Propios y ajenos

La minerva autodidacta del PSOE onubense, Mario Jiménez, califica de “vendido” al tránsfuga que le ha arrebatado al alcaldía de Beas a su partido y, en consecuencia, le “cierra las puertas de su partido”. Gran idea, en principio, incluso si se descuenta el disparate que suponía mantener la parálisis de la alcaldesa anterior que, por no hacer, no hacía ni presupuestos. A los tránsfugas de Gibraleón, en cambio, ya verán como nadie les cierra ninguna puerta y hasta aparecen en las listas de las próximas municipales, una vez “reconciliados”, siquiera de palabra, con la disciplina. En ninguna parte se respetan los acuerdos antitransfuguismo, pero en ninguna llega tan lejos el cinismo como en nuestra provincia, al menos desde que los “renovadores” se hicieron con el puente de mando. Es más, da la impresión de que el transfugazo se ha convertido en el último instrumento de los pragmáticos. De aquí a las elecciones puede que nos quede por ver todavía algún que otro golpe de mano.

El mono feliz

Espero que no se me fiche como pesimista irremediable si digo que acaso no exista mayor estafa que la idea de felicidad inventada por los filósofos y adoptada con amargo entusiasmo por la gentecilla del común. La aspiración al bienestar absoluto tiene que ver con el instinto, por supuesto, pero han sido los razonantes quienes le han otorgado la carta de naturaleza sin la cual no hubiera contado tanto en la comedia humana. Claro está que los filósofos han debido curarse en salud hablando de ‘eudemonismo’, es decir, desencarnando el sueño humano y la aspiración instintiva, a un plano abstracto en el que el deseo pudiera ceñirse a la idea, esto es, aceptar una versión del deleite más concerniente a la conciencia que a los sentidos. Eudemonismo, palabra que encantaba al Kant de la “Razón Práctica”, traduce literalmente la idea de que el sujeto está amparado por un demonio bueno –emparentado más tarde por el pensamiento cristiano con la Providencia y hasta con el ángel de la guarda— que le facilitaría la posesión de los bienes materiales necesarios para satisfacer razonablemente la aspiración al confort del cuerpo y del alma. Pero los hombres han venido saltando limpiamente sobre la razón ética y atenerse a una noción más pedestre del deseo y cada vez más alejada de esa tradición que inaugura Aristóteles, canonizan los estoicos, sacramenta Boecio, cristianiza Buenaventura y entierra la experiencia cotidiana de la fatalidad. Es verdaderamente notable el empeño de las generaciones en superar lo insuperable, en inventarse la realidad y hacer de su propio “desideratum” una especie de realidad escondida. Los filósofos han sido, en este sentido, bien prudentes al resignar el concepto en el ámbito vulgar. Rostand llegó a decir que la felicidad inteligente no existe. Epicuro, Epícteto, Séneca y tantos otros lo dijeron de otra forma pero quizá no más rotundamente. La ambición de la totalidad se disuelve al fin en la nada. Decía Alain que este tipo de conclusiones se entienden sin esfuerzo a la vuelta de los entierros.

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Anda por ahí rulando la curiosidad del fracaso del rey de Bután, el minúsculo edén de Shangrilá, en pleno Himalaya, en su intento de imponer la felicidad por decreto a sus súbditos, un objetivo político y constitucional, como bien sabemos, no del todo ajeno a Occidente. Todo parecía ir bien en el riente paraíso hasta que al sátrapa en cuestión, el rey Wangchuck, se le ocurrió hace unos años modernizar su edén ampliando aquella ventura tradicional con el añadido catódico de la contemplación televisiva que ha hecho añicos sobre la marcha la beatitud budista hasta reducirla al caos propio de las sociedades modernas. Nada es igual ya, por lo visto, en Shangrilá, no se extasían los súbditos felices repitiendo el mantra ni buscan en el horizonte del ocaso la señal bendita del Maestro, sino que se abisman en la pesadilla televisiva en busca de una nueva moral que anda dando de sí crímenes nunca oídos, al tiempo que desfonda la vieja sociedad que venía recorriendo los siglos sin alterar el paso ni perder la sonrisa. Ahí tienen esos que sostienen que la perversidad creciente nada debe a la pedagogía de la tele el mejor argumento en contra de su tesis, y ahí tiene ese tirano benéfico la comprobación fehaciente de que la felicidad puede que sea “una aptitud”, como decía agudamente el olvidado Bernard Grasset, pero acaba resumiéndose siempre en ese fracaso mayúsculo que Pascal describió como nadie. Hace poco ha aparecido una curiosa reflexión conjunta sobre “La historia más bella de la felicidad” en que un grupo alrededor del sabio Delumeau viene a confirmarnos lo que siempre supimos y, de paso, a ponernos en guardia frente “la tiranía de la felicidad”, esa vieja férula reestampillada filosóficamente por la Revolución Francesa. En Bután han sustituido el sueño del nirvana por el tontiloquio venezolano de las telenovelas y los místicos sablazos del ‘kung fú’ interactivo. Aquí no hemos de perder todavía la esperanza de recorrer ese camino al revés.

Teoría del “poyaque”

En la espléndida entrevista de Javier Caraballo al Consejero General del PGOU de Marbella, Arturo Moya, los lectores pudieron detectar ayer por dónde van los tiros desconcertados de cuantos han tenido agua, sal y asiento a la lumbre en ese cortijo vergonzoso. ¡Pues no que dice don Arturo –un hombre con tan dilatada experiencia política y administrativa—que lo de la obra de un millón de euros que se hizo en su casa una alcaldesa que ganaba uno de pesetas al mes, no es otra cosa que el efecto “de la vieja teoría del ‘poyaque’, pues ya que hacemos esta mejora hacemos otra y…” (sic). Hombre, Consejero, se comprende que trate de salvarse del incendio y salte por la ventana más próxima, pero ¿de verdad no le de grima sostener argumentos como ése? La patulea de Marbella está donde hace mucho que debió estar, se lleve usted mejor o peor con la alcaldesa. Dice usted, por ejemplo, que “si es así (como dice el juez), la alcaldesa tendrá que pagarlo”. Pues “pa’ chasco”, como dicen en el Foro, estaría bueno que le saliera gratis.

Huelva conections

Sin noticias de la presunta conexión marbellí de Almonte ni del estudiado pelotazo de Riotinto, surge la noticia de que una de las tránsfugas de Gibraleón ha ocultado al Ayuntamiento su condición de apoderada de dos inmobiliarias de tronío que se proponen actuar en la localidad. Así, sin papeles ni mandangas: compatible por autodesignación y a la norma de compatibilidad, obligatoria para todos, que le vayan dando. Muchas “conexiones” son ya ésas, mucha causualidad tantas proximidades entre el mercado inmobiliario y el mercado político, en el que, al parecer, la oferta aumenta al ritmo de la demanda. Me imagino que el PSOE negará primero, eso se comprende, pero que luego, cuando ya no quede resquicio, tendrá que hacer algo con su “ex no es”, no sé, pues pronunciarse al menos y decir que eso está muy feo y que esas cosas no deben hacerse. Sube la marea de basura que parece que estamos en Santiago.

Vidas clandestinas

Cuando Semprún escribió su primer libelo sobre “Federico Sánchez”, es decir, sobre sí mismo, los viejos del PC recordaron a coro el viejo mote de “Pimpinela Escarlata” con ya le conocían de los tiempos de su costagavriana clandestinidad. A Semprún le chiflaba la clandestinidad como arrastrado por un talante aventurero que le hacía ver en ella una suerte de juego, un ajedrez vital en el que los caballos debían improvisar sus propios saltos, las torres resistir y moverse por sí solas, pero en el que las piezas se comían de verdad. Por eso, ante la noticia de que la policía política detuviera, cuando la gran ‘caída’ de Madrid, a uno de sus compañeros de piso franco, Simón Sánchez Montero, ‘Pimpinela’ no se inmutó sino que fue a pasar la noche como si tal cosa al piso, desde la seguridad absoluta de que los tormentos que, sin duda posible, Simón estaría padeciendo en los calabozos a manos de los verdugos, no lograrían arrancar del supliciado la menor confesión. En la clandestinidad convivieron, como no podía ser de otra manera, activistas del modelo romántico, como Semprún, y militantes estrictos y disciplinados como el propio Simón o como Julián Grimau (el tercer inquilino de aquel piso famoso), y no hay más que echar una mirada a las memorias del que luego sería ministro de González mientras ocurría la locura del GAL, para ver claro el desdén con que aquel comunista galán y sartriano consideraba a sus camaradas de perfil social bajo o “look” pedestre. Grimau era un pobre hombre, Montero un adocenado, el ‘Tanque’ un borrico con buen fondo. Sólo él y sus amigos del “Café de Flore” eran plenamente dignos de acceder al glorioso olimpo en el que se premia al héroe con el néctar de la fama y la ambrosía del reconocimiento. Son cosas que han pasado siempre hasta en los mejores partidos. Nada de extraño tiene que pasara también en el único que se movía durante la tremenda clandestinidad.

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Estamos leyendo estos días obituarios de Sánchez Montero para todos los gustos, aunque entre ellos primen, como es natural, las clásicas elegías con que es habitual adornar la memoria de quienes ya no cuentan. La figura de Simón, sin embargo, se ajusta enteramente al perfil que Sartre trazó en “Situations” a propósito del militante, aquella lúcida y dramática visión de esa forma de alienación, a veces consciente, que eleva moralmente a los hombres justo a base de desposeerlos de su autonomía moral. Recuerdo muy bien la mezcla de afecto y desconfianza con que Simón, un hombre bueno, trataba a los jóvenes que llegaban empujando a la vida del partido, el tacto seco aunque cordial con que frenaba impulsos y proponía desconcertantes ejercicios de paciencia y tenacidad que se avenían mal con las prisas de la edad. Y comprendo que hoy se valore apenas la vida consagrada a una causa que venía de una derrota y tenía mucho de perdida de antemano, quizá porque en la política de la democracia se puedan contar con los dedos los actores que de verdad de la buena tomaron parte en aquella sorda batalla de los clandestinos. Vi en Madrid la última vez a Montero con un grupo de aquellos jóvenes bárbaros ya moderados por el tiempo, y recuerdo con que firme cortesía eludió pronunciarse sobre el tema de la corrupción y otras defecciones de las izquierdas que alguien trataba de plantearle. Pero hace tiempo que esa especie se extinguió en esta selva, olvidada en vida, incluso despreciada por quienes más le han debido, mientras Semprún y su cuadrilla paladeaban sus martinis en el “Café de Flore” haciendo tiempo para cruzar a ‘Lip’ en busca del suculento codillo. La vida es injusta incluso entre camaradas, hasta en la cálida penumbra de la clandestinidad. Algunos recordaremos con veneración, sin embargo, a aquellos héroes opacos sin los que tal vez ningún brillo ajeno hubiera sido posible.

La almoneda andaluza

Andalucía no vale un pimiento para sus políticos: ahí tienen el voto unánime de los diputados de la izquierda a favor de un Estatut que –según alguna fuente habitual de la propia Junta de Chaves—perjudicará gravemente los intereses de nuestra comunidad. Ni un pimiento, ya digo. A ver cómo podría extrañarnos que, en esas condiciones, la defensa del patrimonio cultural le importe una higa a nuestros gobernantes, capaces de “negociar” con un coleccionista clandestino, como hizo la hoy ministra de Cultura siendo consejera, o de dejarse robar unas vigas históricas de la Mezquita cordobesa que van a ser subastadas en Londres. Puestos a hacer extravagancias aquí se permite a la piqueta ultramoderna entrar a saco en un monumento como el palacio de San Telmo con tal de arreglarle un apartamento al Presidente y, de paso, se canoniza el “toro de Osborne” pero tan mal que el TSJA primero y luego el TS han debido corregirle la plana a una consejería que no sabe lo que trae entre manos. ¡Dos leyes de Patrimonio y nos roban a manos llenas! Cierto es que los expoliadores cuentan con una Junta que es contribuye al disparate acaso más que nadie.