Riá, riá, pitá

Protestas por parte de la oposición ante el silencio que guarda la Dipu en torno al escándalo que supone el alquiler en El Rocío de una parada y fonda para sus mandamases. ¿Y qué quieren que hagan, que expliquen lo inexplicable? El poder absoluto genera impunidad y la impunidad lleva inexorablemente al abuso, realidad por la que, en el caso de nuestra institución provincial, habrá que pedirle cuentas no sólo al PSOE sino a esa IU en quiebra vendida por un plato de lentejas, sin la cual el PSOE no podría, por ejemplo, irse de romería con gastos pagados. Suena como una chirigota invertida el alegato de un bocazas sociata recurriendo al tópico de los señoritos del PP para justificar este mangazo señoritingo perpetrado, no desde la derceha, ciertamente, sino desde la sedicente izquierda. Pero restalla como una pedrada en la vidriera la desvergüenza de estos mandarines que, por encima de críticas y mociones, lo mismo se autoponen piso en Bruselas que abren sede en El Rocío.

Esclavos del metal

Unos científicos acaban de probar en El Teide un robot explorador con el que se pretende descifrar el enigma marciano. Es uno más de la serie, pues ya la NASA hace años que recorre la superficie roja de aquel planeta con sus “rovers” capaces de escanear la materia, retratar el paisaje y, llegado el caso, husmear la vida en su entraña. En el río Tinto –a orillas del cual murió en su alquería, viejo y vencido, el poeta Ibn Hazam– también andan los sabios trajinando sobre la hipótesis de que la circunstancia física es semejante o muy parecida a la del “planeta rojo”. Pero lo inquietante de este futuro maquinal no está, a mi modo de ver, en parajes tan lejanos, sino en el paisaje íntimo, esencial, del saloncito en el que pasamos media vida pendientes de ese prodigioso robot hertziano por cuya pantallita desborda sin tregua tan enorme caudal de información y también, claro está, de desinformación, que se ha convertido en el juguete más preciado del Poder. La discusión sobre el robot tiene ya sus trienios y gira tradicionalmente en torno al dilema de si la máquina que ayude al hombre ha de ser antropomorfa o sencillamente funcional, un dilema que el maestro Asimov resolvió sin dudarlo a favor del androide –recuerden la prosa de “Yo Robot”—mientras que su rival Ray Bradbury apostaba por ingenios y artificios adaptados a su misión y nada más. Hace sólo unos días, en una preciosa entrevista publicada aquí, el padre actual de la robótica, Joseph Engelberger, nos ha dicho muchas cosas sobre el tema: que lo de menos es la forma, que lo que cuenta es la movilidad (él apuesta por la rueda, como los druidas), que la técnica está a punto y que, en consecuencia, más vale disponer el ánimo de manera que no nos sorprenda demasiado la visita del robot prevista para dentro de poco. Engelberger es un tío práctico, nada poético como la mayoría de sus colegas, y predica a favor de una sociedad en que el esclavo de metal nos haga la comida, atienda el cuerpo de casa y libere al caniche amaestrado de su diaria tarea matinal de ir al kiosko en busca del periódico. Desde luego, como la muchedumbre inmigrante que trabaja en nuestros hogares haya leído lo que decía el sabio, no me extrañaría que haya perdido el sueño.

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Comparto con Herbert Read la idea de que el futuro robotizado es tan ineluctable que más vale ir preparando ya “la redención del robot”, como decía él aludiendo al hombre mismo que, en su momento, eventualmente liberado de tareas y funciones, habrá roto en pura máquina él mismo y necesitará, en consecuencia, de una segunda educación. Read recordaba hace sesenta años que si Karel Capek, el satírico que inventó la palabra “robot”, había visto en su tiempo cómo el hombre se transformaba en máquina, nosotros estamos asistiendo en el nuestro al proceso inverso, esto es, a la reconversión de la máquina en algo humano, tal vez demasiado humano, un hecho no previsto en la evolución de las especies que puede que acabe siendo el desafío supino vivido por la Humanidad. Se discute esta temporada en los EEUU el proyecto político y militar de construir robots guerreros que permitan a los generales hacer la guerra sin bajas y a los políticos vender a tres pesetas los duros de su ambición. Pero el futuro está en la paz, como el propio Engelberger admite al hablar de esa vivienda futura de inspiración bradburiana, en la que el pequeño artefacto con brazos y ruedas nos haga las tostadas y friegue la vajilla tras el desayuno. Y uno no tiene más remedio que estar muy de acuerdo con Head, precisamente porque cuando el robot nos haya liberado al fin de la maldición bíblica del esfuerzo, nos habrá llegado el turno de educarnos a nuestra vez para salir del estado de máquina pasiva en que nos habremos sumido y que augura casi todo menos lo bueno. Por lo demás, suelo decir que la sociedad desigual inventó, de hecho, hace la tira, el robot perfecto que come las sobras en nuestra cocina y funciona con unas monedas a fin de mes.

El mal ejemplo

Dos noticias casi simultáneas: una, el presidente Chaves apoya al alcalde de Sevilla, Monteseirín; otra, el Juzgado sienta en el banquillo a varios colaboradores de este alcalde, famoso por el caso de las facturas falsas, entre otros. ¿Con qué autoridad moral podrá ese Presidente reclamar honradez en adelante, dentro y fuera de su partido, cómo se puede defender ante los ciudadanos a un alcalde contestado en demasiados frentes pero que, sobre todo, ha consentido presuntamente que funcione en su Ayuntamiento una trama dedicada a cobrar de la caja pública obras municipales jamás realizadas? Los políticos llegaron a la democracia con el cante de que la política era una pedagogía, y ciertamente lo están demostrando, sólo que, lastimosamente, al revés, es decir, enseñando al pueblo soberano a aceptar lo que no debe ser aceptado. Un pesimista decía hace poco que lo raro va siendo ya toparse con un político cabal que mantenga las manos limpias. Cada vez que entrevemos esta evidencia tememos con más razón la quiebra de las libertades.

El pleito más inútil

El comercio y los vecinos de la Isla Chica, el populoso barrio de la capital, se han puesto al fin de acuerdo con el Ayuntamiento y aceptado los planes municipales de reordenación de su zona tras la operación de venta del viejo Estadio que, por cierto, salvó al Recre. La historia ha sido larga, incluyendo un innoble pleito penal con el que la oposición quiso acabar con el Superalcalde, pero definitivamente va a terminar a base de concesiones mutuas y rebajas de todo tipo. ¿Quién ha perdido (tiempo, dinero, servicios?, los políticos enredadores o el pueblo soberano? Pues habría que decir que éste último, si no fuera porque, en realidad, es la propia democracia la que más sufre soportando estos trajines. Se ha tardado años, se ha gastado mucho dinero, se han desperdiciado energías y perdido mucha confianza pública, total, para ver cómo acababa saliendo a hombros la vieja propuesta. Debería funcionar un sistema para exigir responsabilidades a los enredadores partidistas. Como no existe, habremos de conformarnos con que, al menos, sus zancadillas no logren derribarnos.

Riguroso estreno

El Festival de Cannes acogerá hoy espectacularmente el estreno de la película realizada por Ron Howard sobre la ubicua novela de Dan Brown “El Código da Vinci”, una fantasía de fortuna que ha vendido ya cuarenta millones de libros y amenaza ahora con echar abajo todos los récords taquilleros conocidos. A la Iglesia católica y romana le han sentado muy mal el libro y la película, como lo prueba el duro alegato de algunos purpurados ante el estreno y la larga campaña –tres millones de visitantes mensuales en la web del Opus— mantenida por algunas cofradías. El rollo de Brown es de lo más trivial –no repetiré lo ya dicho aquí en varias ocasiones—y fácilmente controvertible salvo para adictos a programas de misterios, pero la verdad es que la propia oposición de esos sectores susceptibles del catolicismo no va a lograr detener ese vendaval pero puede que acabe logrando favorecer los resultados previstos por sus afortunados promotores. Hace veinte años escribió Aranguren un prólogo a la obra memorable de William James, “Las variedades de la experiencia religiosa”, en el que, tras señalar cómo el siglo XX rompió en la cultura trazando puentes entre el espiritualismo y la ciencia, señalaba el papel que aquel libro jugó de cara a normalizar el respeto crítico hacia la vivencia de lo religioso, hasta conseguir su aceptación, no como un rastro de primitivismo ni como manifestación neurótica, sino como un fenómeno clásico de la personalidad que reclamaba para sí una específica “ciencia de las religiones”. Hoy, en cambio, como muestra el libro reciente de Fritz Eric Hoevels (al que no auguro similar trascendencia ni mucho menos), vuelve el empeño en reducir la religión a simple “delirio colectivo”. Un delirio apuntalado de una parte por el pragmatismo tradicional de la “voluntad de creer” pero lastrado de otra por una galopante tendencia cientificista que ni siquiera –como en el caso presente—se impone a sí misma una mínima exigencia de rigor. Casi todo lo que cuenta Brown en el “Código” es puro camelo, rutinas de la cultura contemporánea. La mediocridad del temario elegido por Brown –¡que ni viejísimas, fantasías de tres al cuarto, pero ahí está el resultado. No hay que infravalorar un camelo capaz de armar, permítanme la expresión añeja, la de Dios es Cristo.

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Para lo que sí ha de servir esta experiencia es para confirmar el rasgo fatalmente trivial siquiera es original!–, la falsificación expeditiva de las “pruebas” empleadas o la vejez de sus leyendas, no constituyen obstáculo para su éxito de masas: la gente, así, en general, no sólo no rechaza sino que se pirra por propuestas extravagantes con tal de que junten a su fácil digestión mental el atractivo de contradecir antiguas creencias probablemente perjudicadas por su propia tradición. Hay un abismo entre el mito revolucionario de la Resurrección y el folletín post-romántico de las bodas de Cristo, no hay color entre el concepto “apostólico” de Magdalena y la reducción de su papel teológico al novelero de novia del profeta. ¿Y qué? La gente que flipa con el “Código” es la misma que niega la llegada del hombre a la luna, sostiene que Hitler vive oculto en el Chaco o cree a pies juntilla que las pirámides faraónicas fueron obra extraterrestre. Hay que darle gusto al cuerpo, y eso no se despacha en las facultades de Teología… ni en las de Historia. Nuestro tiempo es una era banal, eso es todo. Y por eso mismo carece de sentido el sofocón de la Iglesia y el comején que se trae el Opus con el novelón y la película. Consideren cuántos de estos entusiastas conocerían el Evangelio, cuántos se habrían detenido ante un cuadro de Leonardo y qué coños podría importarle a su inmensa mayoría la historia de un priorato espurio. Pero tampoco es cosa de esperar que lean a James como no lo hubiera leído santa Teresa. La Iglesia entra siempre al trapo, no falla. De eso viven los Dan Brown y desde hoy también los Ron Howard.

Promotoras y partidos

Dice el Partido Popular que la obra del hotel de El Algarrobico que finalmente un Chaves caído del caballo verde ha decidido derribar, “fue avalada, amparada y promovida por el PSOE” y que la ley de Costas se ha estado infringiendo durante años “delante de las narices” del propio presidente. Ya se verá en qué termina el lío del hotel que, a lo peor, no es sino el cabo de un ovillo más escondido, pero hay que recordar que esta historia de los proyectos y macroproyectos inmobiliarios promovidos por el partido en el poder o sus dirigentes más destacados no es nueva ni mucho menos. El mismísimo Chaves hubo de parar el que en Punta Umbría patrocinaba el secretario provincial del partido, un proyecto que incluía igualmente la circunstancia de ir sobre un suelo no urbanizable, por oponerse a la cual fue pasaportado a su casa el entonces delegado provincial de Medio Ambiente. Hace bien Anticorrupción proponiendo una oficina en Sevilla. Aunque haría mejor abriendo una por provincia y a ver qué pasaba.