La mala memoria

Dice el PP que lo que Chaves se trae con el Gobierno a propósito de la reclamación de la cuenca del Guadalquivir no es más que puro teatro. Qué sé yo, igual le interesa un golpe de efecto y ha decidido finalmente reclamar lo único que tiene sentido reclamar en este negocio, a saber, la gestión de esa cuenca que, al atravesar más de una comunidad autónoma, no puede, con la Constitución en la mano, ser transferida a una sola. Ahora bien, el PP se olvida de algo clave y es que la reivindicación, no ya de la gestión, sino de la transferencia de esa cuenca figura en el mismísimo primer discurso de investidura de Chaves, allá por Julio del 90, que ya ha llovido aunque otra cosa diga la ministra Narbona. Lo que ahora reivindicamos, pues, supone una rebaja más que una exigencia, una reclamación auténticamente crítica teniendo en cuenta como en Andalucía el problema del agua. Y puede que a Chaves le hayan descubierto esta baza y con ella haya pactado con Moncloa la correspondiente puesta en escena. En todo caso, por debajo del nivel del año 90, quede claro. Nuestra autonomía va a menos cuando no se queda petrificada en la pura rutina.

La moda del “Mobbing”

El Tribunal Supremo ha de decidir estos días si manda sentar en el banquillo al presidente de la Dipu, un diputado de relieve y su anterior jefe de Personal como presuntos autores del “mobbing” o acoso laboral a que dice haber sido sometido un funcionario no todo lo obediente que en la casa se exige. Mal rollo, sin duda, en el caso de que el TC tire por la calle de en medio, lo cual no resulta del todo improbable teniendo en cuenta que el juzgado considera que “existen indicios racionales de criminalidad en la conducta de cada uno de ellos” y estima que los delitos que había que imputarles serían el de prevaricación y el otro contra la integridad moral. Como los ropones se enteren de lo que anda diciendo hace meses CCOO sobre el trato dado al personal por en actual jefe de Personal, veremos donde acaba la procesión, pero la verdad es que lo cuerdos sería que esos mandamases moderen sus maneras y dejen de considerar la oficina como cosa suya.

El coche fantástico

La Gestora impuesta por Chaves en Marbella va a sacar a subasta el ‘Rolls Royce’ de Jesús Gil y el ‘BMW’ de Marisol Yagüe porque sus bienvenidos miembros “no los consideran aptos dadas sus características”. Es la historia de siempre, el final de todas las satrapías que parecieron indestructibles hasta que un buen día se vinieron abajo. Un sargento americano de los que entró con Patton en Berlín confiscó para su general en una cochera nazi un costeado ejemplar de ‘Rolls’ que la Inteligencia (es un decir) descubriría, tras estudiar su matrícula y número de motor, que era nada menos que el famoso ‘Phantom IV cabriolet” utilizado por Hitler para aparecerse a sus muchedumbres en los días de desfile, lo que dio lugar a su envío a la patria donde acabó adquirido en pública subasta por uno de esos provincianos museos yanquis que son auténticas catedrales del fetichismo. Uno por el estilo que el propio Hitler le regaló a Franco parece que fue el descapotable que los Príncipes de Asturias utilizaron como carroza de cuento el día de su boda, pero hay todavía otros varios en manos del Patrimonio Nacional, uno de los cuales levantaba hace poco la protesta de coleccionistas de coches y dictaduras por haber sido “transformado en una vitrina con ruedas, maletero agujereado y aspecto de Papamóvil”, seguramente para disfrazarlo frente a la inevitable inquisición y a la curiosidad de las gentes. Hitler también le regaló a Franco dos ‘Mercedes’ que se guardaban en las cocheras de El Pardo y ahora andan reparando subvencionados por la propia marca. El coche fantástico es como el complemento, más aún, como una suerte de seña de identidad del sátrapa, que se siente desnudo y peatonal hasta que logra que le agencien un vehículo exclusivo y le pasen la factura al peatón. Esas subastas, indefectibles tras cada ruina dictatorial, vienen a ser como una pálida revancha democrática que se le brinda al pueblo soberano para que no pierda definitivamente el oremus y deje de pagar impuestos. El fetichismo es una pasión mucho más honda de lo que se ha venido creyendo.

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Aparte de las cocheras imperiales, la Gestora ha ido inventariando en Marbella cuadros de grandes maestros, jirafas disecadas, cajas repletas de joyas, bolsas con dinero contante aunque no sonante, cuadras de briosos ‘pura sangre’, arsenales de armas y hasta un helicóptero para redondear la escudería, lo que da una idea cabal de la envergadura del saqueo (ZP dice ahora “pillaje”, cuando ya ha pasado el pedrisco) y del grado de cinismo con que han actuado tanto los linces noctílopes como los guardas voluntariamente ciegos de ese parque temático. Todo lo cual no es sino agua de borrajas, si bien se consideran las cosas, comparado con el tesoro a medio levantar que la propia Gestora ha descubierto en los archivos de la ‘delega’ de Urbanismo viéndose obligada a precintar un día sí y otro también los obrones ilegales que contaban con la complacencia de sabe Dios quién. Una solución podría ser que, junto al fabuloso parque móvil intervenido, subastaran también esas urbanizaciones cuyo valor procede fundamentalmente de la especulación de un suelo que el Gobierno –más vale tarde que nunca– va a combatir ahora al tiempo que se sacan a subasta las preciadas reliquias de aquella edad de oro, incluidos el ‘Rolls’ “estentóreo” de Gil y el ‘BMW’ de su heredera. La corrupción es una novela que empieza discretamente en una sobremesa costeada y suele acabar en una subasta de coches de giles y yagües o de yates de condes y delarrosas petroleados por la KIO. Un túnel sabatiano que junta la cueva del bandido con el despacho oficial. Y un coche, siempre un coche fantástico, un auto superferolítico para dejar al cuñado y al antiguo vecino con las bocas abiertas y los puños apretados. Pero no es mala inversión comprarse uno de ellos. Ahí tienen al que Hitler le regaló a Franco haciendo de carroza nupcial de los Príncipes en plena democracia.

Acusaciones mutuas

El buen rollito que se trae IU con el PSOE por arriba cruje por abajo de manera estruendosa. En Córdoba el PSOE anda acusando al gobierno municipal ni más ni menos que de echarse en brazos de un millonario sobrevenido que dicen que es quien de verdad gobierna Córdoba y no Rosa Aguilar, a lo que IU responde que más le vale callar a él por tantos motivos. En Sanlúcar de Barrameda, un parlamentario de la coalición sostiene que la dirección regional de Chaves estuvo y, por consiguiente, está detrás del “sobornazo” que acaba de ser condenado tan gravemente por la Justicia, y ya de paso denuncia la connivencia con un alcalde, como el de El Puerto, condenado y con varias imputaciones en lo alto, por el hecho de que garantice la continuidad del chavismo en la Diputación. Cohechos, prevaricaciones, sobornos: aquí no se habla de otra cosa y no es posible que la autonomía remonte mientras el panorama sea el que es y se mantenga la lucha de todos contra todos. Que vayamos a la cola en todos los indicadores no es, evidentemente, una casualidad sino una consecuencia del todo lógica.

Cencerros tapados

Mal, muy mal, rematadamente mal ha actuado el buen alcalde de Riotinto, José Manuel Delgado, un hombre al que cada día se ve más claro que marcha entrillado entre su buena voluntad y la disciplina de partido. Reunirse aparte y sin testigos con el personal de Rumbo 5.0 tras prometer que la oposición –como no debiera ser de otra manera–estaría delante, es un error y, lo que es más peligroso para él y para el pueblo, un gesto que puede acabar provocando en mucha gente resquemor y desconfianza en sus buenos oficios. El lío/saqueo de Riotinto tiene ya una crónica demasiado larga. Delgado haría bien en no prolongarla con nuevos y dudosos capítulos, sobre todo si quiere, como es de esperar, no verse identificado con quien no sería nada bueno que lo fuera. El partido llevará sus cuentas, tanto en Huelva como en Sevilla y cualquiera sabe si también en Madrid, pero al alcalde de la Mina eso debe importarle menos que el interés de su pueblo.

El hombre tendido

Una crónica que Silvia Román nos enviaba el otro día desde Berlín daba cuenta de la inauguración de una muestra titulada “El diván: sobre el pensamiento en posición horizontal” que, como ya habrán imaginado, girará alrededor de la imagen y vigencia de Freud en estos tiempos de locos que vivimos. Habrá que ir a verla, si se puede, pero de momento topamos en la crónica con datos tan inquietantes como el que sostiene que el diván fetén –es decir, aquel con el ‘kilim’ turcomano por lo alto, en el que hubieron de recostarse los espíritus atribulados que recurrieron en su día al gran mago vienés– no está en Viena, en el piso burgués y corriente de la Berggasse 19 que íbamos a ver en los años felices, sino en la residencia londinense del maestro a la que confieso haber peregrinado también alguna vez para ganar el jubileo como a la anterior, arrastrado por el mismo fetichismo generacional que nos guiaba hasta el cementerio de Highgate con flores para Marx, y en mi caso, también para el sabio y olvidado Herbert Spencer, que lo acompaña en una tumba cercana en la gran travesía. Pero me da el pálpito de que, aunque en Berlin se formen colas estos días para ver la vajilla y los cojines del sabio, el valor de su obra, siglo y medio después, no habrá de prosperar gran cosa en esta era en la que el que no se apunta al mecanicismo conductista se zampa encantado “El código da Vinci”. Eugenio Trías recordaba con agudeza hace unos días que tanto la vieja controversia como el actual cuestionamiento de la validez del psiconálisis se deben al hecho elemental de que Freud centrara su teoría hasta casi hacer un monismo de la sexualidad y sus complejidades, ese arcano voluntario que ni los que pagan por hacerlo tendidos en el diván están dispuestos, en el fondo, a poner en almoneda. Que el psicoanálisis ha sido uno de los grandes hallazgos intelectuales del siglo pasado –como el marxismo del anterior—lo demuestra el hecho de que haya sobrevivido no sólo a su banalización por la industria yanqui sino incluso a la charlatanería porteña. Y puede que ambos aguarden tiempos mejores, pero éste no es, desde luego, el momento idóneo para recuperar ni a uno ni a otro por más exposiciones que se hagan.

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El incansable combate contra Freud no podrá ocultar nunca, probablemente, al valor del descubrimiento crucial de que la intimidad del hombre se enraíza en su pasado. El presente, lo que uno es, se explica por lo que fue, por cómo lo fue, en función de las condiciones favorables o adversas en que libró esa existencia, y lo que Freud propuso fue la tesis de que la enfermedad puede ser (suele ser) el efecto, indescifrable a simple vista, de una psicogenia determinante en la crónica personal. Hoy anda no poco pasado de moda el diván, supongo que, en buena medida, por el avance práctico de los remedios (no se pierdan el eufemismo “apoyo químico” de que se valen los clínicos), pero también porque pocas “ideologías” –y el psicoanálisis fue una de ellas por más que se empeñe en negarlo—resisten indemnes el paso del tiempo. Hay que reconocer, además, que la vía intelectual que Freud abrió y siguieron tras sus huellas tantos talentos, implica una severa dificultad de aprendizaje lo mismo que entreabre postigos a la superchería, pero la verdad es que, tras este ajetreado siglo y medio, el “análisis” como dicen los europeos, no es ya tanto una teoría a aplicar como una práctica que impregna la conciencia, incluida la de sus adversarios más feroces. Es natural que Freud pierda terreno mientras lo gana a marchas forzadas el “Prozac” y los diazepóxidos forman ya parte de la dieta común. Pero una legión humana vuelve cada tarde al diván en busca del grial escondido y se tiende cuan larga es mirando hacia atrás sin ira. Habrá que ir a esa ‘muestra’ si caemos por Berlín. Comprenerán que lo del paradero del diván auténtico no puede quedar así como así.