El oficio de vivir

Me entero por Rafa Porras y por una excelente entrevista que le hace Teodoro León Gross al maestro Manuel Alcántara, de que el poeta ha tenido que “pasar por el taller” y se ha tomado unas vacaciones pero que, dado de alta, ahí está ya con su “olivetti” y su “dry Martini” como hace diez, quince, veinte, treinta, cuarenta años. Conservo una foto de Alcántara en la que aparezco casi adolescente junto a Félix Grande y a Eladio Cabañero, una noche en que fuimos a un colegio mayor de la Universitaria a sacarnos honradamente un jornal, y es esa imagen suya la que se me representa cada vez que en pienso en él o en un verso suyo cuando nos deslumbraba el poeta “hablando por soleares de la resurrección de la carne”, –“Cuando termine la muerte,/ si llaman a levantarse/ a mí que no me despierten”—o nos divertíamos noctámbulos –ay, Juan José Cuadros, entrañable amigo—comprando canutos, revueltos con los legionarios, a las vendedoras callejeras de la calle Victoria. Alcántara constituye una demostración de la compatibilidad entre el hombre razonablemente bohemio y el profesional puntualísimo, entre el vago contemplativo por vocación y el azacán que nunca pudo vivir sin su oficio, que era escribir, esto es, hablar a los otros, dialogar de lo divino y de lo humano, hacer compatible el estro garcisalista con el espectáculo vibrante del boxeo, libre siempre en su temática, audaz en su estilo, como un cimarrón escapado de la prosa de Carpentier, libre y responsable exclusivamente ante sí mismo. No conozco a un escritor más autónomo que Alcántara, al que he visto pasar incólume por la prensa de los años de plomo y por la que vino después.

Leo cada día que puedo el mensaje de Alcántara, escuela de independientes, referente oculto de varias generaciones, maestro de la trascendencia y mago de la bagatela, el escritor para el que el tema –grande o chico, grave o trivial—no es más que un pretexto sometido a su inteligente interpretación. Y con frecuencia, echo mano de sus libros, libros de mi juventud, me consta que admirados por Blas de Otero o por Claudio Rodríguez entre tantos náufragos de aquellas generaciones, libros de una poesía decantada y libre, amarga e irónica, profunda en su aparente superficialidad. No creo que quede escritor más añoso ni más vital que él en esta nómina declinante. Yo me miro en su espejo hace mucho, atado yo también a la columna, entre tanto estilita, un punto envidioso siempre de su entrañable ejemplo.

El tinglado de la farsa

Del escandalazo de antier –la nueva redada de altos cargos de la Junta—destaca, sin comparación posible, el desahogo cínico y seguramente delictivo de esa delegada de Empleo de Jaén arengando a sus trabajadores públicos para convertirlos en agentes electorales del PSOE como condición para conservar el empleo. ¿Qué es eso, señor Fiscal, una amenaza, una coacción, un chantaje? Su señoría sabrá, pero los miles de andaluces que han escuchado perplejos semejante discurso merecerían que se calificase como proceda en derecho semejante uso y abuso del poder y del dinero público.

El verbo ser

Reflejado en el espejo fiel de la experiencia, el verbo “ser”, ese ombligo ontológico sobre el que giran la existencia y la personalidad, se transparenta muchas veces en su secreto antónimo. Tienen ejemplos a porrillo desde que, tras el luctuoso atentado de París, se impuso la moda de su uso para significar identificación. Desde el modelo parisino del “Je suis Charlie” hasta el “Yo soy Bardo” exhibido estos días en Túnez, la fórmula identificativa hace progresos en la misma medida que pierde significado, puesto que es evidente que el brazo vivo que enarbola esas pancartas pertenece a un cuerpo por definición vivo que sobreactúa –seguro que de buena fe—en el escenario público. Si se pudiera yo diría que ese verbo auxiliar es también “antisémico” (antónimo es otra cosa) porque mantiene una falsedad evidente pata autentificar la cual el sujeto debería correr la suerte de la víctima y no sólo asumir su representación simbólica. Una alumna mía de la Complutense se esforzó en tiempos en una tesina en la que probaba que el altísimo porcentaje de entrevistados españoles que se declaraban católicos se revelaba de lo más equívoco cuando, sin solución de continuidad, se reconocían no practicantes o no creyentes de algunos de sus grandes misterios de esa religión. ¡Usted no es “Charlie”, hombre, ni es “Bardo”, sino una voz que clama en el desierto lamentando la tragedia, un figurante más de la comedia político-social que, finalizada la manifa, se volverá a casa con la pancarta enrollada! Nadie escucha hoy la voz de Churchill avisando del peligro inminente, porque nunca falta un Chamberlain que nos venda la paz imposible con quien decididamente no quiere la paz. Ese activismo ingenuo que juega a suplantar de boquilla a las víctimas puede que contribuya más a la ceguera voluntaria del Occidente amenazado que a lo contrario.

Nadie en sus cabales quiere la guerra pero es obvio que con declaraciones y acuerdos no será posible derrotar a la amenaza yihadista, y menos con esa liturgia voluntarista que oficia una ciudadanía militante pero minoritaria, escenificando la asunción del destino ajeno en un ejercicio teórico de enajenamiento. Nadie es “Charlie” más que “Charlie”, y lo demás son inútiles vueltas al manubrio. Porque la verdad es que esta desconcertante nueva guerra no cuenta, de momento, más que con un bando y una estrategia imprevisible.

La rampa del triunfo

No quiero pensar qué se hubiera dicho de Javier Arenas si el día en que ganó las antepasadas elecciones autonómicas se le ocurre descender triunfalmente por la rampa –¡el sueño de la Esmeralda!—para escenificar el triunfo pírrico. “Esta Presidenta”, como ella dice y repite, sostiene que gobernará en solitario y en minoría. ¿Sí, y cómo se hace eso, empezando por la investidura? ¿Absteniéndose alguno de sus críticos más feroces o acaso el propio PP para dar una lección de juego limpio y, de paso, alargar la agonía de la investida? No descarto –ya lo he repetido—que haya que recurrir a unas nuevas elecciones ni tengo idea de que ocurriría en ese supuesto. Lo que sé es que Díaz no puede gobernar con lo que tiene, por más que su pretorio se susurre obsequioso lo contrario.

Y ahora, qué

Cuatro años más, al menos teóricos, para la hegemonía del PSOE andaluz. Cuando se cumplan, habrá gobernado, año arriba año abajo, tanto como el PRI o como Franco, y Andalucía, probablemente, seguirá –¿por qué con las mismas mimbres se iba a hacer ahora una canasta diferente?—situada a la cola de la querida España y de la culta Europa. Nadie tuvo jamás una ocasión semejante para exorcizar al demonio meridional, aunque fuera para sustituirlo por un nuevo satanismo. Y es raro, porque en este bipartidismo que corre a lo loco como la gallina descabezada, ni uno ni otro miembro acaba de fallar, como ha ocurrido en otras tierras, lo que supone tanto como decir que las novedades políticas, los llamados partidos emergentes, vienen a esta feria a engalanar el real pero no a suprimir el chalaneo. ¿Y ahora, qué? Pues ahora, una de tres: o Podemos se suicida aliándose con el PSOE de las corrupciones (la expresión es suya), o Ciudadanos hace lo propio aliándose con el PSOE de las corrupciones (también es suya la expresión), o vamos otra vez a las urnas aunque sólo sea para ver qué pasa. La democracia “è bella ma troppo incomoda”, ciertamente, porque nadie dijo nunca –ni Rousseau siquiera– que la “voluntad general” pudiera, más allá de resolver el conflicto aritméticamente, garantizar por sí sola lo óptimo ni lo cierto. Los demócratas hemos de aceptar los aciertos de la mayoría tanto como respetar sus yerros.

Si Podemos y Ciudadanos mantienen “su” verdad, no habrá otro remedio que convocar de nuevo a la tribu para que ratifique su indiferencia ante la corrupción y la asunción de nuestro atraso ya histórico. Porque el PSOE se ha “legitimado” –se dice y es verdad– aunque sea al precio de la complicidad de la mayoría del electorado, pero no parece fácil que ahora pueda gobernar sin soltar antes el pesado lastre que lo abruma ni, desde luego, que las opciones “renovadoras” lleguen a constituir opciones de gobierno. La autonomía andaluza ha progresado degenerando, como decía Belmonte, rebajando el nivel de sus gestores hasta cotas sólo comparables a las del disparate de ZP, y poco van a remediar esa tragedia las andaderas recién llegadas. Nada nuevo: todavía alienta la pesadilla peronista y lo que le queda. Hemos llegado a un punto muerto en el que no nos sirven ni el fracaso ni sus remedios. Aunque hayamos de pagarlos a precio de próceres. Aunque tengamos que resignarnos a seguir viajando en el parachoque, como el Lute en sus peores tiempos.

Otra amninistía

Teniendo en cuenta en que se calcula en 6 millones de euros el dinero presuntamente defraudado por el “régimen” en el último decenio, no cabe duda de que a los andaluces –no menos que a los valencianos o a tantos otros– la corrupción les importa un pito. Cierto que no le han dado al “régimen” luz verde, pero también que le han puesto el semáforo en ámbar, y ello equivale a mirar para otro lado o a esperar que la regeneración nos caiga del cielo en lugar de surgir de la tierra. Cunde el sentimiento de resignación profunda, la asunción del destino como un “fatum” y no como un “fieri”, como algo rematado e inevitable y no como algo que está en nuestras manos. Cuando Guerra dijo a las primeras de cambio que el pueblo les había condonado su deuda en las urnas, no andaba muy lejos de la realidad.