La patata caliente

“Si la casa del alcalde de Almonte es ilegal la Justicia debe intervenir” (copyright: Mario Jiménez, “el autodidacta”). Ya ven qué forma de pasar la patata caliente, qué descaro al echarle a los jueces una tarea –aclarar qué está pasando en el urbanismo almonteño y no sólo en esa casa tan particular del cuñado del alcalde—que obviamente corresponde antes que a nadie al Ayuntamiento, al gobierno municipal que ejerce el PSOE almonteño, al alcalde Paco Bella, más afectado que nadie por andar por medio su amigo y su cuñado. A estos políticos sobrevenidos, sin otra base que la adquirida en los pasillos partidistas, les parece un hallazgo que la Justicia intervenga en caso de ilegalidad y ni se paran a considerar la responsabilidad política que concierne a los partidos en que, presunta o demostradamente, se producen. En Almonte, se pongan como quieran ponerse, han ocurrido cosas que reclaman una explicación política si el partido que gobierna no quiere aparecer como corrupto. Echarle la patata caliente a los jueces es un truco tan viejo como inocentón.

Doble crespón

Se han muerto al mismo tiempo, como puestos a acuerdo, como al alimón, uno de nuestros mitos sagrados generacionales, el maestro John Kenneth Galbraith, a quien tanto quisimos, y uno de los grandes debeladores de la “utopía realmente existente”, Jean François Revel, contra el que tanto porfiamos. Esta generación mía a la que me refiero lleva demasiadas cicatrices en su piel de marrajo, hondas tajadas infligidas por la faca de la evidencia que sólo el tiempo proporciona junto con la mundología intelectual que dan los años, amargas renuncias no pocas veces claras como la luz del día, turbias otras, como iluminadas en penumbra. De la obra de Galbraith me atrapó, casi adolescente, “La sociedad opulenta”, me disipó muchas dudas “El Nuevo Estado Industrial”, me deslumbraron sus “Memorias” y me disparó la melancolía con “La gran mascarada”. Pero fue sobre todo su teoría del “fraude inocente” –la hipótesis, no poco irónica, de que la sustitución dialéctica del concepto de ‘capitalismo’ por el de ‘mercado’ acaso es una maniobra cándida de los teóricos—el hallazgo suyo que más me entusiasmó. Él nos descubrió el camelo de la “Mano Invisible”, el mito de esa “anonimidad funcional” de los agentes capitalistas, la fábula de que la lonja universal, el Marcado famoso, no es más que una especie de entidad durkheimiana, desencarnada e impersonal, responsable de lo que los ingenuos solemos achacar a la propiedad o a la gestión. Diseccionando la economía americana de los 60 acabó proporcionándonos un esquema ucrónico, válido para aplicar en las sociedades desarrolladas tras sus huellas, como las nuestras, y dejó claro que es un puro cuento eso de la separación radical de lo público y lo privado que vende el liberalismo, ultra, neo o simplemente tal. Luchó contra el consumo y a favor de la mujer, protestó como el primero (siendo asesor de Kennedy) contra lo de Vietnam, levantó el camuflaje de los burócratas autopromocionados con la monserga de que el Estado nada tiene que hacer en la producción, predicando un intervencionismo tan razonable como enérgico. Por algo el pope Hayek la tomó con él, no les quepa duda.

xxxxx

Respecto a Revel, he recordado con tristeza en la radio y no sin cierta autocompasión, el recuerdo del propio Revel de la tremenda réplica que le dio un rojo serio y culto como Juan Benet a Solzhenitsin cuando al disidente se le ocurrió decir en Madrid que la verdad era que, caliente aún el cadáver del Caudillo, en España había más libertades que en la URSS, un juicio discutible si se quiere, insólito entonces, hasta inconveniente a lo peor, pero que no justificaba ni a la de tres que Benet proclamara –¡en ‘Cuadernos para el Diálogo’, no se lo pierdan!– la necesidad de reforzar el “Gulag” mientras existieran en el mundo gentes como Solzhenitsin. He ido cambiando con el tiempo mi opinión sobre su talento (y no siempre para mejor) pero manteniendo vivas en la memoria algunas de sus sentencias como dardos. La que criticaba el simplismo izquierdista de meter en el saco del fascismo a todo el que no fuera de la cuerda, la que ironizaba sobre la autoasignada infalibilidad de una izquierda que no erraba más que internamente, la que nos lanzaba a la cara aquello tan extraordinariamente inobjetable de que nuestro radicalismo consistía en negar lo realmente existente para afirmar lo utópico, es decir, lo que no existía. En un mismo día hemos perdido al gran deuteragonista y al antagonista por excelencia, imaginen la tragedia en un planeta desconcertado donde pudiera parecer que el pensamiento vivo perdura a duras penas sólo en los ancianos de la tribu. Hemos perdido todos, quiero decir, los diestros y los siniestros. Quien no lo vea así probablemente sigue alienado en su inopia o exilado en el anacronismo. Claro que el mundo no dejará de girar ni por eso ni por nada. Algunos tenemos bastante con fijarnos en nuestra propia eclíptica y sacar consecuencias de su deriva.

La foto fija

Veo la foto del Día del Trabajador –Casero, Cañamero, Gordillo—y se me antoja retrato sepia de una época en que todavía era de curso legal exigir el “reparto” como los bisabuelos de la AIT a los que los marxistas daban la vara llamándoles ‘pequeñoburgueses’, nada menos, por ésa aspiración a la propiedad. Cañamero ha comparado al PSOE con la Dictadura añorando nostálgico los manejos de la “concentración parcelaria” y las “revoluciones” del IRYDA. Un anacronismo, desde luego, porque si esa fuera la vía correcta no se explica por qué guardan silencio ante el hecho de que el cadáver de la Reforma Agraria, ¿se acuerdan?, permanezca incorrupto en el mausoleo de la incompetencia autonómica. ¿No claman porque Chaves y su corte se vayan y dejen paso a la gente nueva? Pues ellos ahí siguen, impertérritos, cuando ya nada es igual a su alrededor, ni dentro ni fuera, ni arriba ni abajo. Ocuparle hoy simbólicamente una finca a una duquesa es todo lo más un “¡Viva Cartagena!’ o un brindis al sol. Quizá al único que aún calienta algo por esos pagos mentales.

Dos “1 de Mayo”

Otro año con los sindicatos cada cual por su lado, la incapacidad para la unidad incluso si llevan –me refiero a los dos grandes, a los que se llevan la parte del león de la “concertación social”—el mismo lema múltiple: “Por la Paz, Empleo estable e Igualdad. No a la siniestralidad”. La UGT, más cercana al poder, comadre en la Diputación, tiró por la Avenida de Andalucía. CCOO, más leñera menos bienquista, por la Huelva céntrica. No son capaces de unirse ni por un día, como si el mundo del trabajo, incluso contemplado desde la misma perspectiva, no fuera uno y el mismo, como si los problemas de los trabajadores (y de los parados, ojo, que de esos, los síndicos se acuerdan poco) fueran distintos en función del recorrido. Lo de la Diputación, por ejemplo, es elocuente: CCOO acusando a los dirigentes de arbitrarios e injustos, UGT defendiéndolos a capa y espada o con la daga del silencio. Dos ‘1 de Mayo”, una vez más. Si es cierto eso de que la unión hace la fuerza aquí hay más de uno que prefiere la debilidad.

La conciencia leve

La foto famosa de los hemiciclos parlamentario desiertos ha convencido, lamentable pero lógicamente, a muchos ciudadanos del absentismo de sus representantes legítimos. No hace falta, sin embargo, esa foto concluyente para aceptar que nuestros parlamentarios constituyen una clase laboral privilegiada que, como Juan Palomo, guisa lo que se come y hace de su tiempo laboral lo que mejor le cuadra atenida sólo a su discutible conciencia. No es la primera vez que en una cámara de nuestra democracia falla un ‘quorum’ o resulta necesario repetir alguna liturgia en vista de la deserción de los oficiantes, pero quizá en ninguna ocasión había ocurrido que una opción política perdiera una votación concerniente a una ley con la que el compromiso ideológico haya sido tan fuerte como el conseguido por la de Reproducción Asistida, que ha sido aprobada en el Senado, con las enmiendas del PP incorporadas, a causa de la ausencia de los senadores del PSOE y de Entesa que no pudieron resistirse a la tentación del partidazo de la “Champions”. ¡De modo que se libra una encarnizada batalla en torno a una norma de la que se supone que pudieran depender trascendentales avances científicos y médicos, pero a continuación  se larga uno al bar a ver el partido y deja la ley en manos de unos opositores que pretenden neutralizarla en lo posible por razones ideológicas! La verdad, uno no cree a estas alturas que haya mucha gente tan primavera como para tomarse en serio las vehemencias de los políticos –ahí tienen a Guerra jugando a campeón españolista pero votando a contrapelo a favor del Estatut, o a Chaves defendiendo hoy una cosa y mañana la contraria en el mismo negocio—pero gestos tan desahogados como esa desbandada futbolera no cabe duda de que pasan de la raya. Yo no creo ni que a esos derechistas les preocupe poco ni mucho el riesgo de “matar el alma” o de la eventual fabricación de un Frankenstein, como no creo que a los sociatas les quite el sueño un eventual parón legal a la manipulación genética. Lo que no creía era que tuvieran tan poquísima vergüenza como para irse a la cafetería para ver el partido cubata en mano mientras se votaba una ley de tan largo alcance. Hay hechos que no debemos permitir que se reduzcan a anécdotas y, desde luego, éste es uno de ellos.

xxxxx

¿Alguien concibe a las trabajadoras de una salazonera abandonado a la carrera el trabajo para no perderse el último capítulo de “Pasión de Gavilanes” o a los currelantes de astilleros, de la banca o de un mercado de entradores dejando regocijadamente el tajo para ver en directo ese fascinante match? Patronos y empleados de sí mismos,  nuestros parlamentarios deciden por su cuenta el salario que han de percibir y sus consiguientes mejoras, establecen su jubilación máxima con sólo cinco años de servicios prestados, se marcan un plan de pensiones pagado con dinero público para compensar decorosamente sus ingresos el día de mañana, llevan encima una tarjeta de crédito que les permite viajar gratis total, por tierra, mar y aire, en primerísima clase (hay alguno que la utilizó precisamente para ver un partido de fútbol) y, encima, entran y salen del curro cuando y como les place, sin tener que dar cuenta a nadie, incluso en el caso, verdaderamente extraordinario, de que de su ausencia pueda derivarse un efecto tan contrario a sus conciencias como han venido proclamando con énfasis durante años. Ya ven en qué queda la resistencia ante el designio reaccionario de frenar la nueva biología, ya ven en qué queda la conciencia herida de estos “novatores” ante la promesa de un regate de Ronaldinho. Ni la derecha se cree sus melindres morales (ya ven cómo acaba aceptándolo todo cuando ya no tiene remedio) ni a la izquierda le importa gran cosa la defensa de una ética que sirve para marcar el territorio electoral pero para poco más. La democracia no tiene acaso mayor enemigo que esta insoportable levedad de la conciencia consagrada por los reglamentos.

La olla podrida

Al margen de la actividad judicial en torno al saqueo marbellí destaca la afirmación de que el ‘capo’ Roca aseguraba voluntades entre miembros de la Justicia, altos cargos de la Junta, agentes policiales y hasta miembros del CNI. Bien, pero ¿quiénes eran aquellos juzgadores, quiénes estos altos cargos de la Junta y quiénes esos policías? Es urgente que se aclara esta cuestión, por molesta que resulte a la Justicia o a las Administraciones, si no se quiere que el personal saque en claro que lo que aquí se está produciendo no es más que un forzoso lavado de cara y que se va a empapelar a los más descarados pero dejando en la impunidad a esa trama corrupta que es la que ha permitido que funcionaria la maquinaria gilista durante tanto tiempo. De momento ya sabemos, hasta judicialmente, que uno de esos “sobres” fue, en forma de talón y en concepto de cohecho a la Junta, a la caja del PSOE andaluz y que en ella continúan sus cuartos sin que nadie haya reclamado la devolución de lo ilegalmente adquirido. Pero queda conocer el resto: los demás altos cargos, los miembros podridos de la Justicia o la policía a los que el gilismo corrompía con dinero o vacaciones pagadas.