Sexo y moral

En una importante población de Sumatra, un alcalde pretende imponer a las mujeres un test de virginidad como requisito previo a su ingreso en la enseñanza media. Enseguida se han levantado voces airadas y el propio ministro de Cultura ha preguntado en público al alcalde qué piensa hacer con las adolescentes a las que el test cierre las puertas del estudio, al tiempo que mostraba su extrañeza ante una norma que impone a la hembra lo que no impone al macho, en un alarde de patriarcalismo realmente anacrónico. Con mayor dureza si cabe han respondido los ulemas locales, firmes sobre la letra coránica, que piden directamente que la obligación del test figure en la Constitución. Es el mito inmemorial de la virginidad, que se desliza con el tiempo desde el concepto del “alma virgen” al de la virginidad corporal, el de la Hestia griega y luego Vesta de Roma, mitos de complexión psíquica tan fuerte que osaban meter por medio a los propios dioses y hasta fuerzan la intervención de Zeus –tan poco incontinente él mismo—para garantizar ese estado perfecto de la hembra. En la India –una violación cada cuarto de hora, según dicen—la deshonra que supone esa “pérdida”, legitima al androceo familiar para castigar con extrema brutalidad a la deshonrada, lo que no deja de ser un progreso comparado con la ley romana que condenaba a la vestal infiel a ser enterrada viva. En el mitologema del patriarcado la virginidad es bien supremo… en la hembra. En este punto hemos variado poco de la Antigüedad hacia acá.

No es cierto, como se ha afirmado tantas veces, que el concepto de virginidad y su preceptiva consiguiente sean una herencia cristiana mantenida en Occidente, como lo prueba la coincidencia antropológica que incluye desde Lowie a Evans-Pritchard pasando por muchos otros, que sostuvieron la tesis elemental de que la mujer ha soportado en todo tiempo y latitud un estatus inferior al del varón. Nunca existió otra virginidad masculina que la consagrada por razones voluntarias de índole religiosa, mientras que siempre estuvo ahí presente la noción de la femenina simbolizada por lo que algún antropólogo del siglo pasado llamó la “sacralización del himen”, supremo instrumento ideológico al servicio de la noción patriarcal de la hembra que, en las sociedades primitivas, lograría la cosificación literal de la mujer y su conversión en mercancía. Lo de Sumatra no es nuevo ni viejo pero, desde luego, tampoco es una excepción.

Rozar el delito

Parece obvio que al acusar a la juez Alaya de “rozar la prevaricación”, Chaves roza el delito de calumnia. La juez hace lo más sensato al no echarle cuenta, claro, pues no sería raro que se trate de una provocación para provocar que, al replicar querellándose, perdiera el “caso”, que es con lo que sueña el ciento y la madre de los imputados o señalados hasta ahora por la instrucción. Se puede comprender el nerviosismo del “señalado” pero su comentario resulta de lo más indecente en boca de un mandatario que lo ha sido casi todo. La nueva Junta, manteniéndose a una distancia higiénica de estas mangancias, es, sin duda, mucho más razonable.

Justicia y “omertá”

Aún resuenan en el Congreso las voces de los diputado Cosidó y Gil Lázaro interpelando sesión tras sesión a Rubalcaba, entonces ministro de Interior, sobre el famoso “chivatazo”, o séase, el caso de ciertos policías que avisaron a ETA para que no cayera en la trampa legítima montada por los de antiterrorismo. El caso, además, está demostrado en lo fundamental, puesto que el juez tiene grabadas las conversaciones de los “chivatos”, por más que esa prueba aceptada no alcance al alto nivel político: hemos de suponer, pues, que unos policías decidieron por su cuenta y riesgo traicionarse a sí mismos sin que sus superiores se enteraran de nada y menos que ninguno, claro está, el ministro. Ya ven, un caso que nadie en sus cabales se tragará en su actual versión pero que quedará en relativa agua de borrajas ya que el silencio encubridor de los acusados funciona en régimen de pura “omertá”. ¿Vamos a extrañarnos del escepticismo creciente entre esos ciudadanos convencidos de que aquí nunca ocurre nada, de que los poderosos o, simplemente, a los avecindados en la collación del Poder, no alcanza jamás la mano dura de la Justicia? Pues probablemente no, lo cual supone un serio hándicap para el Estado de Derecho cuya existencia real exige la confianza y el apoyo de los ciudadanos, y no digo nada sobre lo que hechos semejantes han de suponer para la credibilidad del propio Congreso, en el que una mentira tiene el mismo peso que una verdad rotunda. Lo previsible es que este “caso Faisán” se salde con unas cuantas condenas por la parte baja del escalafón. Ver a toda una cúpula policial en la cárcel, incluyendo al ministro y al secretario de Estado, como ocurriera cuando el secuestro de Segundo Marey, no parece hoy ni siquiera posible. De todo se aprende, hay que comprenderlo.

Nadie espere justicia en este caso que constituye un escarnio para las víctimas y una vergüenza política sin precedentes, y no desde la hipótesis de que los que carguen con la culpa tendrán su “compensación” sino desde el simple sentido común que nos dice que la alta dirigencia nunca dejará huellas de sus presuntos delitos. La gente descree de la Justicia por eso mismo, porque ve negado lo que salta a la vista, porque ve cómo la tela de araña retiene a los menores pero se rompe indefectiblemente con los graves y mayores. Pocas veces llegaremos a saber quién es el “míster X” de los delitos de Estado. Quizá ninguna.

La gran manta

Los llamados “agentes sociales” se han convertido, en el clima de la “concertación”, en socios además de adversarios. Escuchen si no al presidente de la patronal andaluza decir sobre los probados mangazos de UGT que sí, que el hecho “daña la imagen” de la concertación dichosa, pero que no afecta a los acuerdos en sí. O sea, que da lo mismo interactuar con un agente probo que con uno mangante con tal de que la subvención siga llegando puntual. Unos no tienen perdón. Los otros tampoco.

Profecías cumplidas

Varios periódicos, entre ellos el NYT, andan comentando esta temporada los aciertos rotundos de las profecías lanzadas por Isaac Asimov hace medio siglo justo y cabal. La ciencia-ficción tiene esa capacidad asombrosa de imaginar con precisión lo que será realidad en el futuro, adelantándose a los tiempos como hiciera Verne y, antes que él, no pocos visionarios desde Luciano a Cirano de Bergerac, demostrando que el papel de la imaginación es esencial para el desarrollo tecnológico y, en definitiva, civilizatorio. A propósito de Asimov se recuerda su anuncio de la llegada de robots a Marte confirmada por el éxito del “Curiosity” y el reciente anuncio de que la colonización del planeta pudiera producirse hacia 2023; la proliferación de robots todavía lejanos de sus “cerebros positrónicos” pero cada día más eficientes; el desarrollo del transporte sin contacto con el suelo, realidad hace tiempo en los trenes de sustentación magnética y fantasía en el proyecto “Hyperloop”, que viajará ¡a 1000 kms/hora!; la revolución en las comunicaciones visuales y auditivas, hoy convertida en auténtico signo de los tiempos; el aumento descontrolado de la población mundial; la comunicación sin hilo, es decir, la liberación de la electricidad respecto de sus contactos; y en fin, la aparición de los vehículos autónomos, los “cerebros mecanizados”, como ese coche sin piloto que anuncia ya la Nissan para 2020. Una tras otra, las profecías del autor de “Yo robot” se han ido haciendo realidad transformando la convivencia en términos que quizá ni él mismo hubiera imaginado. El tiempo se ha desbocado en estos cincuenta años y va atropellándose a sí mismo no sabemos hacia dónde pero, sin duda, hacia latitudes que ponen en cuestión nuestra elemental antropología y, más allá de ella, nuestra concepción global de la realidad. Se ha dicho que un historiador es un profeta que mira hacia atrás. Uno está por creer que un novelista de este ramo ve las cosas con mucha mayor claridad.

La interacción entre los avances tecnológicos y la evolución moral ha sido visible en todo momento histórico pero en ninguno se ha visto confirmada esa dependencia como en éste en que vivimos, dentro del cual la “cultura material” parece pujar con las moralidades en una desbandada hacia adelante que no es posible siquiera entrever dónde acabará dando con nuestros huesos. La postmodernidad nos desborda cada día como un pez que nadara por delante de su cabeza.

La gran tumba

¿Cuántos desdichados se tragó ya le gran tumba de agua que es el Estrecho? Llevan años ahogándose los que nos llegan de África huyendo de la miseria y en busca de una vida mejor, unos migrantes a los que se les niega el pan y la sal y con los que trafican no sólo las mafias que los embarcan tramposamente sino los propios Estados que consienten ese tráfico. Este verano han estado llegando por decenas, por centenares, en balsas de juguete, hombres, mujeres y niños juntos, para acabar en manos de otras policías o en el fondo del mar. No hay en este momento un escándalo humano como ése cuya responsabilidad la UE nos ha dejado a nosotros en exclusiva.