Retablo de maravillas

Cada día nos sirven una ración maravillosa. La última ésa de recusar a un testigo en el juicio por el sobornazo que se celebra –¡seis años después!— en Sanlúcar de Barrameda, al parecer por escuchar determinada emisora de radio. Maravilloso que se tarde esa eternidad en sustancia un pleito pueblerino en el que unos presuntos golfos tratan de sobornar a un ciudadano por razones políticas, más todavía que se centre la indagatoria para determinar la idoneidad de los testigos en los medios que leen, escuchan o ven, y definitivo que el tribunal recomiende –insisto: ¡siete años después!—al jurado no tener contactos con éstos ni compartir opiniones con familiares o amigos. ¡Como si habláramos de un asunto de antier por la mañana ocurrido en Nueva York y no de una ya vieja leyenda lugareña perpetrada en Sanlúcar hace la intemerata! La Justicia suele funcionar –he aquí un caso—con pie de tortuga y vista de topo, pero hay casos –éste mismo—en que parece empeñada en dar el espectáculo.

Que no

Fue don Enrique Tierno quien dijo que los programas (excuso decir las promesas) electorales están ahí para no cumplirlas. La consejera de Justicia sigue esa doctrina al pie de la letra y, de paso, se implica hasta las trancas, con perdón, en la estrategia de acoso, derribo y tierra quemada decretada por su partido contra el alcalde da la capital. No habrá ‘Ciudad de la Justicia’ en Huelva como en otras capitales, a pesar de estar prometida y comprometida, ni siquiera habrá remiendo a base de enfoscar la vieja delega de Educación, que está enfrente; simplemente, no habrá. Y por descontado, dice la consejera que la culpa es de Pedro Rodríguez que cicateramente niega terrenos para consrtruirla, gran falacia porque en el Ayuntamiento no hay ni rastro de solicitud por su parte en este sentido. Total, que no, una vez más. A los onubenses de la capital se les niega su derecho a elegir al alcalde que prefieren a base de cerrarles el grifo de la Junta. Los ciudadanos deben tomar buena nota de estas cosas y luego hacer libremente sus cuentas y tomar sus decisiones.

Elogio de lo mediocre

La madre del cantante Bruce Springsteen –“Subid el volumen, poneos los zapatos de baile y disfrutad”—ha participado en el homenaje que el antiguo colegio del nene le ha ofrecido en su calidad de triunfador, con un discurso escrito por éste, en el que se hace sin ambages, aunque con cierta ironía respecto del sistema educativo, un rotundo elogio de la mediocridad: “Pasé mis años en el instituto básicamente como un paria y, como mucho, como un estudiante mediocre al que seguramente habrían votado como ‘el estudiante con menos posibilidades de triunfo’ ”. Ahí queda eso, como una pedrada sobre la castigada vidriera de la educación, como un petardazo en pleno rostro de esta sociedad ambiciosa que dicen que prepara obsesivamente a las nuevas cohortes generacionales para que descuellen en la vida por encima de las demás. El ideal familiar de la educación atraviesa una crisis tan profunda que los propios padres no saben ya si será mejor endurecer los controles o entreabrir portillos a la picaresca, si exigir buenos resultados en ‘mates’ y en ‘filo’, o ponerle una vela al santo para que la buena nueva de una “Operación Triunfo” le sea revelada al alevín en tiempo y forma. ¿Por qué estudiar, qué razón hay para perseguir la ‘excelencia’ (como está de moda decir entre los expertos) cuando quien de verdad arrolla en España es quien acaba siendo catapultado por la tele a la galaxia del mercado? Uno de los rasgos más inquietantes que ofrecen esos trampolines a la fama es el resultado generalmente mediocre que logran, es decir, la astucia con que saben elegir mediocres arquetípicos capaces de permitir la identificación/proyección masiva de la ‘basca’ en sus iconos no poco imaginarios. La sociedad –es decir, la tele—ha seguido la senda abierta por los planes educativos. El elogio de lo mediocre que acaba de hacer Bruce Springsteen, como el que (a escala, se entiende) pudiera hacer cualquiera de nuestros “triunfitos”, revela de una vez por todas que nuestra era ha entronizado la medianía en el lugar tradicionalmente reservado a lo sobresaliente.

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Lo que ofrece a nuestros hijos el sistema educativo en general es la sustitución del inevitable sentido del deber por la seducción de la aventura. Las pautas juveniles son tiránicas y expulsan con ferocidad de su ámbito a los discrepantes, condenados de por vida a merodear por las orillas de la tribu en lugar de participar plenamente de su reconocimiento y protección. Nunca entendí por qué Sartre sostenía en su “Nekrassov” que la mediocridad no si imita, cuando es evidente que apenas quedan posibilidades de sobrevivir al margen de ella una vez que se ha logrado su instauración como gran pauta colectiva. Al contrario, no hay por qué extrañarse de la tendencia política a primar los planes de estudio permisivos que a la mediocridad conducen, por la sencilla razón de que esa atractiva oferta de lo fácil garantiza la adhesión social en los términos que lamentablemente estamos comprobando desde hace demasiados años. Lo que pretende transmitir el mensaje de Springsteen a sus coleguitas es un espléndido sofisma, no cabe duda: el que sostiene que no merece la pena el esfuerzo escolar porque el destino de cada cual no es un logro necesario sino un azaroso resultado que no depende siquiera de nuestra iniciativa. Recuerdo que un tipo tan azacán como Balzac mantuvo la tesis de que, en su tiempo, era el propio sistema social el que había ‘deificado’ esa mediocridad para poder mantenerse en pie. Si Balzac echara una mirada alrededor nuestro y viera lo que está ocurriendo en las aulas y en el patio de las escuelas seguro que convendría en que en su día exageró los términos de la cuestión. No había dioses entre sus personajes, que yo recuerde. Hoy, en cambio, hemos construido un Olimpo que poblamos a base de organizar un ‘casting’ un martes sí y otro también. La ‘excelencia’ son Bisbal o Chenoa, no por casualidad sino porque así lo han querido los sucesivos Gobiernos.

Las huelgas

 

Ha sido concluyente la sentencia sobre la huelga de basuras de Sanlúcar de Barrameda: los huelguistas se comportaron como salvajes y los funcionarios como comisarios de partido. Una doble vergüenza que acaso encubre el otro irreparable problema de esta siempre difícil gestión: el robinsonismo, la falta de preparación absoluta, de unos gestores que, como los que están permitiendo que la capital de Andalucía se vea sin taxis en Semana Santa y tal vez en Feria, demuestran lo peligrosa que es, llegadas las duras, la estrategia de partido basada en el apotegma borbollista de que “to er mundo vale pa to”. Peligra frente a la opinión un legítimo derecho de huelga gestionado por aficionados, desprotegido por la autoridad y manejado circunstancialmente por unos biempagados sindicatos. Dejar a Sevilla sin taxis en las “Fiestas Mayores”, por ejemplo, debería ser motivo para incapacitar a los membrillos responsables. Por supuesto, sn esperar a que los jueces digan, andando el tiempo, que unos o todos obraron en su día salvajemente o con prevaricación.

Mancha de aceite

¿Ven como era arriesgado meter palo en candela al rival, pedir fiscal especial para entender en corrupciones urbanísticas, anunciar que se investigaría (¡sólo!)por sus presuntas corrupciones a los Ayuntamiento gobernados por el PP? Ahí tienen el nuevo “pelotazo” de Punta Umbría, que habrá de valorarse debidamente, pero que si és como se ha dicho pondría entre la espada y la pared no sólo al PSOE sino al propio Barrero que era en aquel entonces quien cortaba el bacalao también en aquel consistorio. O fíjense en la actitud de la delegada Ballester haciendo como que no ve lo que está a la vista, es decir, que en El Rocío hay un hotel abierto sin papeles y que es propiedad del truchimán encarcelado en Marbella por presidir, presuntamente también, el saqueo de aquel Ayuntamiento. Van a caer chuzos de Punta, de aquí a las elecciones, pero deberían procurar siquiera que el ciudadano no remate la conclusión de que aquí manga todo el mundo. Nadie hace tanto contra la democracia como estos manipuladores de partido que creen que ganar las elecciones justifica cualquier temeridad o incluso cualquier canallada.

La franja morada

Un amigo sabio y republicano recalcitrante me comenta la significativa limitación de la respuesta a la convocatoria republicana del pasado 14 de Abril –unos tres mil feligreses en toda España es bien poca cosa, hay que reconocerlo—en términos que apuntan tanto a la débil racionalización de los reivindicadores como a la evidente inercia que gobierna este confundido criterio público, cuyos lodos presentes es preciso remitir, todavía a estas alturas, a los polvos cósmicos ayuntados en la Transición. Me cuenta mi amigo una anécdota que habla por sí sola: unas camisetas fervorosamente confeccionadas por un grupo republicano han sido rechazadas de plano, sobre todo por los alevines de esa movida, con el argumento de que no debería figurar impresa en ellas la palabra “española” calificando nuestra República, ridícula bobada que él explica a mayor profundidad remitiendo la cuestión al hecho básico de nuestra situación ideológica: la reducción de la izquierda refundada que disfrutamos, en especial de la socialdemócrata, al ámbito de lo estrictamente simbólico en el que hay que incluir, por supuesto, esta reivindicación republicana respaldada por el Gobierno, cuando no propuesta por él con medias palabras. Total, que no hay republicanos suficientes entre nosotros, de la misma manera que no había monárquicos cuando llegó la institución o que dejó de haberlos, de la noche a la mañana, cuando la caída de Alfonso XIII. Los pueblos son volubles pero necesitan su tiempo para darse la vuelta y acomodar la postura a cada novedad, y en España no hay ningún indicio razonable que permita vislumbrar el menor interés por cambiar esa cosa tan platónica que es la forma de gobierno. Yo creo que el funeral del 11-M hizo más por la monarquía, con sus principescas lágrimas negras y sus regios sollozos contenidos, que un cuarto de siglo de ejercicio de rutinas institucionales, como creo que el debatillo sobre Letizia marcó el techo real de nuestra actual ideología política. Aviados vamos los repúblicos, por más rentois que nos tiremos. Doscientos fieles en el cementerio de Sevilla en torno a Martínez Barrio constituyen, nos pongamos como nos pongamos, todo un testimonio de esa debilidad innegable del republicanismo que el Gobierno explota demagógicamente poniéndole una vela al diablo sin quitarle la suya a Dios.

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Está bien la tesis de mi amigo: la desocialización efectiva de la izquierda, su reclusión en el plano simbólico, puede darle mucho juego a la demagogia pero escaso fruto al cambio social. Claro que el Gobierno ha sido listo tirando la piedra al tiempo de esconder la mano, de modo y manera que el fracaso relativo (¡y tanto!) de la anunciada movilización del señalado 70 aniversario de la II República haya de anotarse en exclusiva en el debe del disperso movimiento y no en el suyo propio. En la entrevista a este diario el propio ZP se la he ido por las ramas a Pedro Jota respondiendo por peteneras a su pregunta concreta: “Si usted me pregunta qué prefiero, me quedo con la Monarquía Constitucional española entes que con la Quinta República francesa”. Vamos, que ni sí ni no, sino todo lo contrario, o ya que hablamos de la Corona, a ver qué tal por Logroño. Desocialización, simbolismo, lo que quieran, pero con la marcha atrás siempre dispuesta, con el freno de la ocurrencia siempre al alcance de la mano. El hecho es que en España, a pesar del Gobierno y de la izquierda en peso, sólo han podido arrimarse unas tres mil criaturas al hito republicano, y ésa es una cantidad decididamente insignificante en un país tan pragmático al que preocupa más el abuelo taxista de Letizia que los amigos presidiarios del Jefe del Estado. Este es un corral más para Jaime Peñafiel que para Azaña. Excuso decir lo que en él puede representar el voluntarismo de Trevijano y 2.999 republicanos más, entre los que, con la natural desolación, no dejo de incluirme.