Infamias y amnesias

 Intolerable las declaraciones de Barrero tratando de relacionar la catástrofe de Marbella con el Ayuntamiento de Huelva, los mangazos marbellíes (de los que su partido sabe lo que sabe) con un plan tan público y manifiesto como el proyecto del Ensanche. Eso de las “barbas del vecino” que ha dicho es una infamia, no sólo porque sabe que carece del menor fundamento, sino porque lo dice alguien a quien el propio Chaves hubo de pararla los pies en un macropelotazo –el de Punta Umbría—no antes de que mandara a su casa al delegado de Medio Ambiente por el solo intento de hacer cumplir la ley. El PSOE de Huelva se está radicalizando en términos que ni siquiera explicarían su desconcierto ante la aparente inexpugnabilidad de la alcaldía de la capital, es decir, de su máximo fracaso. Pero aunque sólo sea por la mínima dignidad sin la que la política es puro filibusterismo, alguien debería llamarle al orden.

Democracia porcentual

Un cuarto de siglo no ha bastado para que entre todos los partidos que nos asisten en esta cojitranca democracia hayan sido capaces de hallar una fórmula equilibrada para su financiación. Que la financiación de los partidos está mal regulada es el argumento en que unos y otros vienen refugiándose, escándalo tras escándalo, sin que ninguno, por la cuenta que a cada cual le trae, haya acabado por dar el paso al frente o tirar de la manta de una vez por todas para proponer un sistema más justo y menos delincuente, lo que significa, obviamente, que ninguno quiere cambiar el sistema actual porque a todos les va medianamente bien con él. El clima de aceptación tácita o pasiva de las corrupciones, detectable desde hace años entre los ciudadanos, tiene en ese argumento falaz el principal apoyo desde que fuera formulado en sede parlamentaria en los memorables discursos del “caso Guerra” y alcanzó su cumbre en el despreciable amago debelador perpetrado por Maragall en la cámara catalana cuando, para sacarle los colores a CiU, tuvo la osadía de recordarle el famoso “problema del tres por ciento” que, según él, abrumaba a los pujolistas. Y ahora es ERC la que se ve contra las cuerdas al airear sus adversarios regionales que la formación separatista anda despidiendo de sus puestos en la Generalitat a aquellos militantes propios que se niegan a pagar el peaje político impuesto por el partido y que, según ciertas fuentes, oscila entre el 4 y el 24 por ciento de los sueldos, escándalo al que la descubierta ha reaccionado criticando a los otros partidos como hipócritas consumados (en lo que no le falta razón), CiU pidiendo la intervención de la Justicia y el PSC sacando a pasear la inevitable teoría de la conspiración. Parece claro que nuestros partidos han optado como fórmula idónea para su financiación por el doble sistema de cobrar porcentaje tanto a sus empleados como a quienes contratan con las Administraciones. Y que ninguna ley del ramo podría dar de sí lo que ha dado ese tocomocho: no hay más que echar un vistazo a los gastos de quienes nos gobiernan.

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ERC lleva razón, por una vez, en acusar de hipócritas a sus rivales políticos, sin embargo, porque cualquiera que sepa donde está de pie en medio de este ruedo político conoce la antigua práctica que ahora simulan descubrir los catalanes. Porcentajes del sueldo les han sido exigidos a los militantes en todas partes y desde que comenzó a funcionar este tinglado, de la misma manera que en la inmensa mayoría de las oficinas públicas no constituiría hoy por hoy gran novedad el hallazgo de un cohecho. ¡Pero si en el Ayuntamiento de Sevilla, por ejemplo, aparte de las facturas falsas impunemente emitidas y pagadas, se buscan en este momento nada menos que 70 obras pagadas pero ilocalizables! ¿O no es cierto que los cargos públicos del PSOE y de otras formaciones vienen “cotizando” en Andalucía al menos desde los años 80? Claro que una cosa es exigir la “cotización” y otra bien distinta despedir al que se niega a cotizar, como una cosa es ‘cohechar’, y discúlpenme el barbarismo, al contratante –como Jesús Gil probó judicialmente que aquí se ha hecho– y otra distinta quitarle la obra al adjudicatario en caso de incumplimiento del cohecho. Es una injusticia que los ‘cafelitos’ de Juan Guerra se hayan convertido en un emblema que disimulan por el envés de la solapa la práctica totalidad de los mangantes de partido. Ahora bien, lo que es ya un oprobio es asociarse políticamente con aquel a quien se acusa de arramblar con el 3, con el 4 o con el 24 por ciento de lo que sea, y eso es precisamente lo que en este descalabrado momento hace el propio Gobierno de la nación al mantener el “Tripartito” en Cataluña o al pactar en Madrid con quien les dejó claro en su día que, o retiraban la acusación, o se quedaban sin futuro político. La corrupción no es un epifenómeno de este sistema. Cuando hemos querido darnos cuenta se había convertido nada menos que en su clave de arco.

Alguien miente

No pueden llevar razón los dos si mantienen versiones contrapuestas: o el PSOE o el PA mienten cuando dicen a un tiempo que dijeron y que no dijeron lo que seguramente hubieron de decir sobre el concepto de Andalucía. Claro que si Chaves tiene ese papel comprometedor no tiene más que enseñarlo y si Álvarez conserva el presentado liquidaría el problema mostrándolo a los andaluces. En todo caso, saquemos tres conclusiones: una, que al peatonaje andaluz le da igual que le da lo mismo el nombre que quieran ponerle a esa contrahecha criatura; otra, que el PSOE no debe de tenerlas todas consigo ante la perspectiva de quedarse solo con IU en este absurdo enredo; y tercera, que esta última está quedando tan en ridículo como el propio Anguita ha tenido la gallardía de subrayar en esta páginas. No sólo son incapaces de interesar al ciudadano en la política, sino que se permiten quedar por mentirosos una vez tras otra como so eso fuera de recibo en la vida pública. Ni soñando tendrían un pueblo tan pastueño como el nuestro. Ni nosotros una caterva más desahogada y menos rigurosa.

Modelos no faltan

El nuevo director del Festival de Cine Iberoamericano, Eduardo Trías, ha desembarcado en la capital con el mensaje de que aspira a conseguir un “nuevo modelo profesional y mediático” del viejo certamen, ya que el antiguo le resulta a él “muy comercial y mercantil”. Para ello compromete un proyecto “con una impronta nueva y más marketing” al estilo de otros festivales entre los que no ha olvidado el de Málaga. Y con mucha razón, porque ahí tiene, bien cerca, un Festival que se supera a ojos vista y que crece cada año a pesar, incluso, del ninguneo a que, él sabrá por qué, lo somete el Ministerio. Está muy bien el nuevo plan –reconquistar a la capital, contar con los estudiantes universitarios, recuperar a los nostálgicos—y ahora sólo falta aplicarlo, más allá de las palabras, que es bien sabido que se lleva el viento. El Festival ha estado a pique de irse al garete tras un cuarto de siglo. Nombrado a dedo o paseado a hombros, quien vaya a dirigirlo desde ahora tiene a la vista muchos ejemplos de cómo se hace eso, y no pocos de lo que no se debe hacer.

Vencedores y vencidos

Cuando mi generación, que es la ahora tan denostada del 68, llegó a la universidad a comienzos de aquella década no poco prodigiosa, nuestros hermanos mayores acababan de dejarla de un modo, ciertamente, ruidoso. El año 56 proporcionó a la dictadura uno de sus primeros soponcios “modernos”, por decirlo así, es decir, no ya uno de aquellos coletazos sombríos –epigonales, heterodoxos o incluso revolucionarios– de la contienda civil, sino el primero tal vez protagonizado por la gente nueva, por una generación definitivamente separada del “espíritu de la guerra” que hacía poco había evocado Bernanos, unas cohortes educadas ya en relativa libertad y sólo muy relativamente relacionadas con las corrientes culturales europeas, pero a las que nada ataba ya a la memoria del fratricidio. Un muerto accidental –o quien sabe si no tanto—, alarmó entonces a España entera con el espectro de una imprevista insurgencia que los propagandistas presentaron como constituida por los satisfechos “hijos de la paz” del Régimen y, en consecuencia, como la mala hierba que era preciso extirpar de raíz. Enrique Múgica, el personaje que hoy nos acompaña, era uno de aquellos hermanos mayores de mi generación y sospecho que uno de los más activos conspiradores de aquella hora delicada en la que, en torno a la idea de un Congreso de Intelectuales Jóvenes, un grupo de estudiantes –como él vinculados a la militancia de izquierda–, apoyados en algunos intelectuales rebotados de la experiencia inicial del franquismo, trataba de remover como fuera las aguas muertas de una universidad sin pulso que en pocas horas rebotaría como un lastre insoportable al propio Laín ,y de un Régimen que, en el mismo plazo, daría con los huesos de Ridruejo en la cárcel. Entonces estrenó Enrique Múgica su experiencia carcelaria –luego vendrían otras cuatro prisiones y algún confinamiento, si mal no recuerdo—y nosotros, los alevines que veníamos tras ellos, veríamos por vez primera entre rejas a aquellos “hermanos mayores” cuyo rastro seguíamos confundidos sin saber ni bien ni mal el por qué de aquellas severidades que, a pesar de todo, comenzaban a prestarle a la vida política española un cierto nimbo de modernidad.

Enrique Múgica es un español varado entre esos dos apellidos soberbios pero fatales que han marcado su vida. Uno es el vasco ‘Múgica’ de aquel padre violinista perdido tan prematuramente, cuya sangre habría de ver derramada luego por los asesinos de su hermano; y otro, el Herzog israelita, llegado en el caudal de la sangre desde aquella trasabuela judía y polaca a la que la perfidia nazi arrastraría bárbaramente desde su Cracovia natal hasta el campo de concentración. Pero es también uno de aquellos españoles a los que la edad situó en pleno ecuador de la tiranía, dejándolo a merced de un arbitrio brutal que habría de romper sin contemplaciones su biografía con largos y reiterados periodos de prisión. ¡Vasco, judío y antifranquista en medio del siglo XX español! Las cartas no le vinieron de mano, ciertamente, a este Enrique Múgica, actor constante de la vida política española durante medio siglo, noble y forzado Zalacaín más que Aviraneta, militante rebelde, intelectual abierto, compañero magnánimo y rival incómodo raramente callado en el rincón de las convenciones. Sólo los hombres que han ganado y perdido, aquellos que conocieron el dolor y la adversidad frente a la bonanza y el éxito, están en condiciones de valorar la vida en toda su significación, sólo quienes hubieron de batallar con dureza por su propio albedrío, dejándose en esa lucha al hermano o al amigo, pueden decir con propiedad de qué hablamos cuando nos llenamos la boca con la palabra Libertad.

Libre siempre en su arriscada independencia, Múgica proclamaba hace poco –y en un foro, sin duda, incómodo—que la única paz decorosa a que puede aspirar la democracia española frente al desafío terrorista es una paz “con vencedores y vencidos”. No es cosa de incomodarle ahora enfatizando los términos, pero tampoco resulta posible eludir el peso de esa valerosa conciencia en un momento desorientador, como el que vivimos, para salir indemnes del cual será preciso recuperar cuantas energías éticas y morales queden por ahí dispersas, y reunirlas en una apretada gavilla como un símbolo de esperanza. ¿O es que puede haber Libertad en una sociedad derrotada, acaso cabe dignidad donde ni siquiera quedan claras las identidades, derechos y deberes al margen de una norma fundamental que atraílle las pasiones de todos como unas riendas legítimas y voluntariamente aceptadas? La larga experiencia política de Múgica cifra toda la vida española justo desde que, bajo la dictadura, se percibieran los primeros síntomas de vitalidad cívica, hasta esta coyuntura impredecible en la que está en juego mucho más de lo que permite el sentido común. Quizá por eso él se presenta hoy enarbolando desde el título el concepto fundante de Libertad, sin el cual, referirse del resto de la axiología política no deja de ser hablar de la mar. Múgica sabe muy bien, por lo demás, como muchos españoles, que ni Libertad ni independencia de ánimo son dones gratuitos que se ofrezcan sin contrapartida al caminante, sino que, muy al contrario y por desgracia, ambos pertenecen a ese repertorio cívico elemental, básico, de derechos que obligan o de deberes que respaldan, sin los cuales la democracia es apenas un concepto a medio perfilar. Porque la Libertad a la que se refieren estas reflexiones constitucionales no es distinta de la que atropellaron los verdugos apocalípticos de su bisabuela judía o de su malogrado hermano, ni la que a él mismo, como a muchos españoles, nos arrebataron luego simplemente por reclamarla.

Nunca pasó Múgica desapercibido por la escena española pero muchos entre quienes lo conocemos de antiguo certificaríamos que muy a pesar suyo. Tampoco hoy deja de resonar de vez en cuando el eco decidido de su razón y de su voz. Hermano menor, al cabo, no escatimaré mi respeto para quien aún puede emocionarse ante el rezo del ‘kadish’ o el rito del aurresku, guardando en el bolsillo con discreción su credencial de represaliado por la Justicia. Él cifra esa lucha hoy en torno a la palabra Libertad. Con todo lo que en ella cabe, muchos de nosotros también.