La extraña campaña

El PSOE se ha descolgado con una extraña campaña publicitaria para “convencer” a los andaluces de que son una “realidad nacional”, no como la catalana o la vasca, eso no, pero sí como la copa de un pino. Se trata de “defender y popularizar” esa definición de Andalucía que a nadie podrá caerle más ancha que los andaluces, tan “excedentarios” de identidad como el psiquiatra Castilla diagnosticó con tino en su día, tan “naturalmente” españoles que no van a aceptar fácilmente que el PSOE e IU le quiten del Estatuto, sólo por complacer a esos catalanes que nos desdeñan como a inferiores, la inequívoca expresión bajo la que ha prosperado la democracia: “la indisoluble unidad de España, patria común de todos los españoles”. Ya no se acuerdan de cuando González gritaba desde las portadas “¡Para patriota, yo!”. Ahora sólo se trata de salir del paso, de vestirle el muñeco catalán a ZP, de utilizarnos, una vez más, de carne de cañón simbólica pero realísima. La españolidad sin matices de Andalucía no es patrimonio de la Derecha. Esta Izquierda parece empeñada, en cambio, en monopolizar la secesión vergonzante.

Agria política

Dicen que el debate en pleno del Ayuntamiento de Punta Umbría fue de lo más tenso. Es natural: demostrar que el anterior gobierno municipal había adjudicado una parcela a un amigo político en unos miles de millones menos, es como decir que alguien le ha levantado el pueblo de Punta ese dineral para favorecer a alguien. No harán bien los políticos si no despejan estas brumas, olvidados si es posible de las elecciones, por el bien exclusivo del mismo sistema de libertades que todavía tenemos el privilegio (aunque cueste aceptarlo) de disfrutar. El escandalazo va a venirle como agua de mayo a un alcalde bien dinámico que no atravesaba precisamente su mejor momento. Al aspirante a desbancarlo le ha caído encima como una losa, sin duda, esta evidencia de cambalache que, ya digo, deberían despejar, si es que pueden, a la mayor brevedad, y no sólo porque las elecciones estén encima.

Locos de atar

Cuando Borbolla era presidente de la Junta, una de las novatadas de la autonomía fue cerrar el manicomio. Recuerdo aquella mañana y el titular juntero del ABC –“Cerramos el manicomio”—que yo tuve ocasión de leer espeluznado mientras los teléfonos de la Presidencia comenzaban a tronar amontonándose y no había voces bastantes para tranquilizar a las familias de los “internos” que acaban de desayunarse con tan estremecedora noticia. Ha que ponerse en el lugar de una familia, perdida en un pueblo pongo por caso, que se las tenga que bandear con un alienado sin otro recurso que el pastillazo matinal y, llegado el caso, siempre que fuera posible, el palo y tentetieso para evitar males mayores. Pero los revolucionarios del ramo, me consta que pillándole la delantera al Presidente, cerraron los manicomios y se quedaron tan panchos como desconcertados los deudos. Lo que pasó luego es conocido y reconocible en las voces enronquecidas de tantos psiquiatras que vienen denunciando que ni la vieja ergástula con ducha helada y calambrazo era una solución ni la planta de un hospital –normalmente la última, con lo cual se facilita mucho el suicidio—el lugar adecuado para un enfermo como otro cualquiera que precisa del cuidado médico pero, y ante todo, del mantenimiento del vínculo social. Nadie tiene nada que contarnos sobre este dilema que no lo es, al menos desde que Foucault explicó en su prodigiosa crónica de la locura clásica que el ‘quid’ de esta cuestión era que la “sociedad de los normales” había atribuido siempre al loco –llamemos a las cosas por su nombre histórico—“un espacio moral de exclusión”, es decir, una plaza en el lazareto que primero fue el hogar del leproso y luego del enfermo venéreo, la auténtica “stultifera navis” o nave de los locos que tanto juego literario dio a través de los siglos. La historia de Tristán que, arrojado a la costa de Cornuailles, le permite encontrar y ser reconocido pro Isolda, es un arquetipo de la tragedia que supone tener un demente en casa. Los revolucionarios de Borbolla no habían leído a Foucault seguramente y, en todo caso, sospecho que no lo hubieran entendido.

xxxxx

Un premio Nobel, el profesor Nash, acaba de reivindicar la reinserción del enajenado en un congreso del ramo celebrado en Madrid. John Forbes Nash es un matemático notorio que hizo hallazgos memorables en la teoría de los juegos en plena juventud para sumirse luego, durante muchos años, en la noche oscura del alma que es la esquizofrenia o lo que bajo ese concepto encriptan los especialistas, un enfermo agudo que llegó a padecer los rigores más extremos de esa mal que ilumina las conciencias con pavoroso haz de luz negra para alumbrar fugazmente escenas alucinatorias y visiones pánicas. Y propone no desahuciar a esos pacientes como si la enfermad fuera vitalicia sino dejar abierta ante ellos amistosamente la puerta de la celda, de manera que puedan salir eventualmente y reintegrarse al habitáculo en que vive ingenua la inmensa mayoría abducida por la idea de su propia “normalidad”. Ni el sanador ni el cura, ni el camello ni el espiritista son buena compañía para quien siente que a su máquina maravillosa le falla el “software”: es la sociedad misma que la echó, el “nomos” que decretó su expulsión del dudoso paraíso confinándola con aquel “espacio de exclusión”, o vamos a hablar claro, aquella que los “borró” virtualmente de la estadística de la vida como se borra un dato incómodo que descuadra el balance convencional. Reconforta escuchar a un anciano sabio aleccionar a la tribu con palabras de esperanza basadas en la experiencia más rigurosa, ver erguirse a un superviviente del viejo humanismo que reclama la redención de la locura o el rescate de la vejez frente a este modelo inhumano que se cepilla cuanto le incomoda. Los listos de Borbolla creyeron seguramente que cerrando el manicomio liquidaban la tragedia. No tienen ni idea de la que organizaron aquel día en miles de familias normales.

Patrias, matrias, trucos

 

Escuchamos a Chaves con el apoyo de IU defender que Andalucía será en adelante una “realidad nacional” (ni más ni menos que Cataluña, ya ven qué risa) y exigirle a los demás –“especialmente al PP”, eso no hacía falta ni decirlo—“respeto” para Andalucía. Pero al tiempo llega desde Barcelona la estúpida advertencia del “conseller en cap” y recaudador de ERC no sólo sobre sobre la desigualdad efectiva entre nuestra comunidad y la suya, sino también entre la nuestra y la vascongada. Los gallegos se cierran en que Galicia no ha de ser más que “nación” y los vascos se dan ya por independientes incluyendo dentro de la muga a la histórica Navarra. No tienen vergüenza, no la han visto ni por el forro, pero se ponen ante un micro y nos leen la cartilla a todos, muy serios, los tíos, tan seguros de que hay que hacer lo que al partido convenga como de que mientras hablemos de identidades no habremos de ocuparnos de los problemas reales. Antier supinos que también en la clasificación de las regiones según la renta somos los penúltimos. Penúltimos pero “realidad nacional”, eso sí. A estos no les quitan el coche oficial ni con agua caliente.

Revoluciones pendientes

Guiñolillo en la Plaza de las Monjas, grupos republicanos reclamando –en su derecho más absoluto—la vuelta de la tortilla formal, la tercera fuga de la monarquía y la consiguiente tercera proclamación de la República. Y frente a ellos –ya de por sí bastante escasos–, un grupito nostálgico de la dictadura, bobos de guardarropía, ‘basca’ mal informada a la que sus mentores se les ha olvidado instruir en lo que fue una constante en el ambiente fascista español durante medio siglo: el antimonarquismo radical y su consecuencia, el republicanismo (“sindical”, apellidaban ellos). Nada con sifón, en consecuencia, ni por una parte ni por la otra, aparte de cuatro “grises” reconvertidos a los que bastó una reconvención administrativa para enviar de vuelta a casa a los de la “revolución pendiente”. Aquí todo el mundo tiene una revolución por hacer, pero la verdad es que, a la hora de los disturbios, no quedan más que cuatro gatos por bando.

Las dos manos

Uno de los acontecimientos de la semana ha sido, sin duda posible, la aparición de ZP en la portada de ‘Newsweek’ con la sonrisa canonizada bajo un eslogan que ni pagado (y no me tomen por lila, por favor) quedaría mejor: “Making Socialism Work”, esto es, “Haciendo un socialismo que funciona”. Ya tienen ahí otra vez el “España va bien”, sólo que en esta ocasión en boca no del beneficiario sino de un observador que la ingenuidad española, con su tradicional punto lugareño, no dejará de considerar imparcial y, lo que es más, objetivo. Y hay que reconocer que el trabajo de “Newsweek’ matiza con especial acierto su propuesta cuando afirma, ya en el sosiego del texto, que el truco de ese líder sonriente –“L’ homme qui rit”, le llamó en cierta ocasión una revista satírica francesa recordando la equívoca fábula de Víctor Hugo sobre el barón convertido en mendigo—consiste en “gobernar con la mano derecha la Economía y con la mano izquierda la Sociedad”. Ya está: la política ambidextra, el dualismo rosa en que ha cuajado finalmente el puré socialdemócrata, el triunfo absoluto, definitivo, de lo simbólico sobre lo real que comporta, evidentemente, una inversión radical de la intuición colectivista travestida de “tercera vía”. El socialismo, o los socialismos, para bien y para mal, surgieron desde el convencimiento y con la intención de cambiar el mundo transformándolo en su base determinante, no de entretenerse en maquillar la realidad social modificando los que entonces se designaban como efectos superestructurales. La ambición de reunir ambos objetivos en uno es, todo lo más, uno de los ensayos más donosos de la utopía y, ni que decir tiene, que de los más fracasados. Lo que no se le habría ocurrido a ningún socialista clásico sería primar la “revolución simbólica” sobre el auténtico y profundo cambio decisivo que no puede ser otro que el que se produzca en la base económica de la vida social. Un socialismo bendecido por banqueros –¡y hasta financiado por ellos: recuérdese Filesa!— tiene mucho que hacer en el plano de acción que los sociólogos de los 60 (Gorz, por ejemplo) llamaban de las “reformas no reformistas”. En el otro, en el de la leña, más bien poco.

xxxxx

Ah, el simbolismo de las manos. Hay en la Biblia cientos de referencias a esa sugestión de sentido y, como yo mismo procuré mostrar alguna vez en un libro, las hay también en cualquier cultura entre las conocidas. Lo diestro y lo siniestro –¡hasta de Judas se dijo que era zurdo!—forman un par de conceptos claves en la orientación humana que nada de extraño tienen entre quienes hasta hemos oído hablar de la “mano izquierda de Dios”. Lo nuevo es el desparpajo con que no sólo se atribuye ya a esas manos el sentido benéfico o infausto por parte de quien observa, sino la naturalidad con que se acepta por parte de los mismos protagonistas que se autopostulan representantes de cada término, es decir, la curiosidad que supone que la derecha esgrima hoy objetivos reservados por tradición a la izquierda y viceversa, es decir, que la izquierda renuncie a sus reivindicaciones genuinas para sustituirlas por objetivos más o menos coyunturales pero, en todo caso, no revolucionarios en el sentido propio. Hubo un tiempo en que el movimiento obrero distinguía con claridad entre la revolución “económica”, o sea, el cambio radical de la organización productiva y sus criterios de asignación de riqueza, y la revolución “política” o “burguesa”, sujeta a un modelo reformista nunca comprometido con la realidad radical. Y a mí me lo ha recordado la distinción –ajustadísima—de ‘Newsweek’, lo de la dos manos del político que alega ingenuamente, como ZP, que “en Alemania los rojos son los socialdemócratas y no pasa nada”. Eso mismo: que no pasa nada, o al menos, nada trascendental, que es a lo que parecía que íbamos y a lo que parecerá que vamos de nuevo, ya lo verán, en cuanto se convoquen elecciones, que a lo peor es más pronto que tarde.