Marzo no es mayo

Los diputados del 33 Congreso del PC francés, reunidos el sábado en el Bourget, se han echado a la calle sin pensárselo para unirse a los manifestantes jóvenes que reclaman al Gobierno la retirada de la ley de primer empleo. Justo lo contrario que ocurrió en Mayo del 68, cuando el retraimiento del PCF y las cautelas sindicales sacaron a Sartre de sus casillas pero dejaron a De Gaulle el campo libre. El curioso y creciente descrédito del 68 como movimiento, de moda entre muchos intelectuales de esta otra “generación perdida”, está resultando compatible con la absurda idea de que las actuales algaradas de París serían una reposición de la mítica revuelta de Mayo, pero este mismo apoyo de los comunistas clásicos a los rebeldes prueba que hay poco en común entre ambas efemérides. A estas alturas se han dicho demasiadas cosas sobre unos hechos que, convertidos ya en leyenda, no se prestan a ser reducidos a su realidad, pero es evidente que lo que puso patas arriba nada menos que el régimen autoritario de De Gaulle, logró levantarle las orejas al occidentalismo militante y forzó la puesta en guardia de medio mundo, fue el hálito revolucionario y, en consecuencia impredecible en su alcance, que exhalaban aquellas juventudes rebotadas ideológicamente por un sistema que por entonces vivía en equilibrio inestable sobre el trípode trunco de la Guerra Fría, mantenía una insólita y cruel guerra colonial en Vietnam y sufría el peso de las contradicciones económicas que poco después fraguarían en la nunca aclarada “crisis del petróleo”. Hoy, en cambio, lo que reclaman los estudiantes franceses es la retirada de una ley de empleo que perjudica sus intereses laborales, un objetivo sin duda justo y razonable pero infinitamente alejado de la utopía maximalista de unas cohortes generacionales propulsadas por aquel turbo definitivo que era el “todo o nada”. Si uno de estos manifestantes hodiernos viera escrito en una pared “prohibido prohibir” probablemente no entendería nada. Lo que ellos reclaman no sólo lo entienden ellos, sino que lo asumen encantados sus padres y hasta sus abuelos. No hará falta explicitar la moraleja pero dejemos claro que no existen las revoluciones intergeneracionales.

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En pocas cosas van poniéndose de acuerdo los observadores de la movida francesa. Una es que, como era de esperar, a la protesta burguesa apoyada por la izquierda se ha sumado con fruición la anomia de la ‘banlieu’. Otra que, junto a esos modosos objetivos legales, crece la alarma ante la práctica del botín que, aprovechando la confusión, llevan a cabo ciertos sectores protestantes. ¿Una revolución en la que están de acuerdo los hijos con los padres y a la que apoya el celoso PCF y los solipsistas sindicatos, una revolución cifrada en conseguir que se mantenga la discreta protección legal del empleo juvenil que establece una ley de la derecha? Marzo no es Mayo, no le demos vueltas, ni aquella primavera lejana tiene la culpa de los fracasos que hoy vive este mundo desnortado en el que la autoridad se pasa o no llega, los valores viven sumidos en un torbellino y los girondinos toleran el pillaje de los vándalos al socaire de unos castaños de Indias a los que aún les quedan unos cuantos hervores del sol nuevo antes de asomar sus yemas rojizas sobre los bulevares intactos. En París se está librando una batalla de partido dentro de la Derecha que la Izquierda contempla complacida, eso es todo. Y los estudiantes tienen asignado en ese guión un papel de comparsas que ni el más alejado espectador del gallinero confundirá con el de un genuino “sans-culotte”. ¡Qué revolución ni que ocho cuartos, si lo que se pide en esas broncas no es más que seguridad en el ‘curro’ y ayudas a la ‘basca’! La otra vez llegamos a creer hasta cierto punto que bajo los adoquines aguardaba la playa. Ahora los comuneros no apedrean el cielo sino que, simplemente, quieren ser como papá.

El mal ejemplo

Con lo bien que había quedado en su día la consejera de Igualdad condenando en Huelva al concejal que agredió a una mujer y le tocó el culo al otro, ahí la tienen ya defendiendo la recolocación política del condenado con el argumento de que a nadie se puede condenar al ostracismo. Ahí tienen también al alcalde de Alcalá de Guadaíra, justificando como “un tema personal” el hecho inconcebible de que el delegado de Hacienda del Ayuntamiento (¡el que firma las multas de tráfico!) haya estado conduciendo sin carné durante diez años. La “razón de partido” todo lo nubla, convierte en pardos todos los gatos, hasta los más farruquitos, del tejado público, hace que pierdan comba ética y moral incluso los personajes aislados que se han distinguido por desafiar –durante un ratito—esa lógica lamentable. Los partidos están desorbitando el mal ejemplo en lugar de ejercer esa pedagogía de la política que todos invocan en los momentos retóricos. Al enemigo, ni agua; al compañero, gloria bendita. Bien pensado el carné que le faltaba a Farruquito no era el de conducir, era el otro.

Perder la razón

 

Javier Arenas se ha presentado en Rociana para tratar, como elefante en cacharrería, la coyuntura por la que atraviesa la sanidad pública. Ha dicho, por ejemplo, que Cataluña posee el doble de hospitales que Andalucía, lo cual es obvio además de ser algo de toda la vida, sin contar con que el SAS se hizo y desarrolló (hablo de los años 80: véase el BOJA para comprobarlo) calcando literalmente el sistema catalán, a su vez, inspirado en un modelo mixto fracoamericano. ¡Pues claro que hay más hospitales en Cataluña, y más de todo! Ahora bien, eso de que la sanidad pública andaluza supone “un rotundo fracaso” de la Junta de Andalucía es algo que seguramente no se cree ni él. Este sistema público de salud es un logro relativo, bastante más que mediano, a pesar de tantos absurdos flecos como lo sabotean a diario y de la pésima gestión política de una Junta que, por ejemplo en Huelva, mantiene hospitales bajo mínimos, no sabe qué hacer cada verano con la invasión turística, es incapaz de resolver los problemas epidemiológicos o tapa la boca a la gente con promesas de “Chares” que nunca pasan de un cartelón electoralista. Arenas podía haber dicho que con directivos como éstos el sistema peligra en lugar de algo que implica un insulto a los sanitarios y no se atiene a la realidad.

Rey sin reino

Uno de los expertos que mejor han sabido desentrañar la psicología pictórica del retrato, Pierre Francastel, comentaba en una ocasión que los reyes retratados aparecen siempre como personajes abismados en soledad por más pompa y circunstancia que los rodee y acompañe. La imagen del pobre Carlos IV mirando a Goya, la don Felipe IV entrevisto en las ‘Meninas’, el continente lejano de Carlos III o la mirada glacial y un poco estúpida de Fernando VII convergen en un inefable punto de soledad que interesa al espectador por lo que tiene de paradójico. ¿Están solos los reyes, como dice la leyenda, será verdad que la corona funciona como un estigma que convierte en solitarios a los personajes capitales de la vida social? Eso habría que preguntárselo a ellos, aunque a lo peor tampoco sabrían que contestar, pero parece lógico que una elemental profilaxis impuesta por la discreción acabe aislando a los reyes de la mayoría para ponerlos en manos de su círculo íntimo. Ésa puede ser la clave psíquica de la figura del valido, así como la razón de las camarillas, últimas aldabas del rey aislado y, por eso mismo, tan peligrosas por lo general. En el caso del rey actual, la leyenda del “rey simpático” –calcada de la que ya disfrutó su abuelo—es compatible con esa soledad de fondo que seguramente es la que explica su cercanía e intimidad con círculos exclusivos que la vida ha demostrado como poco recomendables. La gente le exige al rey que no intervenga, que haga de don Tancredo aguardando la embestida sentado en un trono de enea plantado en medio de la plaza. Pero simultánea y contradictoriamente espera de él con frecuencia que haga algo, que “se moje” y tome partido. De hecho el famoso juancarlismo circunstancial que dicen que aquí ha sustituido al genuino sentimiento monárquico se debe tanto al contrastado nirvana real como a su legendaria intervención de la noche de los transistores. A ver en qué quedamos. Me da que el Rey debe de haberse hecho esta pregunta ante el espejo en más de una ocasión.

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El revuelo, siquiera gallináceo, que aquí se ha vivido ante la mera noticia periodística –sin duda posible, calculada al milímetro—de que el rey y jefe del Estado hubiera instado telefónicamente al jefe de la Oposición a adoptar determinada actitud en respuesta a la jugada de ETA, ilustra bien esta cuestión, pues para empezar, no debería tener nada de particular que el jefe del Estado llamara a quien creyera oportuno ante acontecimientos de esa magnitud. Lo que no tiene demasiado sentido es que, puestos a intervenir, el rey llamara a la oposición para recomendarle mesura pero no le piara siquiera al Gobierno por promover la ruptura de la soberanía que consagra la Constitución y, lo que ello comporta, por desmembrarle el reino. No debe de ser fácil el papel del rey, en todo caso, y no sólo porque se le note demasiado su debilidad por González y su antipatía por Aznar, que se le nota, sino porque, haga lo que haga, siempre va a haber alguien por ahí dispuesto a buscarle los tres pies al gato. No sé qué prócer republicano decía que las monarquías deben ser de izquierdas y las repúblicas de derecha, porque lo contrario sería pura y disfuncional redundancia. Pero sea lo que fuere, lo que todo este rollo prueba es que la función básica de la monarquía es sencillamente “estar ahí”, encarnar el buco propiciatorio para que cualquier matarife lo sacrifique y reparta sus despojos imaginarios tratando de contentar a cuantos más, mejor. Montesquieu veía a los súbditos de la monarquía como a peces atrapados en una red, es decir, como presos poseídos por la ilusión de la libertad. Hay veces en que no hay más remedio que pensar que el propio rey sin reino de estas monarquías contemporáneas navega como puede, confundido con sus propios súbditos, en ese vago e inmenso garlito.

La patria divisible

 

Eso de “nacionalidad histórica” que dice el chavismo ahora que es Andalucía es un puro disparate, porque nacionalidad es a nación lo que humanidad es a hombre. Si fuera de otra manera, es obvio que los catalanes hubieran procedido al revés de cómo lo han hecho y la nacionalidad histórica serían ellos y no nosotros. Ahora bien, juegos de palabras aparte –porque lo de “Andalucía es una nación”, que proponían a dúo desafinado IU y PA, también tenía guasa–, Chaves acaba de dar un paso irreversible: proponer que se suprima en el futuro Estatuto la mención constitucional de “la indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”. ¿Qué motivo tendrá Chaves para repudiar la unidad de España, qué razón le asistirá para rechazar la idea de que España sea la patria común e indivisible de todos? Es posible que se les vaya de las manos esta almoneda y la subasta acabe como el rosario de la aurora. Chaves lo va a tener difícil, en todo caso, para explicarle a los andaluces este modelo mísero y entreguista de España que su partido necesita para mantenerse por ahí.

La comedia tránsfuga

 

Después de Gibraleón, Beas, y luego, ya veremos. El PP exige al PSOE que garantice que los tránsfugas no volverán a sus filas. ¿A quién querrán engañar unos y otros, acaso no sabe todo el mundo que el transfugazo de Gibraleón fue saludado con vítores y respaldado por la presencia de dirigentes de primer nivel provincial que celebraron como propio el hecho de que sus ediles “abandonaran” su grupo municipal y formaran gobierno por su cuenta? Hay que tener poca vergüenza para decir que a los tránsfugas de Gibraleón se les expulsó del partido tras su estudiado asalto al poder y que a los de Beas ya se les había echado antes de que dieran el golpe. Pero hay que ser primos para pedirle a los organizadores de estas tropelías que castiguen sus fieles ejecutores. El PP tiene experiencia sobrada, como todos los partidos, como para saber que no hay tránsfuga sin autorización del partido (del que sea) en el bolsillo y, a veces, con algo más que autorización. Son los ciudadanos quienes han de tomar sobre sí la carga de interpretar los hechos y votar en consecuencia. Si consiguen que no les tomen demasiado el pelo ya pueden darse con un canto en los dientes.