Profecía cumplida

Un italiano escribió una vez lo que voy a transcribirles. Existen grandes probabilidades de que el texto que ofrezco pueda sugerir a no pocos lectores que su autor es Berlusconi, pero no lo es. Decía aquel hombre: “Este mes he comprado una República… Era un deseo que tenía desde hace mucho tiempo…Me imaginaba que ser el amo de un país daba más gusto… Las Cámaras continúan legislando, en apariencia libremente; los ciudadanos continúan imaginándose que la República es autónoma e independiente y que de su voluntad depende el curso de los acontecimientos. No saben que todo lo que ellos creen poseer –vida, bienes, derechos civiles—pende en última instancia de mí… Sufrir todas las molestias y servidumbres de la comedia política supone una fatiga tremenda, pero ser el titiritero que, tras el telón, puede solazarse tirando de los hilos de los fantoches obedientes a sus movimientos es un oficio voluptuoso…”. El texto fue escrito (publicado al menos) en 1931, atribuido a un imaginario millonario hawaiano de nombre apocalíptico, Gog, pero no me digan que no viene como el guante a la mano de Berlusconi, en especial visto desde esta coyuntura crítica en la que se han comprobado tanto su ambición como su poder, lo que pone en evidencia, una vez más, la capacidad anticipadora que tiene la ficción lo mismo en Ciencia que en Política. ¡Un hombre dueño de un país! No es que se trate de una excepción, pues la experiencia nos recuerda a más de un tirano omnipotente, pero sí que no deja de ser un caso sorprendente en una democracia, por muy baqueteada que ésta haya llegado a estar. La democracia decadente –quién sabe si, a estas alturas, cualquier democracia—conoce y admite la desviación típica del Poder hacia grupos de dominación muy diversos. Más raro es el caso de la patrimonialización de un sistema de libertades por un solo personaje. Esto último no se atrevió a proponerlo ni siquiera Papini.

El caso italiano demuestra, por otra parte, la tesis de que en una “sociedad medial”, es decir, en la que los medios de comunicación masivos son la fuente casi única de formación del criterio público, la posibilidad de “mediatizar” la política constituye una novedad que está al alcance de la mano de la “mano enjoyada” de que hablaba Nizan. En EEUU son legales los “lobbies” que tratan de controlar al Poder legítimo. En Italia, un solo hombre ha sido capaz hasta antier de cautivar un país y mantener como rehén a un pueblo soberano.

Escribir la historia

Me sorprende la extravagante intentona de reescribir la Historia que está perpetrando el separatismo catalán, especialmente porque trata de ignorar el papel de los historiadores catalanes en la crónica española general, del que puede decirse con rigor que dependemos hoy en gran medida. Recuerdo haberme entretenido hace años con Ramón Garrabou –el autor de una insuperable “Historia agraria de España”— comentando el hecho pintoresco de que fuera un filólogo catalán como Joan Corominas quien se hubiera echado a la espalda la tarea colosal de su insuperado diccionario etimológico o un historiador como Vicens Vives quien, en buena medida, reescribiera la historia social y económica española, al tiempo que Josep Fontana se erigía en referente español de toda una generación de lectores y de historiadores progresistas. Pocos han estudiado con tanto tacto y cercanía el mundo cervantino o el “Tesoro de la lengua castellana o española” de don Sebastián de Covarrubias como el gerundense Martín de Riquer, recientemente fallecido, tan alejado como Vicens Vives del pálpito localista heredado de la historiografía de la Renaixença y, en especial, del Noucentisme. Hoy convendría releer a Pierre Vilar y recordar a Solé Tura en lugar de entregarse a la corriente que intenta hacer olvidar los orígenes clasistas del imaginario del actual nacionalismo de partido.

Nadie se habrá tomado en serio a ese espontáneo de la “nueva historia”, seguramente, como pocos entre los instruidos negarán que la Historia contiene inexorablemente una componente subjetiva. No creo, sin embargo, que cupiera una historia local desligada de la crónica del conjunto por la simple razón de que nunca resulta fácil imaginar con plenitud la cuenta separada del collar, y es preciso resaltar que poquísimos entre los viejos historiadores catalanes cayeron en esa trampa. Hoy el uso político de lo historiográfico no busca la constitución de una memoria justa sino –al margen de las ambiciones puramente personales– el conflicto fácil de encontrar entre las subjetividades, la imagen del Corpus de Sangre y el fantasma de Olivares, la guerra de sucesión reconvertida en inverosímil contienda de secesión con una imagen falsificada de Casanova al fondo. El nacionalismo ha saltado del escenario de los Jocs Florals al parqué de una Bolsa partidista en la que todo vale, incluso la tergiversación de lo evidente.

Pagar por saber

Leo con disgusto en mi propio periódico un artículo en el que se trivializa la crisis que atraviesa la Real Academia de Buenas Letras sevillana con el argumento, tan impropio en este caso, de la maldad intrínseca de las subvenciones. Comprendo que el autor de ese artículo ignore todo sobre esa Corporación, creada por Fernando VI hace dos siglos y medios, y por la que ha pasado la flor de la cultura española con Menéndez Pelayo a la cabeza, y lo comprendo tanto como lamento su desinformación sobre el tema que critica. Para empezar, en cualquier ciudad de prestigio una Academia de las antiguas (las de ahora son ya otro cantar) constituye un importante activo cultural, algo que el autor al que respondo podría haber comprobado con sólo seguir la programación llevada a cabo en estos últimos años. Pero es que, además, Buenas Letras, como dice él, no “vive de la subvención” ni mucho menos, sino que, empezando porque los Académicos han de pagar una cuota para su sostenimiento, la realidad es que de la Academia cuenta con un “acuerdo de colaboración” –no con una subvención—del Ayuntamiento, con la aportación de algunos minúsculos patrocinios particulares y con un patronazgo –en su Fundación Buenas Letras—que aún no ha echado a andar, aparte de que se las ve y se las desea para cobrar la subvención –ahora sí—de una Junta que, por cierto, no deja de crear Academias. Dos siglos y medio de “ilustración” puede que al autor de esa crítica injusta no le digan nada o quizá se trate de que respira por alguna herida que no puedo ni imaginar. ¡Qué nos gusta destruir, echar por tierra, descalificar lo que ni conocemos! Tengo pocas dudas de que si yo citara ahora completa la imponente nómina de sabios que han honrado a esa Corporación desde el siglo XVIII, el crítico se quedaría “in albis”. Por eso no lo hago.

También yo estoy en contra de una sociedad subvencionada, por supuesto. Y lo estaba tanto cuando se subvencionaba a los periódicos como cuando hoy se subvenciona a un cine incapaz de competir en el mercado, a doscientos chiringuitos de partido o a un lobby heterófobo. Pero creo que el Estado no hace sino cumplir con un deber básico cuando protege a instituciones culturales de probado prestigio y que prestan un servicio público que bien conocen los investigadores. ¡Y no las protege, cuidado! Seguro que hay quien no entiende mis razones. Seguro también que la mayoría de ellos son numerarios en la Academia de Maese Cabra.

Pásalo, colega

Holanda, más en concreto Amsterdam, va a dejar pronto de ser la Meca de los porreros que buscan el libre disfrute de la marihuana en sus famosos cafés-droguerías. También dejará de tener sentido la excepción frecuente de la tolerancia del consumo para ciertos enfermos afligidos por el dolor o, por desgracia, terminales, dado que la teoría de que los derivados del cannabis son la puerta a la drogadicción no tiene mucho sentido (no conozco a ningún porrista que no haya sido antes fumador de tabaco, por ejemplo) desde el momento en que se empieza a imponer la idea de que la liberalización de la droga sería tal vez el único camino para acabar con ese comercio criminal. Ha sido un estado pequeño, Uruguay, el que, en medio del territorio de lucha clásico de los EEUU y su DEA, ha decidido, no sólo la despenalización del consumo de “maría”, sino la legalización de la producción y la comercialización de ese producto del que, por otra parte, se espera obtener beneficios fiscales relevantes. Lo de Uruguay sería letra menuda, en todo caso, pero no si estados como Colorado y el propio Washington se unen, como se han unido, a este proyecto liberalizador. Uno no frecuenta –ni siquiera cree en ellos— los “paraísos artificiales” que la opinión suele referir a los caballeros legionarios y a los porretas marginales, olvidada de que los insignes maestros de la Escuela de Frankfurt ya experimentaron con la marihuana como contó en un libro precioso Walter Benjamin que editó y quizá tradujo también, por cierto, el difunto Duque de Alba, Jesús Aguirre con el título “Hachis”. Es cierto que cualquier chaval canutero de la actualidad le daría sopas con hondas a aquellos sabios, pero ahí está el caso, en última instancia, para demostrar la inocuidad de una droga, entre ansiolítica y euforizante, que más vale liberalizar que prohibirla en beneficio exclusivo de los narcos.

Hace años aprendí en un libro de William Burroughs que, si no estuviera prohibida, la droga sería el vicio ideal de la clase media, aunque ello no me hizo olvidar la incisiva idea de Henri Michaux de que, para quienes elijan o pretenda vivir “en el otro lado”, todo es droga. Droga –y de las más dañinas– son ciertas ideologías, después de todo, y, sin embargo, nadie las prohíbe. Estoy convencido, en fin, de que este experimento liberalizador tiene que haber puesto de los nervios a los mercachifles criminales de los cárteles. Aunque sólo fuera por eso, merecería la pena intentarlo.

Ricos y pobres

Muy divertida esa distinción que la Junta hace entre sus consejeros ricos y sus consejeros pobres (o no ricos). Dicen medirlo por sus respectivas declaraciones de la renta personal, como si ese dato fuera suficiente, a estas alturas, para estratificar a los ciudadanos. Y parece como si esa distinción ideológica tuviera algo que ver con la realidad política, una actividad que siempre estuvo en manos de los ricos (o de los más fuertes). Este sociatismo de cinco estrellas mantiene visible una cara anacrónica que, a la vista está, para nada garantiza ni su identidad ni su virtud.

El gran gallinero

No sólo de pan vive el hombre (Mateo 4,4). En Occidente cada día se consume más uniformemente lo que ofrece el mercado y en el resto del planeta tres cuartos de lo mismo. De poco valen las propagandas y publicidades que aconsejan variar la dieta, abundar en los vegetales o reducir las grasas, porque lo que de verdad decide al ama de casa es la oferta de la plaza o del súper. Hasta ahora parece que el mundo no hambriento, en términos generales, venía nutriéndose sobre todo base de carne de cerdo en la que buscaba las proteínas animales que en otros productos los precios vuelven prohibitivas. Asegura The Economist, esa Biblia de nuestros popes, que tanta boca abierta consumía al año nada menos que 114 millones de toneladas de porcino, pero todo indica que, en adelante, será la de pollo la carne preferida ya que este mismo año su consumo alcanzará los 128 millones de toneladas. Los analistas parecen inclinarse por la hipótesis de que esta mudanza responde al cambio de gusto de las clases medias atraídas por unos precios más asequibles que permite una producción más barata que la de la carne de cerdo y muchísimo más que la de vacuno. ¿A qué vendrá entonces que la mismísima ONU haya sugerido hace poco que la especie humana debería incluir en sus menús los insectos, como ya hacen no pocos países “en desarrollo” e incluso algunos, como México o China, que figuran entre los emergentes? La imaginación de nuestros bien pagados protectores no parece, ciertamente, demasiado aguda.

En su extensa y atractiva “Historia natural de los alimentos”, Maguelonne Toussaint-Samat, tras recordarnos que todavía no hemos salido del Holoceno, nos describe la evolución del sustento humano a lo largo de los siglos, desde que el mito de Deméter hizo del trigo un símbolo de la supervivencia hasta estos complejos días en que los gourmets entronizan el ídolo de una cocina ideológica (ya me dirán si no qué es eso de la “deconstrucción”) de la que el último grito, por completo idiota, es la propuesta de Ferrán Adriá de utilizar en sus menjunjes el “aceite de jamón”. Bienvenido sea, pues, el hermano pollo –una exquisitez que no hace tanto tiempo era todavía reservada para las grandes ocasiones familiares–, en esta dura circunstancia en que millones de personas mueren de hambre “in partibus infidelium”, y, aquí, en tierra privilegiada, hace cola ante los comedores que les ofrece la santa caridad.