La voz del experto

Rotundo éxito del doctor Badiola en las “Charlas en El Mundo” hablando de la gripe aviar, ese fantasma que vaga por el castillo global sin acabar de dar la cara pero que podría darla en cualquier momento. Badiola habló del Coto de Doñana, extraordinario humedal y, en consecuencia, lugar de riesgo alto si las cosas se torcieran y la pandemia llegara transportada por las aves migratorias a un ámbito donde, al parecer, se filtra cuidadosamente la información y no se instruye a la gente en lo que debe hacer para prevenir una eventual peste, y en la que Medio Ambiente, según los veterinarios, carece de veterinarios, circunstancia ciertamente bizarra, mientras los guardas no disponen ni de los imprescindibles guantes protectores. No se oyó una mosca mientras habló el experto en la Casa Colón pero sí que se insinuó en los rostros la sombra de la preocupación. ¡Aviados vamos si algo va mal, tal como está el SAS!, decía algún pesimista. Según Badiola, las medidas precisas son las que han de tomarse antes de que el auxilio del SAS llegara a ser necesario.

La mano de Valeria

Para Arcadi Espada

Pocas escenas más divertidas en las “Vidas” de Plutarco que aquella en que la divorciada Valeria se llevó al huerto a Sila poniéndole una mano encima al cruzarse con él en el teatro con la excusa de que quería participar con ese gesto (magia de contacto) siquiera “en una partecita de tu dicha”. Lo ha recordado Darrin M. MacMahon en “Una historia de la felicidad” –otro libro sobre el mítico tema que nos sale al paso esta temporada—poniéndola en relación con el ‘dictum’ no poco bárbaro que le oímos en Perpignan, cuando éramos jóvenes, al Marlon Brando de “El último tango”: “Tu felicidad, guapa, es mi ‘falocidad’ ”. Lo he recordado enterándome por el flamante informe de la Sociedad de Sexología de que la mitad de las mujeres españolas se declara insatisfecha sexualmente, se centra pragmáticamente en el orgasmo y no quiere saber nada o deja más bien de lado los juegos y enredos eróticos que tan publicitados vienen siendo en los últimos tiempos por tierra, mar y aire. Y lo he recordado no poco estupefacto al comprobar una vez más el aviso que hace creo que es Nietzsche en alguna parte de que es justamente en las épocas más deprimentes cuando el género mítico y literario de la felicidad prospera mejor, un poco como la semilla más noble medra en el estiércol podrido. Hace escasos días traía aquí a colación el estupendo libro colectivo “La historia más bella de la felicidad” en el que varios autores, atraillados por Jean Delumeau, insisten una vez más en la naturaleza ‘histórica’ de esa ilusión, es decir en el hecho, tan olvidado por lo general, de que en absoluto quiere decir lo mismo “felicidad” en boca de un estrecho como Epícteto o como el propio Séneca que en manos de Rousseau y, ni que decir tiene, menos aún burreado por la picardía metarrealista de los materialistas ingenuos. En cierto modo me atrevería a decir que cada hombre corresponde a la idea que su época se hace sobre la posibilidad real que tenemos de ser felices en este perro mundo. La paradoja reside en que apenas haya mito tan consistente como éste que es tal vez el más desencarnado. No existe la felicidad inteligente, sentenció (más o menos) Jean Rostand. No hay más que asomarse al telediario para estar de acuerdo con él.

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Me cae en las manos también un estudio que sostiene que los jóvenes botelloneros beben para animarse en busca de sexo, un dato que dice mucho, a mi juicio, sobre el carácter de prejuicio y, en consecuencia, no poco prelógico, que aún conservan las tácticas y las estrategias en la secreta guerra de los sexos. La gente se viene abajo, los ciudadanos descreen a calzón quitado en la democracia posible, las masas asumen sumisas su destino, los sabios reniegan de la utopía y se conforman con el buen pasar que el hado nos ofrezca, se queja el personal de su experiencia venérea, y sin embargo, prolifera la cháchara sobre la felicidad evocando acaso la equívoca ocurrencia patrística de la “felix ruina” o quizá más todavía la ironía que puede que subyazca bajo el desdén del escéptico o la mueca del estoico. Pocos conceptos tan tentadores como esquivos, pocas ilusiones más arrebatadoras y menos accesibles, ninguna seguramente tan fértil en manos de este mono desnudo que Sartre decía que no era más que una pasión inútil. Todos alargamos la mano como Valeria para arrancarle siquiera un fleco de la toga al afortunado que suponemos dichoso aunque lleve por dentro la procesión más negra, y todos queremos encamarnos con él, de una u otra manera, con la misma esperanza seductora que movió tan afortunadamente a aquella divorciada alegre. A más duquitas que nos rodeen más teoría sobre la felicidad, a menor horizonte mayor esperanza. No me digan que no somos raros, tercos, empecinados pero, sobre todo, lilas. Ni les cuento en qué consistía la felicidad según Susana Estrada pero, por lo menos, ella sabía divinamente de qué hablaba.

La lengua y la mano

Nadie ha ilustrado mejor la teoría de la doblez política que ese acreditado profesional de la vida pública que es Antonio Romero, el portavoz de IU, al decir que las chorradas de Guerra sobre la discusión estatutaria carecen de importancia puesto que, en definitiva, en este especialista en confusiones ya sabemos que “su lengua va por un lado y luego su voto va por otro”, siendo lo importante –siempre a juicio de Romero—lo que produzca el voto y no lo que diga la lengua. Jamás escuché más cínica defensa de la falacia política ni vi una renuncia tan contundente a la sinceridad que debería presuponérsele a los gestores de la vida pública. Nunca he oído nada tan opuesto a la candorosa defensa de la función pedagógica de la política. “Haz lo que yo digo, no lo que yo hago”, decía el cura a los seminaristas. Guerra hace de hecho lo contrario y a Romero le parece de perlas este recurso al camelo.

Palo judicial

Palo y varapalo judicial al PSOE onubense que es, para qué vamos a engañarnos, quien hace y deshace embozado tras el alcalde sobrevenido de Gibraleón, Juan Serrato. La sentencia que ordena la readmisión de los despedidos de la emisora local de TV, ‘Teleodiel’, confirma lo que todo el mundo en sus cabales sabía de sobra, es decir, que ese despido encubría una simple purga política, una liquidación de la plantilla de “los otros”, para sustituirla por una propia. Claro está que, a estas alturas, ya me dirán qué puede importarle al PSOE de Barrero un traspiés judicial más o menos, llevando como lleva perdidos todos y cada uno de los pleitos “políticos” interpuestos en lo que va de legislatura. Que el alcalde recurra no es más que un derecho y un modo de ganar tiempo hasta las elecciones, que es de lo que se trata, pero lo que no podrá evitar es la evidencia de su arbitrariedad. Ya verán, sin embargo, cómo el PSOE no desautoriza a Serrato. No tendría sentido, desde luego, teniendo en cuenta que este falso “independiente” lleva todas las papeletas para ser su propio candidato.

Siempre Fantomas

Pocos hallazgos de la mitografía contemporánea como la idea del hombre en la sombra, el tirano solitario en cuyos planes entra la dominación del planeta, como ahora acaba de descubrirnos que entraban en los de Mao Zedong la laboriosa crónica construida por Jung Chang y John Halliday que acaba de editarse en nuestro amenazado idioma. En mi infancia nos aterrorizó el ectoplasma huidizo de ‘Fantomas’, primero de de aquellos personajes simbólicos que la industria occidental, en estrecha colaboración con los estrategas de la Guerra Fría, habría de lanzar para meterle al personal el miedo en el cuerpo hablando, sin nombrarla, de la amenaza soviética. Todos esos “héroes negativos” fueron piezas de incalculable valor en la propaganda subliminal del Occidente capitalista sobre la imaginación colectiva, todavía temblorosa, de una Humanidad que acaba de salir de una guerra apocalíptica librándose de un enemigo pero dejando vivo y coleando a otro, es decir, escapando de la Guatemala prebélica para dar de bruces en la ‘Guatepeor’ entrevista por Patton. La inacabable serie de Fu-Man-Chu constituyó una excelente campaña contra el “peligro amarillo” que, a aquellas alturas, ya confundía, más o menos deliberadamente, las fronteras de China con las de la Unión soviética. Pero la idea del coloso oculto, del enemigo en la sombra, es a mi entender más antigua y lleva la impronta romántica que tan bien supo imprimir Verne al capitán ‘Nemo’ dueño del mundo submarino, una idea, por cierto, que se ha recordado muchas veces luego en relación con la realidad y las propagandas desplegadas en torno a los colosos de la guerra atómica submarina. Alguien que anda por ahí, uno que acecha desde su cubil inaccesible, inmensamente rico y, por supuesto, dueño de los arcanos tecnológicos, o bien alguien irreconocible que protege su enigma confundiéndose adrede con la masa, adoptando sus rasgos más tópicos en el disfraz múltiple e incontrolable de la apariencia común: ésa es la almendra de la aterradora idea que ha mantenido a medio mundo conteniendo el aliento durante decenios mientras se atragantaba de palomitas en la penumbra del cine de barrio.

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Nada más disponer de los primeros datos sobre Osama Bin Laden me acordé de ‘Fantomas’. La construcción del mito del héroe se ve favorecida por la leyenda de su cuasi irrealidad y por eso no faltó algún guasista que, tras el 11-S y en plena histeria norteamericana, sostenía que lo más probable es que los bombarderos estuvieran machacando las montañas afganas mientras ‘Fantomas’ se paseaba impune por Manhattan, quien sabe si desafiando por el revés el código del camuflaje a base de pasarse a mediodía por el bar del rascacielos o de cenar impávido en el “River Café”. Y pasado el tiempo, cuando se vuelve a relacionar al hombre invisible con la matanza de Egipto, me vuelve a rondar con fuerza la sensación de que el mayor fracaso del Imperio amenazado y de Occidente en general, no ha sido siquiera la barbaridad de las dos guerras, sino la pavorosa amenaza que supone que el ‘Doctor No’ siga ilocalizable en su isla, que ‘Nemo’ planee colapsar el tráfico de los mares o que ‘Fantomas’ ande suelto por ahí, confundido entre la muchedumbre solitaria, libando el polen de sus rencores para elaborar el negro néctar de la venganza. Mao, como Hitler o Stalin, planearon dominar el mundo de manera no tan diferente de la que anima a los demás emperadores, pero ‘Fantomas’ juega con la ventaja del desencarnado, con la labilidad teatrera de la sombra del padre de Hamlet, con esa condición de anguila inaprensible que le presta el enigma. El hombre ha temido desde siempre a Bin Laden limitándose a cambiarle el nombre cada generación mitográfica o simplemente literaria. El actual también, con al agravante de que si logra echarle el guante y decapitarlo verá surgir veinte cabezas en el lugar de la cercenada. El enigma hace milagros. Aliado al fanatismo no tiene enemigo.

Guerra contraataca

Su táctica de siempre, una de cal y otra de arena, política de dichos consumados, desprecio por la memoria y la coherencia. Ahora dice Guerra que el rollo saduceo de la “realidad nacional” no es más que cosa de políticos, ya que el pueblo soberano lo ignora soberanamente, y dice también que anda muy preocupado por la pérdida de peso que pueda afectar a España. Coño, ¿y por qué no se preocupó mientras se dedicó a hacer gracietas como presidente de esa ominosa comisión parlamentaria, y más aún, a la hora de votar con brazo obediente este peligro que tanto le preocuparía ahora? Da igual que de lo que se trate esta vez sea de machacar a Chaves, al que desprecia olímpicamente, y de pulverizar a su pretorio, porque el fondo de la cuestión es siempre el mismo: Guerra es el gran oportunista disfrazado de radical, el audaz más medroso, el capitán menos comprometido con su tropa. Si se trataba de elegir –y se trataba, en fin de cuentas—entre seguir con la mamela o volver a casa, se comprende mejor que nunca que haya representado una vez más su acostumbrado papel.