Cencerros tapados

Mal, muy mal, rematadamente mal ha actuado el buen alcalde de Riotinto, José Manuel Delgado, un hombre al que cada día se ve más claro que marcha entrillado entre su buena voluntad y la disciplina de partido. Reunirse aparte y sin testigos con el personal de Rumbo 5.0 tras prometer que la oposición –como no debiera ser de otra manera–estaría delante, es un error y, lo que es más peligroso para él y para el pueblo, un gesto que puede acabar provocando en mucha gente resquemor y desconfianza en sus buenos oficios. El lío/saqueo de Riotinto tiene ya una crónica demasiado larga. Delgado haría bien en no prolongarla con nuevos y dudosos capítulos, sobre todo si quiere, como es de esperar, no verse identificado con quien no sería nada bueno que lo fuera. El partido llevará sus cuentas, tanto en Huelva como en Sevilla y cualquiera sabe si también en Madrid, pero al alcalde de la Mina eso debe importarle menos que el interés de su pueblo.

El hombre tendido

Una crónica que Silvia Román nos enviaba el otro día desde Berlín daba cuenta de la inauguración de una muestra titulada “El diván: sobre el pensamiento en posición horizontal” que, como ya habrán imaginado, girará alrededor de la imagen y vigencia de Freud en estos tiempos de locos que vivimos. Habrá que ir a verla, si se puede, pero de momento topamos en la crónica con datos tan inquietantes como el que sostiene que el diván fetén –es decir, aquel con el ‘kilim’ turcomano por lo alto, en el que hubieron de recostarse los espíritus atribulados que recurrieron en su día al gran mago vienés– no está en Viena, en el piso burgués y corriente de la Berggasse 19 que íbamos a ver en los años felices, sino en la residencia londinense del maestro a la que confieso haber peregrinado también alguna vez para ganar el jubileo como a la anterior, arrastrado por el mismo fetichismo generacional que nos guiaba hasta el cementerio de Highgate con flores para Marx, y en mi caso, también para el sabio y olvidado Herbert Spencer, que lo acompaña en una tumba cercana en la gran travesía. Pero me da el pálpito de que, aunque en Berlin se formen colas estos días para ver la vajilla y los cojines del sabio, el valor de su obra, siglo y medio después, no habrá de prosperar gran cosa en esta era en la que el que no se apunta al mecanicismo conductista se zampa encantado “El código da Vinci”. Eugenio Trías recordaba con agudeza hace unos días que tanto la vieja controversia como el actual cuestionamiento de la validez del psiconálisis se deben al hecho elemental de que Freud centrara su teoría hasta casi hacer un monismo de la sexualidad y sus complejidades, ese arcano voluntario que ni los que pagan por hacerlo tendidos en el diván están dispuestos, en el fondo, a poner en almoneda. Que el psicoanálisis ha sido uno de los grandes hallazgos intelectuales del siglo pasado –como el marxismo del anterior—lo demuestra el hecho de que haya sobrevivido no sólo a su banalización por la industria yanqui sino incluso a la charlatanería porteña. Y puede que ambos aguarden tiempos mejores, pero éste no es, desde luego, el momento idóneo para recuperar ni a uno ni a otro por más exposiciones que se hagan.

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El incansable combate contra Freud no podrá ocultar nunca, probablemente, al valor del descubrimiento crucial de que la intimidad del hombre se enraíza en su pasado. El presente, lo que uno es, se explica por lo que fue, por cómo lo fue, en función de las condiciones favorables o adversas en que libró esa existencia, y lo que Freud propuso fue la tesis de que la enfermedad puede ser (suele ser) el efecto, indescifrable a simple vista, de una psicogenia determinante en la crónica personal. Hoy anda no poco pasado de moda el diván, supongo que, en buena medida, por el avance práctico de los remedios (no se pierdan el eufemismo “apoyo químico” de que se valen los clínicos), pero también porque pocas “ideologías” –y el psicoanálisis fue una de ellas por más que se empeñe en negarlo—resisten indemnes el paso del tiempo. Hay que reconocer, además, que la vía intelectual que Freud abrió y siguieron tras sus huellas tantos talentos, implica una severa dificultad de aprendizaje lo mismo que entreabre postigos a la superchería, pero la verdad es que, tras este ajetreado siglo y medio, el “análisis” como dicen los europeos, no es ya tanto una teoría a aplicar como una práctica que impregna la conciencia, incluida la de sus adversarios más feroces. Es natural que Freud pierda terreno mientras lo gana a marchas forzadas el “Prozac” y los diazepóxidos forman ya parte de la dieta común. Pero una legión humana vuelve cada tarde al diván en busca del grial escondido y se tiende cuan larga es mirando hacia atrás sin ira. Habrá que ir a esa ‘muestra’ si caemos por Berlín. Comprenerán que lo del paradero del diván auténtico no puede quedar así como así.

Contraimagen política

Ayer publicaba este diario una entrevista al profesor Antonio Nadal, catedrático de Historia Contemporánea, más que demoledora en sus respuestas por su acendrado pesimismo pero también por la audacia de sus denuncias. Nadal ve una Andalucía en manos de los que él llama, con nombres y apellidos, “mediocres”, habla de la rebelión de las medianías” y del “intento de reactivar el franquismo”, asegura que el 80 por ciento d ela dirigencia democrática andaluza procede del franquismo, desdeña la campaña por “la recuperación de la memoria histórica” como “un negocio del que se benefician unos pocos” y que no está dando de sí más que “refritos y contrarrefritos”, denuncia la sumisión de los ‘medios’ al PSOE y acusa a Canal Sur en términos tremendos que culminan en la idea de que “roza la indignidad”, y suguiere, en fin, que tal vez “el destino inevitable de un intelectual crítico es no existir”. Un alegato severo en boca de un exmilitante destacado del PSOE, a cuyo Comité Federal perteneció, y que, al margen de modos y maneras, debería ser meditado por unos y otros.

Oé, Oé, Oé

“Menos política y más fútbol”, quería Solís, “la sonrisa del Régimen”. En esta Huelva que vive el preascenso del Recre, Solís estaría encantado viendo y escuchando el cabreo sordo de la oposición municipal mortificada por la idea (cierta) de que ese ascenso beneficia al Superalcalde, o la imagen insólita de Trillo y Cejudo en el palco del estadio malagueño cuando no en el palco del amigo en el Nuevo Colombino. Diego de la Villa ha pedido a Pedro Rodríguez, incluso, que deje de aprovechar ese viento de cola, simpleza sublime que no se le ocurre a ningún político como no sea a uno bisoño y sobrevenido. Por lo demás, ahí tiene ese cabreado –que se olvida del papel que su partido, efectiva e incautamente, le puso en bandeja al alcalde actual para salvar al Decano de la desaparición—esa supermillonaria historia del club, financiada sin tasa por El Monte, que andan presentando peña por peña sus máximos dirigentes. Esa final la perdió hace mucho un PSOE que no supo valorar en su momento el peso simbólico del Recre en la capital. Si desde la inopia opositora se apuntan ahora al bombardeo final, imaginen qué hubieran hecho si el preasenso los llega a pillar gobernando.

La ardilla y la barona

La aparición en carne mortal de la baronesa Thyssen en el Paseo del Prado ha supuesto algo así como la resurrección de la energía cívica, abismada en la penumbra cataléptica desde hace demasiado tiempo. Nos faltan líderes, qué duda cabe, o si lo prefieren dicho de otra manera, está claro que la capacidad de liderato de nuestra clase política cae muy por debajo del que puede ejercerse, por activa o por pasiva, desde la sociedad civil. Nadie compra una camiseta con la empalagosa sonrisa de ZP sino ilustrada con las paletas de Ronaldinho, ni loca se congregaría un sábado a media mañana bajo los castaños de Indias madrileños para escuchar a un político la muchedumbre novelera que lo ha hecho para consagrar sacerdotisa del ecologismo a una baronesa sobrevenida vestida con pantalón pirata y sandalias Chanel, heroína de la noche a la mañana de este país machorro y edípico que no se echa abajo de la cama hasta que resuena en su puerta la bronca de una Manuela Malasaña o una Agustina de Aragón. Fíjense que contra la tala masiva de árboles añejos decretada por Gallardón estaba ya Esperanza Aguirre, con todo su poder, pero ha sido preciso para remover el cotarro que apareciera en escena la baronesa dando saltitos y acompañando con sus palmadas los eslóganes de este ecologismo urbanita. Su éxito rotundo supone, a mi parecer, un descalabro fenomenal de la democracia, y algo que cae, en definitiva, mucho más cerca de Aristófanes que de Sócrates porque que viene a confirmar la severa crisis de credibilidad que atraviesa nuestra vida pública. Lo que le faltaba a la democracia española era escapar del telediario para recalar en “Salsa Rosa”. Y ahí la tenemos ya.

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La trifulca alrededor del árbol es una constante en este país cuya capital tiene un madroño en el blasón. Hay una vieja leyenda que, la verdad es que sin saber muy lo que dice, el “hombre Googel” que nos abruma atribuye indistintamente a Tácito, a Estrabón o a Plinio el Viejo, y que viene a simbolizar la destrucción del bosque español con la imagen de la ardilla que podría viajar desde el Pirineo a Gibraltar sin necesidad de pisar el suelo. Los viejos “arbitristas” que equiparaban el daño de la deforestación a los causados por el vagabundeo, el desprecio de los oficios, las ‘manos muertas’ o la vasta clerecía, habrían de ver prolongada su queja en la voz de los diversos regeneracionismos y hasta en el lamento fascista de Primo de Rivera, el ‘Fundador’, concordes todos en que el supremo mal de España –el “mal de piedra” que denunció uno de ellos—era nuestra aversión a los árboles, ese incontenible instinto arboricida que estos días nadie representa mejor que el alcalde de Madrid mandando destoconar el viejo “salón” romántico de la Villa y Corte o el de Sevilla llevando el sainete hasta el punto de avalar con su firma el propio manifiesto de protesta vecinal. La baronesa ha sabido escoger bien el momento para irrumpir en la vida pública, pero esta vez no bajando con plumas y bajo los focos por la escalera del revistón, sino disfrazada, aunque sea con sus atributos más pijos, con el uniforme del espíritu cívico. ¿Por qué se arremolina para aplaudir a la baronesa la multitud que no se detendría un instante siquiera para escuchar a la ministra Narbona? Ésa creo yo que es la lección política nada tranquilizadora que deben estudiar atentamente estos próceres desprestigiados que no sólo talan sin despeinarse el bosque centenario sino que han propiciado la irrupción de un liderato tan glamouroso como insolvente. No nos faltaba más que entregar nuestro futuro político a la ‘ex’ de Espartaco Santoni y ya lo estamos haciendo. Decía hace poco una minerva que España tiene mala suerte. Pues es probable, pero lo que es seguro es que, salvados los salvables, tiene unos políticos de los que mejor no hablar.

Militancia fantasma

Ahora resulta que, a pesar de su propio testimonio, los alcaldes o el secretario local del PSOE condenados en Sanlúcar por el “sobornazo” no son militantes del partido. Tampoco lo eran hace poco los tránsfugas de Gibraleón, jaleados con entusiasmo el día de su ascenso al poder por el propio PSOE que “abandonaron”. No es del partido, para no estorbar, quien no conviene o carece de fuerza suficiente para exigirlo, aunque sí lo sea (recuérdese el vergonzoso espectáculo perpetrado a las puertas de la cárcel de Guadalajara, por el propio expresidente del Gobierno, para honrar a dos secuestradores) quien quiera y pueda. Ni lo es la García Marcos, a pesar de que salía en la foto con Chaves no hace tanto tiempo, ni los alcaldes condenados por prevaricación, cohecho y otros delitos en esos “burgos podridos”. Los partidos no acaban de comprender –probablemente no aceptarán nunca– que no hay regeneración sin penitencia y que los platos rotos se pagan. Si a los de Sanlúcar les llega a salir bien el chapú tal vez los tuviéramos hoy en la cúpula. Como les salió mal, los mandan a la leprosería.