Iconoclastias

Ayer martes se presentó en El Prado, tras exponerse en Florencia y Venecia, el “San Giovannino” de Miguel Ángel –única escultura del maestro fuera de Italia junto a la Virgen de Brujas–, singularísimo éxito de los restauradores del florentino Opificio delle Pietre Dure que han dedicado a esta labor nada menos que 19 años. El día de Santa Ana de 1936 unos insensatos asaltaron una impar iglesia ubetense y entre otras proezas destruyeron a martillazos esa obra insigne que don Francisco de los Cobos, secretario de S.M., había recibido como presente de Cósimo de Médicis e instalado en su castillo de Sabiote, hasta que su viuda, ya al filo del último tercio del XVI, lo depositó definitivamente en la misma iglesia de San Salvador de Úbeda, diseñada por Diego de Siloé y rematada por Vandelvira. Los empeños tienen su nombre y al de éste corresponde el de Ignacio de Medina, duque de Segorbe, tenaz conservador de los bienes de los Medinaceli y excepcional conocedor del Renacimiento italiano. La iconoclastia es tan antigua como la Humanidad aunque haya que matizar que escenas bárbaras como las que vemos estos días en Siria se diferencian de las aquí perpetradas en que las de hogaño responden a un propósito anticivilizatorio expreso mientras que aquellas no eran más que una desdichada explosión de ignorancia. La cabeza del “San Juanito” estuvo un tiempo como pisapapeles en la mesa de un reputado historiador del arte. Segorbe ha logrado recolocarla en su lugar exacto como quien recompone el puzzle desordenado de la dignidad nacional.

¡Gran contribución a la “memoria histórica”! Sobre ese “San Juanito”, que pronto volverá a Andalucía, campean las inevitables cicatrices como metáforas de un pasado feroz, pero también como argumentos de esa afición restauradora que sostiene la cultura tantas veces escarnecida por la brutalidad. Cuentan que Pierre Loti lloró al contemplar la destrucción de los relieves perpetrada por los iconoclastas en la iglesia de San Salvador in Cora pero que se consoló contemplando los frescos bizantinos heredados de los Paleólogos y salvados por manos piadosas. Menos contemplativo, Segorbe ha rescatado una obra singular, aunando con constancia los profanados fragmentos a que la furia insensata redujo esa maravilla que desde ayer se ofrece en El Prado y que pronto recuperará Andalucía como un emblema sublime de la inutilidad del odio ciego y del mérito de la voluntad.

Ellos y nosotros

El portavoz parlamentario del PSOE, experto aunque autodidacta, ha exigido a “todo el mundo, una interpretación correcta de las elecciones en las que ha habido un vencedor claro, el PSOE y Susana Díaz, algo que nadie discute”. Ya. Pero, entonces, cuando en las anteriores fueron el PP y Javier Arenas quiénes ganaron con idéntica claridad los comicios, ¿por qué no se exigió con la misma vehemencia el apoyo que ahora se reclama? El propio Defensor del Pueblo se ha sumado a la campaña reclamando celeridad a la hora de constituir el Parlamento e investir a la Presidenta en funciones. Siempre ellos y nosotros, esta acera y la de enfrente, y el embudo colocado del revés aunque se cuele Podemos.

¿Vuelve Maurras?

Uno de cada cuatro votos franceses fue a engordar, en la primera vuelta, al neofascismo lepenista. Es acaso la fibra reaccionaria y xenófoba además de promussoliniana que en su día defendió la “Action Francaise” de Charles Maurras, aunque hoy se apoye en el sentimiento de inseguridad de la población frente al auge de las minorías inmigrantes, esos “metecos” que amenazan con quedarse con la herencia patria. Pero como en Francia hay “segunda vuelta” electoral, el triunfo de los conservatas moderados de Sarkozy garantiza que será la derecha centrista la que se haga cargo del país hoy atrapado por una conjunción de crisis simultáneas. ¿Se dan cuenta de lo que, en todo caso, supone esa progresión de la extrema derecha antieuropea en el marco de una unión continental que, al menos de momento, funciona como un vasto reservorio de la democracia, mientras la izquierda se disgrega más y más en bandos fratricidas? Cierto que ese extremismo no cuenta hoy, como en tiempos de Maurras, con una gavilla de intelectuales más o menos “orgánicos”, pero también lo es que la explosión que supone el reajuste demográfico ceba esa bomba con una trilita implacable, que le pone fácil el discurso al radicalismo de derechas, lo que explica los conservadores más centrados hayan recuperado una ve más el voto útil arrancándoselo a una fuerza como ese Front National que es ya la segunda en un horizonte político de lo más inquietante.

No es dudoso que la circunstancia creada por el terrorismo islamista refuerza esta tendencia básicamente antidemocrática. El elemento más dramático, a mi parecer, no es ése, sino el desplome de una izquierda de momento irrecuperable. Francia ha sido siempre un referente democrático –incluso, bien mirado, hasta con De Gaulle—pero no ha perdido nunca esa fibra maurrasiana trenzada por el sentimiento nacionalista y el reflejo de orden que se remontan –ambos—a la propia etapa revolucionaria. El problema es que estos son otros tiempos, en los que queramos o no hemos de aferrarnos al proyecto europeo, por más que ello suponga una renuncia cierta a lo que podríamos llamar la “soberanía excedente”, esa parte del Poder que, en un planeta globalizado sin remedio, puede y debe delegarse en la unión continental para fortalecerla. Y por lo visto, uno de cada cuatro franceses no está por la labor o no lo estaba, al menos, en la “primera vuelta”. Lo que no estaría de más que tomáramos nota aquí, donde también tuvimos siempre nuestros Maurras.

Autonomía en funciones

Sería muy raro que la Presidenta en funciones logre convencer a alguna de las fuerzas salidas del 22-M para que apoyen su investidura. No siempre le va a salir gratis al PSOE andaluz la permanencia del “régimen”. Es más, no me extrañaría que esa interinidad durara, al menos, hasta después de las municipales, y eso como poco. Lo que supone que la Andalucía que navega a la deriva, más o menos, desde que descabalgaron a Chaves, al pairo siga un largo trecho sin más que una apariencia de autonomía. Que es lo que le faltaba a una taifa que, se mitre por donde se mire, luce el farolillo rojo de este inseguro tren desde hace más de treinta años.

A quemarropa

En la Cámara de Representantes del estado de Utah ha prosperado una propuesta republicana autorizando la ejecución del reo por fusilamiento a quemarropa cuando no se disponga de sustancias letales expeditivas, ahora negadas por ciertos laboratorios más que nada por una cuestión estética, la provocada por el inaudito espectáculo deparado por una de las últimas ejecuciones. Hay en la farmaindustria, pues, quien se niega a participar en el suplicio, y enseguida los padres de la patria han decidido que, dado el caso, ahí está el acreditado procedimiento del pelotón de fusileros apostado a treinta centímetros del reo que, bien sujeto en una silla reforzada y vendados los ojos, favorecerá el tino de los tiradores portando sobre los órganos vitales una señal roja a modo de blanco. Aquí les hablaba hace bien poco de la resolución de Oklahoma de recurrir de nuevo a la cámara de gas sólo que cebándola exclusivamente de nitrógeno puro y de la opción por la silla eléctrica que algunos Estados consideran todavía un instrumento letal más efectivo y “limpio”, y no se puede decir que no tengan materia sobrada para hacer semejantes planteamientos pues desde 1976, año en que se devolvió la vía libre al asesinato legal, los ejecutados en Estados Unidos a punto están de alcanzar los dos mil. No se puede liquidar a un reo así como así, existiendo, como existe, tan ancho margen de opciones letales.

¿Qué es, en realidad, más cínico y retorcido, inyectar veneno a un hombre, asfixiarlo en una cámara de gas, freírlo en una silla eléctrica o acribillarlos a treinta centímetros por un pelotón de fusileros? Pues, miren, en confianza, entiendo que los bárbaros que recurren al pelotón al menos no disimulan ni tratan de edulcorar su bestialismo utilizando esos métodos pretendidamente “más humanos”: se mata a un hombre, se destroza su cuerpo a balazos, se recoge la sangre y santas pascuas. Al menos la canalla que se apunta como espectador en el anfiteatro para contemplar el castigo del penado no podrá excusarse formalmente aduciendo las “ventajas” de un método que, en el fondo, no es distinto de los demás, en punto a crueldad, pero que trata de sugerir una inconcebible sensibilidad “humanista” que no pasa de ser una coquetería del salvaje. Sólo un primitivismo revanchista puede respaldar, a estas alturas, la pena de muerte, en una sociedad que tiene medios sobrados para garantizar su seguridad aislando de por vida al criminal.

Un oficio difícil

Estoy sobre ascuas a la espera de echarle el ojo a la novela que acaba de anunciar Umberto Eco, “Domani”, cuyo argumento he visto resumido como la crónica de la vida de un periódico diario dedicado a desinformar a sus lectores. Provoca mi ansiedad un cierta sensación de “déjà vu” derivada de mi convencimiento de que los medios de comunicación tienden a desinformar con extraordinaria frecuencia. ¿Un periódico que cuenta la feria al revés de cómo ésta fue en realidad? ¡Pues vaya descubrimiento! Por no salir de España, consideren sólo el hecho de que la fidelización del lector a un medio suele fundarse en el convencimiento fanático de que sólo ese medio dice la verdad mientras que el que predica lo contrario está mintiendo como un bellaco. De la misma manera que infinidad españoles votan “contra” el adversario tanto o más que a favor del elegido en conciencia, aquí se atiende a los medios más pendientes del previsible contraargumento que de la verdad pura y simple. ¿Qué puede hacer el lector medio en conciencia si un acreditado medio pinta una noticia de blanco mientras otro –a su vera en el kiosko– declara con grandes titulares la contraria? Eco dirá lo que quiera, pero “desinformar” es una variante técnica y moral de la información, entre otras cosas, por la sencilla razón de que la Verdad suele ser relativa, pero “a más a más”, como dicen los catalanes, porque los medios son raramente independientes por completo ya que, en la práctica, deben doblegarse, no sólo al capricho de quien los dirige y a las filias y fobias de quienes los materializan, a los intereses de sus propietarios.
Lean “L’Humanité y luego “L’Express”, pongo por caso, o asómense a “la Reppublica” antes de leer el “Diario della Sera”, verán como un mismo hecho –la misma noticia—suele ofrecer perfiles diferentes cuando no por completo contradictorios. Aunque “desinformar” no constituye necesariamente un acto positivo, pues con enorme frecuencia no consiste más que en el silencio, que resulta más desinformador que el clamor, lo que despista definitivamente al lector a poco que éste mantenga una micra de criterio independiente. La independencia puede existir, por supuesto, pero resulta por sistema prohibitiva y el negocio está en ello. Quién sabe si más intrigante e iluminadora que “Domani” sería una novela que nos contase, en lugar de las peripecias de los defraudadores, la vida y milagros de un “medio” comprometido a sangre y fuego con la Verdad.