Cuidar el mercado

Mira que nos gastamos dinero en promocionar incluso lo que no necesita promoción, y echamos por la ventana de la Junta dinerales en propaganda a favor de nuestros productos. Bueno, pues a ver cómo se explica que nadie advierta operaciones mayores como ésa de colocar en Barcelona 76.000 litros de un “aceite virgen extra de oliva” más falso que Judas, como hecho base de girasol con sus conservantes y colorantes, y que han debido deshacer los “mozos de escuadra”. Algo huele mal en el negocio puesto que, por lo que parece, el propio Consejo Regulador local le había negado a la empresa de Baena autora del estropicio la pertinente inscripción, una razón más para que la consejería averigüe lo que proceda y ponga en claro cómo es posible que se perpetren estos auténticos ataques a nuestros productos en los mercados más delicados. Baena no es Nueva York, y por eso lo suyo sería que este asunto se pusiera en enteramente claro además de tomarse las medidas precisas para que otros similares no se produzcan.

El Velódromo

Justo cuando muchos andaluces, y onubenses, tiene ocasión estos días de comprobar en los mercados europeos los exorbitantes precios de los productos de nuestra tierra (15 euros un kilo de clementinas, un poner, en un célebre mercado parisino), Freshuelva y otras organizaciones reclaman que se arranque de cuajo el 25 por ciento de los cultivos de fresa que se cultivan actualmente en la provincia como medida de emergencia para regularizar los precios en una lonja internacional controlada por el sector de la distribución o, por decirlo, con palabras de la COAG, por “el sector de la gran distribución” que logra beneficios de hasta un 400 por cien en productos (la fresa entre ellos) por los que a nuestros productores les pagan cuatro perras. Algo habrá que hacer, eso está claro, en un sector que genera cuatro millones de jornales directos al año y al que debe su prosperidad una buena parte de nuestras economías familiares, empezando por unificar criterios e intereses entre las organizaciones que, según ASAJA, hoy camina cada cual por su lado. El “oro rojo” está en peligro. Ahí sí que tiene la Junta una besana en que invertir sus millones.

Babilonia y Roma

Calma tensa en París, en espera de que un milagro abra el “cul-de sac” creado por Villepin. Normalidad republicana, precios por las nubes, españoles hasta en la sopa, y eso sí, una vida cultural que sigue su curso, indiferente a las bregas sociales y a los traumas políticos. Este París no es el del 68, ni esta primavera aquella –ojalá, en algún sentido–, ni la pareja Bernard-Henri Lévy/Tom Wolf se tendría en pie comparada con, pongamos por caso, la de Sartre/Norman Mailer. En la tele, en los periódicos, en las librerías, se refuerza el énfasis, sin embargo, en este “couple savant” –eso es lo que hay—destacando sus dos últimas obras, “American Vertigo”, un reportaje declaradamente tocquevilliano, y “Moi, Charlotte Simmsons”, implacable vivisección de la sociedad americana actual. BHL se exalta: no debemos creer en las apariencias, América no es un país inseguro sacado de sus casillas por los terroristas del 11-S, ni debe ser identificada con los “marines” o con Woodie Allen, si acaso con los dos, como “un coloso que duda”, un imperio que no será nunca Roma sino una democracia inquebrantable, a pesar de todo, un elefante al que no afectan seriamente los mosquitos “neocons”, las izquierdas o las derechas rivales aunque idénticas, por la razón elemental de que es un pueblo sólido estructurado por la Ley. Wolf por su lado ve un panorama no poco desconcertante en el que una vasta y variada fauna de activistas, gays, intelectuales, cínicos ( o ambas cosas en una pieza), convergen finalmente en la vulgaridad, sin dejar de constituir el ensayo más acabado de sociedad política ideal que se haya producido desde la vieja Grecia. USA es un tren que no hay quien pare– según este septuagenario frágil pero duro como un diamante bien pulido—porque resulta inmune, hoy por hoy, incluso refractario, a cualquier tentación del aventurerismo político”. Hab´ria, eso sí, un riesgo, un factor sensible: la corrección política. Entre los dos vigías de Occidente no han dado más de sí.

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Dejo los libros y me reintegro a la vida, a la calle, reventona en los plátanos callejeros, soleada como un campo de batalla anunciada pero evitable, multirracial, multicultural, technicolor y panavisión, atestada, bullente, eterno termitero. Con Lévy en la memoria: Norteamérica –el mito de Tocqueville pasado por Kerouac—representa el equilibrio de los excesos, USA “es el problema y la solución”, no se pierdan el volatín paradójico. ¡Pero es tan peligrosa la obesidad, no la de las personas, sino la de las cosas, la megavisión, el megamercado, la megalomanía, esas losas de inhumanidad que abruman al hombre hasta aplastarlo…! Siempre nos quedará París, eso era verdad, menos mal, y tal vez lo sea también que el cine es menos mentiroso que la crítica y más avisado que la opinión. Es para ver el posado de ambos talentos en la portada de alguna revista de lujo, de punta en blanco (como siempre) Wolf, “arreglao pero informal” un Lévy con blanca, impoluta camisa Saint Germain y “blackberry” negro. ¡Dan una envidia estos intelectuales olvidados del ‘prêt-à-porter’, tan chics, tan finolis, tan sensatos e integrados! Pero ¿me van a decir que este Abril es como aquel Mayo? Vamos, hombre. Las noticias llegan de España con sordina, previsibles, tremendas, penosas en algún caso, pero cuesta engarzarlas como es debido en medio de tanto trajín, juvenalia de Saint Michel, parterres de anémonas y brotes altos en el Luxembourg, movida frente a Nôtre Dame, la espuma de los tiempos remansada en el baratillo cajonero de la orilla del Sena, libros, grabados, recuerdos que ya no son lo que eran ni acaso lo fueron nunca. Qué suerte ir por la vida tan seguro como BHL, incluso tan pizpireta como Wolf, mariposa con las alas abrasadas en su propia hoguera: la de la vanidad.

Memorias por la culata

 

Estupendo rifirrafe entre Alfonso Guerra y el expresidente Borbolla, aquel acusándolo ahora de ser quien filtró a la prensa los papeles comprometedores que afectaban a lo que hacía en su despacho (del de Alfonso) su hermano Juan. Es posible que hubiera no sólo esa filtración sino otras, pero más evidente es que lo que debería importar a un responsable político no es quién filtró o dejó de filtrar indicios o pruebas sobre las trapisondas de su “asistente”, sino el hecho mismo de que el “asistente” fuera un trapisondista. ¿Qué es lo grave que Borbolla fuera o dejara de ser fiel al partido o que Guerra (que presumía de saber todo lo que pasaba) permitiera a su hermano organizar una auténtica oficina de recaudación en el despacho oficial del vicepresidente del Gobierno? Borbolla la ha contestado que miente y lo sabe, además de llamarle “individuo”, pero es una lástima que se haya perdido el mejor argumento. Aparte de que hace falta cara para volver sobre aquellos pasos perdidos. Aprovechando el tiempo, lo menos que podría haber hecho Guerra es subir a ese púlpito con antifaz.

Más “conexiones”

 

El portavoz autodidacta, Mario Jiménez, cargando las tintas, y la diputada calañesa, Cinta Castillo proponiendo investigar el urbanismo de los Ayuntamientos peperos, cuando va y resulta que la parcela que el Ayuntamiento de Punta Umbría, comandado aún desde la sombra activa por el propio Barrero, adjudicó en 2.700.000 euros al viejo compañero de viaje, Alfredo González (socio declarado ahora del nuevo candidato), sale a subasta, tan poco tiempo después, desde un precio de salida de 5.100 millones aunque los expertos no descartan que alcance los 8.000. Ay, ay, ay, que esto no se acaba, que no hay día sin piedra, que cada vez está más claro que el manguis también se ha globalizado y que, encima, son tan tontos que se dedican a tirarle piedras al contrario teniendo tanto tejado de cristal. Hay que recordar que en aquella Punta del “megaproyecto” fue Chaves en persona quien tuvo que poner pie en pared para frenar al propio Barrero. No sabemos qué pensara hoyo si se entera de lo que acabamos de contarles, pero seguro que le hace poca gracia.

Una de marcianos

Sigo la actualidad (más bien el futuro) de la tele tratando de asomarme a la gran feria internacional de la producción televisiva que se acaba de abrir en Cannes. Escucho la voz de la mujer fuerte que dirige una de las principales multinacionales del ramo proclamar algo que ya sabíamos, como es natural, sin salir de España: que el objetivo es ganar cuanto más dinero mejor y que vayan tomando tila los críticos y los utópicos. Todos están por “le retour aux gros gains”, la vuelta a los pelotazos de otro tiempo, con absoluta indiferencia ante los medios y la más explícita voluntad de mejorar el negocio al precio que sea. Quienes siguen reclamando para la tela contenidos de nivel decoroso y enfoques instructivos, van de cráneo: entre los diez productos más vendidos de ese mercado mundial aparecen tres telenovelas venezolanas, o sea, que háganse el cuerpo a lo que viene. En USA parece, por otra parte, que vuelven los chascarrillos de alienígenas, lamentablemente cada vez más alejados de los graves modelos ficcionales de toda una época gloriosa en que la ciencia-ficción parecía que iba por delante de la real. Flores sobre al tumba reciente de Stanilaw Lem, el gran maestro, pero nada que ver con los héroes de ‘Ciberiada’, de ‘Solaris’, en este “Retorno a las estrellas” hecho de mandobles luminosos y trompicos de karatecas espaciales, ninfas enfundadas en trajes de latex y pérfidos viejos dominadores de galaxias. En USA parece que vuelve la sugestión extraterrestre, casi desaparecida tras el éxito colosal de la serie “X-Files”, y todo indica que las teles europeas reflejarán esta nueva odisea del espacio probablemente más banal que todas las anteriores pero menos acaso que las que habrán de seguirle. Se dice entre los expertos que la tele funciona por ciclos (policíacos, médicos, judiciales y demás) y lo probable es que ahora se cumpla también esa ley. Volverán los marcianos, los mutantes y las abducciones, todo ese repertorio embaucador de tan buenas perspectivas comerciales. NO saben ya que inventar, pero eso es lo de menos. El tontiloquio funciona solo una vez que se aprieta el botón del telemando.

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Hace mucho tiempo que Edgar Morin se interrogaba sobre la razón del poder de la fantasía, un poder creciente a medida que se desmadra el paradigma que la propone. ¿Por qué cree a pies juntilla en las maquinaciones más peregrinas la misma muchedumbre que se resiste a aceptar los hallazgos de la ciencia o las predicciones mejor fundadas, qué razón la mueve a conceder a aquellas un crédito, siquiera sentimental, incomparablemente más generoso que el que se digna ofrecer a las propuestas serias? Ni que decir tiene que no hay otra respuesta a esta cuestión que la propia naturaleza mítica del hombre, esa especie de incomodidad que la especie civilizada sintió siempre ante lo real absoluto como contrapunto de lo que los franceses han llamado “lo real maravilloso”. Le Goff, Baltrusaitis y tantos otros descubrieron el sustrato permanente que sostenía en vilo el imaginario medieval, “el milagro de la credulidad” que alguna vez mencionó Gastón Bachelard, el primero quizá que tuvo la audacia de llamar a las cosas por su nombre y hablar por derecho de “les revêries de la volonté”, esto es, de esas ensoñaciones de la voluntad que sujetan al hombre voluntariamente a las cadenas de la imaginación. Van a darnos marcianos por un tubo otra temporada, a lo que parece, más ‘Doctor Spock”, más “Star Trek”, más naves extraviadas entre galaxias inconcebibles y héroes especializados en abrirnos a brazo partido ese doméstico agujero negro que es la credulidad. No ha existido jamás un medio tan autodestructivo como la tele, ninguno tampoco que tuviera tanta capacidad para negociar con la basura resultante. Lo que no sabemos en si la gente seguiría la trágica odisea de “Ana Karenina” como sigue suspensa las míseras chorradas de nuestros culebrones. Y mientras el negocio vaya bien, ni falta que hace.