Ley y anomía

En la antología de disparates que venimos oyendo desde que entre nosotros alboreó el populismo, pocos habrá tan graves como el compromiso de la alcaldable de Barcelona, Ada Colau –una agitadora de barrio en fin de cuentas—, de que pensaba hacer desde la alcaldía lo que creyera oportuno, ajustada a la ley o, llegado el caso, por encima de la ley. Desde luego no constituye propiamente una novedad el reto al Estado de Derecho lanzado por esa lideresa en un país en el que estamos viendo un día sí y otro también cómo no se ejecutan las sentencias de los más altos Tribunales y cómo se saltan la ley a pídola los mismos encargados de hacerla respetar, pero también es cierto que pocas veces habremos oído semejante provocación expresada con tanto desparpajo. El populismo, ya se sabe, incluye esa licencia que tan bien expresaba la respuesta que dio el edecán a Perón una vez que cuentan que éste le preguntó qué hora era: “La que vos querés, mi general”. Aunque claro que la cuestión sería otra muy distinta si alguien se opusiera a los caprichos de Perón o de Colau, tan conocida es la estricta diligencia con que los líderes populistas suelen imponer sus derechos y aún sus torcidos, pero, en resumen, lo que resulta inasumible es que quien aspira a gobernar un Ayuntamiento tan precipuo como el barcelonés arranque su mandato declarando a los cuatro vientos que la ley para ella es algo supeditado a su voluntad.

Por lo que estamos viendo alrededor, los jueces parecen haberse plantado en mayor o menor grado frente a la delincuencia de altura y eso es ya un alivio para quienes en aquel Estado de Derecho hemos creído siempre. Menudean ya los presos relevantes –infantas, delegados del Gobierno, presidentes regionales, alcaldes y demás—aunque todavía quede a los ropones un largo trecho que recorrer hasta poner en paz y en orden esta majada y esté pendiente el logro de independizar realmente a los poderes del Estado. ¿Quién se ha creído que es la señora Colau para amenazar con saltarse la ley cuando se tercie, y cómo es posible que ese reto ingenuo no haya recibido una réplica terminante para que esta Jauja no se convierta por completo en una garduña? Es posible que este berenjenal político, en el que los “clásicos” se mezclan indiscernibles con los “antisistema”, resulte al cabo efímero y tengamos que volver a empezar, porque lo que no es posible es mantener una convivencia anómica, en suma sometida a la voluntad mesiánica de un oportunista con fortuna.

¡Menos lobos!

Desde luego, el amigo Albert Rivera y su virrey sanluqueño no tenían por qué haberse pasado ochenta días jurando por sus mengues que sólo apoyarían la investidura de doña Susana después de que ésta defenestrara a Chaves y a Griñán. Pero lo han hecho, y eso los deja un poco con lo otro al aire ya que evidencia unas prisas por acercarse al Poder mucho más fuerte que su vocación regeneracionista. Y bien, ¿ahora qué? ¿Confiar en que doña Susana cumpla lo pactado en lo que, por cierto, no faltan más que los dos huevos duros? ¿O recurrir al lamento del error y alegar la buena fe? Díaz no tiene para empezar con Marín ni con Rivera, pero lo que no tiene explicación es que C’s haya votado antes en contra de su investidura para acabar entregando la cuchara.

La manga estrecha

Truenos y centellas se han visto en el cielo francés con motivo del viaje de idea vuelta a Berlín de su primer ministro, Manuel Valls, confesado hincha del Barça, que no ha querido perderse esta gran ocasión de la final de la Champions. Han restallado las condenas morales y éticas, que ven en el uso de un avión oficial –¿se acuerdan del “Mystère” con que Guerra se hizo ir a recoger a Portugal para evitar la cola de la frontera?—un intolerable gasto endosado al contribuyente en una época de crisis en la que más de seis millones y medio de franceses andan en busca de empleo, y se le afea su conducta con dictados tan duros como los de quienes ven en el caso “una forma de indecencia” o “una falta política y moral” hasta quien le recuerda que el dinero público, contra lo que pueda creer la ex-ministra Carmen Calvo, resulta “precioso”. “Bah, –ha respondido Valls a los periodistas–, soy el primer ministro, así que no traten de crear falsos debates”. Siempre hay quien empeora los casos: ZP, sin ir más lejos, viajó en un Falcon a un mitin de su partido en Dos Hermanas y, en otra ocasión a Londres para acompañar a sus góticas hijas a cierto curso. El Poder, lo que se dice el Poder, no te llega con un coche oficial sino cuando sabes que tienes esperándote un avión militar con los motores en marcha y gratis total para ir a donde se te antoje. Guerra no hizo nada del otro mundo reclamando un reactor público, aunque fuera pionero en aquella ocasión, como puede verse, y aunque siguiera luego utilizando el procedimiento para satisfacer su sentimentalidad los fines de semana.

Justo es reconocer que si Valls se permite ese dudoso capricho no lo hace a humo de pajas, como lo prueba que un setenta por ciento, nada menos, de los franceses lo prefieren hoy a François Hollande como eventual Presidente de la República, y eso qué duda cabe que cuenta mucho a la hora de reclamarle a un hombre público un discreto abuso del poder. Presidente de la I República hubo que, según una lápida visible hoy en una afamada cervecería madrileña, consumió su mandato enviando diariamente a un propio en busca de un filete con patatas, una cerveza y un café, mientras él alargaba su jornada de trabajo sin moverse de su despacho. Pero aquellos eran otros tiempos. Hoy los políticos hablan masivamente de “corruptela” para referirse a la corrupción, que es su hermana mayor, porque la escala ha cambiado. No es cosa de pedirle peras éticas a este frondoso olmo político.

Tardío pero cierto

Duras, acaso temerarias, las palabras del coordinador de IU, Cayo Lara, sobre la corrupción de la Junta de Andalucía que, según parece, él y los suyos no vieron mientras les duró la visagra del coche oficial. Llega a decir que Susana Díaz “no quería sacra de debajo de las alfombras determinada suciedad”, algo que parece tan obvio como que IU-CA, mientras fue socia de Gobierno, se constituyó en el escudo imprescindible de la Presidenta al impedir que la corrupción se investigara en el Parlamento. “Ese roneo, en Despeñaperros”, como le decía al viejo tren el padre de Manolo Caracol. Dicho ahora desde el rencor del desahuciado, la verdad es que ese concepto no vale un pito.

El casco de Hades

La ilusión de lograr la invisibilidad para el propio cuerpo no es nueva ni mucho menos. En la mitología griega se cuenta que Hades poseía un casco mágico que lo volvía invisible y con él encasquetado logró colarse en el campamento de los Titanes y destrozar sus armas y pertrechos. Es el mismo casco que Zeus le ofrecería luego a Perseo para protegerlo del ojo único de las Gorgonas y no faltan versionas literarias posteriores del mitema clásico. Con los avances del progreso científico, el mito aparece terciado de propuesta científica y así el gran Wells pudo escribir la odisea de “El hombre invisible” en la que ya no se invocan poderes sobrehumanos sino razones científicas, o mejor, paracientíficas, como la idea de que si un sujeto logra que su cuerpo no refleje la luz sino que la absorba por completo se verá por completo libre de la curiosidad ajena. Es la idea del camuflaje llevada al extremo, como comprenderán el sueño de todo guerrero y de tantas gentes de aventura, que hasta ahora no ha pasado de lograr –al contrario que en muchos animales– una discreta homogeneidad cromática con el paisaje utilizando una indumentaria adecuadamente coloreada. Leo, sin embargo, en el semanario New Scientist que el ejército americano se ha propuesto conseguir en plazo perentorio –parece ser que no mayor de dieciocho meses– la invisibilidad absoluta de sus marines, objetivo para el cual ha convocado ya el correspondientes concurso entre las empresas, no sin prevenir el fallo relativo que sería no lograr la ocultación perfecta pero sí convertir a los guerreros en auténticas “sombras coloreadas”, obviamente decisivas en un campo de batalla.

No hay dinero para costear la sanidad pública o garantizar la igualdad de oportunidades pero sobra, en cambio, a la hora de perseguir avances tecnológicos aparentemente más próximos a la ciencia-ficción o a la imaginación libre del mitólogo que a la realidad. Ya hay aviones indetectables –vale decir invisibles—y ahora, al parecer, puede que, en poco tiempo, también la infantería logre escaquearse del todo frente a un enemigo desconcertado. ¿Y quién dice que esa invisibilidad no acabe valiendo también para cualquiera hasta poner en almoneda toda intimidad y reducir a un mínimo inimaginable la hasta ahora indispensable seguridad de las personas? No existe haz tecnológico, al parecer, que no tenga su envés inquietante o incluso detestable. La límpida ilusión de la mitología dista un abismo de estos temerarios inventos.

A ver quién lo entiende

¿Se acuerdan de la famosa subvención de casi nueve millones que la Junta de Chaves –tras retorcer la ley y adecuarla para el caso– concedió a la empresa Matsa a la que apoderaba su propia hija, y que la Junta defendió siempre como legal a capa y espada? Bueno, pues ahora resulta que la Junta reclama a los beneficiarios la devolución del pastón y aquellos se resisten a devolverlo, fíjense qué lío tan incomprensible. ¿Por qué este cambio de criterio, a qué se debe que lo que era por completo ajustado a la ley resulta ahora que no debía de serlo tanto, a pesar de que, en su día, hasta el Tribunal Supremo se puso de parte de Chaves? Si hay quien entienda este apaño, que venga Dios y lo vea.