La jungla escolar

 

El Partido Popular va a exigir a la Junta que se persone en los procedimientos abierto con motivos de agresiones sufridas por los enseñantes en sus centros públicos en lugar de permanecer inhibida en un segundo plano como hasta ahora. La manifestación del orto día ya fue bastante elocuente, pero ahora se remite a un informe del propio Consejo Escolar de Andalucía en el que se afirma que de las 26.000 “situaciones de violencia” registradas en un año, el 12’5 por ciento, es decir, nada menos que 3.286 casos fueron auténticas “agresiones físicas” sin más. No admite dudas que la escuela y el instituto viven horas difíciles, que la autoridad ha quebrado y que los sufridos responsables del servicio no cuentan para nada con el respaldo de la Administración y menos aún con la cobertura del poder político. Y ésa es una situación de consecuencias difícilmente previsibles y humanamente intolerable ante la que urge intervenir con energía. Un centro de enseñanza no puede ser una jungla y hoy los nuestros más se parecen a ésta que a otra cosa. Dividan por 365 esa cifra de agresiones y se asombarán de cuántos profesores ‘cobran’ injustamente cada día.

Más fútbol

 

La afirmación, que hacía en mi columna de ayer, de que los chinos practicaban hace ya tres mil años su fútbol particular ha rebotado en mi correo electrónico, como un indignado boomerang patrimonialista, en varios irritados mensajes que la ponen en duda y poco menos que me acusan de agente de Catay. Bueno, tampoco es para ponerse así, ni mucho menos, puesto que la antigüedad de juegos o deportes (incluso sacrificiales) practicado con una pelota o balón es sobradamente conocida desde hace muchos años por los antropólogos. Aquel chino se llamaba, como ya dije, el ‘Tsu Chu’ y, según algunos sinólogos eminentes, hay pruebas de que funcionaba en aquel país hace varios milenios, muy probablemente en el marco del entrenamiento militar, un deporte en cualquier caso canonizado por la FIFA no hace mucho tiempo a pesar de la resistencia británica. Más antiguo todavía puede que fuera el “pok-a-tok’ mexicano del que nuestros curiosos cronistas dan cumplida noticia y sobre el que se ha especulado tal vez mas de la cuenta, sobre todo por parte de los etnólogos franceses que colonizaron la memoria precolonial hasta hace poco tiempo. En alguna parte he leído que los griegos jugaban a algo llamado ‘Episkyros’ del que en el inabarcable Museo Arqueológico de Atenas conserva una instantánea en mármol de singular belleza hoy día aprovechada como imagen del fútbol actual y con el que no es seguro que tenga relación el “harpastum” con que César endurecía a sus legionarios en los campamentos gálicos acechados por Astérix. Los japos tienen también su paleofútbol, por supuesto, desde hace otro tanto, un entretenimiento llamado ‘kemari’ que se jugaba con una badana rellena de serrín, según nos cuentan, y también probablemente relacionado con las prácticas castrenses. Y en fin, fútbol hay de este lado del Canal desde hace siglos, como lo prueba la ordenanza del Carlos V francés regulando el “soule” que practicaban los bretones especialmente, que consistía en patear reglamentariamente un balón relleno de salvado y que no pudo erradicar siquiera una bula condenatoria con excomunión incluida, lanzada por el papa a mediados del XV. Respecto a lo del caso chino, no parece improbable que la etimología de ese ‘tsu chu’ o ‘cuju’ coincida con la inglesa de ‘football’ pues se afirma que etimológicamente significa eso mismo, “patada al balón”. No faltan papas y césares, como puede verse, en esta historia interminable.

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Recordarán la consigan de Solís, ‘la sonrisa del Régimen’ –“Menos latín y más fútbol”—de la que hicieron astilla los mismos leñadores que hoy ajustan cuidadosos el rodrigón al plantoncillo de sus amores y esperanzas. En Cataluña he oído valorar el triunfo del Barça en términos inequívocamente políticos y en Huelva se agita una oposición municipal muy preocupada por el influjo favorable que el eventual ascenso del ‘Recre’ pueda ejercer sobre las expectativas electorales de un alcalde al que el Decano del fútbol español le debe –es obligado reconocerlo—su supervivencia. La crisis del Real Madrid, por su parte, ha trascendido en España con relieve de notición político y alcance nacional muy superior, por descontado, al concedido por los ‘medios’ y el público en general a las rivalidades políticas de gran calado que inervan la política metropolitana, lo que constituye una evidencia más de la trascendencia de un deporte/espectáculo que ha acabado creando un sector económico comparable a muchos entre los grandes de nuestra economía. Solís no andaba del todo despistado, como puede verse, como no lo andaba Jordi Pujol cuando comenzó su aventura política como un ‘culé’ más. Lo raro es que semejante potencialidad pasara desapercibida para los sátrapas chinos, los viejos samurais, los sabios griegos, los emperadores romanos, los reyes franceses y hasta los papas de Roma. Sólo en Brasil sabían lo que decían cuando llamaron “O Rei” a un futbolista.

Pueden sentarse

 

Sin llegar al “¡Se sienten, coño!”, la plataforma o lo que sea “Andaluces levantaos”, en vista del desmarque sistemático de sus ilustres integrantes (menos Rojas-Marcos), debería proceder a su inmediata disolución. No sin dar antes una explicación, qué menos, a esta parroquia atónita que ha debido soportar tanto tiempo el espectáculo de ese senado de próceres en la reserva espiritual entonando frente a las cámaras la antífona de la exigencia y el rigor. ¿No decía esa plataforma que exigía igualdad de trato entre las regiones, que si Cataluña se llamaba al fin ‘nación’ nosotros también deberíamos reclamar ese concepto, que no toleraríamos discriminación financiera alguna que agrave aún más la diferencia entre comunidades ricas y autonomías pobres? Pues, que si quieres arroz: Clavero sale en la tele diciendo que, aunque no sea perfecto (¿y qué o quién puede aspirar a serlo?), el Estatuto del PSOE, porque eso es lo que es, resulta bien beneficioso para Andalucía, Escuredo reaparece en mitines del PSOE tras fracasar en su nebuloso intento de concertación de tapadillo y Pimentel sale por peteneras en los papeles soltando amarras. Lo que no podía ser no ha podido ser y, además, seguramente, era imposible. Un “régimen” no tiene ni para empezar con una “sociedad civil”.

¡Pobre actualidad!

 

El PSOE habría hecho de la Mancomunidad Ribera de Huelva una ‘sociedad limitada familiar’, una mamela para descolocados o ‘incolocados’ de su propio partido a costa del dinero de todos. El tremendo lío de Riotinto tendría a la Mina al borde de la anarquía, según los vecinos, una vez reducida a un solo municipal, en beneficio de cacos y salvajes, su policía local. Cobra ribetes de confrontación máxima la pelea electoral que se avecina en Gibraleón. El PP acusa a la Diputación de especilar con el suelo vendiendo terrenos el destino de cuyo beneficio se ignora. Los enseñantes se manifiestan en masa y los sanitarios andan rebelados. El Festival de Cine se politiza nuevamente al comparecer en público como vasallo del PSOE. No habrá Ciudad de la Justicia ni colegio en el Ensanche. Y el viejo PC, en fin, pide en una cena la vuelta de una utópica República ya que no parece poder con el bien concreto empleo sumergido. La esperanza blanca sigue siendo el Recre. Díganme si eso es para alegrarse o para tirarse de los pelos.

Teoría del Arrebato

 

A propósito de la soberbia victoria del Sevilla –Dios sea loado–, un soberbio latinista, Antouio Ramírez de Berger, me lanza en mi blog su amistoso guante con la sugerencia de que explique, ay de mí, “por qué cala tanto en el sentimiento humano aquello de ‘panem et Circenses’ de Juvenal”. De Juvenal, maestro, y de medio mundo, porque para empezar seguro que no tendré que recordarle la receta de Tiberio –“annona et espactaculis”, carne y espectáculos—mucho más cínica que la de nuestro poeta que, al fin y al cabo, escribía asustado por los malos tiempos que le tocaron. Entretener al pueblo es al abc de todo Poder, y si no, recuerde aquello otro de Lorenzo el Magnífico –“Pane e feste tengono il popol quieto”—o la tríada tremenda que en Italia se atribuye tradicionalmente a los Borbones: “Il popolo ha bisogno di tre F: feste, farina e forca”. Entre nosotros lo explicó de una vez por todas León de Arroyal, el ‘ilustrado’ que no se fiaba un pelo del reformismo de la monarquía absoluta y propuso audazmente nada menos que una “feliz revolución”. ¡Qué le voy yo a contar a Noé del Diluvio o a un romanista del ‘evergetismo’, esa institución romana que supo implicar a la sociedad civil en la sibilina maniobra de entretener a la plebe! Al libro insuperable de Paul Veyne me remito y dejemos la cosa ahí para ir al fútbol o, mejor dicho, a la calle trastornada por ese inesperado festival de primavera que ha puesto a Sevilla boca abajo y en todas las bocas el himno sevillón del Arrebato, el niño en el que creyó su abuela. Nada tan efectivo para hacer que se olviden las penas como un copazo, maestro. No hace falta peregrinar a Juvenal, con ser tan gustoso ese viaje, para comprenderlo.

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Aturdido por el entusiasmo, me he puesto a cavilar hasta acabar confirmado en mi vieja idea de que el fútbol, nuestro deporte-rey, no es tanto ni debe su capacidad arrebatadora a su condición de espectáculo, sino a ser el vehículo de esa pulsión maniquea básica que hace que el hombre se reconozca contemplándose en el escudo bruñido del “Otro”, del rival imaginario cuya función psíquica es mantenerlo erguido. El éxito social del fútbol no reside en el espectáculo, creo yo, sino en la victoria misma, en la participación sublimada de la masa en el triunfo del símbolo apropiado, la seducción del héroe de las mil caras revestido con nuestra exclusiva camiseta y, naturalmente, la derrota –siempre imaginaria—del competidor imprescindible. En China, donde algún ejercicio bien parecido a nuestro fútbol, el ‘tsu chu’, se practica desde hace más de cuatro mil años, han bastado una década escasa para levantar una inimaginable afición de mil trescientos millones de hinchas que se calan con entusiasmo las bufandas de nuestros equipos y corean del descerebrado “oé, oé, oé” de la misma manera que nosotros nos rendimos antes su irresistible ‘todo a cien’. No somos nadie sin “el Otro”, aceptémoslo de una puñetera vez, vamos por la vida de demediados irreconciliables en busca de esa media naranja de cuyo aniquilamiento depende nuestra confirmación. El Arrebato es un bardo que nos habla con diplomacia de una guerra sin cuartel y pone a la Giralda por testigo de la ordalía que parece ser la única fuente posible de nuestra compleja autoestima. El hombre es una criatura dual y el fútbol la selva donde sus dos mitades se buscan para fundirse en el rito supremo de la aniquilación, el bosque sagrado en el que el astuto druida custodia al árbol prohibido de la rivalidad. “Panem et circensis”, ‘annona’, ‘pane’, ‘feste’: la muchedumbre silenciosa no es tan difícil de manejar, después de todo, ni en dictadura ni en democracia. El fútbol cala tan hondo en el sentimiento humano porque lo de menos es lo que ocurre en la cancha. Lo que de verdad desata ese vendaval sentimental es la índole maniquea que debe de andar alojada en ese cerebro reptiliano que dicen que todavía controla los movimientos últimos de nuestra ingenua conciencia.

El Algarrobico

 

No sé para qué quiere el PP una comisión investigadora cuando lo ocurrido en Carboneras, en El Algarrobico, con ese hotal que se metía literalmente en el mar, está más claro que el agua. Si la Junta dio por buenas “todas y cada una de las actuaciones en estos siete años”, si encima trajinó en Bruselas para arrimarle ayudas comunitarias al proyecto ilegal, si sabía y callaba mientras el propio Gobierno lo subvencionaba por contribuir al desarrollo territorial y el Ayuntamiento también le soltaba sus cuartos, ya me dirán qué es lo que queda por averiguar. El gesto falsario de presentar la inevitable demolición de ese monstruo como una prueba de sensibilidad conservacionista por parte de Chaves cae por su propio peso. No queda sino lo que no vendrá, a saber, las dimisiones en cadena que el caso requeriría por vergüenza torera, desde al alcalde a la consejera, desde el director general del ministerio hasta el ‘sursum corda’. No ha habido un caso más palmario de insolvencia administrativa que éste. Para afirmarlo maldita la falta que hace ninguna comisión.