¡Pobre actualidad!

 

El PSOE habría hecho de la Mancomunidad Ribera de Huelva una ‘sociedad limitada familiar’, una mamela para descolocados o ‘incolocados’ de su propio partido a costa del dinero de todos. El tremendo lío de Riotinto tendría a la Mina al borde de la anarquía, según los vecinos, una vez reducida a un solo municipal, en beneficio de cacos y salvajes, su policía local. Cobra ribetes de confrontación máxima la pelea electoral que se avecina en Gibraleón. El PP acusa a la Diputación de especilar con el suelo vendiendo terrenos el destino de cuyo beneficio se ignora. Los enseñantes se manifiestan en masa y los sanitarios andan rebelados. El Festival de Cine se politiza nuevamente al comparecer en público como vasallo del PSOE. No habrá Ciudad de la Justicia ni colegio en el Ensanche. Y el viejo PC, en fin, pide en una cena la vuelta de una utópica República ya que no parece poder con el bien concreto empleo sumergido. La esperanza blanca sigue siendo el Recre. Díganme si eso es para alegrarse o para tirarse de los pelos.

Teoría del Arrebato

 

A propósito de la soberbia victoria del Sevilla –Dios sea loado–, un soberbio latinista, Antouio Ramírez de Berger, me lanza en mi blog su amistoso guante con la sugerencia de que explique, ay de mí, “por qué cala tanto en el sentimiento humano aquello de ‘panem et Circenses’ de Juvenal”. De Juvenal, maestro, y de medio mundo, porque para empezar seguro que no tendré que recordarle la receta de Tiberio –“annona et espactaculis”, carne y espectáculos—mucho más cínica que la de nuestro poeta que, al fin y al cabo, escribía asustado por los malos tiempos que le tocaron. Entretener al pueblo es al abc de todo Poder, y si no, recuerde aquello otro de Lorenzo el Magnífico –“Pane e feste tengono il popol quieto”—o la tríada tremenda que en Italia se atribuye tradicionalmente a los Borbones: “Il popolo ha bisogno di tre F: feste, farina e forca”. Entre nosotros lo explicó de una vez por todas León de Arroyal, el ‘ilustrado’ que no se fiaba un pelo del reformismo de la monarquía absoluta y propuso audazmente nada menos que una “feliz revolución”. ¡Qué le voy yo a contar a Noé del Diluvio o a un romanista del ‘evergetismo’, esa institución romana que supo implicar a la sociedad civil en la sibilina maniobra de entretener a la plebe! Al libro insuperable de Paul Veyne me remito y dejemos la cosa ahí para ir al fútbol o, mejor dicho, a la calle trastornada por ese inesperado festival de primavera que ha puesto a Sevilla boca abajo y en todas las bocas el himno sevillón del Arrebato, el niño en el que creyó su abuela. Nada tan efectivo para hacer que se olviden las penas como un copazo, maestro. No hace falta peregrinar a Juvenal, con ser tan gustoso ese viaje, para comprenderlo.

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Aturdido por el entusiasmo, me he puesto a cavilar hasta acabar confirmado en mi vieja idea de que el fútbol, nuestro deporte-rey, no es tanto ni debe su capacidad arrebatadora a su condición de espectáculo, sino a ser el vehículo de esa pulsión maniquea básica que hace que el hombre se reconozca contemplándose en el escudo bruñido del “Otro”, del rival imaginario cuya función psíquica es mantenerlo erguido. El éxito social del fútbol no reside en el espectáculo, creo yo, sino en la victoria misma, en la participación sublimada de la masa en el triunfo del símbolo apropiado, la seducción del héroe de las mil caras revestido con nuestra exclusiva camiseta y, naturalmente, la derrota –siempre imaginaria—del competidor imprescindible. En China, donde algún ejercicio bien parecido a nuestro fútbol, el ‘tsu chu’, se practica desde hace más de cuatro mil años, han bastado una década escasa para levantar una inimaginable afición de mil trescientos millones de hinchas que se calan con entusiasmo las bufandas de nuestros equipos y corean del descerebrado “oé, oé, oé” de la misma manera que nosotros nos rendimos antes su irresistible ‘todo a cien’. No somos nadie sin “el Otro”, aceptémoslo de una puñetera vez, vamos por la vida de demediados irreconciliables en busca de esa media naranja de cuyo aniquilamiento depende nuestra confirmación. El Arrebato es un bardo que nos habla con diplomacia de una guerra sin cuartel y pone a la Giralda por testigo de la ordalía que parece ser la única fuente posible de nuestra compleja autoestima. El hombre es una criatura dual y el fútbol la selva donde sus dos mitades se buscan para fundirse en el rito supremo de la aniquilación, el bosque sagrado en el que el astuto druida custodia al árbol prohibido de la rivalidad. “Panem et circensis”, ‘annona’, ‘pane’, ‘feste’: la muchedumbre silenciosa no es tan difícil de manejar, después de todo, ni en dictadura ni en democracia. El fútbol cala tan hondo en el sentimiento humano porque lo de menos es lo que ocurre en la cancha. Lo que de verdad desata ese vendaval sentimental es la índole maniquea que debe de andar alojada en ese cerebro reptiliano que dicen que todavía controla los movimientos últimos de nuestra ingenua conciencia.

El Algarrobico

 

No sé para qué quiere el PP una comisión investigadora cuando lo ocurrido en Carboneras, en El Algarrobico, con ese hotal que se metía literalmente en el mar, está más claro que el agua. Si la Junta dio por buenas “todas y cada una de las actuaciones en estos siete años”, si encima trajinó en Bruselas para arrimarle ayudas comunitarias al proyecto ilegal, si sabía y callaba mientras el propio Gobierno lo subvencionaba por contribuir al desarrollo territorial y el Ayuntamiento también le soltaba sus cuartos, ya me dirán qué es lo que queda por averiguar. El gesto falsario de presentar la inevitable demolición de ese monstruo como una prueba de sensibilidad conservacionista por parte de Chaves cae por su propio peso. No queda sino lo que no vendrá, a saber, las dimisiones en cadena que el caso requeriría por vergüenza torera, desde al alcalde a la consejera, desde el director general del ministerio hasta el ‘sursum corda’. No ha habido un caso más palmario de insolvencia administrativa que éste. Para afirmarlo maldita la falta que hace ninguna comisión.

Crece la capital

 

Dicen que el ascenso –toquemos madera—del Recre contribuirá a reforzar la autoestima de los onubenses y asi será, seguramente, pero hay que decir que la capital lleva buen paso desde hace bastantes años y que mejora a ojos vista en muchos sentidos. El dato del último padrón, el mayor de nuestra historia, la sitúa, de momento, por encima del umbral crítico de los 150.000 habitantes, es decir, muy por encima del doble de su población de postguerra. Y todo ello en medio de un proceso complejo de transformación y mejora que, finalizado el reto de las comunicaciones básicas y la fastuosa entrada a la capital, con el Ensanche a la vista y en espera del AVE y el aeropuerto, nos asoman directamente a un tiempo pluscuamperfecto. Mérito de muchos, por supuesto, pero mérito sobre todo de una Huelva que ha cobrado fe en sí misma y viene siendo gestionada con destreza. Hacen mal quienes traten de boicotea esa realidad y ese futuro por despecho o ambición. Huelva crece y mejora, eso es lo que hay, y la única postura de recibo es apoyar esa evolución.

Vuelve Aristófanes

Entre la agitada coreografía de ‘Lisístrata’ y el elocuente embrollo de “La asamblea de las mujeres”, la vicepresidenta De la Vega se ha erigido en corega de este corral de comedias y ha puesto sobre el proscenio una aristofánica inédita que bien pudiera subir a los carteles con el bonito título de “La cena de las mujeres”. Se trata, como es sabido, de la discriminatoria cena de gala ofrecida a la flamante presidenta de Chile en el palacio de El Pardo –no me digan que el subconsciente no tiene mandanga–, ágape al que sólo han podido asistir las hembras de la tribu con expresa exclusión de los varones, es decir, un poco el anverso de la vieja moneda sexista de toda la vida retroquelado del tirón y sin contemplaciones con el signo femenino. Aquí empezamos muy cuerdamente exigiendo entre todos la igualdad entre los sexos, pasamos luego a hablar de “géneros” a pesar de la Academia y sin saber ni bien ni mal lo que se estaba diciendo, y parece que vamos a rematar el viaje invirtiendo la moneda de la injusticia hasta poner la cara donde estaba la cruz, que es un poco, si bien se lee la antigua literatura, la moraleja que encerraban las ironías del viejo maestro que fue capaz de poner a Sócrates a caer de un burro y quedarse tan tranquilo. En Riotinto ha habido hasta hace poco, heredado de los coloniales británicos, un espléndido club social “men only” para entrar al cual acompañado por la mismísima ‘santa’ de uno era preciso pagar como peaje una botella de güisqui a los machos del gineceo. Desde antier sabemos que en El Pardo funciona también, llegado el caso, un club exclusivo (“women only” para el caso) en el que se vulnera el espíritu y la letra de la Constitución discriminando a pelo a un “género” para hacer sitio al otro. Se empieza celebrando la despedida de soltera metiendo un billete de cincuenta euros en el ‘sleep’ de un ‘boy’ y puede acabarse tomando a la carrera la Acrópolis o, más modestamente, el santuario del franquismo. Si ustedes se fijan verán demasiados “actos fallidos” esta temporada en que, precisamente, se conmemora no sé que efemérides freudiana.

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Mal vamos con esta deriva del feminismo que ha decidido quitarse la máscara para mostrar su verdadero rostro revanchista. Claro está que se trata de una partida amañada, como pensada para la galería más que otra cosa, habida cuenta de que resulta impensable, por poner un caso simplón, que De la Vega le cerrara las puertas, no digo ya a ZP si se le ocurriera dejarse caer por la fortaleza, sino a cualquier Rubalcaba que decidiera darse una vuelta por el evento para echarse la foto entre las hembras en plan macho de la manada. Aparte de que la vicepresidenta deberá desde ahora estar dispuesta a tragarse los eventuales cónclaves masculinos que tengan a bien organizar los varones en el ámbito de sus respectivas competencias, porque ya me dirán cómo oponerse al machismo desde sus propias condiciones. La guerra de los sexos ha dejado de ser secreta, como decía la Campoalange, para convertirse en una simple ordalía en la que no tendría nada de particular que diéramos todos, machos y hembras, con la cabeza en el muro de las lamentaciones. Eso sí, no vean el glamour de El Pardo en primavera, esa estudiada media luz nocturna, doña Teresa con el cuello tapujado por el pañolón de seda y las ninfas y náyades brindando como amazonas, o quien sabe si como ménades, con el vinazo de la confrontación, por un futuro sin hombres, epiceno total, no tan distinto, en resumidas cuentas, que el intentado por las viejas pilares falangistas en el castillo de la Mota. Unas y otras, doña Pilar y doña Teresa, saben que lo que traen entre manos es sólo una comedia debidamente autorizada por la censura del macho. Comenzaré a creerme lo contrario (como ellas) sólo el día en que vea al frente del hato, con entorchados de presidenta total, a una mujer. Mientras tanto, insisto, eso de cenar solas no varía gran cosa de una despedida de solteras.

El ciclo vital

Ha sentenciado el presidente perpetuo de La Junta, Manuel Chaves, que los árboles ferozmente talados en pleno centro habían “cumplido ya su ciclo vital”. Ya ven lo fácil que se ve la paja en el ojo ajeno son percibir siquiera la viga en el propio, con qué alegría el hombre que ha desmontado la promesa formal de ZP de limitar los mandatos y que se ha negado a incluir esa imprescindible condición en el borrador del nuevo Estatuto, no sospecha siquiera que su ciclo político pudiera tener un fin algún día. A los árboles viejos (¿), hacha que te crió; a los políticos eternizados en el poder (una legión alrededor de Chaves), vía libre y alfombra roja. Un presidente que gobierna desde el 91 no se plantea jubilarse, pero entiende que los árboles añosos deben ser sustituidos del tirón por otros nuevos. ¿Las promesa de ZP? Bueno, eso ya se sabe que es lo de menos porque es sabido que la gente cambia de opinión. Chaves mismo no quería venir a Andlauñcia ni a tiros y ahora no se quiere ir ni muerto.