Otra vez la tea

 

Pueden sentarse a esperar quienes aguardan siquiera la esautorización chavesiana de la consejera de Medio Ambiente por decir esa cosa estupenda de que este año habría menos incendios puesto que se juega el Mundial de fútbol y “está demostrado” (¡) que los montes se queman menos mientras la tele trae esos eventos. Eso sí, los de la tea –tal vez porque el Mundial no ha comenzado aún y a pesar del partido amistoso de la Selección—han provocado en Huelva, para empezar tres incendios en un palmo de terreno, perdiéndose las primeras hectáreas del preverano y dando lugar a los rpimeros desalojos. Aquí se han dicho muchas tonterías –ahí está la comparación del “modelo federal” español con el yanqui o el alemán que, sin que casi nadie diga esta boca es mía, acaba de hacer el propio Chaves–, pero esta de la consejera bate, sin duda, siquiera sea de momento, todos los récords. A ver quién nos salva del fuego con barandas como coña Fuensanta. En le campo onubense de Beas estaban durante el fin de semana que echaban las muelas.

Postmodernidad onubense

 

También a Huelva ha llegado la postmodernidad con sus novedades y fuegos de artificio. Miren si no a los funcionarios de alguna “delega” de la Junta practicando el milenario ‘tai chi’ antes de comenzar la jornada de trabajo, no se pierdan a la Onubense proponiendo investigaciones sobre la musicoterapia o poder sanador de la música. Estamos que nos salimos, somos mundiales y no hay pamplina que cruce por nuestro horizonte que no adoptemos a toda máquina, dicho sea sin menosprecio de aquellos gimnastas orientales financiados con nuestro dinero, ni de la no poco extravagante línea investigadora de nuestra “alma mater”. También se reían de nosotros cuando importamos el fútbol y miren por donde va la vera, de manera que no hay que desesperar viendo a nuestros funcionarios/as cargar pilas en plan chino o a nuestros sabios buscar remedios pintorescos. Esto es la postmodernidad, en suma. Que así no vayamos a ninguna parte, es otro cantar.

El submarino infantil

Un acreditado semanario portugués acaba de publicar un reportaje en el que denuncia que, en una fábrica subcontratada en Portugal por la firma ‘Zara’, son los niños quienes se encargan de coser los zapatos por un módico salario. A cuarenta céntimos el par cosido, la chavalería dedica su tiempo a ese trabajo de adultos, a lo peor haciendo ‘dumping’ sin saberlo a sus propios padres, mientras la fábrica se forra evitando costes de taller y desviando al lejano ámbito hogareño la incomodidad del trabajo. Nada nuevo. La Revolución Industrial se apoyó en ese trabajo doméstico y “part time” que le hacían mujeres y niños hasta que el derecho avanzó lo bastante para prohibirlo, y es cosa sabida que marcas del prestigio de la ‘Nike’ se han visto envueltas en escándalos por aprovecharse de la miseria africana para abaratar costes en la fabricación de sus lujosos productos. Es mentira que se pretenda acabar con la economía sumergida. En un pueblo onubense, regido por un Ayuntamiento del PSOE, demostró hace años este diario que había industriales que explotaban el trabajo doméstico suplementario de las amas de casa y hasta disponían de zulos y puertas traseras en sus fábricas para escurrir a sus ilegales ante la insólita visita del inspector, total para que la autoridad revolucionaria contestara con un alegato sobre la inevitabilidad de la globalización y, por descontado, con la promesa jamás cumplida de extirpar esa lacra. Y en ese pueblo, precisamente, demostramos que había niños trabajadores, criaturas robando tiempo al estudio o al ocio para financiarse la feria o la videoconsola, a base de pegar tacones de zapatos y botas, una tarea relativamente fácil en la que pronto se adiestraban a satisfacción de los negreros. Bien, pues ha transcurrido el tiempo, pasaron los años y ahí siguen las aparadoras ajustando cortes y los niños pegando tacones y, ya de paso, poniéndose hasta la corcha a base de esnifar las emanaciones del pegamento. Es mentira que se quiera extirpar la economía sumergida. Hay economistas que dicen incluso que esa forma de explotación es un requisito imprescindible en la actual organización del trabajo y del beneficio.

xxxxx

Ni que decir tiene que ‘Zara’ o su grupo industrial se han precipitado a protestar que van a investigar el enredo y que, por supuesto, faltaría más, no va a consentir tamaño abuso, pero que hasta ahora no le ha sido posible auditar el hecho a pesar de haberlo intentado. ¿Qué no sabía esa basca que la subcontratante portuguesa empleaba niños en la tarea? Vamos, hombre, a otro perro con ese hueso. Pero uno se pregunta cómo es posible que un grupo industrial de esa categoría, que tiene abiertas tiendas en medio mundo y parte del orto medio, y vende casi la mitad de lo que se merca en España, acepte tratos semejantes y consientan que sus prendas procedan de esa sentina laboral. Claro que hay que volver siempre a lo mismo, al hecho de que quien de verdad tiene la obligación última en la disciplina que debe regir el mercado, es el Poder, cuyos agentes con frecuencia escandalosa cierran unos ojos que des estar abiertos impedirían que los explotadores naveguen como filibusteros en ese submarino infantil que todo el mundo lamenta pero por el que nadie hace nada definitivo. La firma de ‘Zara’ dice que será ‘implacable’ (sic) caso de demostrarse la triste historia de las ‘crianças’ esclavizadas. Pues nada, muy bien, favor que la firma nos hace, porque si hemos de creer a la OIT en España currelan actualmente 200.000 menores de catorce añitos, y eso es, sencillamente, una infamia. Un niño trabajando con esas edades es un escándalo. Una legión de doscientos mil una catástrofe moral que ni los partidos de izquierda, como decíamos, están por la labor de evitar plantándose frente al abuso. Ya digo que hace años que desde aquí denunciamos que dónde y en qué condiciones se explotaban menores entre nosotros. Desde entonces lo más que se ha dignado ese Poder en dedicarnos han sido algunas vagas promesas.

Los platos rotos

¿Quién paga aquí los platos rotos de la arbitrariedad político-administrativa, a qué bolsillos se cargan las facturas ocasionadas por los errores o por los “errores”, ya me entienden, de unas Administraciones que lo mismo conceden ilegalmente un casino de juego que venden una finca invendible sin informar al comprador de la carga que pesa sobre ella? Pues paga el ciudadano de a pie, el contribuyente que el mes que viene habrá de retratarse junto al caballo de cartón de Hacienda, el mismo que paga en silencio el gasto hecho por una Diputación que se lo monta rumbosa en El Rocío o los que ocasionará el caos consentido en Marbella durante tantos años. Debería existir la posibilidad de sancionar la arbitrariedad para que quienes miren para otro lado o se hagan el loco mientras se produce uno de esos disparates, peche con su culpa y efectos. Lo que no tiene sentido es que se diga –y se ha dicho incluso desde la Justicia—que un escándalo de facturas falsas como el del Ayuntamiento de Sevilla tiene mucho de ‘mediático’ cuando todos sabemos que el peatón pillado en algo similar da con sus huesos, irremisiblemente, en la cárcel.

Democracia virtual

Hay que agradecerle a la competencia que, habiendo apostado en un principio por banalizar el “rociazo” de la Dipu, haya optado luego por mostrar lo que piensan los ciudadanos sobre el tema. Y lo que piensan, en bastante más de un 80 por ciento de los casos, es que la Dipu no tiene por qué poner casa en El Rocío, algo ciertamente mucho menos expresivo (ésa es la pregunta que se plantea en la encuesta virtual) que los comentarios adjuntos. Mal trago para los diputados va a ser ese Rocío expuesto a la guasa y al cabreo, mal escenario para que el candidato/a a la alcaldía de la capital, vestido de corto o de flamenca, enseñe al fin la patita por debajo de la puerta, mala digestión la de esos langostinos gratuitos que de manera tan feudal ha decidido ofrecerse a sí misma en sacrificio una institución que nadie sabe para qué nos sirve pero que todo el mundo puede ver lo que nos cuesta. Hay que agradecer a esa encuesta su aportación a la democracia aunque sea virtual. Lo podemos entender mejor que nadie quienes fuimos los primeros en descubrir el pastel y en pronunciarnos en contra desde el primer instante.

Todo es relativo

 

El nuevo papa, Benedicto XVI, ha visitado Polonia. Lo hemos visto encapsulado en el “papamóvil” o a resguardo tras el cristal blindado del ventanal mientras policías de uniforme registraban a mano y le pasaban el detector de metales sobre la ropa talar a los mismísimos obispos. Es verdad que una vez un cura apuñaló a una reina, a nuestra Isabelona, pero no lo es menos que la imagen de un obispo cacheado por un ‘madero’ restalla como un latigazo en nuestra conciencia crítica. Polonia no es lo que era, según todos los indicios, ahora que nadie recuerda al fantasmón de Walesa y el ídolo Wojtila ha desaparecido, la dieta cárnica no llega ni por los pelos, el paro aumento de manera escalofriante y se ha ido viniendo abajo poco a poco el mito del paraíso feliz que aguardaba gratis a este lado del Telón de Acero. No sé, francamente, qué puede ofrecer un papa a ese país estafado al que su antecesor ya le había dado cuanto estaba dar en la mano de un pontífice. Su prédica contra el relativismo en un mundo que no sabe donde está de pie, porque ha perdido el norte al mismo tiempo que el sur, poco podrá conseguir en un país que, por lo que dice la estadística, no es ninguna excepción a la regla secularizadora, en la medida en que en él se desmorona el tinglado mítico e ideológico que sirvió para zarandear la dictadura pero que se viene abajo junto con el propio tinglado, a juzgar por los índices de defecciones en el mundo católico, en especial en el ámbito joven. ¡El papa predicando su cruzada contra el relativismo mientras la gendarmería obliga a los obispos a volverse los bolsillos y les pasa el detector sobre la púrpura! En Polonia hace falta trabajo, carne de vacuno, inversiones no esquilmatorias y no vocaciones. Si con los treinta mil curas que tiene es incapaz de frenar el derribo rápido de la fe colectiva es que los tiros no van por ese lado. Cuando el papa vuelva a Roma y tenga tiempo para ver el álbum de fotos, quizá repare en que tal vez haya ido a Polonia como quien va a vender polvorones a Estepa.

xxxxx

Se explica que un alemán heideggeriano como Ratzinger vea en la media luz relativista una amenaza mayor. Los metafísicos rara vez acaban de entender a los sociólogos justamente porque, frente al reino de la certeza, éstos apenas esgrimen el imperio de la duda, no por razones edonistas sino por imperativo hermenéutico. La relatividad, por ejemplo, bien pensado, no es ningún pudridero de la verdad sino un espacio mental propicio para la maduración, razón por la que oponerse a que las verdades sean “historificadas”, esto es, validadas con criterios vigentes, es probablemente comprometerlas sin remedio. Dicen que desciende a chorros el número de polacos jóvenes que se desengancha de esa “religión nacional” y que en Varsovia, sin ir más lejos, han despertado una buena mañana con un diecisiete por ciento de hijos de los comulgantes de Walesa que hoy se declaran ateos. Y la realidad es que nadie las tiene todas consigo cuando, como decía, al propio Papa hay que meterlo en una urna de cristal reforzado con fibras de policarbonato capaces de detener una bala o de incrustar un proyectil, o cuando en el control de acceso los carabineros no se conforman con hacer que los prelados pasen por el arco sino que las soban la entrepierna aparte de exorcizarlos con el detector, como haría un chamán son su rama, antes de dejarlos pasar al recinto reservado. Ya ven qué imágenes contundentes de la desacralización del mundo. La iglesia polaca habría perdido durante el año pasado –el de la muerte de Wojtila—nada menos que cuatrocientos mil creyentes. Creer que esa debacle puede detenerse con una simple propuesta de rigidez doctrinal será un rasgo muy teutón de este pontífice, pero lo probable es que no consiga gran cosa. Entre los grandes ‘shows’ de su predecesor no suele recordarse el fracaso del viaje a Francia. Ahora se fracasa ya incluso en Varsovia.