Cuadernos de quejas

 

Va a tener suerte el incombustible doctor Pozuelo, bienpagado baranda del SAS en Huelva (piso céntrico y coche oficial), porque la epidemia de “cuadernos de quejas” iniciada arriesgadamente por los médicos del Condado y seguida luego por los de Valverde y Cartaya, se está extendiendo por otras provincias andaluzas. Los sanitarios parecen decididos a terminar de una vez por todas con la indiferencia de la Junta ante sus quejas, lo cual, en buena lógica, debería ser respaldado por los ciudadanos en cuanto usuarios efectivos o eventuales del servicio público de salud. No hay derecho a que un servicio más que mediano (lo hemos dicho y repetido muchas veces) falle tan estrepitosamente arrastrado por el prurito economicista que parece ser la única inspiración de sus gestores desde su creación. Y menos que los profesionales y los ciudadanos, cada cual por su vera, sean quienes paguen los laureles de esos administradores de pacotilla. El verano está, además, encima. Cualquiera que no fuera el doctor Pozuelo estaría temblando.

El ausente

Hablo a veces con Julio Anguita desde que se acogió a sagrado en la penumbra de la intimidad. Sigo con atención sus cuitas sinceras, sus serenas angustias, su ajetreo de azacán, su inagotable curiosidad, noto la crecida de su disgusto, reparo en el trazo agudo que va remarcando su perfil de vigía encaramado en la cofa, inaudible desde cubierta, pero del que de vez en cuando llega el grito rotundo rebotando entre las jarcias. El otro día mismo se dejó caer con que, al paso que lleva esta tropa, la Constitución que viene puede que acabe pareciéndose a ‘Frankenstein’, es decir, al monstruo imprevisible determinado por su genuina impropiedad, a la redomada pesadilla del sueño goyesco. Lee mucho Anguita, y piensa, piensa como los antiguos, debate consigo mismo estupefacto ante el espectáculo que le ofrece “la profesión”, y especialmente –supongo—ante la comedia del arte que improvisan los que fueron los suyos cada vez que detienen el carromato en la feria y repiten ante la parroquia la farsa y licencia del oportunismo mendicante. Se nota su ausencia. Desde que él se fue esta izquierda residual y asalariada carece de voz propia fuera del exabrupto o la consigna, polícroma hasta la perplejidad que ha teñido el rojo originario de verde, de violeta y de lo que sea menester, arcoiris de su propia inania ideológica, de su triste indigencia política. ¿No la vieron durante años dejándose los artejos en el portón cerrado a cal y canto de la “casa común”, no la han escuchado tantas veces repitiendo tópicos a mansalva, apuntándose a bombardeos propios y ajenos, llevando acólita el incensario con una mano mientras con la otra sostenía solícita la capa del oficiante? Anguita ve con perspectiva estas miserias que ya no está en su mano evitar y calla, entre amargo y displicente, viendo como se hunde a su alrededor la torre a medio levantar de la conciencia crítica, esa gatera en la que se dejó algo más que los pelos el viejo gato rojo. Siempre hay un solitario en Port-Royal y siempre habrá jansenistas subastándose al mejor postor, qué se le va a hacer.

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Con Anguita lo habría tenido crudo Chaves para sacar adelante el engendro verborreico y copión del nuevo Estatuto, para jugar con el fuego mimético de la estrategia anticonstitucional del PSOE, para poner en almoneda las paces que hicieron posible que incluso personajes como él, y a pesar de tantos pesares, pudieran perpetuarse en el poder. Ahora bien, quienes con Anguita no habrían tenido ni el pan ni la sal serían esos palanganeros (me atengo al masculino genérico) que viajan de postillones en la diligencia desbocada del bipartidismo imperfecto. Para Anguita, derecha e izquierda no se legitiman por el código de barras sino que son actitudes profundas que responden a concepciones opuestas del mundo, sea quien fuere el que las profese. No se le entendió cuando puso contra las cuerdas a Chaves reproduciendo cautamente un pacto “a la griega” que se presentó interesadamente como una “pinza” contraria a la naturaleza, pero hoy sabemos que sólo en aquella era fugaz, aliada con el diablo cojuelo de las estadísticas electorales, la izquierda logró pararle los pies a las dos derechas, a la diestra y a la siniestra, a la autoproclamada que se hace llamar “centro” y a la vergonzante que se postula “socialdemócrata”. Por eso no pararon hasta librarse de su fuerza, y por eso se bandean desde entonces fracasando en los comicios y procurando vivir a la sombra de su eterno enemigo, el mismo que durante años los mantuvo alejados en el lazareto con el despectivo dictado de “comunistas”, el mismísimo que le administra con usura las migajas sin dejarles nunca meter la mano en el plato. Lo han hecho en el Ayuntamiento de Sevilla y ya ven el resultado: han roto en una trama de facturas falsas. Anguita se autoexige implacable porque sabe que la historia no acaba pasado mañana. A los otros les ocurre exactamente al revés.

Cabeza de piedra

Tal como don Pedro el Cruel (o el Justiciero, como prefieran), que mandó colocar su pétrea cabeza cercenada en la picota cuando fue convicto de asesinato, el alcalde de Sevilla –con perdón por la comparación—ha osado firmar el escrito de protesta presentado contra él por la oposición con motivo de la tala masiva de árboles en el centro de esa ciudad que está destrozando metódicamente. El mismo que no ha movido un dedo ante la trama de facturas falsas de su Ayuntamiento, el autor del disparate chusco del desalojo “pagado” de chabolistas, quien ha convertido en un gueto el vasto centro urbano concitando la oposición conjunta de vecinos, comerciantes y taxistas, esa pesadilla que su partido no sabe cómo quitarse de encima, tiene el regio descaro de colocar su busto de piedra en la hornacina con tal de conservar la cabeza vacía sobre los hombros. Que pague la estatua, que peche el retrato y que siga adelante el despropósito de una política con un pie en el Juzgado y el otro de camino. Como si fuera un rey absoluto, al margen y por encima de la ley. No me digan que no es una temeridad dejar una ciudad como Sevilla en manos de un tío que protesta contra sí mismo.

Cara y cruz

Asegura el secretario general de la UGT-Andalucía, Manuel Pastrana, que hay pocos lugares en la región en que se apueste con tanta decisión por la industria sostenible. Una de cal, que falta nos hace, en este panorama no poco pesimista, de líos municipales y hasta enigmático terrorismo “de baja intensidad” en algún pueblo, aunque no faltará quien le recuerde a ese optimista le fracaso minero y otros fracasos. Por su parte, el fiscal que se ocupa de Medio Ambiente en la Audiencia Provincial, Ignacio Rodríguez, dio anteayer fuerte y flojo a quien corresponda por la manifiesta crecida –de “espectacular” la califica él—de las denuncias urbanísticas, en especial en la Sierra. “Huelva no es la Costa del Sol”, dice, menos mal, pero los “hermanos de la Costa” hacen que la delincuencia urbanística provincial no esté entre las menores precisamente. Cara y cruz, cal y arena. No sería mala cosa comenzar a contemplarnos en el espejo sin mirarnos tanto el ombligo.

Lavarse las manos

Ha estado en las ‘Charlas de El Mundo” (en Huelva, dentro de poco estará a Sevilla) el doctor Badiola, experto máximo en zozobras epidemiológicas desde que lo conocimos al negro resplandor de la conmoción provocada por las epizootia de las “vacas locas”. Ha venido a hablar de la gripe aviar, ese azote que puso la piel de gallina al mundo civilizado (el otro, que es el más amenazado, como es natural, ni se enteró: como es natural) pero que desde hace algún tiempo suena con máxima sordina en los medios occidentales, fuertemente presionados, quien lo duda, por la mano invisible del poder. Badiola explica que la amenaza de la pandemia sigue ahí –“la tenemos a las puertas”, dice, pensando en que ya está en Francia–, rondando las asequibles murallas de esta ciudad alegre y confiada, que espanta sus pesadillas imaginando que estos sustos colectivos no son más que el negocio de la prensa. No lo son, sin embargo. Antier mismo se ha sabido que nuevos casos de contagio humano han sido detectados en China, en la región de Sichuán, y lo que resulta infinitamente más temeroso: ¡en Costa de Marfil! También estos días el ministro de Salud francés, Xavier Bertrand, anda promoviendo una campaña de higiene y prevención especialmente dirigida a los médicos, mientras que las grandes agencias sanitarias de los EEUU y Canadá disponen medidas preventivas a gran escala, por lo que pueda ocurrir, entre las que destaca el almacenaje masivo de máscaras y antivirales, y un consejo que Badiola certificó también por su cuenta: el lavado de manos. En Huelva, una guarda de Doñana se levantó en el coloquio para saber a qué atenerse y Badiola dijo conciliador que estaba seguro de que la Administración habría tomado las medidas imprescindibles para preservar a esa población más próxima, pero la guarda dijo que ni hablar, que ni guantes les habían dado. Mala cosa cuando lo que los expertos recomiendan es lavarse las manos como Pilatos. Hay que ser moderadamente optimistas, me pareció entender que es el mensaje del experto. Yo le daría un cierto giro a la consigna: seamos razonablemente pesimistas.

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En resumen, lo que los sabios concluyen es que el virus famoso lo trasmiten las palmípedas precisamente por ser ellas relativamente resistentes a su acción, que hay que confiar en que no mute hasta darse traza a saltar al humano por vía aérea (hasta ahora parece que los contagios responden al contacto directo), y que si lo lograra no tenemos ni idea de cuáles serían las proporciones verdaderas de su estrago. La UE, mientras tanto, se entretiene en debates en que los grandes tratan de regatear subvenciones a los chicos, y desde luego nadie en ella (ni siquiera las potencias postcoloniales) parecen ocuparse de la catástrofe que le puede caer encima a las naciones míseras de África. Yo hace tiempo que dejé de coleccionar materiales sobre esta crisis y lo peor es que lo más claro que he escuchado entre las prevenciones sugeridas es lo de las ventajas de la higiene, lo del lavatorio de manos. Pero no se me cae de la cabeza la guarda de Doñana que la otra tarde dialogaba amedrentada con Badiola, su estupefaciente testimonio de que el control administrativo es no poco precario, la denuncia de un veterinario presente de que Medio Ambiente carece de albéitares en sus nóminas, la imagen de esos guardas sin guantes recogiendo entre los lucios las malvasías agonizantes o los cadáveres de ánsares. China se ha negado, por si algo faltaba, a colaborar con Occidente, y sólo a duras penas y tras presiones tremendas ha facilitado algunas muestras para el laboratorio. Nadie conoce al alcance real de la amenaza y los Gobiernos callan como muertos. Pero ni se crean eso de que la temida peste es un invento comercial de la prensa. Ahí tienen el último rebrote chino y el nuevo africano. A ver que nos dice Badiola sobre esto en Sevilla. Mientras, ya saben: lávense las manos.

El estilo es el hombre

Se me ha venido a la cabeza el viejo apotegma de Buffón –“El estilo es el hombre”—leyendo –por incitación de Arcadi Espada que entrecomillaba ayer aquí un párrafo con las del beri—el texto e nuevo Estatuto recién perpetrado entre PSOE e IU: “Andalucía ha ‘compilado’ un rico acervo cultural por la ‘confluencia de una multiplicidad de pueblos y civilizaciones’, dando ‘sobrado’ ejemplo de mestizaje ‘humano’ (pfff, no se rían)… una unidad de fondo que “acrisola’ una pluralidad histórica…” y así sucesivamente.¡ Qué sintaxis, qué semántica y qué prosodia; Dios bendito! Si esto es todo lo que han sido capaces de escribir con cuatro años por delante estas minervas es para darles el billete de vuelta y sentarlos en la escuela. Sin entrar en el fondo, por supuesto, olvidando tautologías, saltando sobre obviedades y pamplinas expletivas. Julio Anguita ha entrevisto a Frankenstein en la futura Constitución. Aquí estamos viendo ya de cerca al hermano tonto del monstruo.