Almonte en directo

Mal cariz toma lo de Almonte, incluso tras tomar nota los barandas locales del relativo desmarque de la “Provincial” (seguramente sugerido desde la “Regional”) ante el caso de la casa, ya saben, el refugio ilegal del concuñado que, al parecer, utilizaba el propio monterilla. Que le han quemado la casa a un denunciador está claro como el agua, que hayan saboteado temerariamente el coche de otro es algo que la autoridad debe esclarecer sin demora, que el hotel del marbellí Roca sigue abierto sin papeles es una evidencia, que a partir del “permutazo” a favor del amigo de Bella, Almonte se ha demediado, otra. Ese pueblo partido en dos y pendiente de la tele local, con concejales adictos acribillando a los críticos, ese programa chaveziano dedicado al alcalde –“Una hora con Paco”–, ese cruce de amenazas de querellas y demandas más próximo de “Salsa rosa” que de una política decente, están haciendo del pueblo onubense una maqueta a escala de la Marbella más tópica. Bella debe poner orden en su pueblo, corregir lo imprescindible y pacificar los ánimos. Al fin y a al cabo él es quien ha permitido esta escalada pro acción u omisión.

Como si tal cosa

Dicen que las encuestas en Italia arrojan una mayoría abrumadora de convencidos de las relaciones mafiosas del anciano Androetti, sobre su implicación en el triste caso del asesinato de Aldo Moro, sobre el significado elocuente del beso ritual en la mejilla del ‘capo’ Totó Riína, y sin embargo, ahí lo tienen, poniendo boca abajo el Senado de la nación a sus ochenta y siete años y tras escapar por los pelos de varios procesos sicilianos, verificando con su resurrección política la evidencia de su propio aforismo: “El poder desgasta sólo a quien no lo posee”. Uno de los fracasos más elocuentes de la traicomedia democrática es la vuelta al poder de los delincuentes, convictos o presuntos. Volvió Papandreu tras llevarse el manso del Banco de Creta (20 millones de dólares, según decían entonces los yanquis y quienes no eran los yanquis) y hasta ganó por goleada unas elecciones. Lo intentó Carlos Andrés Pérez, el amigo de González y patrón de la Internacional, tras ser expulsado del poder por malversador. A punto está de retornar también Alan García, que en el 92 se libró por tablas saliendo de naja para Colombia tras ser pillado metido hasta las trancas en la ciénaga. Y en el poder sigue Chirac, como Berlusconi, uno y otro acogidos a sagrado bajo la púrpura, y ambos expuestos a que les caiga encima el responso en cuanto bajen del presbiterio, lo mismo que el ex-premier Juppé, todavía atrapados en la cadena que el ‘Canard enchaîné’ les echó encima, total por la rebajita que le hicieron en el apartamento parisino al hijo de papá, hace ya unos quince años. Con las maletas hechas pero con guardia de vista aguarda en Chile Fujimori, “el Chino”, después de su forzado exilio en Japón, y tras haberse llevado hasta las llaves de la caja y patronear la tiranía durante años. Da la sensación de que los crímenes de los mandatarios rompieran la tela de araña que es la memoria pública y que una rara prescripción amparara a esos altos delincuentes tan pronto reconciliados con el mismo personal que se desgañita exigiendo mano de hierro con la delincuencia menuda. Ése es uno de los fracasos morales más inexplicables de los sistemas libres. Pero el espectáculo empieza a ser inquietante incluso para quienes se inclinan ante esa impunidad. Antier mismo reclamaba Ibarra al fiscal del Estado que gaste con Vera la misma blandura que con los proetarras. Ya ven que aquí se ha vuelto normal hasta defender a un secuestrador que cumple pena por robar fondos públicos.

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Una intolerable lenidad distorsiona el criterio público ante el crimen del poderoso. Se le perdona con facilidad al saqueador del Estado lo que de modo feroz se reclama que sea castigado en el delincuente peatonal. La gente no ignora quién es Andreotti o cuánto arrambló Alan García pero está tan dispuesta a echar pelillos a la mar y devolverles la tiara como a exigir que se sancione al pringao que mete la mano en el cepillo o se deja encandilar por una mordida de poca monta. ¿No cuestiona este hecho la legitimidad democrática, incluso su razón, hasta hacer que cruja en su entraña algo irreparable? Admitir que desde Perón a Arafat , desde Mobutu a Sukarno y desde Filesa a Banca Catalana, los mismos que libremente elegimos para que gestionen nuestra legalidad son delincuentes magníficos, constituye una suerte de perversión que los manuales no contemplan y los pueblos, reconvertidos en electorados por la ética subliminal de las propagandas, no consideran –a la vista está– causa bastante para su rechazo. Vuelven una y otra vez, hayan hecho lo que fuere, hayan defraudado, mentido incluso matado: todo indica que la cosa no tiene remedio. Toda Atenas sabía, muy probablemente, que Pericles no era precisamente un bendito y, sin embargo, ya ven qué buen nombre le ha quedado. Los Pérez, los García, los Fujimori, los Papandreu, tantos otros merecerían que esta Atenas complaciente se volviera de pronto una Esparta cabal. Puro cauterio: la democracia, tal como va, o arde o se pudre.

Dos Andalucías

Desde ayer media Andalucía aparece detrás del nuevo Estatuto autonómico y otra media delante. Se han dado traza y modo a forzar la exclusión de esa mitad cerrando pactos bajo la mesa y haciendo de una verbena una feria que ya veremos cómo acaba. Chaves ha conseguido lo que quería: cubrir a su partido, que ZP no se quedara sólo ante la ignominia constitucional perpetrada en Cataluña y, de paso, más poder para el soviet regional, control de la Justicia que ha de ser independiente y otras regalías. La “bisagra” de IU también: más escaños para que resulte más fácil acceder a la nómina del Parlamento y vayan ustedes a saber si algún otro regalito. Lo que nadie dice con claridad es qué ventajas tendrán los andaluces porque la ley nos conceptúe como “realidad nacional” (lo de “nación”, como en Cataluña, no se han atrevido), Chaves controle mejor o peor los pleitos del TSJA o su poder administrativo tenga más margen, o porque Diego Valderas pueda, al fin, volver al Parlamento colándose por el agujero agrandado en la urna. Se acaba de consumar el mayor camelo de la autonomía a costa de partirnos por gala en dos. Dos Andalucías: PSOE e IU han conseguido lo que no lograron los enemigos del autogobierno.

La patata caliente

“Si la casa del alcalde de Almonte es ilegal la Justicia debe intervenir” (copyright: Mario Jiménez, “el autodidacta”). Ya ven qué forma de pasar la patata caliente, qué descaro al echarle a los jueces una tarea –aclarar qué está pasando en el urbanismo almonteño y no sólo en esa casa tan particular del cuñado del alcalde—que obviamente corresponde antes que a nadie al Ayuntamiento, al gobierno municipal que ejerce el PSOE almonteño, al alcalde Paco Bella, más afectado que nadie por andar por medio su amigo y su cuñado. A estos políticos sobrevenidos, sin otra base que la adquirida en los pasillos partidistas, les parece un hallazgo que la Justicia intervenga en caso de ilegalidad y ni se paran a considerar la responsabilidad política que concierne a los partidos en que, presunta o demostradamente, se producen. En Almonte, se pongan como quieran ponerse, han ocurrido cosas que reclaman una explicación política si el partido que gobierna no quiere aparecer como corrupto. Echarle la patata caliente a los jueces es un truco tan viejo como inocentón.

Doble crespón

Se han muerto al mismo tiempo, como puestos a acuerdo, como al alimón, uno de nuestros mitos sagrados generacionales, el maestro John Kenneth Galbraith, a quien tanto quisimos, y uno de los grandes debeladores de la “utopía realmente existente”, Jean François Revel, contra el que tanto porfiamos. Esta generación mía a la que me refiero lleva demasiadas cicatrices en su piel de marrajo, hondas tajadas infligidas por la faca de la evidencia que sólo el tiempo proporciona junto con la mundología intelectual que dan los años, amargas renuncias no pocas veces claras como la luz del día, turbias otras, como iluminadas en penumbra. De la obra de Galbraith me atrapó, casi adolescente, “La sociedad opulenta”, me disipó muchas dudas “El Nuevo Estado Industrial”, me deslumbraron sus “Memorias” y me disparó la melancolía con “La gran mascarada”. Pero fue sobre todo su teoría del “fraude inocente” –la hipótesis, no poco irónica, de que la sustitución dialéctica del concepto de ‘capitalismo’ por el de ‘mercado’ acaso es una maniobra cándida de los teóricos—el hallazgo suyo que más me entusiasmó. Él nos descubrió el camelo de la “Mano Invisible”, el mito de esa “anonimidad funcional” de los agentes capitalistas, la fábula de que la lonja universal, el Marcado famoso, no es más que una especie de entidad durkheimiana, desencarnada e impersonal, responsable de lo que los ingenuos solemos achacar a la propiedad o a la gestión. Diseccionando la economía americana de los 60 acabó proporcionándonos un esquema ucrónico, válido para aplicar en las sociedades desarrolladas tras sus huellas, como las nuestras, y dejó claro que es un puro cuento eso de la separación radical de lo público y lo privado que vende el liberalismo, ultra, neo o simplemente tal. Luchó contra el consumo y a favor de la mujer, protestó como el primero (siendo asesor de Kennedy) contra lo de Vietnam, levantó el camuflaje de los burócratas autopromocionados con la monserga de que el Estado nada tiene que hacer en la producción, predicando un intervencionismo tan razonable como enérgico. Por algo el pope Hayek la tomó con él, no les quepa duda.

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Respecto a Revel, he recordado con tristeza en la radio y no sin cierta autocompasión, el recuerdo del propio Revel de la tremenda réplica que le dio un rojo serio y culto como Juan Benet a Solzhenitsin cuando al disidente se le ocurrió decir en Madrid que la verdad era que, caliente aún el cadáver del Caudillo, en España había más libertades que en la URSS, un juicio discutible si se quiere, insólito entonces, hasta inconveniente a lo peor, pero que no justificaba ni a la de tres que Benet proclamara –¡en ‘Cuadernos para el Diálogo’, no se lo pierdan!– la necesidad de reforzar el “Gulag” mientras existieran en el mundo gentes como Solzhenitsin. He ido cambiando con el tiempo mi opinión sobre su talento (y no siempre para mejor) pero manteniendo vivas en la memoria algunas de sus sentencias como dardos. La que criticaba el simplismo izquierdista de meter en el saco del fascismo a todo el que no fuera de la cuerda, la que ironizaba sobre la autoasignada infalibilidad de una izquierda que no erraba más que internamente, la que nos lanzaba a la cara aquello tan extraordinariamente inobjetable de que nuestro radicalismo consistía en negar lo realmente existente para afirmar lo utópico, es decir, lo que no existía. En un mismo día hemos perdido al gran deuteragonista y al antagonista por excelencia, imaginen la tragedia en un planeta desconcertado donde pudiera parecer que el pensamiento vivo perdura a duras penas sólo en los ancianos de la tribu. Hemos perdido todos, quiero decir, los diestros y los siniestros. Quien no lo vea así probablemente sigue alienado en su inopia o exilado en el anacronismo. Claro que el mundo no dejará de girar ni por eso ni por nada. Algunos tenemos bastante con fijarnos en nuestra propia eclíptica y sacar consecuencias de su deriva.

La foto fija

Veo la foto del Día del Trabajador –Casero, Cañamero, Gordillo—y se me antoja retrato sepia de una época en que todavía era de curso legal exigir el “reparto” como los bisabuelos de la AIT a los que los marxistas daban la vara llamándoles ‘pequeñoburgueses’, nada menos, por ésa aspiración a la propiedad. Cañamero ha comparado al PSOE con la Dictadura añorando nostálgico los manejos de la “concentración parcelaria” y las “revoluciones” del IRYDA. Un anacronismo, desde luego, porque si esa fuera la vía correcta no se explica por qué guardan silencio ante el hecho de que el cadáver de la Reforma Agraria, ¿se acuerdan?, permanezca incorrupto en el mausoleo de la incompetencia autonómica. ¿No claman porque Chaves y su corte se vayan y dejen paso a la gente nueva? Pues ellos ahí siguen, impertérritos, cuando ya nada es igual a su alrededor, ni dentro ni fuera, ni arriba ni abajo. Ocuparle hoy simbólicamente una finca a una duquesa es todo lo más un “¡Viva Cartagena!’ o un brindis al sol. Quizá al único que aún calienta algo por esos pagos mentales.