El saber nuevo

Le han dado el premio “Princesa de Asturias” a la enciclopedia virtual Wikipedia, ese prodigioso “jarrillo lata” que le ha resuelto la vida a la muchedumbre solitaria al tiempo que destruía el saber clásico para suplantarlo por el conocimiento fragmentario que puede ofrecer un vademecum. Es fenomenal, Wikipedia, y no es posible negarle su condición de nuevo magisterio, un magisterio amable y servicial que nos proporciona sobre la marcha lo mismo el concepto que la historia, desgajados, eso sí, de su contexto unitario como exigen las prisas de estos tiempos raudos y exigentes. Un estudiante no tiene por qué saber quién fue Tales el milesio para dar por bueno que los segmentos marcados por paralelas en dos rectas convergentes son iguales entre sí, ni devanarse los sesos en torno a los mónadas de Leibnitz si el ordenador le garantiza que son “unidades básicas que reflejan el todo en armoniosa concatenación de percepciones”. Hemos asistido inocentes al suicidio del “trivium” y el “quadrivium” sin percatarnos de que se iba por el sumidero la costosa conquista del saber tradicional, basado en el esfuerzo y en la comprensión, para poner en su lugar una especie de sabiduría virtual que conducirá, sin duda posible, a un nuevo panorama intelectual. ¡Nada de estudiar el mundo feudal si unos teclazos nos trasladan sin dilación a la presencia de Carlomagno, puta falta que va a hacernos la atención semántica ahora que sin el menor esfuerzo se nos sirve en bandeja la etimología más intrincada!

Lo malo de la novedad estriba en que ese despiece del saber va a impedir en lo sucesivo –ya lo verán– la visión profunda, sustituida por el sucedáneo de un conocimiento en retales, que inevitablemente tenderá a trivializar lo sabido. Y uno se acuerda con cierta tristeza de Rémy de Gourmont y su teoría de que saber lo que sabe todo el mundo no es saber nada porque el saber comienza justo donde empieza la ignorancia del mundo. Da igual. Wikipedia ha sido galardonada y justo es reconocer que se lo merece como tal sistema moderno, tan útil, por supuesto, para una inmensa mayoría, sin perjuicio de avisar sobre el riesgo que implica deconstruir de hecho la Cultura para facilitar su uso. Ya el inconmensurable Samuel Lilley entrevió en el futuro una sociedad más técnica y menos culta. Seguro que Wikipedia, en el caso de que alguien lo ignore, descubre en cuatro segundos quién era ese tal Lilley.

El dinero invisible

Una vez, hace cosa de un par de años, recuerdo haber oído a Carlos Herrera preguntarle al ministro Guindos su opinión sobre la eficacia de una eventual recogida de billetes de 500 euros para evitar el fraude fiscal, entre otras razones porque, según muchas fuentes, la mitad de esos billetes se hallaban en España. Guindos respondió evasivo y dijo que sí pero que no –la verdad es que tampoco yo lo recuerdo muy bien—con lo que la cosa quedó en el aire aunque tengo entendido que ya hay por ahí alguna sentencia que obliga a los bancos a colaborar con Hacienda informando sobre los afortunados tenedores de esos billetes invisibles a los que el humor general ha denominado los “Bin Laden” porque todo el mundo los conoce pero nadie los ha visto. Entre las ventajas de esos billetes está, por supuesto, su peso y tamaño, pues del famoso “kilo” de pesetas, hemos pasado a una moneda en la que un millón de aquellas pesa 27 gramos y un kilo de billetes de 500 euros equivaldría nada menos que a 73 millones de aquella añoradas. Fíjense, hay expertos que han comprobado cómo 20.000 euros caben en un paquete de cigarrillos –lo leo en La Repubblica–, medio millón en una cajita de bombones, 6 millones en una bolsa de viaje y, en fin, 10 milloncejos –es decir, 1.660.000 millones de pesetas en una discreta caja de medio metro de altura. Ni que decir tiene que esa insoportable levedad presta al gran billete innumerables ventajas y no sólo a la hora de transportar la fortuna, porque hay mil formas comprobadas de manejarla impunemente, cosa que viene haciendo desde que el euro es euros toda mafia formal o numeraria.

Me cuentan que hay “pitufos” que cambian en la ventanilla de un banco billetes menores (pueden imaginar de qué procedencias) por estos mastodontes fiduciarios y que incluso hay quien se ingenia para blanquearlos solicitando un préstamo normal que luego devuelve con los grandes billetes negros. ¡Hasta hay en esa oscura lonja quien ha pasado de operar con el socorrido billete de lotería premiado o negociar vendiendo fichas de casino u obras de arte inexistentes! Comprendo la perplejidad de Guindos aquel día y no dejo de cavilar dándole vueltas al hecho incontrovertible de que la Fortuna aprovecha con diligencia para su progreso hasta el formato de la moneda. Le dije a Herrera que el billete mayor que yo había manejado era el de cien euros y Herrera me miró, sospecho que con simpatía, como quien contempla un eclipse y luego me invitó a almorzar.

El nuevo tiempo

Rosa Aguilar vuelve al puente de mando, Griñán solicita su jubilación (como funcionario), Alaya rechaza por segunda vez concederle a Antonio Fernández un aumento de pensión, una juez dice que el saqueo de los fondos de Formación fue posible por el sistema establecido por la Junta, los funcionarios a la cárcel de Alcalá se rebelan contra los privilegios de la reclusa Pantoja, a Juan Marín, el capo local de Ciudadanos, le parecen pocos los “asesores” de la Junta y dice que “cuantos más, mejor” y la capitana de Podemos sostiene que el nuevo Gobierno es “el Ejecutivo de una sociedad que exigen cambios”. El “nuevo tiempo” prometido es ya una realidad.

Formas y límites

La irrupción de los antisistema en nuestra política ha inaugurado una imagen de la vida pública por completo novedosa. No es que se haya arrumbado el viejo frac o el chaqué de la vieja política, de suyo arcaizantes, sino que los rebeldes electos han llevado a las instituciones sus livianas camisetas estampadas embutidos en las cuales han reconvertido en mítines las fórmulas de toma de posesión. Todo un espectáculo, sin duda, posiblemente inspirado en el equívoco de que la rebeldía cabe en la indumentaria y la regeneración en el informalismo. La demagogia se está expresando así a través de cierta plebeyización de la política indumentaria que se complementa con un nuevo discurso mostrenco en el que sus autores parecen creer que la radicalidad consiste en el insulto o en el exceso dentro del que cabría todo o casi todo, incluidos los tópicos más abyectos del frentismo y de los racistas. Yo creo que en un sólo día –el de la constitución de los cabildos—el extremismo impaciente ha dejado clara su villanía profunda y una vocación totalitaria que no descarta sino que prima la violencia como instrumento político en el marco de una única estrategia: la de la división banderiza de la nación. La alcaldesa Carmena, por ejemplo, no ha tenido más remedio que rendirse ante el nuevo estilo barriobajero que de haber sido adoptado por el adversario habría destapado la caja de los truenos.

Ahí andamos, en el New York Times y otras grandes tribunas, luciendo el flamante y cutre uniforme de quienes confunden la cercanía a lo popular con la actitud populachera que era el resultado esperable de estos improvisados populismos a los que ya apuntaba el bozo en tiempos de ZP y a los que Rubalcaba blindó incluso frente a la ley Electoral, iniciando una táctica incluyente que, muy probablemente y más pronto que tarde, podría acabar por fagocitar al PSOE desde dentro. Cierto que ninguno de los dos grandes partidos acaba de entender la gravedad de este fenómeno seguramente efímero pero que puede acarrear males irreversibles en el momento más delicado de nuestra democracia. Las formas tienen su importancia y exigen reconocer sus límites infranqueables antes de que los radicales nos lleven, como en Grecia, a un callejón sin salida. Lo que no sabe el PSOE quizá es que erigiéndose en Monipodio de esos pícaros puede acabar bien pronto como el PASOC. Que se mire en el espejo de IU y verá su propio futuro.

El mayor escándalo

Nunca vivimos otro momento igual. De vergonzoso, quiero decir. ¿A que no se cuerda el lector de cuántos consejeros de Chaves y de Griñán lleva imputados la juez Alaya en los diversos saqueos perpetrados en esta década, incluidos aquellos a los que Susana Díaz blindó al aforarlos en el Parlamento de Andalucía? Dos presidentes y un puñado tan grande de consejeros bajo sospecha judicial descalifica a cualquier “régimen” menos a éste, por lo visto, y constituye una vergüenza supina con independencia del resultado final. Han hecho de Andalucía la Meca de picaresca y encima se quejan. La Justicia ha conseguido al menos, en pugna con todos, destapar la sentina y mostrarnos su interior.

El futuro harén

Por el prestigioso instituto Gallup me entero de que la sociedad americana, así en general, claro, anda evolucionando con ritmo creciente en torno a al modelo tradicional de familia, es decir, el de la pareja heterosexual. Dicen esos sociólogos que, solamente en diez años, la opinión pública americana –por otra parte, proverbialmente conservadora—ha elevado de un 7 a un 16 por ciento el apoyo a la poligamia, un proceso que atribuyen a la visión progresivamente libertaria que parece profesar un sector nada despreciable de la juventud. La poligamia está prohibida legalmente en toda Europa, faltaría más, pero no suele saberse que en cincuenta países del planeta está legalizada, aparte de que la inmigración masiva que recibe nuestro continente está introduciendo a paso rápido el modelo familiar propio de los países del Sur. ¿Cómo controlar, por otra parte, lo que hace un varón dentro de su domicilio con su eventual harén y cómo evitar coyundas múltiples mientras se mantengan a puerta cerrada? Bueno, en España –donde la prohibición se mantiene—juez ha habido que sentenció repartir la pensión de un polígamo entre sus dos viudas y a mí, qué quieren que les diga, me parece que ese ropón no es un bárbaro sino un cadí muy puesto en razón. Ahora, fíjense qué curioso: lo que nadie solicita nunca es la poliandria, la familia amplia nucleada en torno a una sola mujer, lo que, a mi entender, demuestra que el libertarismo que reclama el derecho al harén no supone ningún progreso civil, sino que obedece a una especie supina de machismo. Es sólo una opinión, ya digo.

Sin salir de los EEUU, es verdad que los cuáqueros y otros adeptos al pluralismo matrimonial, no les va nada mal en su relativo aislamiento del resto del mundo, y para qué hablar de los países tercermundista donde el pluralismo es la regla, aunque sospecho que también entre nosotros, los supercivilizados, la tendencia polígama habrá de prosperar del mismo modo que lo hicieron las que reclamaban el divorcio o el aborto. Por lo demás, este debate tiene no poco de farisaico dado que, en realidad, la poligamia es algo que conoce y admite, aunque sea a regañadientes, nuestra sociedad cuando el polígamo puede pagarse el gusto. No es probable que, salvo excepciones, llegue a haber hembras que le pongan piso a sus maromos como tradicionalmente han hecho nuestros machos. Por algo decía Tono, aquel fino humorista, que el matrimonio es una cruz tan pesada que hay que llevarla entre tres.