Plagios a gogó

Nunca resultó fácil de contradecir la persuasiva propuesta de D’Ors de que lo que no es tradición es plagio. Escribimos sobre un viejo palimpsesto en el que, bajo el borrón, late sugerente la caligrafía antigua y con ella el pensamiento que otros tuvieron ya antes, confirmando con ello la unidad esencial de la Cultura, esa patria común y sin fronteras de la que todos, pero en especial los que escribimos, somos anónimos ciudadanos. Hace poco acaba de dimitir el Gran Rabino de París, Gilles Bernheim, tras reconocer que había utilizado como propios textos ajenos, aunque en un principio se negó a aceptar su responsabilidad replegado sobre el “dictum” del Digesto “Ubi meam rem invenio, ibi vindico”, es decir, cuando encuentro lo que es mío lo reivindico. Pero lo que ha prosperado en los últimos años no ha sido esta idea, algo delirante que tiende a reconocer como propio lo que otros aportan, sino el plagio puro y duro, ese “plagio con asesinato”, como decían los barrocos, que le lleva costado el puesto a un ministro tan destacado como el alemán de Defensa o su colega de Educación, últimos de una larga relación que incluye a un presidente y un ministro de Hungría, a un par de ellos rumanos, a uno surcoreano y a la vicepresidenta del Parlamento Europeo, Silvana Koch-Mehrin, entre otros que dejo en el tintero. Se ve que los currículos que acreditan a nuestra dirigencia no son difíciles de conseguir, cosa que no puede extrañarnos en un país en el que el mismísimo director general de la Guardia Civil resultó ser un falsario que empapelaba su despacho con diplomas falsos.

Es muy conocida la frase de Giradoux que sostenía que el plagio es la base de todas las literaturas salvo de la primera… que, por lo demás, nos es desconocida. Pensamos trenzando pensamientos, escribimos encajando teselas usadas en un mosaico nuevo, porque otra cosa sería tal vez un adanismo impensable, sin que esto quiera decir que nos sea lícito expropiar la letra ajena. Para mí Avellaneda no es un plagiario ni mucho menos, como no lo es Borges cuando duplica sabiamente frases de nuestros escritores barrocos. Lo son, eso sí, esos ladrones de letras que se cubren con birretes mangados a sabiendas de lo que hacen. Lo que resulta preocupante es esa deshonestidad en nuestros grandes dirigentes a quienes forzoso es exigirles responsabilidades con un rigor especial.

Censura e intimidad

Amaina el debate el provocado por la decisión de una juez de prohibirle a unos cuantos periódicos la difusión de informaciones u opiniones sobre la vida íntima del yerno del Rey. No quería la jueza que se diera pábulo al secreto más privado ni siquiera en medio de una tormenta judicial en la que un ex-socio sin escrúpulos va desojando la pestilente margarita pétalo a pétalo para defenderse a base de destrozar la reputación, realmente vulnerable, del otro acusado. ¿Es eso censura? Pues claro que lo es, censura pura y dura, lo que no quita que tenga también su sentido pues nadie tiene derecho a poner en el candelero la intimidad de un rival que ni siquiera supo guardar su teléfono. Lo que no se entiende es cómo el juez instructor ha tragado con este goteo mediático de correos usurpados y menos que, siguiendo esa estrategia se lleguen a difundir aquellos que nada tienen que ver con el negocio enjuiciado. La intimidad es siempre y obligadamente un terreno vedado, y más la sentimental, por más que en España, en los últimos tiempos, del Rey abajo ninguno se libra ya del estigma que produce sin remedio la publicidad de sus interioridades, razón por la que es el propio medio –como fue este mismo diario—el que debe excluir esa bazofia lo mismo si afecta a Agamenón que si concierne a su porquero. Tiene un interés máximo descubrir hasta el fondo el montaje presuntamente delictivo que se investiga, pero nada justifica –porque nada aportaría a la indagatoria—si un imputado es fiel a su esposa o deja de serlo. La juez se equivoca, a mi juicio, porque supongo que un juez no tiene en su mano censurar a la prensa. Acierta, en cambio, al considerar injusta la invasión de la privacidad. Eso de que los personajes públicos no tienen vida privada es una monserga de los alcahuetes y de la prensa amarilla.

No entiendo, por poner un caso, el súbito y exacerbado interés de los españoles por la historia de la llamada princesa Corina fuera de lo que esa dama tiene de trajinante y estoy seguro, además, de que la inmensa mayoría de los curiosos le pediría a la juez idéntica providencia si el escándalo les afectara a ellos. Mal momento vive la estimativa pública, siempre tan gustosa de la caza mayor. Y mal paso para la democracia esa censura judicial que entiendo que no le compete. La corrupción nos está convirtiendo en un país de porteras, dicho sea, por supuesto, salvando a las porteras discretas, que seguro que las hay.

Contratos basura

Sabíamos que en el Servicio Andaluz de Salud (SAS) no son nuevos los contratos de facultativos por un día, lo cual es ya bastante escandaloso, pero ignorábamos hasta ahora que se pudiera contratar a médicos hospitalarios ¡por una hora! ¿El truco? Pues el truco está en que coticen sólo un día y pagarles sus largas jornadas como guardias realizadas que abarcan desde las 8 de la mañana del día del contrato a la misma hora del día siguiente. Los “recortes” de la Junta en Sanidad no sólo desprecian la dignidad del médico sino que cuestionan seriamente el servicio sanitario prestado.

Ensayos revolucionarios

Cuando escribo estas líneas aún no se ha perpetrado, si es que llega a perpetrarse, el acoso y derribo del Congreso de los Diputados, decidido por un grupo de indignadísimos que piden –por pedir que no quede—la simple disolución de la Cámara y la dimisión del Gobierno en pleno, es decir, hablando en plata, un cambio de régimen, ignoramos hacia dónde. Esto pasa en un país en el que el presidente del Tribunal Supremo, justifica esos acosos de moda que aquí se designan, a la manera lunfarda, como “escraches”, o sea como aquellas baraúndas conque las víctimas de la dictadura argentina acosaban a sus verdugos, porque dice tan encumbrado ropón que acosar en esos términos no es más que usar la libertad de manifestación. Bien, pues nada, adelante, hoy por mí, mañana por ti. El argumento de los acosadores consiste que ellos representan a un millón no sé cuántos mil españoles que los han apoyado, un colectivo sin duda respetable pero muy lejano de los más de nueve millones que respaldan al PP, por poner sólo el ejemplo de la mayoría absoluta. ¿Se dará cuenta la autoridad –de los incontinentes nada pregunto—que lo que se proponen los sitiadores del Congreso, aunque sea en teoría, es de lo más parecido al asalto de Tejero? Ahora dicen que van a “escrachar” también los domicilios de los jueces –tomen del frasco– lo que evidencia su convicción de que la simple ira legitima la acción revolucionaria, digámoslo de una vez con todas sus letras, dado que las revoluciones son de suyo vanguardistas, es decir, constituidas por minorías. Nos hemos deslizado desde la apatía a un radicalismo consentido que, por supuesto, no sabe lo que vale un peine cuando se ejerce contra un régimen con autoridad suficiente.

Estamos padeciendo varios déficit aparte de ése que no nos deja dormir: el de autoridad, el de respeto a las mayorías, el que, en definitiva, abre de par en par la puerta a la autocracia o cuando menos se la deja entreabierta. Con el agravante de que desde la cúpula judicial se jalea a los jacobinos y en el Gobierno legítimo tiembla el pulso cuando más falta hace su firmeza. Un juez dice que acosar a un alcalde en su casa entra en la Constitución, otro que asaltar una finca tampoco es para tanto. Ni se han percatado siquiera de que estos no son conflictos veniales sino un ensayo revolucionario de echar abajo la democracia al que no le falta más que la fuerza suficiente para conseguirlo.

“Devotio ibérica”

La consejera de Hacienda, seriamente amenazada por la lógica en el asunto de los ERE, ha callado en el Parlamento lo que dijo en Canal Sur –“la Nuestra/la Suya”–, a saber, que los consejeros de Empleo Fernández y Viera eran “sin duda” responsables del famoso saqueo. Aguayo se ha erigido en parapeto de Griñán, como siguiendo la antigua institución hispano-romana de la “devotio ibérica” que supeditaba la propia vida a la del jefe. Y encima le sale un marido denunciado por un alcalde por trincar a cambio de inexistentes asesorías y ya condenado por tráfico de influencias a instancias de otro concejo. Hay fidelidades tan extremadas que dejan de ser ejemplares.

Una vieja historia

Está resultando sorprendente la dureza del enfrentamiento civil registrado en Francia en torno a la nueva ley que ha autorizado los matrimonios gay. Grandes broncas callejeras, con enérgicas intervenciones de la policía, están dilucidando en la calle lo que en las Cámaras mantiene enfrentados también a los políticos, y eso es algo que, en todo caso ha de sorprender mucho a quienes suelen imaginar a aquel gran país, a estos efectos, como una Jauja abierta de par en par. Los argumentos resuenan igual que en tiempos de Ovidio –“entre todos los animales no hay ninguna hembra que sea arrebata por la pasión por otra hembra…” (Metamorf. IX, 733)—sólo que ahora se esgrime también el factor de la paternidad como un impedimento para esa uniones. Lo que no deja de ser curioso, en todo caso, porque en el primer tercio del XVII un protegido de Richelieu, Isaac de Benserade, obtuvo un éxito considerable en la corte con una pieza basada en el equívoco matrimonio de dos hembras, obvio “remake” del lugar citado de Ovidio en el que se refiere la extraordinaria aventura de Iphis y su amigo Iante solucionada “in extremis” por la diosa Isis “con su ingeniosa técnica”. También en “Orlando Furioso” resuena ese equívoco que, en realidad, ha sido una sugestión de todos los tiempos. Los adversarios de la nueva ley se proponen continuar su lucha pública como un desafío abierto contra una decisión política de la que no ha desaparecido el eco ovidiano: “Ni la vaca se siente inflamada por el amor de otra vaca, ni las yeguas por el de las yeguas; el carnero va a su ovejas, tras el ciervo va su hembra”. Esta especie de integrismo naturalista no tiene, como puede verse, edad.

Nada hacía prever que España tomara tanta ventaja en la competición postmoderna y menos que en Francia las resistencias pudieran ser tan enérgicas y perdurables como para que lo que en tiempos de Richelieu fuera celebrado hasta por el rey resulte hoy día tan irritante. En Roma pude contemplar una manifa de gays que gritaban desencajados aquello de “Zapatero, santo subito” y la verdad es que aquí los ecos ante esa trascendental reforma de la estructura social básica se han acallado en bien poco tiempo. Hollande ha batido todos los récords de impopularidad y la ley ha salido adelante pero aún ha de resonar con fuerza ese bramido de fondo que prueba la vieja sospecha de Camus de que Francia es un país básicamente conservador.