Un viejo instinto

Quienes despotrican contra los sondeos parecen ignorar que la fantasía de la adivinación es connatural al hombre de todos los tiempos. Griegos, etruscos o romanos, como tantos otros, creyeron posible ver el futuro anticipadamente como creyeron en las profecías a pies juntilla a pesar de los innumerables fallos que siempre acompañaron a la adivinación. Nuestros antepasados frecuentaron el oráculo que era, ni más ni menos que la consulta directa al dios por medio de la pytia, pero también creyeron que el futuro podía deducirse observando el hígado de la víctimas (extispicina, aruspicina, hepatoscopia), leyendo las rayas de la mano (quiromancia) observando el vuelo y los gritos de los pájaros (augurios), fiándose de los dados (cleromancia) o escrutando las imágenes en el espejo (cataptromancia o licanomancia). César no salía de casa sino con el pie derecho y después de haber conocer el humor de los augures, pero eso no debe extrañarnos puesto que sabemos que más o menos lo mismo practicaron desde Hitler a Perón sin olvidar a Nancy Reagan, creyentes todos ellos en la facultad adivinatoria de ese pobre medium que, por no conocer, no conoce ni su presente.

Y ahora los sondeos, las encuestas, que ya no son supersticiones stricto sensu sino conjetura científica, hijuela estadística con no poca sustancia psicoanálitica, que ha logrado montar una floreciente industria del presagio, unas veces acertada y otras desconcertante, como acabamos de comprobar los españoles o los británicos en sendos decisivos comicios. Los detractores de la sociología se deben a su propia ignorancia en medida aproximada a aquella con que sus defensores cifran en fórmulas paramatemáticas la razón de su trabajo. Y ni unos no otros. Cameron ha dado la sorpresa como podía haber dado la confirmación porque, debajo del universo de la prospectiva está la realidad de la verdad de la vida, gran triaca en la que se entremezclan la verdad con la mentira y el cálculo con la ocurrencia. El futuro es un arcano difícil de descifrar porque pocas cosas hay tan sutiles como la opinión pública y porque los hombres mienten cuando no proyectan sus deseos. Nada más arduo e inacceso quizá que el secreto ideológico. La Ciencia tiene su límite infranqueable en la ambigüedad humana.

Divino tesoro

Entre otras propuestas muy sensatas, el líder de Ciudadanos, nuestro amigo Albert Rivera, acaba de proponer como ideal una estrategia de pactos que se fundamente en la edad joven de los socios. ¡Nada de viejos, ni siquiera de maduros, como si la experiencia no fuera un grado y como si la juventud fuera, ay, una garantía de discreción y sapiencia, grave absurdo sobre todo tras la experiencia más bien idiota del bibianismo de ZP, “miembros y miembras”! No es cosa de apelar al ejemplo de las sociedades tradicionales en las que, mayoritariamente, cierta pulsión senatorial dejaba el Poder en manos de la gerontocracia que, sin excluir a los “jóvenes maduros”, confiaba más en la reposada ecuanimidad de los mayores, pero tampoco de ocultar que este culto discriminatorio a la juventud implica riesgos en los que no es preciso insistir. Uno se acuerda siempre de Goethe y su teoría de que siendo cierto que la juventud es aún humanidad en agraz y, en consecuencia, un defecto, también lo es que se corrige enseguida”. Ahí tienen a los iconoclastas de Podemos cobrando en dinero negro (Iglesias), trincando sin dar golpe una cuantiosa beca universitaria (Errejón) o arramblando la pastizara de los bolivarianos (Monedero), para que vean que lo raro no es aprender la picaresca y su trucaje infame sino asimilarla, como dice el duque de Segorbe, en tan poco tiempo. No es que yo crea en la virtud del corro de ancianos fumando la pipa de la paz, sino que confío todavía menos en la basca pasándose el canuto de boca en boca.

El mito de los treintaañeros resulta tan insostenible como la razón falopáusica y rubeniana que veía en la juventud, por el hecho mismo de serlo, un tesoro incalculable. Y hay muchas razones para pensar que el buen gobierno necesita de la retranca añosa tanto como del dinamismo juvenil. No creo, por ejemplo, que ninguna de las jóvenes próceres que hoy proliferan por toda Europa aventaje, pongo por caso, a Hannah Arendt, y sí creo, en cambio, en que en la reunión de la experiencia con la inquietud puede producir un efecto sinérgico ideal. La “edad de hombre” por la que clamaba Michel Leiris tiene menos que ver con el almanaque que con otras circunstancias, eso es cierto y verdad, pero la Historia sabe mucho de las catástrofes que ha provocado el mito de la juventud, y de lo contrario. Me fío más de Pertini o de un excomunista como Napolitano que de los jóvenes turcos de Beppo Grillo o de Tsipras. A la juventud, como al acné, hay que darle tiempo.

Ni a la tercera

Ya son tres rechazos de la mayoría parlamentaria a la investidura de la Presidenta en funciones. Tres fracasos difíciles de superar y que dejan entrever como muy probable el aplazamiento de nuevas intentonas salvo que se produzca un acuerdo hoy inverosímil. El escándalo destapado por este diario –la adjudicación “sin observar el más mínimo rigor”, según la juez, de la mina de Aznalcóllar a una empresa vinculada al partido y a un inversor mexicano que, para que no falte de nada, es yerno de Jordi Pujol Ferrusola—ha triturado la leyenda susanista y su cotización ha caído en picado en la bolsa política. Andalucía tiene interinato para rato. Es quizá el único récord malo que le faltaba a nuestra autonomía.

La pata coja

Una inexplicable ceguera reúne en un nuevo pacto de exclusión –el penúltimo “cordón sanitario”— al PP con Bildu. Fue la monarquía aún absoluta la que inventó ese artificio político para “salvar” a España del contagio de la Revolución Francesa, pero aquello se explicaba por sí solo teniendo en cuenta que el Rey que lo trenzó acaba de ver rodar en público las cabezas de sus parientes franceses. Hoy, sin embargo, un mínimo sentido de la responsabilidad debería aconsejar a la Izquierda de gobierno –de la otra baste decir que es antisistema– rechazar esa propuesta que tiene que ver no poco con ciertos tópicos y complejos fraguados bajo la Dictadura. ¿Cómo va a funcionar a la pata coja un sistema político que, para mayor contradicción, se basa y funciona según una ley propiciadora de las mayorías solventes? Pues de ninguna manera, por más que los cerriles sigan creyendo que es posible una democracia demediada apoyada en la pata de palo de ciertos socios extremistas. Pactar la exclusión del PP, tal como celebrar la paraplejia del PSOE, no sólo es un disparate político sino que constituye un error histórico, dado que si no existiera una Derecha habría que inventarla, como bien sabe la “gauche” francesa que, en la “segunda vuelta”, se apea siempre del burro ideológico y vota al adversario en evitación de males mayores.

No hay que olvidar que en aquí en España esa exclusión fue firmada por todos –incluyendo a ZP y a ETA– cuando el “pacto del Tinell”, pero a estas alturas y en circunstancias tan críticas, mantener esa proscripción es como pretender hacer de España otra Grecia. Personalmente saludo, de momento, la llegada de nuevas fuerzas como Ciudadanos porque el Centro político –esa entelequia práctica tan esquiva—bien merece ensayar soluciones que saneen este pudridero. Pero, ojo, dentro del Sistema y sin merma de la libertad, por muy ominoso que aquel sea, y sólo en tanto no dispongamos de una alternativa para sustituirlo. Y nada digo si la propuesta, confundiendo la memoria del franquismo, empareja al PP con Bildu, es decir a media España inocente con los cómplices de una banda criminal, porque ello equivaldría a excluir a la Izquierda por haber regentado en su día algunas de las checas más canallas. Una vez más Unamuno: “En España no hay lucha de clases sino guerras de tribu”. De tribus confederadas que se proponen no sólo cortar una pata sino demediar a una nación entera dejando al relente nada menos que a la mitad.

Parió la abuela

Lo que faltaba: un magistrado de Sevilla dice con todas sus letras que el Gobierno de Susana Díaz, “sin observar el más mínimo rigor” adjudicó la explotación de una mina a una empresa “vinculada con el PSOE” concertada con un grupo mexicano. Y eso el día antes del tercer intento de investidura, pero dejando ya claro que lo que hay que investigar y corregir no sólo concierne a Chaves y a Griñán sino también a la señora Presidenta en funciones. ¿Ven como la corrupción, como la jodienda, no tiene enmienda? A ver con qué cara los partidos requeridos para el pacto esquivan este nuevo y definitivo obstáculo.

El pan nuestro

El economista que asesora a Ciudadanos ha propuesto en el programa electoral la subida del precio del pan. Bueno, no sólo del pan, sino de la cesta de la compra en su conjunto, infragravada en estos momentos según el ilustre profesor de la London School of Economics. Lego cómo es uno en materias de economía alcanza, sin embargo, a entender que esa medida no va aislada sino que forma parte de una estrategia fiscal elaborada por Luis Garicano –que ésa es la gracia del experto—que pretende dinamizar los ingresos públicos abaratando los que proceden de arriba, o sea del gran consumo, de suyo minoritario, para compensarlo con la subida de esa enorme masa que es el consumo básico, de manera que, según los maliciosos, el pan y la leche costarán más al gentío mientras que el yate le saldrá más arreglado al milloneti. ¡El precio del Pan! Lean a Paul Veynes en su impagable “Le pain et le cirque” y verán qué pronto descubrió el Poder la trascendencia que siempre tuvo para atraillar al pueblo el mantenerlo comido y divertido, esa máxima del evergetismo de todas las edades que, en la vieja Roma, se materializaba en los repartos masivos de trigo y la cruentas veladas de gladiadores.

En nuestro siglo XVII, Pedro de Valencia, el amigo de Góngora y discípulo dilecto de Arias Montano, ya se ocupó del negocio en su “Discurso sobre la tasa del pan”, obra en la que cifraba la felicidad del reino en la intensificación de la agricultura para llenarle la panza a los vasallos, y Antonio Elorza publicó, allá por los amenes del franquismo, la obra de León de Arroyal conocida como “Pan y toros”, en su día atribuida a Jovellanos, un manual panfletario para uso de gobiernos desaprensivos en el que se atribuía nuestra miseria patria a la devoción por ese doble estímulo. ¡A quién se le ocurre subir el pan en un país con una estremecedora estadística de pobreza y una mendicidad galopante! Uno no es nadie para porfiar con los ecónomos, pero no hacen falta muchas luces para comprender que el mero anuncio de ese propósito le puede salir a Ciudadanos por un ojo de la cara. Y es que hay símbolos sagrados –y el pan es uno de los principales—contra los que nadie puede atentar sin gravísimo riesgo. Franco, con su retranca cuartelera, lo que hizo fue racionarlo y repartirle el negocio a los estraperlistas adictos. Garicano lo quiere encarecer que es lo mismo que desafiar a la plebe tocándole esa fibra mítica. Éste es un país hecho que ni de intento para las Ada Colau.