Devotio ibérica

En la vieja Iberia, anterior y contemporánea de los romanos, regía una severa institución llamada la “devotio ibérica”. Era una fórmula protofeudal basada en el compromiso de los partidarios del Jefe de entregarse a él de por vida –a cambio de su protección—y sacrificarse en última instancia cuando el Jefe era derrotado. Me he acordado de esa antigüedad considerando el caso de Carmen Martínez Aguayo, la “segunda” de Griñán, que se mantiene en sus trece de que el consejero fue del todo inocente ya que ella nunca le comunicó los avisos de ilegalidad enviados por el Interventor. Los iberos apoyaban su espada en un roble y se dejaban caer sobre ella a pecho descubierto. Aguado ha simplificado ese trámite limitándose a ofrecer el propio pecho a una Justicia a la que “no le cabe en la cabeza” la inocencia de Griñán.

Un minuto solidario

Nunca estuve en Nepal pero es como si hubiera estado en la medida en que suelo imaginarlo en los trazos, espléndidos e hilarantes, con que Henri Michaux lo retrató en “Un bárbaro en Asia”. Según Michaux, pasar del caos indio a la serenidad de Nepal resultaba ser como un bálsamo para el alma viajera que debía tener la sensación de haber encontrado un paraíso olvidado pero intacto, ordenado, amable, silencioso y amigo. Todo lo contrario, pues, del país que estos días estamos viendo en la tele, una lacerante ruina, una sombra apenas de lo que debió de ser, razón por lo que los buenos corazones del opulento Occidente han decidido –con cuentagotas y retrasos, eso sí—enviarle alguna ayuda como viático excepcional. Son las mismas imágenes que siempre vimos –incluso cuando Tachito Somoza vendió del tirón los aviones de ayuda que recibía–, los mismos soldados acarreando sacos, las bullas de desesperados, y todo a la sombra de uno de los Gobiernos más corruptos del planeta según los organismos internacionales. ¿No está el mundo globalizado para vender en la zona rica los productos que fabrican en la pobre los nuevos esclavos? También, en consecuencia, tiene su lógica que lo esté a efectos solidarios cuando una de estas catástrofes devasta alguna zona, aunque sólo sea por unos minutos porque a nadie se le oculta que, tras diez telediarios, la noticia de Nepal se habrá quemado y ya no interesará ni a los espectadores. La caridad, como casi toda experiencia fruitiva, es efímera, “…cuán presto se va el placer…”, etcétera.

Hay en este siglo grupos heroicos que constituyen un voluntariado naturalmente sin medios para afrontar catástrofes sean estas estructurales o de coyuntura, médicos abnegados, misioneros del cuerpo y del espíritu y hasta soldados de la paz, pero lo que sigue sin existir es un sentimiento de solidaridad firme que no se conforme con desembarcar en Haití, pongo por caso, para irlo abandonando luego, al cabo a lo peor de años, tan catastrófico como lo encontraron. Está de moda eso que llaman solidaridad pero bien entendido que no pasa de tal y que, una vez perdida la novedad, deja de funcionar sin remedio. Releo las páginas de Michaux como si me agarrara mentalmente a un salvavidas y veo una vez más las colas de desgraciados sin pan que llevarse a la boca ni techo bajo el que cobijarse. Estos cataclismos no son más que episodios para la opinión, como ésta no es ya más que el efecto mediático del telediario.

¡Conque casos aislados!

Ha repetido sus argumentos el Interventor de los ERE ante el Tribunal Supremo y ha dicho Santiago González, ese guasón, que tanto Chaves como Griñán si no son culpables es que son incompetentes. Por su parte, el jefe de la Policía, Ignacio Cosidó, nos cuenta en Sevilla que hay en este momento nada menos que 13.000 detenidos por delitos económicos, 1.700 cuentas bancarias bloqueadas por el Gobierno y 28 millones en efectivo incautados en sólo dos años. ¡Conque casos aislados, eh! Por cierto que, puestos a destacar tampoco en este ranking negro nos abstenemos, ya que de las seis provincias más encrespadas, tres –Málaga, Cádiz y Sevilla—han sido el mayor quebradero de cabeza para para la UDEF. La corrupción es un negocio en alza, quiéranlo o no los políticos optimistas.

El complot inventado

Recibo la larga respuesta –los hechos no permitían brevedad—en que el teniente general José Mena rebate el relato que de aquel complot inventado que cuenta Bono en sus nuevas memorias. El General está triste aunque firme, indignado sin exceder la disciplina, dolido por ver su limpia hoja de servicios rematada con un arresto, y en un tono pausado pero contundente va desmontando una por una las referencias de Bono, todas ellas protagonísticas, hasta concluir que aquel discurso sevillano de la Pascua Militar de 2006 –en el que el mando declaraba con serena determinación su inquietud y la de sus subordinados ante el (entonces) inminente Estatuto de Cataluña con que ZP pagó al PSC su decisiva contribución a su elevación a la Presidencia– fue un complot. Se cruzan las acusaciones de mendacidad entre ambos, pero uno acaba aceptando las del General frente a las del Ministro, y viendo en toda aquella tramoya un complot inventado por éste para atribuirse luego el mérito de su solución ante un Presidente “muy asustado” y unos jefes militares visiblemente inclinados ante el Poder, porque lo que dijo Mena en la Capitanía de Sevilla era algo que compartía media España y parte de la otra media sin sacar ni la punta del pie del círculo constitucional. Por lo visto ZP, “muy asustado” insisto, quería de entrada destituir a varios espadones pero Bono –loco por cargarse él solito a uno de ellos—lo convenció de que él se bastaba y sobraba para resolver la “crisis”. ¿Qué crisis? Pues probablemente ninguna, fuera del complot inventado a mayor gloria del ministro.
El general Mena está triste y se defiende con detalle de las acusaciones, mientras Bono expone su hazaña con desparpajo. Pero hay algo que me sorprende en el relato impugnado y es que ni una sola vez los políticos apelen al Rey, que es el jefe del Ejército. Es la fantasía conspirativa de cierto sector ideológico –destituir a un espadón–, la ilusión que inspiró aquel “¡Capitán, mande firmes!” proclamado ante las cámaras por su sucesora. En la prosa de Bono late todavía la sinrazón romántica de los cuartelazos. En la del general, el disciplinado susurro de un militar consciente de su papel y de su suerte, que no ha solicitado que no se borre de su hoja de servicios un arresto que él sabe mejor que nadie que carecía de causa. Hay quien aún no se ha percatado de que este Ejército no es el de la Dictadura y hay gente, como Bono, que sí. Si no, ¿de qué…?

La mala memoria

Ha dicho la Presidenta en funciones –no se sabe por cuánto tiempo—una frase memorable a fuer de increíble : “Voy a ser Presidenta porque lo quieren las urnas (¿) y eso no te lo quita nadie, eso te da fuerzas”. Bueno, pero vamos a ver, ¿por qué, entonces, no apoyó ella en las elecciones anteriores la presidencia de Javier Arenas que es a quien habían querido las urnas, por cierto, no poco más que a ella? Ambos Díaz y Arenas, perdieron las elecciones que ganaron, por más que a ella IU –como en su día el PA a Chaves—se lo haya hecho olvidar. Veremos si Podemos o Ciudadanos se juegan el bigote repitiendo aquella jugada que puede salvar al “régimen” pero que a ellos los dejaría tiritando y sin el disfraz.

El Real peinado

A pesar de la evidente crisis que atraviesa la institución de la monarquía española, un viejo republicano racional como el que suscribe tiene la impresión de que el adjetivo “republicano” va quedando reducido en España a la medida de lo que en Francia significa y suscita el de “monárquico”. Conozco la fe de algunos de nuestros repúblicos –uno de ellos me envió un día una bandera tricolor que conservo como esa joya preciada que, ay, nunca vas a lucir—pero también, con la edad, va uno sabiendo ya lo suficiente de este pueblo y de su psicología como para entrever en ellos la imagen de ese veleidoso monarquismo que los sondeos confirman una y otra vez. Ahí tienen el revuelo que ha provocado el corte de pelo de la reina Letizia, ésa Cenicienta escueta, elegante y casi caquéctica, cuyos críticos más implacables son propios los monarquistas jartibles –esos para los que el Rey fetén era don Juan y ahora lo es don Juan Carlos– que acaso no le perdonan su fibra morganática, y la legión femenina que tampoco le acepta, como a la del cuento, su destino prodigioso. Hasta la veo comparada en efigie con sus colegas europeas, acompañadas las imágenes con el comentario de que ni doña Sofía ni la reina Isabel han consentido a su peluquero mover un cabello de su foto nupcial y de que lo mismo Kate Middelton que Mary de Dinamarca o Matilde de Bélgica conservan intacta su cabellera originaria. Ya ven, a eso le llamo yo “interés”, porque lo suyo sería, si el republicanismo la alcanzara a ella, si no el desdén, al menos el silencio. “Baja corriendo las escaleras peinándote el cabello./ Eres la chica más bonita que he visto en mi vida”, cantaba Bob Dylan cuando yo era mozo.

Mi padre, que vio a la reina doña Victoria cuando él hacía la mili, siempre estuvo secretamente enamoriscado de ella con todo y ser un monógamo implacable, y si algo no le perdonaba a Alfonso XIII –a quien él llamaba “el Señor”—era justamente el no haber sabido valorar lo que tenía en casa, tal como a don Felipe no le acaban de perdonar el haber elevado por encima de las convenciones las intraducibles razones del corazón. Se corta doña Letizia el pelo y ya tenemos ahí el vendavalillo de afectos y desafectos que no son otra cosa que la prueba de su popularidad. Por cierto, nadie dice ni pío cuando el Rey se deja o se afeita la barba, en cambio, ¿cómo se explicaría eso? No me determino a decir que porque en este país las mujeres son tan machistas, por lo menos, como los hombres.