De enmendalla, ni hablar

 

No tenía salida decorosa para la consejería de Educación de la Junta de Andalucía frente a la moción parlamentaria en la que el Partido Popular la instaba a “personarse jurídicamente y de oficio” e todos y cada uno de los casos de “violencia escolar, tanto física como oral” que de hecho se sustancien ante los tribunales. Claro que tampoco tenía fácil aceptarla, después de años negando esa violencia y proponiendo chorradas como estimular el “buen rollito” y hacer planes para la paz y concordia de esos que la basca se pasa por el forro. En un término medio, doña Cándida, ese azote de la enseñanza, ha concedido que, vale, que la Junta, en adelante, “ampliará el apoyo en materia de asistencia y protección jurídica a los profesores para defender sus intereses”, extraña providencia teniendo en cuenta que parte de la Junta de que el peligro no existe. Bien, mejor eso que nada. También es verdad que no todo lo que ocurre en el patio escolar es culpa de esta extravagante responsable y que alguno vendrá que buena la hará.

Larga precampaña

 

La precampaña de las municipales va ser dura en toda la provincia, pero será de coco y huevo allí donde hubo cismas ciudadanos y en la capital, suyo Ayuntamiento es obsesivamente contemplado por al frustrado “aparato” del PSOE como la “joya de la Corona”. No tiene más que considerar la yenka que se trae el barrerismo en torno a un despistado Pepe Juan que ignorará su suerte hasta que una mañana le presten el maillot para la carrera o le quiten hasta el que guarda de recuerdo, el globo-sonda de las “primarias”, la presencia forzada de Parralo más allá incluso de la discreción. O lo que ocurre en IU, donde la digna retirada de Manolo Rodríguez deja el campo libre a los oportunistas al tiempo que permite entrever, siquiera fugazmente, un destello del viejo estilo ético. Del PA mejor no hablar, porque no hay por donde cogerlo. De modo que va a ser larga la campaña, al menos hasta que se dilucide en las alturas –normalmente en Sevilla—quién saldrá en el cartel principal. Pedro Rodríguez nunca lo tuvo más difícil… ni más fácil.

Números cantan

 Para Gonzalo García Pelayo

En una breve y divertida novela de Leonardo Sciascia, “El Archivo de Egipto”, el autor permite deambular entre la gente a cierto abate siciliano al que sus feligreses y quienes no lo eran atribuían poderes numerológicos. Iba el cura por la calle, concentrado en la ardua tarea de sostener su teja y mantener a raya el balandrán contra los embates del levante, cuando una multitud lo asaltaba suplicándoles sugerencia de números loteros que el buen cura repartía malhumorado, aunque nunca sabremos hasta qué punto escéptico, entre su crédula parroquia. El hombre cree en los números, les atribuye condición fáctica (eso lo explicaba muy bien Thomas Crump en su clásico ensayito), y adivina tras ellos fuerzas latentes y capacidades de naturaleza imprecisa e índole seguramente superior. Una obra colosal, la de Georges Ifrah, aquí sólo traducida en forma de breviario, explicó todo lo explicable en torno a esta materia en la que, a mi entender, nada hay nada tan apasionante como la capacidad sugestiva que dimana de su presunta entraña simbólica. Se sabe que los números regulan nuestra realidad –Galileo, recuérdenlo, pensaba que el “libro de la Naturaleza” está escrito con ellos—pero suele creerse también que consagran cierta capacidad de influir, es decir, una especie de don para determinar el destino y hasta para torcerlo. Es apasionante, ya digo, esta sumisión inconsciente del hombre a los números que en la Cábala adquiere su máxima expresión pero que, en realidad, en términos más pedestre, está en la calle, tras cada esquina, en la mente del peatón que se acerca al ciego que reparte cupones fatalmente empeñado en que la suerte estuviera sometida a algún género de ‘necesidad’. A mí no me extrañan las enormes cifras oficiales sobre la recaudación por juego que se producen entre nosotros. Más bien veo en ellas la marca inevitable de nuestra condición imaginaria.

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Estos días circula por la prensa iberoamericana el hallazgo de un numerista, creo que brasilero, que permitiría segarle la hierba bajo los pies a la FIFA descubriendo por adelantado el ganador del próximo Mundial, y que consiste, simplemente, en advertir que entre las cifras ordinales de los años rige una secreta razón tan fatal como la ley de los graves. ¿No ganó Alemania el Mundial del 90 y el de 1974? Pues sumen ustedes esas cifras y comprobarán que el resultado es 3.964. Pues bien, ¿y si les dijera que lo mismo ocurre al sumar los años triunfales de Argentina, 1978 y 1986 (sumen y verán) y que la razón se repite, como impuesta por una lógica insalvable, sumando los de Brasil, que fueron 1970 y 1994, o 1962 y 2002? El numerista ha echado cuentas hasta deducir que pudiera existir una secreta ley que impone a los Mundiales una secuencia fatal que puede calcularse por el sencillo método de restar de la misteriosa cifra, 3964, el actual 2006, de manera que si Brasil ganó la copa en el 58 le correspondería ganar ahora también, de la misma manera que la Alemania campeona del 54 volvería a serlo en el 2010 y Uruguay, viejo campeón del 50, repetiría en el 2014, si es que para entonces hay Mundial, que es bastante probable, y si sigue existiendo España, lo cual ya lo es bastante menos. La razón no debe doblegarse, en mi sentir, a estas peripecias del azar que, ciertamente, no resulta nada cómodo “falsar” como propondría Popper, pero que no dejan de ser inquietantes o, cuando menos, divertidas. En Brasil, tierra pragmática donde las haya, ya andan apostando a calzón quitado, la calculadora en una mano y el botellón de cachaza en la otra, mientras las apuestas navegan a buen ritmo por Internet claramente vencidas por el lado mágico. Entre al azar y la necesidad no hay más que una linde muy delgada. El toque está en saltársela llevándose por delante el bollo y el coscorrón.

Culpables y “paganos”

 

Se ha quejado con razón la consejera de Igualdad y Bienestar Social, Micaela Navarro, de que el error de los jueces al calcular mal la indemnización a una madre a la que su consejería habrá de pagar una subida indemnización en compensación de los perjuicios causados, que ciertamente ha sido irreparables, hayan de ser afrontados ahora por los andaluces. Lleva razón la, por lo general, discreta consejera, salvo en un par de cosas: en que, para empezar estos lodos vienen de los confusos polvos burocráticos de su departamento, que hace años que hace y deshace en franco pugilato con jueces y familias; y en que, si la Junta (la consejería de Justicia) proporcionara a la Justicia el apoyo que le regatea, tal vez todo iría mejor y los jueces se equivocaran menos. ¿No tienen que pagar los andaluces cada vez que ese SAS agobiado por la escasez de recursos es condenado por una operación mal practicada o por un diagnóstico fallido? Vea la consejera que, puestos a hablar de culpables y ‘paganos’, habría para toda una eternidad. Seguro que su probada sensatez acepta esto en el fondo, aunque, naturalmente, no lo diga.

Dividir por dos

No ha de tardar el día en que quede clara la temeridad que se está cometiendo en Huelva, alentada sin duda desde el Poder, la locura que consiste en dividir por dos a los pueblos, en enfrentarlos en fratrías calcadas de los partidos como si estos –legítimos instrumentos de la representación– pudieran convertirse en modelos de la vida. Se divide en bandos enfrentados, por razones de poder municipal, al pueblo de Gibraleón o al de Beas, se enfrenta a los pueblos de la Sierra por la conveniencia electoralista del CHARE, se siembra y abona el guerracivilismo más injusto y feroz en Almonte, en Bollullos, en Valverde… Los onubenses se están partiendo en dos, manejados por los maniqueos de partido y por los granujas que viven de ese lío. Mala cosa, porque todo lo fácil que puede resultar romper un pueblo resulta luego difícil a la hora de recomponerlo. Hay en el PSOE muchos militantes que no están de acuerdo con estos suicidios. Si callan –ay, el buen gobierno de las tripas—han de llevar también ellos su parte de responsabilidad.

Los hay peores

La situación económica, es decir, socioeconómica, de España preocupa tanto como revelan los frecuentes avisos a navegantes que se oyen por ahí. El PP dice que no ha querido hacer público el contenido íntegro de un documento al que ha tenido acceso y que probaría el empeoramiento grave de las condiciones de vida, hay asociaciones diversas que alertan sobre la burbuja famosa tratando de prevenir a la sagrada familia frente a la creciente de la hipoteca, a la carestía de la cesta de la compra, a la reducción salarial que avanza sin prisa ni pausa, y hasta la UGT, el “sindicato hermano”, se ha descolgado para advertir que, al paso que va la burra, Andalucía tardaría medio siglo en alcanzar tasas de precariedad en el empleo similares a la española. En Francia, sin embargo, un ministro acosado se defiende de la inesperada fronda juvenil asegurándole a los estudiantes que peor que ellos están los españoles y ahí los tienen, reclamando la botellona. Cualquiera sabe. Este rollo de los indicadores es muy subjetivo, a pesar de la paradoja que ello implica, porque finalmente son siempre un par de ojos y un único cerebro tras ellos los que tiran la raya y sacan la cuenta de la vieja que no a todos los sumadores les da el mismo pie. Desde Alemania recibo la alarmante impresión de un gran amigo experto que vivaquea este año en la universidad Humboldt, y en ella se vislumbra un cuadro, ciertamente imprevisible hace pocos años, de la fragilidad de la famosa “locomotora de Europa”: es incapaz de reducir un paro estimado del 5 por ciento de la población (cinco millones de desempleados), está endeudada hasta las trancas del 3’5 del PIB, no crece por encima del 1’5, ha perdido el tren de la vanguardia tecnológica en beneficio de USA, India o Corea del Norte, el Este se demuestra incapaz de autosostenerse económicamente, se abre la brecha que separa al sur rico (Baviera, Renania, Baden) del el norte maltratado que incluye al propio Berlín y el vasto paisaje que va desde Brandenburgo a Pomerania, sin contar con la implosión demográfica que supone la tasa de natalidad más baja de Europa, el trastorno de las privatizaciones de los servicios públicos, la recesión del consumo disparada por un feroz impulso de ahorro y, en fin, la crisis moral, o como mi amigo prefiere decir, “el cuarteamiento de la moral pública y privada”. Va de cráneo, la Locomotora, y eso es algo que poco favorece al resto del convoy.

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He pensado enseguida en el efecto devastador de aquella ambiciosa aventura que fue la reunificación, pero mi experto cifra el fracaso en la herencia hedonista del 68 y en la ferocidad del capitalismo depredador de los 80 7 90, lo primero porque, incluso con independencia de las circunstancias actuales, el descrédito del mayismo se extiende sin remedio, y lo segundo porque cualquier europeo con dos dedos de frente debe de haber comprendido, a estas alturas, que aquella ferocidad –no exclusiva del especulador, sino contagiada a todos los demás agentes de la timba—ha hecho del nuevo liberalismo una guadaña implacable, del montaje ‘neocon’ una apisonadora y de la socialdemocracia una navaja trapera. Según mi amigo, sin embargo, lo que ocurre en aquel gran país es que, como la moral, también se ha cuarteado la “Substanz”, arquetipo virtuoso que él desmenuza y concreta como rigor, disciplina, orden, esfuerzo, talento o vanguardismo, es decir, justo aquel paradigma nada ilusorio que representó durante siglos e hizo justamente famosa a aquella tierra. Ya digo que no sería cuerdo aliviar las penas propias considerando las ajenas, pero no ha de faltar quien tal haga por estos pagos en que una muchedumbre de millonarios sin dinero habla ufana de los precios disparados de sus pisos por pagar mientras tiembla pensando en la subida de la hipoteca. Vivir en una burbuja no es tan malo, si bien se mira. Seguro que más de un parado de Meclemburgo me daba la razón.