Patrias, matrias, trucos

 

Escuchamos a Chaves con el apoyo de IU defender que Andalucía será en adelante una “realidad nacional” (ni más ni menos que Cataluña, ya ven qué risa) y exigirle a los demás –“especialmente al PP”, eso no hacía falta ni decirlo—“respeto” para Andalucía. Pero al tiempo llega desde Barcelona la estúpida advertencia del “conseller en cap” y recaudador de ERC no sólo sobre sobre la desigualdad efectiva entre nuestra comunidad y la suya, sino también entre la nuestra y la vascongada. Los gallegos se cierran en que Galicia no ha de ser más que “nación” y los vascos se dan ya por independientes incluyendo dentro de la muga a la histórica Navarra. No tienen vergüenza, no la han visto ni por el forro, pero se ponen ante un micro y nos leen la cartilla a todos, muy serios, los tíos, tan seguros de que hay que hacer lo que al partido convenga como de que mientras hablemos de identidades no habremos de ocuparnos de los problemas reales. Antier supinos que también en la clasificación de las regiones según la renta somos los penúltimos. Penúltimos pero “realidad nacional”, eso sí. A estos no les quitan el coche oficial ni con agua caliente.

Revoluciones pendientes

Guiñolillo en la Plaza de las Monjas, grupos republicanos reclamando –en su derecho más absoluto—la vuelta de la tortilla formal, la tercera fuga de la monarquía y la consiguiente tercera proclamación de la República. Y frente a ellos –ya de por sí bastante escasos–, un grupito nostálgico de la dictadura, bobos de guardarropía, ‘basca’ mal informada a la que sus mentores se les ha olvidado instruir en lo que fue una constante en el ambiente fascista español durante medio siglo: el antimonarquismo radical y su consecuencia, el republicanismo (“sindical”, apellidaban ellos). Nada con sifón, en consecuencia, ni por una parte ni por la otra, aparte de cuatro “grises” reconvertidos a los que bastó una reconvención administrativa para enviar de vuelta a casa a los de la “revolución pendiente”. Aquí todo el mundo tiene una revolución por hacer, pero la verdad es que, a la hora de los disturbios, no quedan más que cuatro gatos por bando.

Las dos manos

Uno de los acontecimientos de la semana ha sido, sin duda posible, la aparición de ZP en la portada de ‘Newsweek’ con la sonrisa canonizada bajo un eslogan que ni pagado (y no me tomen por lila, por favor) quedaría mejor: “Making Socialism Work”, esto es, “Haciendo un socialismo que funciona”. Ya tienen ahí otra vez el “España va bien”, sólo que en esta ocasión en boca no del beneficiario sino de un observador que la ingenuidad española, con su tradicional punto lugareño, no dejará de considerar imparcial y, lo que es más, objetivo. Y hay que reconocer que el trabajo de “Newsweek’ matiza con especial acierto su propuesta cuando afirma, ya en el sosiego del texto, que el truco de ese líder sonriente –“L’ homme qui rit”, le llamó en cierta ocasión una revista satírica francesa recordando la equívoca fábula de Víctor Hugo sobre el barón convertido en mendigo—consiste en “gobernar con la mano derecha la Economía y con la mano izquierda la Sociedad”. Ya está: la política ambidextra, el dualismo rosa en que ha cuajado finalmente el puré socialdemócrata, el triunfo absoluto, definitivo, de lo simbólico sobre lo real que comporta, evidentemente, una inversión radical de la intuición colectivista travestida de “tercera vía”. El socialismo, o los socialismos, para bien y para mal, surgieron desde el convencimiento y con la intención de cambiar el mundo transformándolo en su base determinante, no de entretenerse en maquillar la realidad social modificando los que entonces se designaban como efectos superestructurales. La ambición de reunir ambos objetivos en uno es, todo lo más, uno de los ensayos más donosos de la utopía y, ni que decir tiene, que de los más fracasados. Lo que no se le habría ocurrido a ningún socialista clásico sería primar la “revolución simbólica” sobre el auténtico y profundo cambio decisivo que no puede ser otro que el que se produzca en la base económica de la vida social. Un socialismo bendecido por banqueros –¡y hasta financiado por ellos: recuérdese Filesa!— tiene mucho que hacer en el plano de acción que los sociólogos de los 60 (Gorz, por ejemplo) llamaban de las “reformas no reformistas”. En el otro, en el de la leña, más bien poco.

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Ah, el simbolismo de las manos. Hay en la Biblia cientos de referencias a esa sugestión de sentido y, como yo mismo procuré mostrar alguna vez en un libro, las hay también en cualquier cultura entre las conocidas. Lo diestro y lo siniestro –¡hasta de Judas se dijo que era zurdo!—forman un par de conceptos claves en la orientación humana que nada de extraño tienen entre quienes hasta hemos oído hablar de la “mano izquierda de Dios”. Lo nuevo es el desparpajo con que no sólo se atribuye ya a esas manos el sentido benéfico o infausto por parte de quien observa, sino la naturalidad con que se acepta por parte de los mismos protagonistas que se autopostulan representantes de cada término, es decir, la curiosidad que supone que la derecha esgrima hoy objetivos reservados por tradición a la izquierda y viceversa, es decir, que la izquierda renuncie a sus reivindicaciones genuinas para sustituirlas por objetivos más o menos coyunturales pero, en todo caso, no revolucionarios en el sentido propio. Hubo un tiempo en que el movimiento obrero distinguía con claridad entre la revolución “económica”, o sea, el cambio radical de la organización productiva y sus criterios de asignación de riqueza, y la revolución “política” o “burguesa”, sujeta a un modelo reformista nunca comprometido con la realidad radical. Y a mí me lo ha recordado la distinción –ajustadísima—de ‘Newsweek’, lo de la dos manos del político que alega ingenuamente, como ZP, que “en Alemania los rojos son los socialdemócratas y no pasa nada”. Eso mismo: que no pasa nada, o al menos, nada trascendental, que es a lo que parecía que íbamos y a lo que parecerá que vamos de nuevo, ya lo verán, en cuanto se convoquen elecciones, que a lo peor es más pronto que tarde.

Retablo de maravillas

Cada día nos sirven una ración maravillosa. La última ésa de recusar a un testigo en el juicio por el sobornazo que se celebra –¡seis años después!— en Sanlúcar de Barrameda, al parecer por escuchar determinada emisora de radio. Maravilloso que se tarde esa eternidad en sustancia un pleito pueblerino en el que unos presuntos golfos tratan de sobornar a un ciudadano por razones políticas, más todavía que se centre la indagatoria para determinar la idoneidad de los testigos en los medios que leen, escuchan o ven, y definitivo que el tribunal recomiende –insisto: ¡siete años después!—al jurado no tener contactos con éstos ni compartir opiniones con familiares o amigos. ¡Como si habláramos de un asunto de antier por la mañana ocurrido en Nueva York y no de una ya vieja leyenda lugareña perpetrada en Sanlúcar hace la intemerata! La Justicia suele funcionar –he aquí un caso—con pie de tortuga y vista de topo, pero hay casos –éste mismo—en que parece empeñada en dar el espectáculo.

Que no

Fue don Enrique Tierno quien dijo que los programas (excuso decir las promesas) electorales están ahí para no cumplirlas. La consejera de Justicia sigue esa doctrina al pie de la letra y, de paso, se implica hasta las trancas, con perdón, en la estrategia de acoso, derribo y tierra quemada decretada por su partido contra el alcalde da la capital. No habrá ‘Ciudad de la Justicia’ en Huelva como en otras capitales, a pesar de estar prometida y comprometida, ni siquiera habrá remiendo a base de enfoscar la vieja delega de Educación, que está enfrente; simplemente, no habrá. Y por descontado, dice la consejera que la culpa es de Pedro Rodríguez que cicateramente niega terrenos para consrtruirla, gran falacia porque en el Ayuntamiento no hay ni rastro de solicitud por su parte en este sentido. Total, que no, una vez más. A los onubenses de la capital se les niega su derecho a elegir al alcalde que prefieren a base de cerrarles el grifo de la Junta. Los ciudadanos deben tomar buena nota de estas cosas y luego hacer libremente sus cuentas y tomar sus decisiones.

Elogio de lo mediocre

La madre del cantante Bruce Springsteen –“Subid el volumen, poneos los zapatos de baile y disfrutad”—ha participado en el homenaje que el antiguo colegio del nene le ha ofrecido en su calidad de triunfador, con un discurso escrito por éste, en el que se hace sin ambages, aunque con cierta ironía respecto del sistema educativo, un rotundo elogio de la mediocridad: “Pasé mis años en el instituto básicamente como un paria y, como mucho, como un estudiante mediocre al que seguramente habrían votado como ‘el estudiante con menos posibilidades de triunfo’ ”. Ahí queda eso, como una pedrada sobre la castigada vidriera de la educación, como un petardazo en pleno rostro de esta sociedad ambiciosa que dicen que prepara obsesivamente a las nuevas cohortes generacionales para que descuellen en la vida por encima de las demás. El ideal familiar de la educación atraviesa una crisis tan profunda que los propios padres no saben ya si será mejor endurecer los controles o entreabrir portillos a la picaresca, si exigir buenos resultados en ‘mates’ y en ‘filo’, o ponerle una vela al santo para que la buena nueva de una “Operación Triunfo” le sea revelada al alevín en tiempo y forma. ¿Por qué estudiar, qué razón hay para perseguir la ‘excelencia’ (como está de moda decir entre los expertos) cuando quien de verdad arrolla en España es quien acaba siendo catapultado por la tele a la galaxia del mercado? Uno de los rasgos más inquietantes que ofrecen esos trampolines a la fama es el resultado generalmente mediocre que logran, es decir, la astucia con que saben elegir mediocres arquetípicos capaces de permitir la identificación/proyección masiva de la ‘basca’ en sus iconos no poco imaginarios. La sociedad –es decir, la tele—ha seguido la senda abierta por los planes educativos. El elogio de lo mediocre que acaba de hacer Bruce Springsteen, como el que (a escala, se entiende) pudiera hacer cualquiera de nuestros “triunfitos”, revela de una vez por todas que nuestra era ha entronizado la medianía en el lugar tradicionalmente reservado a lo sobresaliente.

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Lo que ofrece a nuestros hijos el sistema educativo en general es la sustitución del inevitable sentido del deber por la seducción de la aventura. Las pautas juveniles son tiránicas y expulsan con ferocidad de su ámbito a los discrepantes, condenados de por vida a merodear por las orillas de la tribu en lugar de participar plenamente de su reconocimiento y protección. Nunca entendí por qué Sartre sostenía en su “Nekrassov” que la mediocridad no si imita, cuando es evidente que apenas quedan posibilidades de sobrevivir al margen de ella una vez que se ha logrado su instauración como gran pauta colectiva. Al contrario, no hay por qué extrañarse de la tendencia política a primar los planes de estudio permisivos que a la mediocridad conducen, por la sencilla razón de que esa atractiva oferta de lo fácil garantiza la adhesión social en los términos que lamentablemente estamos comprobando desde hace demasiados años. Lo que pretende transmitir el mensaje de Springsteen a sus coleguitas es un espléndido sofisma, no cabe duda: el que sostiene que no merece la pena el esfuerzo escolar porque el destino de cada cual no es un logro necesario sino un azaroso resultado que no depende siquiera de nuestra iniciativa. Recuerdo que un tipo tan azacán como Balzac mantuvo la tesis de que, en su tiempo, era el propio sistema social el que había ‘deificado’ esa mediocridad para poder mantenerse en pie. Si Balzac echara una mirada alrededor nuestro y viera lo que está ocurriendo en las aulas y en el patio de las escuelas seguro que convendría en que en su día exageró los términos de la cuestión. No había dioses entre sus personajes, que yo recuerde. Hoy, en cambio, hemos construido un Olimpo que poblamos a base de organizar un ‘casting’ un martes sí y otro también. La ‘excelencia’ son Bisbal o Chenoa, no por casualidad sino porque así lo han querido los sucesivos Gobiernos.