Fortunas sonrojantes

Espléndida la calificación judicial de la fortuna hallada por los investigadores en manso de los saqueadores de Marbellas: sonrojante. El miró en un cuarto de baño no debe eclipsarnos la inmensidad del zarpazo, la extensión de su trama, la complicidad pasiva y evidente de la autoridad que ha esperado a que un juez barbilampiño meta en la cárcel a unos cuantos para decidirse a actuar. ¿Se acuerdan de las súbitas suntuosidades de Juan Guerra, del frigorífico para visones de Aida Álvarez, de los tropecientos cuartos de baño de Boyer, del yakusi de Gil¿ Pues seguramente somos injustos sacando a la luz pública sólo a ellos porque debe de haber mucho miró en mucho cuarto de baño, mucho pura sangre en más de una cuadra, mucho euro durmiente en las cajas blindadas de los paraísos fiscales. Lo de Marbella será también una cortina de humo y un caballo de madera para facilitar la toma de la ciudad por los mirmitones de Chaves. Pero sobre todo es una prueba de que el agio, el mangazo, el saqueo de lo público ha alcanzado niveles impensables. Habría que revisar muchas fortunas. Iba a aparecer más de una sonrijante.

El colmo

Hace falta desahogo y cinismo para proponer la apertura de fiscalizaciones en materia de urbanismo “sólo” en los municipios gobernados por el PP, partido al que el PSOE acusa con calculada insistencia de agiotista a pesar de la evidencia de que los escándalos más sonados se están produciendo en Ayuntamientos sociatas. Hablar de “conexiones” entre Camas y Punta Umbría, o entre el Ensanche y Marismas del Titán, teniendo ahí delante el macropelotazo que Chaves hubo de pararle personalmente a Barrero en Punta Umbría, los escandalosos manejos de Almonte con su presunta “conexión marbellí” incluida, el caso de la tránsfuga negocianta de Gibraleón y tantos otros, es dar un triple salto mortal que tal vez sea el único recurso del trapecista a estas alturas. Desde la prehistoria del “caso Doñana”, con los parientes y afectos de González, y lo que vino detrás, el PSOE de Huelva sabe de este tema más que Briján. Cerrar contra el rival puede tener sentido estratégico pero constituye una auténtica ofensa al sentido comúnj y a la memoria colectiva.

Hortus conclusus

Leyendo el libro de Pepe Oneto sobre el último “pronunciamiento” español, el golpe del 23F, he aprendido, entre tantas curiosidades dispersas de ésas que dicen más por cuanto callan que por lo que descubren, un hecho curioso, a saber, que los grandes protagonistas del fallido cuartelazo/conspiración se dediquen hoy, un cuarto de siglo después de la canallesca intentona, a cultivar su huerto. Como de los romanos cuentan los historiadores, parece que sigue vigente entre nuestros hombres públicos el esquema biográfico que dedica la juventud a las armas, la madurez a la política y la tercera edad al campo y sus agriculturas, suave expresión de un exilio forzado que la poesía se encarga de embellecer en términos edénicos. Ahí tienen, según Oneto, al general Armada, indudable Avinareta de este embrollo suicida, cultivando con esmero los arriates de dalias en su aristocrático pazo galaico de Santa Cruz de Rivadulla, villa cuyo marquesado ostenta. Un poco más abajo, encontrarán al discreto funcionario Francisco Laína, auténtico titán de aquella noche inacabable, dedicado a producir tomates ecológicos en su finquita de Ávila y, ya en la Costa del Sol, al valleinclaniano ‘Don Friolera’ del esperpento, el teniente coronel Tejero, actualmente reconvertido en probo cultivador de aguacates. Desde luego que resulta tranquilizadora la imagen de esos “huertos cerrados”, refugio más o menos romántico de una España inactual, como diría Azorín, y que constituyen, en cierto modo, las antípodas imaginarias del Poder y sus estancias, aparte de un símbolo elocuente del auténtico resultado del golpe que no fue otro que el cambio definitivo: La Historia de la España contemporánea es el producto de las asonadas militares en la misma medida que la España modernizada y presente es el resultado de un proceso inercial que hunde sus raíces en el fracaso del último “pronunciamento”. Espadines o títeres, toda aquella compañía esperpéntica ha acabado regando plantíos y luchando contra las plagas. La España actual nace y se desenvuelve entre tiros y cabalgadas pero ha acabado encerrada en unos cuantos huertos. Como Dios, puede que ella también escriba derecho con renglones torcidos.

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Camelias, tomateras y aguacates: un cuarto de siglo más tarde, el destino se complace en estas caricaturas que dicen mucho sobre la condición humana y más todavía sobre la naturaleza intrascendente de un “fatum” al que, a pesar de tan irrebatibles evidencias, seguimos empeñados en consagrar como fatal. Eso sí, nadie nos contará la verdadera crónica de aquellos cuartelazos, es poco probable que acabemos alguna vez conociendo en su integridad la nómina oportunista de los conspiradores y casi seguro que jamás contemplaremos la vera efigie de Bruto ni la de Catalina. Pero lo que no deja de ser sorprendente, en cualquier supuesto, es este voluntario retiro de los actores, la extraña elección de la soledad como remedio del fracaso, la metáfora espléndida del cultivo amoroso de la tierra, aplicada a quienes se vieron envueltos, tampoco hace tanto, en el más bárbaro proyecto de destrucción que han vivido las presentes generaciones. Oneto cuenta muchas curiosidades, ata muchos cabos, pero lo que de verdad intriga e interesa de su cronicón es lo que calla, lo que sugiere la punta del capote con que cita al morlaco de nuestra curiosidad, las sospechas, los indicios, las transparencias y conclusiones que nos va imponiendo la razón al filo de la lectura. Buena imagen la del “huerto cerrado”, la de la tierra feraz y el “filósofo a la fuerza” inclinado sobre la besana, armado sólo del pacífico almocafre, para destripar el terrón atrabiliario y convertirlo en la tierra calma del pacífico vergel. Baroja y Galdós junto no hubieran imaginado, probablemente, un final rosado como el de nuestros huertanos. Una vez más las ironía de la Historia. La verdad es que navegamos sobre ella como cáscaras de nuez.

Los 400 golpes

El dedo en la boca de Chaves, frente a quienes reclamaban elecciones anticipadas, era puro soneto quevedesco mal recitado bajo el ceño fruncido. Su argumento de que la Junta ha actuado sin tregua frente a la corrupción resulta irrisorio, pero lo de las 400 acciones judiciales emprendidas por ella contra los saqueadores es ya para troncharse. ¡Pues no que pide una fiscalía contra los delitos urbanísticos el mismo partido que está demostrado judicialmente que, a cambio de una recalificación en un proyecto de Gil, trincó al menos un talón cienmillonario de éste, que lo cobró y que no lo ha devuelto nunca! Chaves ha desembarcado en Marbella porque hay que tapar el lío descomunal de los Estatutos y porque ve la ocasión de hacerse con la ciudad herida por la puerta de atrás, es decir, sin elecciones, y poniéndola en manos de unos cuantos amigos políticos designados por “su” Diputación malagueña. ¡400 golpes dice ahora que lleva dados! Con que hubiera dado uno –el que acaba de dar—se habría resuelto este caos hace años, tantos como venimos pidiéndoselo desde fuera, y casi en solitario, los mismos que ahora no creemos en sus declaradas intenciones.

¿Qué pasa en la cárcel?

 

Cuentan que en la prisión provincial se detectó hace poco un caso de ‘legionella’ pero que no se investigó, más que sumariamente, el inquietante caso. Y que ahora acaba de detectarse otro, que sí parece que será investigado al fin como es debido. Es lo menos que pueden hacer teniendo en cuenta el alto riesgo inmunológico de la población carcelaria, pero las primeras impresiones apuntan a que el problema puede proceder del hecho de que la instalación de cañerías no es la adecuada a un centro como ése, es decir, más o menos, lo que ya ocurrió en el hospital “Juan Ramón Jiménez”, cuando hubo que mantener la ridícula alarma de las botellas de agua mineral y las galerías cerradas durante tanto tiempo. ¿Por qué nbo se investigó desde el primer momento la situación de la cárcel, por qué esperar a que se repita el riesgo para actuar? Preguntas vanas dirigidas a los actuales (i)rresponsables sanitarios, pero que no hay más remedio que hacer por lo que pudiera ocurrir.

La nieta de Tito

Cuando en los años 60 Tito logró sacar adelante en Yugoeslavia su modelo “cooperativo”, una especia de esperanza se abrió paso entre una militancia comunista europea que andaba ya al cabo de la calle de las utopías fundantes. En aquella generación nos tragamos muchos libros sobre el tema quizá porque en el París auroral de aquella década corría como la pólvora el dogma dictado por Bertrand Russell según el cual los demócratas del mundo tenían dos opciones posibles: o seguir el “modelo occidental” (que Russell, como nuestros trasabuelos continentales, llamaba “democracia política”) y que consistía básicamente en el paradigma griego clásico de “el gobierno de la mayoría”; o atenerse al “modelo oriental” que, en su libro “What’s Democracy”, que para entonces no cumplía ya los veinte años, definió sin complejos como “el gobierno en interés de la mayoría”, que no es lo mismo ni de lejos. La lucha de Tito, una vez concluida la feroz batalla de la guerra y sus secesiones, con las famosas “cestas de ojos” incluidas, se dirigió ante todo a asegurar un sistema de participación colectivista, constitucional a su manera, severa y seriamente federal, y que veía en el autogobierno de los productores el único fundamento legitimador de un régimen democrático. Pero Tito supo percatarse de que la cosas no iban bien ni tras el “telón de acero” ni fuera de él, y procuró incansablemente reconducir progresivamente su peculiar “democracia” hacia formas operativas basadas en el intento de reforzar la voluntad de las mayorías en detrimento del propio Estado, lo cual, al fin y al cabo, no era más que la reinvención de la perspectiva utópica y poco creíble que el propio Lenin formuló hacía muchos años en su teoría del Estado. El instrumento democrático de esa participación era la cooperativa, una institución que resolvía a un tiempo la cuestión laboral y el problema clásico del acceso a la propiedad, lo que en definitiva suponía el ambicioso proyecto de conseguir un régimen fuerte en el que las libertades ciudadanas resultaran, al fin, compatibles con una economía socializada. Cuando Tito murió, a algunos se nos tomó el número cambiado sólo por decir que muchos yugoeslavos –aún se empleaba ese adjetivo—iban a acabar echándolo de menos. La verdad es que no fuimos capaces entonces de imaginar hasta qué punto.

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Ahora ha salido a la palestra una nieta de aquel dictador, Svetlana Broz, y ha escrito un libro estremecedor (del que sólo conozco dos capítulos) en el que, partiendo de que ella misma lleva sangre eslovena, judía, croata, checa, rusa y alemana, denuncia la tragedia de la fractura racial y apunta un hecho incontestable: la recuperación fulgurante de la figura de su abuelo en un país en el que el liderato ha conocido las versiones más ruines y trágicas, desde el que ejerció aquel burócrata gris e implacable que fue Milosevic hasta los perpetrados por canallas más o menos psicópatas como Mladid o Karadzic. Ya he contado otras veces que, al principio del conflicto, tuve ocasión de encontrar en Punta Umbría a un grupo de exilados yugoeslavos, aún no separados por razas o nacionalidades, y a ellos escuché la más rotunda atribución de la ruina que estaba padeciendo el país a los propios políticos. Esos mismos apaleados deben de ser los que ahora protagonizan la “titomanía” o tratan de reflotar el espíritu panyugoeslavo, siempre con el milagro del ‘Gran Mariscal’ en la memoria y la nostalgia de un régimen que, condenado sin remedio desde Occidente, llegó a gozar de un prestigio generacional que inquietaba seriamente a tirios y troyanos. Tito supo encerrar al demonio racista en una camisa de fuerza que llevaba bordadas la imagen del orgullo popular, la leyenda del autogobierno y el sueño de la democracia socialista. Una camisa muy antigua, no lo discuto, pero que entre los escombros que dejó Javier Solana empieza a aparecer aquí y allá en el mercado negro de la nostalgia.