Pobreza y poder

Tal como en sus días Matilde Fernández anuló la subvención a Cáritas por calcular los pobres que había en España y tal como Montoro cuestionó el mismo informe refugiado en la jerga economicista, cuentan las crónicas que la nueva alcaldesa de Madrid, la magistrada Manuela Carmena, bastante abrumada ya por la procacidad tuitera de los concejales que la mantienen, ha ordenado expulsar a los pobres de la Plaza Mayor madrileña así como de otros lugares del Foro que, según ella –y en esto le alabamos el gusto– deben aparecer siempre limpios. ¿Se imagina lo que hubieran dicho los Podemos y sus franquicias si una concejal del PP se describe a sí misma como “boyera, camionera, desviada y feminazi” o hubiera bromeado sobre el genocidio que supuso la Shoa y las manquedades de las víctimas del terror? Pues ¿y si Esperanza Aguirre hubiera mandado limpiar de pobres el escaparate de Madrid, se imaginan el cacao maravillao que se hubiera producido? Más de una vez hemos traído aquí la cuestión de los “verdaderos pobres” que arrastra desde nuestro siglo XVII como atestiguan, entre otros, Juan de Robles o el doctor Pérez de Herrera, a los cuales, para distinguirlos de los “falsos”, se recurrió a forzarlos a portar unas tablillas de bronce formalizadas por los concejos, lo que no deja de ser una bendición comparando con lo que hacía Idi Amín Dadá en vísperas de alguna efemérides: arrojarlos a los cocodrilos. ¡Pero Manuela Carmena, por Dios santo, esa abuela apacible y radical de toda la vida que, encima, es alcaldesa aupada sobre sobre lo que Madrid dio en llamarse los “perroflautas” de Podemos! ¿Es posible que desde el radicalismo más intratable se excluya a los pobres de solemnidad del escenario común más por razones de prestigio que de higiene?

¡Ay, ese Poder que decía Quevedo que “convierte y muda” a todo el que lo ejerce! No sabemos, desde luego, qué tiene pensado Carmena para solucionar el problema de unos ciudadanos que no se arregla sólo escondiéndolos para que nos los vea el turista ni el elector, pero, insisto, ¿qué hubieran clamado ella misma y sus panteras negras si llega a ser una alcaldesa conservata la que decreta la redada de los miserables? No será ésta la última contradicción con que va a encontrarse la nueva alcaldesa, pero sí que no deja de ser un gesto de lo más elocuente para el observador imparcial. Miro a USA y veo a Madrid en la frase de Chamfort: los pobres son los negros de Europa. Quizá aún no, pero todo se andará.

La hoz y el Martini

Es el chiste malo con que un viejo amigo trataba de mortificarme en los tiempos del cólera cuando me veía comer o vestir bien: el “comunismo de la hoz y el Martini”. Un caso por completo legal: al ex-coordinador de IU Diego Valderas le ha quedado un retiro como ex–presidente de la Junta –al margen de su pensión máxima—de 100.000 euros, es decir, de dos años trincando más de 4.000 euros al mes. Son premios que se dan a sí mismos los políticos –todos, sin excepción—incluso en un momento socioeconómico tan crítico como el que estamos viviendo y cuando desde el Banco de España se avisa a nuestros hijos y nietos de que deben ahorrar porque, cuando les llegue la hora, no habrá ya pasta para sus jubilaciones. ¡Enhorabuena, camarada! Lo suyo, efectivamente, no es igualar por abajo sino por arriba.

Crisis y clases

Intrigado por el Informe Anual de la Riqueza en el Mundo que publican Capgemini y RBC Wealth Management escucho atento a mi gurú económico al que encuentro relajado en un pub de la Costa de la Luz. “¿Cómo es posible, Emi, que el número de millonarios (nota para el lector: de poseedores de un millón de dólares, o sea, de 890.000 euros) se haya visto incrementado en España durante el año pasado en 178.000, el diez por ciento más que en 2013 y el 40 por ciento más que cuando estalló la crisis, allá por 2008?”. Emi, que es un marxista de estricta observancia pero que nada divinamente en el piélago capitalista, me contesta sin darle mayor importancia: “Hombre, tío, no seas merluzo, pues porque mientras la masa salarial ha caído en picado, a la renta del capital no la menea ni Dios”. Y como nota que mi perplejidad subsiste, me pone un ejemplo, ya más animado: “Mira, si tu compras títulos de la deuda cuando la prima de riesgo está por las nubes y los vendes una vez reducida, pues te llevas una pasta gansa, aparte de que si es verdad que estamos creciendo cerca de un 4 por ciento con esta tasa de paro y los sueldos por los suelos, ya me dirás quién se está llevando la manteca. Hasta tú, que eres un zoquete, puedes entender que si la productividad del trabajo sube y los salarios bajan, los que tiene activos financieros se forran”, remata a puerta vacía mi gurú, que –de “rodríguez” y en la playa—se viene arriba como la espuma en cuanto le das ocasión. Menos mal que uno está hecho a estas humillaciones.

Vuelvo a mi Informe y encuentro en él que, en efecto, la estadística registró en 2014 que el número de los bienaventurados de la Tierra creció hasta superar con mucho los catorce millones mientras su riqueza alcanzaba los 50 billones (con be, no es errata) de euros, y me ronda en la cabeza el apotegma de Thomas Piketti, el ecónomo de moda, que asegura que cuando la tasa de acumulación de capital crece más rápido que la economía, la desigualdad aumenta sin remedio. No puedo negar que la imagen de mi amigo el gurú, sorbiendo lentamente su gin tonic en el pub climatizado, me turba no poco porque la envidia es irreprimible. “¿Por qué no te vienes este fin de semana, que estoy solo?”, me tienta encima como sólo puede tentar el hombre potentado a quienes vivimos extramuro de la economía financiera ésa. Le he dicho que ya veré pero la verdad es que estoy que no vivo esperando ya que llegue el viernes próximo.

El gasto sanitario

De nuevo se temen problemas de atención sanitaria graves durante el verano. Se cierran camas, las vacaciones diezman los equipos sin que la Junta los sustituya las vacantes pero, según parece, el problema está también en que nuestra comunidad autónoma es una de las que menos dinero destina al gasto sanitario. Lo han denunciado los sindicatos profesionales desde dentro, explicando que mientras la media nacional es de 1.208 euros por habitante, la andaluza no alcanza más que a 1.044. Nuestro “buen sistema” (que lo es en muchos sentidos) presenta, sin embargo, vastas y viejas llagas jamás tratadas con decisión y que, en ocasiones, lo convierten en intolerable.

El silencio griego

Cuentan los corresponsales que en las calles de Atenas se hizo el domingo un silencio abrumador. Así como en el mundo cristiano se decía para ilustrar un silencio que había pasado un ángel, los griegos decían cuando el parloteo cesaba de repente que era Hermes (Mercurio, si prefieren) quien pasaba. Hermes : nadie podía verlo porque al llevar el casco de Hades se volvía invisible, nadie podía alcanzarlo porque llevaba las sandalias aladas que abolen toda distancia, y nadie podía competir con él porque con su varita mágica todo lo trastornaba y todo lo podía. El dios tenía que contenerse, eso sí, dentro de unos límites discretos porque si los traspasaba e invadía el orden con el exceso –es decir, si cayera en la “hybris”—habría roto el orden divino, algo impensable. Cuando los dioses querían castigar a los hombres les enviaban esa “hybris” que los desquiciaba hasta la ruina de la que no se libró ni Prometeo. Cuentan que el domingo las calles y plazas de Atenas enmudecieron como si el dios alado no acabara nunca de pasar, pero la realidad era que éste había perdido su varita y acababa de cerrar los cajeros, incapaz de mantener por más tiempo la comedia de la negociación con unos “prestamistas” –ojo, que Tsipras no dice acreedores, sino prestamistas—que, por su parte, acababan de darle el ultimátum. Fue mucho más fácil ganar unas elecciones encaramándose a la montaña de detritus psíquico generada por la crisis, que cuadrar la caja y reordenar al caos.

Europa no quiere encerrar a los griegos en un “corralito” que a nadie conviene ni los demagogos de Syriza confesar que los dados con que tangaron a los electores estaban “cargados”. Y ahí andan, éstos clamando contra la usura en plan shakespeariano, aquellos fieles a la clave mercantil de que lo que se debe, se paga. Los griegos han amasado esta tragedia durante decenios de trampeo y corrupción, y una vez demostrado que lo de la varita mágica era un cuento, quieren hacer ahora borrón y cuenta nueva. ¡Ah, los “prestamistas”, la mala fama de los Euclión, los Shylock, los Harpagón! La demagogia –otro invento griego—supo siempre cómo seducir al pobre con la literatura del avaro y cómo engatusarlo con la promesa de los duros a dos pesetas. Pero Syriza, como Podemos, no son un dios con un caduceo mágico sino simples subproductos de la crisis. Unos antes que otros, todos sus votantes parece que andan descubriéndolo cuando las cosas tienen ya mal arreglo.

¡Sí se puede!

Me dice un togado que el trabajo de la juez Alaya ha sido ímprobo, que tal vez sólo alguien de su mismo molde podría demostrar, contra viento y marea, que enfrentarse al Poder arbitrario o delincuente es posible en una democracia. ¡Sí se puede! Incluso si su sucesora, como auguran los maliciosos, tratara de desmontar su complejo tinglado dialéctico, lo ya hecho prueba que el poder de la Justicia tiene mucho que ver con la voluntad del magistrado. Después de Alaya no cabe seguir negando la corrupción que aquí ha sido la norma. Todos los impedimentos imaginables, incluido el consejero-fiscal, no han podido evitar esta conquista democrática.