Osada ignorancia

Ante el fracaso absoluto de su pretendida investidura, ha amenazado la Presidenta en funciones con paralizar la Administración autónoma, con expresa referencia a la sanidad y a la enseñanza. ¡Pero qué se habrá creído ese cuerpo soliviantado por la contrariedad! ¿Es que no sabe siquiera que la interinidad no implica merma alguna de la competencia mientras que, por otra parte, obliga al interino a cumplir con escrúpulo sus funciones, manteniendo el servicio público en su integridad? “O yo o el diluvio”, parece decir, como el Rey Sol, la presidenta en funciones. Ignora incluso que simplemente con amenazar/chantajear con ese disparate tiene puesto ya un pie en el delito. Evidentemente, no es lo mismo intrigar en un partido que gobernar un pueblo.

El Tendido 7

En mis frecuentes conversaciones con Borbolla –las amistades profundas están hechas de afectos y agravios a partes iguales, ya ven—sale a relucir nuestra común discordancia con la España tertuliana, y tiene guasa que yo comparta ese criterio siendo, según creo, después de Pepe Oneto, el tertuliano más antiguo del Reino. ¿Cómo puede funcionar un país en el que diariamente y varias veces al día, la opinión pública recibe el chaparrón dialéctico de una legión cada día más grandes de opinantes, que sienta cátedra de lo divino y de lo humano, por supuesto a bote pronto y sin encomendarse a Dios ni al diablo? El privilegio de haber visto los toros más de una vez junto a don Antonio Ordóñez me tiene vacunado contra los efectos demagógicos de ese “Tendido 7” que no sólo tiene la Monumental madrileña sino que la influencia televisiva ha difundido hasta en los balcones de la última capea. ¡Y qué diferencia entre escuchar la censura o el elogio pausado del maestro, del “connaisseur”, a tener que aguantar la baladronada gritona de un tendido que se ha legitimado a sí mismo, como la iglesia del Palmar! Hoy España, desde bien temprano, es un hervidero de opiniones normalmente maniqueas en la que sobran protagonistas sin cualificación bastante y falta gente reposada y culta capaz de enjuiciar los problemas con una mediana objetividad. Y eso es peligroso, al menos en la medida en que la difícil Verdad no acabe de abrirse paso nunca en perjuicio de la opinión pública. O superamos el influjo grave del “Tendido 7” o nunca tendremos un criterio que merezca la pena.

No es lo mismo entender a España desde la orientación de un Maravall o de un Domínguez Ortiz que siguiendo las elucubraciones de la fantasía nacionalista, por ejemplo, como no lo es devolver al corral un toro cojo o seriamente reparado de la vista porque lo dictamine, pongamos, un Miguel el Potra, que sacar el pañuelo verde al primer resbalón del morlaco sólo por divertirse con los cabestros. Nuestra inquietud actual debe mucho a este desorden del criterio provocado por la inflación desmesurada de lo mediático y por la moda de un debate de saldos encomendado, con las excepciones que sean precisas, a una compañía de sofistas que ha creado ya su “Tendido 7”, con su reglamento exclusivo y sin tomar ninguna alternativa. Decía Unamuno que la opinión española se dividía en dos: la suya y la de los demás. Camino llevamos de hacer de esa graciosa metáfora una lamentable y realísima tiranía.

La puerta falsa

No creo que a ningún espíritu demócrata le cuadre la solución de forzar a dos ex-Presidentes imputados a salir por la puerta falsa. Tampoco que ésa sea la solución de las corrupciones, supuesto que con ellos tuviera que ver lo que se malician los tribunales. Tan cierto es que la política no fue nunca una profesión noble, como sostiene el tópico, como que siempre hubo políticos honrados a carta cabal y hasta víctimas de su honradez. Por eso no cuadra la exigencia de los partidos emergentes de liquidar políticamente a Chaves y a Griñán haciéndolos salir, tras toda una vida dedicada a lo público, por la puerta falsa. ¿Qué se consigue con ese doble sacrificio, al margen de que sea del todo legítima la reclamación de responsabilidad que implican? Pues a mi juicio, resolver simbólicamente el problema dejando el tinglado intacto, es decir, purgar en esos dos bucos propiciatorios un mal antiguo y generalizado que ninguno de los partidos que han gobernado en democracia ha sido capaz de evitar: la corrupción. Ver a Chaves y a Griñán escabullirse por la puerta de atrás como si se tratara de dos maleantes, aliviará el compromiso de los que lo reclaman, pero no ofende sólo a aquellos sino al sistema en su conjunto, es decir, a todos, a usted y a mí incluidos, aparte de no solucionar nada. ¿No ven que, sólo en lo de los ERE hay cientos de imputados, por no hablar de los que caerán en el escándalo de los fondos de Formación –ese saqueo– o en el de Invercaria? ¿Qué se soluciona pregonando que toda Andalucía es Marbella castigando en solitario a dos presuntos responsables?
El mal social que nos aflige no es sólo el producto del mal gobierno, la tolerancia o la connivencia de una cohorte política, sino la consecuencia de una crisis moral profunda que concierne a la sociedad en su conjunto. Los dos grandes partidos no son los únicos que han defraudado: han sido todos, hasta el punto de que los savonarolas de Podemos andan ya con las faltriqueras pringadas antes de llegar al Poder y de que un amplísimo sector de los ciudadanos, si no defrauda es porque no puede o no se atreve. Por eso mismo cifrar la condición reformista en ese mutis vergonzante de dos ex-Presidentes saliendo por la puerta del corral me parece un acto de fariseísmo políticamente cómodo pero inútil. Es posible que nada en el futuro sea igual que venía siendo. Pero el remedio no puede ser, desde luego, arrancar por las bravas dos mascarones de proa.

El dilema perfecto

¿Ha fracasado sin remedio el pacto con los “emergentes”? Eso parece, ya que el susanismo –¡a la fuerza ahorcan!—parece aproximarse al PP, olvidado ya el síndrome del Tinell. París bien vale una misa, ¿no? Aunque, claro está, el PP sólo mantendrá esa “mano tendida” si el PSOE cede y admite que en adelante gobierne la lista más votada, lo que supondría para él gran ventaja en las municipales y en lo que venga detrás. Es el dilema perfecto tanto para un PSOE que basó siempre su éxito en la satanización de la Derecha, como para el PP, que necesitaría para no suicidarse conseguir a cambio una compensación del orden de la apuntada y apuntarse el tanto de salvar “in extremis” la implosión del bipartidismo.

La nueva esclavitud

Circula por la Red una estremecedora entrevista a un inmigrante, Bangali Kone, en la que nos descubre con detalle la odisea de la inmigración. Cuatro años ha tardado esa criatura en alcanzar nuestras playas, tras salir de Costa de Marfil huyendo de la guerra, pasar por Guinea, residir dos años en Mali, atravesar el desierto y cruzar Mauritania. Bangali explica que, aparte del azote de las guerras, esos africanos que nos llegan de milagro en las pateras huyen de la esclavitud, pero no de una esclavitud metafórica sino de una tan real como la vida misma, en la que el negro trabaja sin condiciones si quiere alcanzar siquiera un mendrugo de pan. Y las mafias. A Bengali y sus amigos los engañó un miserable que, tras cobrarles por adelantado, no compareció para cumplir su parte del trato –imagínense la desolación–, por lo que hubieron de entramparse de nuevo, dejar la familia en el trayecto e intentarlo de nuevo hasta pisar la costa para comenzar un nuevo calvario, el del papeleo, ese otro desierto de papel timbrado que impone el hombre blanco. Bengali dice que los españoles son buena gente pero que ignoran la homérica realidad de la inmigración, la larga jornada del emigrante hasta llegar la Paraíso. ¡La mayor alegría de su vida! Ulises se olvida de Circes y Polifemos en cuanto llega a ese reino imaginario que es su Ítaca ajena y da por bien empleada su odisea. ¿Quién sabe qué gran futuro tiene reservado el mundo rico para sus hijos?, se pregunta, el pobre.

Cuatro años no es nada, si bien se mira, si al final, allá en la delgada línea del horizonte, se vislumbran –¡con tal de que no sea un espejismo!—las cimbreantes palmeras del oasis, el mundo justo y humano en que la esclavitud se abolió hace mucho y el racismo es un delito. Miro la cara de Bengali, su gesto entre atormentado y feliz, y esos ojos privados de los suyos por los que ha navegado, atado al mástil para no oír a las sirenas, desde su desastrosa Troya hasta este paraíso en que lo aguarda acechante, en el mejor de los casos, el piso hacinado, los sueldos-basura, la amenaza constante y el calor sofocante bajo el plástico de los invernaderos. Son los nuevos bárbaros, de acuerdo, pero admitamos que nosotros somos la ruina moral del Imperio, los nuevos amos explotadores pero que, al menos, les damos de comer. Miles de Bengali llegan al edén cada día tras años de viaje, miseria, naufragios y desiertos. Bengali no se queja. Ni ese derecho le queda a los nuevos esclavos.

Marcha atrás

Se enroca el PSOE en el argumento de la gobernabilidad y exige a los otros tres partidos que “dejan gobernar” a la candidata, mientras escucho a Albert Rivera en la radio muy sensatas razones que desautorizan, de hecho, las premuras de su virrey andaluz. Alsina le pregunta que por qué sólo exigen la sanción de Chaves y Griñán con olvido de la legión de altos cargos también imputados, pero Rivera esquiva el venablo. De todas maneras, demasiados indicios apuntan a que la candidata Díaz –que disolvió el Parlamento porque le dio la gana—lo tiene cada día menos claro en su pretensión de mandar por derecho propio. No saben que negociar es ceder, pero van a tener que acostumbrarse a vivir un drama político que ya no tiene dos actores sino, por lo menos, cuatro. Rivera ha echado el freno sabedor de que ganar hoy Andalucía podría suponer perder dentro de poco España.