El reino pobre

El mismo día en que el periódico nos informa de que el rey de Nepal, ese bárbaro probablemente fratricida, ha renunciado finalmente a sus poderes absolutos acorralado por la horda maoísta, el rector de Oxford, Chris Patten, declara en una lúcida entrevista que el mundo debe olvidar tanto el centralismo americano como el eurocentrismo y contar de una vez con enormidades como la India. He recordado en anterior ocasión la inolvidable traducción borgiana de la crónica viajera de Henri Michaux, “Un bárbaro en Asia”, en la que aquel fugitivo de la civilización constataba el contraste entre los dos vecinos justo al salir de aquella India religiosa, abismada, paupérrima, mística e idólatra a un tiempo, bárbara a su modo y culturalmente inmemorial: “Qué alivio llegar al Nepal –anotaba Michaux–, ver una sonrisa espontánea que nos busca en espera ser correspondida, y que por caridad nos solicita el abandono del ensimismamiento, de las cavilaciones…, la sonrisa más exquisita que conozco, exquisita, no excesiva, no turbadora, sino encantada, sin doblez, pura”. Este país idealizado que durante años ha sometido con brutalidad Gyanendra es, además de todo eso, un país pobre, una sociedad de subsistencia agraria en el que nueve de cada diez habitantes vive en y del arrozal, pero también la nación inocente en la que consta que catorce de cada cien adultos ha vendido algún órgano a los traficantes enviados por los ricos lejanos. Eso es lo que explica la inhibición ante su doloroso conflicto de la práctica totalidad de las naciones a la que nada o poquísimo podía habérsele perdido en aquel paraíso sonriente. El tirano seguiría en su puesto, como siguen los demás tiranos, apoyado por “su” potencia protectora, con la sola condición de que el país tuviera algo que ofrecer a la rapiña. Si el rey se va es porque lo han dejado solo frente a los tigres (ya veremos si de papel o no) que hace años que lo vienen acosando desde el laberinto de las montañas. Un Sáhara sin fosfatos, pongamos por caso, podría verse libre de invasores y, sin embargo, hoy mismo nos enteramos también de que la ONU tira la viaja toalla española y lo abandona a su mala suerte. No todo van a ser desventajas en la pobreza. Los nepalíes, sin ir más lejos, a la pobreza le deben su recobrada libertad o lo que sea eso que acaban de reconquistar.

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Quizá no nos estemos percatando del retorno sutil del neoneocolonialismo, del restablecimiento del orden anterior a los felices 60 en que dimos todos en la singular locura de creer que para liberar el Tercer Mundo bastaba con repatriar en un mismo paquebote a gurkas y misioneros, sin comprender que lo que se cocía en el conradiano “corazón de la tiniebla” era un complejo desafío muy por encima de lo que estaba preparada para ofrecer la débil imaginación política occidental. Hay países sin interés, como Nepal, que puede ser dejados de la mano de Dios para que allá se las avíen ellos entre sátrapas y guerrilleros, esos nobles indigentes y bienhumorados frente a los cuales, según Michaux, los monjes mendicantes que suben con la campanilla y la mano tendida desde el hormiguero indio “parecen crápulas” vulgares. Y tal vez estén ahí para ilustrar el perverso mecanismo de la ferocidad colonial que se erige en arcángel democrático allí donde hay oro blanco u oro negro pero que se inhibe indiferente, así se despellejen vivos unos a otros, los pueblos desheredados. Rusia protege a los fanáticos de Irán, USA a los golpistas pakistaníes, Francia a los régulos genocidas de la francofonía, Inglaterra a todo el que pueda ofrecerle todavía la ilusión de un oasis en la “ruta de la seda”. A Nepal no lo ha amparado nadie ni por activa ni por pasiva hasta que la tigrada chinesca ha tomado las calles de Katmandú engalanándolas con las marchitas “cien flores” de otro tiempo. “A un pueblo debería darle vergüenza tener historia”, escribía Michaux con un pie en el estribo.  Lo que debería inquietarlo es tener riquezas.

La extraña campaña

El PSOE se ha descolgado con una extraña campaña publicitaria para “convencer” a los andaluces de que son una “realidad nacional”, no como la catalana o la vasca, eso no, pero sí como la copa de un pino. Se trata de “defender y popularizar” esa definición de Andalucía que a nadie podrá caerle más ancha que los andaluces, tan “excedentarios” de identidad como el psiquiatra Castilla diagnosticó con tino en su día, tan “naturalmente” españoles que no van a aceptar fácilmente que el PSOE e IU le quiten del Estatuto, sólo por complacer a esos catalanes que nos desdeñan como a inferiores, la inequívoca expresión bajo la que ha prosperado la democracia: “la indisoluble unidad de España, patria común de todos los españoles”. Ya no se acuerdan de cuando González gritaba desde las portadas “¡Para patriota, yo!”. Ahora sólo se trata de salir del paso, de vestirle el muñeco catalán a ZP, de utilizarnos, una vez más, de carne de cañón simbólica pero realísima. La españolidad sin matices de Andalucía no es patrimonio de la Derecha. Esta Izquierda parece empeñada, en cambio, en monopolizar la secesión vergonzante.

Agria política

Dicen que el debate en pleno del Ayuntamiento de Punta Umbría fue de lo más tenso. Es natural: demostrar que el anterior gobierno municipal había adjudicado una parcela a un amigo político en unos miles de millones menos, es como decir que alguien le ha levantado el pueblo de Punta ese dineral para favorecer a alguien. No harán bien los políticos si no despejan estas brumas, olvidados si es posible de las elecciones, por el bien exclusivo del mismo sistema de libertades que todavía tenemos el privilegio (aunque cueste aceptarlo) de disfrutar. El escandalazo va a venirle como agua de mayo a un alcalde bien dinámico que no atravesaba precisamente su mejor momento. Al aspirante a desbancarlo le ha caído encima como una losa, sin duda, esta evidencia de cambalache que, ya digo, deberían despejar, si es que pueden, a la mayor brevedad, y no sólo porque las elecciones estén encima.

Locos de atar

Cuando Borbolla era presidente de la Junta, una de las novatadas de la autonomía fue cerrar el manicomio. Recuerdo aquella mañana y el titular juntero del ABC –“Cerramos el manicomio”—que yo tuve ocasión de leer espeluznado mientras los teléfonos de la Presidencia comenzaban a tronar amontonándose y no había voces bastantes para tranquilizar a las familias de los “internos” que acaban de desayunarse con tan estremecedora noticia. Ha que ponerse en el lugar de una familia, perdida en un pueblo pongo por caso, que se las tenga que bandear con un alienado sin otro recurso que el pastillazo matinal y, llegado el caso, siempre que fuera posible, el palo y tentetieso para evitar males mayores. Pero los revolucionarios del ramo, me consta que pillándole la delantera al Presidente, cerraron los manicomios y se quedaron tan panchos como desconcertados los deudos. Lo que pasó luego es conocido y reconocible en las voces enronquecidas de tantos psiquiatras que vienen denunciando que ni la vieja ergástula con ducha helada y calambrazo era una solución ni la planta de un hospital –normalmente la última, con lo cual se facilita mucho el suicidio—el lugar adecuado para un enfermo como otro cualquiera que precisa del cuidado médico pero, y ante todo, del mantenimiento del vínculo social. Nadie tiene nada que contarnos sobre este dilema que no lo es, al menos desde que Foucault explicó en su prodigiosa crónica de la locura clásica que el ‘quid’ de esta cuestión era que la “sociedad de los normales” había atribuido siempre al loco –llamemos a las cosas por su nombre histórico—“un espacio moral de exclusión”, es decir, una plaza en el lazareto que primero fue el hogar del leproso y luego del enfermo venéreo, la auténtica “stultifera navis” o nave de los locos que tanto juego literario dio a través de los siglos. La historia de Tristán que, arrojado a la costa de Cornuailles, le permite encontrar y ser reconocido pro Isolda, es un arquetipo de la tragedia que supone tener un demente en casa. Los revolucionarios de Borbolla no habían leído a Foucault seguramente y, en todo caso, sospecho que no lo hubieran entendido.

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Un premio Nobel, el profesor Nash, acaba de reivindicar la reinserción del enajenado en un congreso del ramo celebrado en Madrid. John Forbes Nash es un matemático notorio que hizo hallazgos memorables en la teoría de los juegos en plena juventud para sumirse luego, durante muchos años, en la noche oscura del alma que es la esquizofrenia o lo que bajo ese concepto encriptan los especialistas, un enfermo agudo que llegó a padecer los rigores más extremos de esa mal que ilumina las conciencias con pavoroso haz de luz negra para alumbrar fugazmente escenas alucinatorias y visiones pánicas. Y propone no desahuciar a esos pacientes como si la enfermad fuera vitalicia sino dejar abierta ante ellos amistosamente la puerta de la celda, de manera que puedan salir eventualmente y reintegrarse al habitáculo en que vive ingenua la inmensa mayoría abducida por la idea de su propia “normalidad”. Ni el sanador ni el cura, ni el camello ni el espiritista son buena compañía para quien siente que a su máquina maravillosa le falla el “software”: es la sociedad misma que la echó, el “nomos” que decretó su expulsión del dudoso paraíso confinándola con aquel “espacio de exclusión”, o vamos a hablar claro, aquella que los “borró” virtualmente de la estadística de la vida como se borra un dato incómodo que descuadra el balance convencional. Reconforta escuchar a un anciano sabio aleccionar a la tribu con palabras de esperanza basadas en la experiencia más rigurosa, ver erguirse a un superviviente del viejo humanismo que reclama la redención de la locura o el rescate de la vejez frente a este modelo inhumano que se cepilla cuanto le incomoda. Los listos de Borbolla creyeron seguramente que cerrando el manicomio liquidaban la tragedia. No tienen ni idea de la que organizaron aquel día en miles de familias normales.

Patrias, matrias, trucos

 

Escuchamos a Chaves con el apoyo de IU defender que Andalucía será en adelante una “realidad nacional” (ni más ni menos que Cataluña, ya ven qué risa) y exigirle a los demás –“especialmente al PP”, eso no hacía falta ni decirlo—“respeto” para Andalucía. Pero al tiempo llega desde Barcelona la estúpida advertencia del “conseller en cap” y recaudador de ERC no sólo sobre sobre la desigualdad efectiva entre nuestra comunidad y la suya, sino también entre la nuestra y la vascongada. Los gallegos se cierran en que Galicia no ha de ser más que “nación” y los vascos se dan ya por independientes incluyendo dentro de la muga a la histórica Navarra. No tienen vergüenza, no la han visto ni por el forro, pero se ponen ante un micro y nos leen la cartilla a todos, muy serios, los tíos, tan seguros de que hay que hacer lo que al partido convenga como de que mientras hablemos de identidades no habremos de ocuparnos de los problemas reales. Antier supinos que también en la clasificación de las regiones según la renta somos los penúltimos. Penúltimos pero “realidad nacional”, eso sí. A estos no les quitan el coche oficial ni con agua caliente.

Revoluciones pendientes

Guiñolillo en la Plaza de las Monjas, grupos republicanos reclamando –en su derecho más absoluto—la vuelta de la tortilla formal, la tercera fuga de la monarquía y la consiguiente tercera proclamación de la República. Y frente a ellos –ya de por sí bastante escasos–, un grupito nostálgico de la dictadura, bobos de guardarropía, ‘basca’ mal informada a la que sus mentores se les ha olvidado instruir en lo que fue una constante en el ambiente fascista español durante medio siglo: el antimonarquismo radical y su consecuencia, el republicanismo (“sindical”, apellidaban ellos). Nada con sifón, en consecuencia, ni por una parte ni por la otra, aparte de cuatro “grises” reconvertidos a los que bastó una reconvención administrativa para enviar de vuelta a casa a los de la “revolución pendiente”. Aquí todo el mundo tiene una revolución por hacer, pero la verdad es que, a la hora de los disturbios, no quedan más que cuatro gatos por bando.