La mala fama

                                                            Para la juez Alaya, con respeto

La fama de Andalucía y de Sevilla anda por los suelos. Se hacen lenguas los críticos pregonando la garduña que es Sevilla como si no fuera cierto que, al menos hasta cierto punto, en todas partes cuecen habas. Cuento viejo es ése, que viene reptando desde el Siglo de Oro. ¿Hay quien dé más, en este sentido, que las novelas de Cervantes? Lean el espléndido prólogo que Rodríguez Marín puso a “Rinconete y Cortadillo”: Sevilla era ya una celebridad entonces por su picaresca, su delincuencia organizada, sus coimas, sus timbas o su inmenso lupanar pero, sobre todo, por la connivencia de las autoridades con los jícaros, regatones y malandrines. Francisco Ariño da cuenta en su crónica contemporánea de aquel público desmán y llega al punto de ver en la figura del severísimo cuarto conde de Puñonrostro, Asistente de la Ciudad, “el prototipo a la sublime creación del Quijote”, por decirlo en palabras del paremiólogo Sbarbi. Tan solo se vio el Conde en su tarea, que nada menos que Arias Montano lo recomienda a Felipe II y le dedica uno de sus comentarios a los Psalmos, concretamente al XXVI, donde dice: “Porque usted se afana y esfuerza por cuidarse de una caterva de hombres corrompidos por la avaricia y que incurren en toda clase de fraudes”, y ha sido rechazado por los patronos que han pretendido difamarlo incluso mediante calumnias, por lo que “no debe parecer extraño ni difícil que por eso desistiera del eficacísimo servicio del bien común y público que ha emprendido”.

Sevilla era entonces, se ha escrito, “merienda de negros con ser blancos los que se la merendaban”, pero el Conde era tan firme como comentan los dos muleros en “La ilustre fregona” cuando predicen “que dejará presto el cargo porque no tiene condición de verse a cada paso en dimes y diretes con los señores de la Audiencia” y, en efecto, Astrana anota que “dos años después le sucedería don Diego Pimentel”. Otro crítico opina que “de la impunidad nace forzosamente la licencia”. ¿Ven qué actual resulta ese panorama y con qué facilidad se podría poner rostro y nombre a los protagonistas hodiernos? No gustaba la justicia del Conde, “que estaba hecha a prueba de sobornos; a cuantos abusaban y robaban, grandes y chicos, es decir a las tres quintas partes de la población, no pareció bien tanta legalidad, pues al cabo –dirían—no hemos venido a redimir el mundo sino a comérnoslo”. ¿Les suena el cante? A mí, francamente, sí.

¿Qué pasa en Cai?

Estupenda imagen de la demagogia esos concejales gaditanos disueltos por la Policía y ese alcalde con mochila y zarcillitos “negociando” con los agentes contra una orden de desahucio del juez. Y mejor todavía, la del regidor tomando un taxi para acompañar a la familia desahuciada a una pensión, con cargo al Ayuntamiento. La ley –como ha explicado la alcadesa ¡de Barcelona!, doña Colau—se cumple si viene bien y si no, pues se salta y a otra cosa. Admirable, por supuesto, el celo del Ayuntamiento por los ciudadanos en apuros. No tanto su olvido de la separación de poderes y del imprescindible respeto a la Justicia cuando es inapelable. Una cosa es el gobierno y otra la chirigota. Distinguirlo así parece que no va a ser fácil durante esta legislatura.

El rey Felón

Mucho se ha hablado el famoso duque de Windsor que abdicó tras un breve reinado por el amor de una viuda americana, y cuyos únicos logros persistentes fueron el cuadro escocés de sus trajes y sus característicos zapatos agujereados. Nunca fue un secreto su devoción por los nazis, en los que veía el único aliado posible contra el enemigo común que no era otro que la Unión Soviética, devoción, todo hay que decirlo, no exclusivamente suya sino frecuente en la Familia Real y amplios sectores de la aristocracia de su tiempo. Hitler lo agasajó como correspondía y no han faltado conjeturas en torno a las posibles complicidades de la nobleza con el fracasado viaje de Rudolph Hess a Inglaterra. Ahora, sin embargo, los ingleses se hacen cruces al encontrar en los papeles desclasificados de una treintena de países las presuntas pruebas de su complicidad con el enemigo y hasta su aprobación de los bombardeos masivos de Londres que, al parecer, pudieran haberse producido tras informar Franco a Berlín de la confidencia hecha por el príncipe a un diplomata español sobre la conveniencia de esos bombardeos “para forzar la paz”. Lo de menos sería, en consecuencia, la leyenda de la depravación de Windsor y la viuda, tan traída y llevada por la prensa rosa, teniendo en cuenta la gravedad insufrible de esta alta traición, cómplice de una tragedia que costó, según la estimación general, más de cuarenta mil civiles muertos y un millón de casas destruidas. Eduardo no sólo era un vividor sino el gran felón que el tiempo ha acabado por descubrir.
Hay que insistir en que Windsor no fue una excepción en las filas de la nobleza europea, temblorosa por la amenaza comunista y aterrada tras la matanza de la familia del Zar en Ekaterinemburgo, de cuya complicidad activa o pasiva con los nazis sobran pruebas desde hace muchos años. Y también en que demás está insistir en este asunto celosamente guardado por los propios británicos, en razón de que no fueron sólo ciertos aristócratas británicos quienes se entendieron con los alemanes, sino un notable contingente de miembros de la “inteligentsia” burguesa que colaboraron activamente con los nazis como luego lo harían con la URSS. La leyenda romántica del rey que abdicó por amor se desmorona, finalmente, bajo el peso abrumador de la mayor de unas traiciones de las que parece que Churchill sospechó siempre. El tiempo es gran debelador incluso cuando ha de habérselas con los trampantojos del sentimentalismo.

Prueba del 9

Sus razones habrá tenido la juez sustituta de Mercedes Alaya, María Núñez Bolaños, para “tumbar” el auto de aquella donde ampliaba la investigación sobre el espectacular “caso Ojeda”. Pronto me parece para ver en esa decisión un retroceso que resultaría demasiado escandaloso, pero enseguida vamos a ver –en cuestión de una semana—cuál es el criterio y la intención de la nueva magistrada, que llega al puesto por pura exigencia del reglamento. ¿Dejará a Alaya fuera de juego al hacer el reparto de tareas o comprenderá que mantenerla en esas instrucciones es indispensable? En lo que haga finalmente se retratará de frente y de perfil esta juez Núñez a la que no le ha caído encima ninguna breva sino un compromiso fenomenal.

El saber nuevo

Le han dado el premio “Princesa de Asturias” a la enciclopedia virtual Wikipedia, ese prodigioso “jarrillo lata” que le ha resuelto la vida a la muchedumbre solitaria al tiempo que destruía el saber clásico para suplantarlo por el conocimiento fragmentario que puede ofrecer un vademecum. Es fenomenal, Wikipedia, y no es posible negarle su condición de nuevo magisterio, un magisterio amable y servicial que nos proporciona sobre la marcha lo mismo el concepto que la historia, desgajados, eso sí, de su contexto unitario como exigen las prisas de estos tiempos raudos y exigentes. Un estudiante no tiene por qué saber quién fue Tales el milesio para dar por bueno que los segmentos marcados por paralelas en dos rectas convergentes son iguales entre sí, ni devanarse los sesos en torno a los mónadas de Leibnitz si el ordenador le garantiza que son “unidades básicas que reflejan el todo en armoniosa concatenación de percepciones”. Hemos asistido inocentes al suicidio del “trivium” y el “quadrivium” sin percatarnos de que se iba por el sumidero la costosa conquista del saber tradicional, basado en el esfuerzo y en la comprensión, para poner en su lugar una especie de sabiduría virtual que conducirá, sin duda posible, a un nuevo panorama intelectual. ¡Nada de estudiar el mundo feudal si unos teclazos nos trasladan sin dilación a la presencia de Carlomagno, puta falta que va a hacernos la atención semántica ahora que sin el menor esfuerzo se nos sirve en bandeja la etimología más intrincada!

Lo malo de la novedad estriba en que ese despiece del saber va a impedir en lo sucesivo –ya lo verán– la visión profunda, sustituida por el sucedáneo de un conocimiento en retales, que inevitablemente tenderá a trivializar lo sabido. Y uno se acuerda con cierta tristeza de Rémy de Gourmont y su teoría de que saber lo que sabe todo el mundo no es saber nada porque el saber comienza justo donde empieza la ignorancia del mundo. Da igual. Wikipedia ha sido galardonada y justo es reconocer que se lo merece como tal sistema moderno, tan útil, por supuesto, para una inmensa mayoría, sin perjuicio de avisar sobre el riesgo que implica deconstruir de hecho la Cultura para facilitar su uso. Ya el inconmensurable Samuel Lilley entrevió en el futuro una sociedad más técnica y menos culta. Seguro que Wikipedia, en el caso de que alguien lo ignore, descubre en cuatro segundos quién era ese tal Lilley.

El dinero invisible

Una vez, hace cosa de un par de años, recuerdo haber oído a Carlos Herrera preguntarle al ministro Guindos su opinión sobre la eficacia de una eventual recogida de billetes de 500 euros para evitar el fraude fiscal, entre otras razones porque, según muchas fuentes, la mitad de esos billetes se hallaban en España. Guindos respondió evasivo y dijo que sí pero que no –la verdad es que tampoco yo lo recuerdo muy bien—con lo que la cosa quedó en el aire aunque tengo entendido que ya hay por ahí alguna sentencia que obliga a los bancos a colaborar con Hacienda informando sobre los afortunados tenedores de esos billetes invisibles a los que el humor general ha denominado los “Bin Laden” porque todo el mundo los conoce pero nadie los ha visto. Entre las ventajas de esos billetes está, por supuesto, su peso y tamaño, pues del famoso “kilo” de pesetas, hemos pasado a una moneda en la que un millón de aquellas pesa 27 gramos y un kilo de billetes de 500 euros equivaldría nada menos que a 73 millones de aquella añoradas. Fíjense, hay expertos que han comprobado cómo 20.000 euros caben en un paquete de cigarrillos –lo leo en La Repubblica–, medio millón en una cajita de bombones, 6 millones en una bolsa de viaje y, en fin, 10 milloncejos –es decir, 1.660.000 millones de pesetas en una discreta caja de medio metro de altura. Ni que decir tiene que esa insoportable levedad presta al gran billete innumerables ventajas y no sólo a la hora de transportar la fortuna, porque hay mil formas comprobadas de manejarla impunemente, cosa que viene haciendo desde que el euro es euros toda mafia formal o numeraria.

Me cuentan que hay “pitufos” que cambian en la ventanilla de un banco billetes menores (pueden imaginar de qué procedencias) por estos mastodontes fiduciarios y que incluso hay quien se ingenia para blanquearlos solicitando un préstamo normal que luego devuelve con los grandes billetes negros. ¡Hasta hay en esa oscura lonja quien ha pasado de operar con el socorrido billete de lotería premiado o negociar vendiendo fichas de casino u obras de arte inexistentes! Comprendo la perplejidad de Guindos aquel día y no dejo de cavilar dándole vueltas al hecho incontrovertible de que la Fortuna aprovecha con diligencia para su progreso hasta el formato de la moneda. Le dije a Herrera que el billete mayor que yo había manejado era el de cien euros y Herrera me miró, sospecho que con simpatía, como quien contempla un eclipse y luego me invitó a almorzar.