Los 400 golpes

El dedo en la boca de Chaves, frente a quienes reclamaban elecciones anticipadas, era puro soneto quevedesco mal recitado bajo el ceño fruncido. Su argumento de que la Junta ha actuado sin tregua frente a la corrupción resulta irrisorio, pero lo de las 400 acciones judiciales emprendidas por ella contra los saqueadores es ya para troncharse. ¡Pues no que pide una fiscalía contra los delitos urbanísticos el mismo partido que está demostrado judicialmente que, a cambio de una recalificación en un proyecto de Gil, trincó al menos un talón cienmillonario de éste, que lo cobró y que no lo ha devuelto nunca! Chaves ha desembarcado en Marbella porque hay que tapar el lío descomunal de los Estatutos y porque ve la ocasión de hacerse con la ciudad herida por la puerta de atrás, es decir, sin elecciones, y poniéndola en manos de unos cuantos amigos políticos designados por “su” Diputación malagueña. ¡400 golpes dice ahora que lleva dados! Con que hubiera dado uno –el que acaba de dar—se habría resuelto este caos hace años, tantos como venimos pidiéndoselo desde fuera, y casi en solitario, los mismos que ahora no creemos en sus declaradas intenciones.

¿Qué pasa en la cárcel?

 

Cuentan que en la prisión provincial se detectó hace poco un caso de ‘legionella’ pero que no se investigó, más que sumariamente, el inquietante caso. Y que ahora acaba de detectarse otro, que sí parece que será investigado al fin como es debido. Es lo menos que pueden hacer teniendo en cuenta el alto riesgo inmunológico de la población carcelaria, pero las primeras impresiones apuntan a que el problema puede proceder del hecho de que la instalación de cañerías no es la adecuada a un centro como ése, es decir, más o menos, lo que ya ocurrió en el hospital “Juan Ramón Jiménez”, cuando hubo que mantener la ridícula alarma de las botellas de agua mineral y las galerías cerradas durante tanto tiempo. ¿Por qué nbo se investigó desde el primer momento la situación de la cárcel, por qué esperar a que se repita el riesgo para actuar? Preguntas vanas dirigidas a los actuales (i)rresponsables sanitarios, pero que no hay más remedio que hacer por lo que pudiera ocurrir.

La nieta de Tito

Cuando en los años 60 Tito logró sacar adelante en Yugoeslavia su modelo “cooperativo”, una especia de esperanza se abrió paso entre una militancia comunista europea que andaba ya al cabo de la calle de las utopías fundantes. En aquella generación nos tragamos muchos libros sobre el tema quizá porque en el París auroral de aquella década corría como la pólvora el dogma dictado por Bertrand Russell según el cual los demócratas del mundo tenían dos opciones posibles: o seguir el “modelo occidental” (que Russell, como nuestros trasabuelos continentales, llamaba “democracia política”) y que consistía básicamente en el paradigma griego clásico de “el gobierno de la mayoría”; o atenerse al “modelo oriental” que, en su libro “What’s Democracy”, que para entonces no cumplía ya los veinte años, definió sin complejos como “el gobierno en interés de la mayoría”, que no es lo mismo ni de lejos. La lucha de Tito, una vez concluida la feroz batalla de la guerra y sus secesiones, con las famosas “cestas de ojos” incluidas, se dirigió ante todo a asegurar un sistema de participación colectivista, constitucional a su manera, severa y seriamente federal, y que veía en el autogobierno de los productores el único fundamento legitimador de un régimen democrático. Pero Tito supo percatarse de que la cosas no iban bien ni tras el “telón de acero” ni fuera de él, y procuró incansablemente reconducir progresivamente su peculiar “democracia” hacia formas operativas basadas en el intento de reforzar la voluntad de las mayorías en detrimento del propio Estado, lo cual, al fin y al cabo, no era más que la reinvención de la perspectiva utópica y poco creíble que el propio Lenin formuló hacía muchos años en su teoría del Estado. El instrumento democrático de esa participación era la cooperativa, una institución que resolvía a un tiempo la cuestión laboral y el problema clásico del acceso a la propiedad, lo que en definitiva suponía el ambicioso proyecto de conseguir un régimen fuerte en el que las libertades ciudadanas resultaran, al fin, compatibles con una economía socializada. Cuando Tito murió, a algunos se nos tomó el número cambiado sólo por decir que muchos yugoeslavos –aún se empleaba ese adjetivo—iban a acabar echándolo de menos. La verdad es que no fuimos capaces entonces de imaginar hasta qué punto.

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Ahora ha salido a la palestra una nieta de aquel dictador, Svetlana Broz, y ha escrito un libro estremecedor (del que sólo conozco dos capítulos) en el que, partiendo de que ella misma lleva sangre eslovena, judía, croata, checa, rusa y alemana, denuncia la tragedia de la fractura racial y apunta un hecho incontestable: la recuperación fulgurante de la figura de su abuelo en un país en el que el liderato ha conocido las versiones más ruines y trágicas, desde el que ejerció aquel burócrata gris e implacable que fue Milosevic hasta los perpetrados por canallas más o menos psicópatas como Mladid o Karadzic. Ya he contado otras veces que, al principio del conflicto, tuve ocasión de encontrar en Punta Umbría a un grupo de exilados yugoeslavos, aún no separados por razas o nacionalidades, y a ellos escuché la más rotunda atribución de la ruina que estaba padeciendo el país a los propios políticos. Esos mismos apaleados deben de ser los que ahora protagonizan la “titomanía” o tratan de reflotar el espíritu panyugoeslavo, siempre con el milagro del ‘Gran Mariscal’ en la memoria y la nostalgia de un régimen que, condenado sin remedio desde Occidente, llegó a gozar de un prestigio generacional que inquietaba seriamente a tirios y troyanos. Tito supo encerrar al demonio racista en una camisa de fuerza que llevaba bordadas la imagen del orgullo popular, la leyenda del autogobierno y el sueño de la democracia socialista. Una camisa muy antigua, no lo discuto, pero que entre los escombros que dejó Javier Solana empieza a aparecer aquí y allá en el mercado negro de la nostalgia.

El camelo educativo

 

Fracaso escolar (ahí está el informe Pisa, vanamente tratado de quitar de en medio por la Junta), violencia en los centros, desprotección de los profesores, mínimos niveles de conocimiento acreditados por los observadores. Todo eso se le da una higa a la consejera doña Cándida, uno de cuyos edecanes proclamaba antier “le buen momento” de nuestro sistema educativo coincidiendo con el varapalo que suponen las cifras de propio Ministerio, según las cuales, el abandono prematuro y el fracaso masivo en la ESO también sitúa a Andalucía en el pelotón de los torpes. No se sabe hasta cuando deberá soportar la “comunidad escolar” este desconcierto ni se explica que cada fracaso fortalezca a una responsable que ha llegado a convertirse, por méritos propios, en el pinpampún de todos y cada uno de los sectores de esa comunidad. Chaves no admite presiones ni críticas, la Junta siempre lleva razón. Incluso cuando su propio Ministerio le dice lo contrario.

Propios y ajenos

La minerva autodidacta del PSOE onubense, Mario Jiménez, califica de “vendido” al tránsfuga que le ha arrebatado al alcaldía de Beas a su partido y, en consecuencia, le “cierra las puertas de su partido”. Gran idea, en principio, incluso si se descuenta el disparate que suponía mantener la parálisis de la alcaldesa anterior que, por no hacer, no hacía ni presupuestos. A los tránsfugas de Gibraleón, en cambio, ya verán como nadie les cierra ninguna puerta y hasta aparecen en las listas de las próximas municipales, una vez “reconciliados”, siquiera de palabra, con la disciplina. En ninguna parte se respetan los acuerdos antitransfuguismo, pero en ninguna llega tan lejos el cinismo como en nuestra provincia, al menos desde que los “renovadores” se hicieron con el puente de mando. Es más, da la impresión de que el transfugazo se ha convertido en el último instrumento de los pragmáticos. De aquí a las elecciones puede que nos quede por ver todavía algún que otro golpe de mano.

El mono feliz

Espero que no se me fiche como pesimista irremediable si digo que acaso no exista mayor estafa que la idea de felicidad inventada por los filósofos y adoptada con amargo entusiasmo por la gentecilla del común. La aspiración al bienestar absoluto tiene que ver con el instinto, por supuesto, pero han sido los razonantes quienes le han otorgado la carta de naturaleza sin la cual no hubiera contado tanto en la comedia humana. Claro está que los filósofos han debido curarse en salud hablando de ‘eudemonismo’, es decir, desencarnando el sueño humano y la aspiración instintiva, a un plano abstracto en el que el deseo pudiera ceñirse a la idea, esto es, aceptar una versión del deleite más concerniente a la conciencia que a los sentidos. Eudemonismo, palabra que encantaba al Kant de la “Razón Práctica”, traduce literalmente la idea de que el sujeto está amparado por un demonio bueno –emparentado más tarde por el pensamiento cristiano con la Providencia y hasta con el ángel de la guarda— que le facilitaría la posesión de los bienes materiales necesarios para satisfacer razonablemente la aspiración al confort del cuerpo y del alma. Pero los hombres han venido saltando limpiamente sobre la razón ética y atenerse a una noción más pedestre del deseo y cada vez más alejada de esa tradición que inaugura Aristóteles, canonizan los estoicos, sacramenta Boecio, cristianiza Buenaventura y entierra la experiencia cotidiana de la fatalidad. Es verdaderamente notable el empeño de las generaciones en superar lo insuperable, en inventarse la realidad y hacer de su propio “desideratum” una especie de realidad escondida. Los filósofos han sido, en este sentido, bien prudentes al resignar el concepto en el ámbito vulgar. Rostand llegó a decir que la felicidad inteligente no existe. Epicuro, Epícteto, Séneca y tantos otros lo dijeron de otra forma pero quizá no más rotundamente. La ambición de la totalidad se disuelve al fin en la nada. Decía Alain que este tipo de conclusiones se entienden sin esfuerzo a la vuelta de los entierros.

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Anda por ahí rulando la curiosidad del fracaso del rey de Bután, el minúsculo edén de Shangrilá, en pleno Himalaya, en su intento de imponer la felicidad por decreto a sus súbditos, un objetivo político y constitucional, como bien sabemos, no del todo ajeno a Occidente. Todo parecía ir bien en el riente paraíso hasta que al sátrapa en cuestión, el rey Wangchuck, se le ocurrió hace unos años modernizar su edén ampliando aquella ventura tradicional con el añadido catódico de la contemplación televisiva que ha hecho añicos sobre la marcha la beatitud budista hasta reducirla al caos propio de las sociedades modernas. Nada es igual ya, por lo visto, en Shangrilá, no se extasían los súbditos felices repitiendo el mantra ni buscan en el horizonte del ocaso la señal bendita del Maestro, sino que se abisman en la pesadilla televisiva en busca de una nueva moral que anda dando de sí crímenes nunca oídos, al tiempo que desfonda la vieja sociedad que venía recorriendo los siglos sin alterar el paso ni perder la sonrisa. Ahí tienen esos que sostienen que la perversidad creciente nada debe a la pedagogía de la tele el mejor argumento en contra de su tesis, y ahí tiene ese tirano benéfico la comprobación fehaciente de que la felicidad puede que sea “una aptitud”, como decía agudamente el olvidado Bernard Grasset, pero acaba resumiéndose siempre en ese fracaso mayúsculo que Pascal describió como nadie. Hace poco ha aparecido una curiosa reflexión conjunta sobre “La historia más bella de la felicidad” en que un grupo alrededor del sabio Delumeau viene a confirmarnos lo que siempre supimos y, de paso, a ponernos en guardia frente “la tiranía de la felicidad”, esa vieja férula reestampillada filosóficamente por la Revolución Francesa. En Bután han sustituido el sueño del nirvana por el tontiloquio venezolano de las telenovelas y los místicos sablazos del ‘kung fú’ interactivo. Aquí no hemos de perder todavía la esperanza de recorrer ese camino al revés.