgente demasiado obvio en aquellos años de plomo, pero me interesa retener de la anécdota el hecho de que con determinación y firmeza no todo estaba –ni está—perdido cuando trata de imponérsenos el capricho de un tirano. Los chinos ven en el barbado al salafista –y eso que en todas las épocas la barba entre ellos fue seña de respetabilidad—y han pensado que por donde mejor se siega el pasto revolucionario es por debajo de los pies.

Durante la llamada Revolución Cultural se prohibió también en aquel país misterioso el simple uso de las gafas en las que los jóvenes revolucionarios vislumbraban obcecados el desviacionismo que venía de Occidente y cuyos portadores resultaba imprescindible “reeducar”, pero estas prohibiciones de ahora parecen más justificada en su condición profiláctica. Ese extraño régimen de “comunismo de mercado”, valga el oxímoron, conserva intacto su instinto de conservación sin el que tal vez no podría funcionar un país hambriento y millonario que viaja impertérrito del abismo a la cumbre. El gato doméstico de Mao se ha convertido en un tigre urbano que no ha perdido un ápice de su ferocidad. Lo va a tener crudo el salafismo si proyecta dejarse la barba prohibida.