El delirio

 

Tercer domingo glorioso de Pentecostés con el Recre subiéndose a los cielos. El ascenso ha provocado el delirio, ha devuelto a la capital su tono exultante, ha puesto boca arriba la evidencia de que, en lo más íntimo, el Recre es en Huelva algo sagrado que sólo a políticos sin idea de lo que traen entre manos se les ocurre despreciar. Es inevitable la dimensión política del triunfo deportivo porque el fútbol hace tiempo que dejó de ser una cuestión superflua en la vida pública para convertirse en un factor de identidad crucial y en un revulsivo de primer orden, igual en Barcelona que en Madrid o en Huelva. El delirio colectivo que ha vivido la ciudad es la mejor prueba de ello y la capitalización que el Superalcalde ha conseguido hacer del hecho demuestra, no sólo lo acertado de su apuesta por el ‘Recre’ (que le costó lo que le costó) sino el error supino de sus rivales. La bufanda “ultrasur” de la Parralo en El Rocío no va a darle el pego a nadie. Ésta euforia no va con ella sino con quienes se lo ha currado, jugándose el tipo, desde hace diez años.

La vaca europea

Alguien me viene con el argumento tertuliano de que la negativa del Gobierno senegalés a aceptar el reenvío de inmigrantes ilegales no es más que un truco para elevar la contrapartida ofrecida por el español. La extorsión del invasor, vamos, el chantaje al que nos somete y somete a Europa una nación con poco que perder que ha descubierto un filón en el negocio de los cayucos: yo envío cayucos a Canarias, cada vez más cayucos, creo un problema insoluble en España y me niego, además, a readmitir a los ilegales hasta que el conspicuo perjudicado se ablande y suelte la guita. No está mal, como estrategia, después de todo, ni puede decirse que varíe esencialmente de la empleadas en las anteriores invasiones históricas, incluida ésa que solemos llamar de los bárbaros, cuya estrategia sabemos hoy que fue aproximadamente la descrita, al margen de ciertos episodios guerreros hoy también posibles pero, ciertamente, menos probables. La situación, en todo caso, viene a ser idéntica, a saber, la de un mundo abarrotado e indigente que sueña con mudarse al presunto paraíso que tiene enfrente y compartir su felicidad, pero en el caso actual hay que contar también con el hecho de que ha sido el paraíso el que ha tentado a los invasores proponiéndoles una ética de la solidaridad que, como es lógico, no está dispuesto a reconocer fuera del púlpito. Un continente de 780 millones de habitantes no sólo sabe que ha sido históricamente saqueado por ese mundo prodigioso que ahora puede ver por la tele sino que tiene noticia de que en él se predica una demagógica religión franca en virtud de la cual todos los hombres son iguales y a todos los asisten por igual unos derechos que los aborígenes no han reclamado sino que les han ofrecido desde la otra orilla. ¿Quién se resistiría a esa llamada, quién continuaría hambriento y comido de moscas en lugar de subirse a un cayuco y jugarse la vida en la ruleta del destino?

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Un profesor de filología española en Dakar, el Dr. Hajdi Amadou Ndoye hace una propuesta similar a la anterior y esgrime argumentos estremecedores que solamente puede desdeñar un idiota o un malvado. Para empezar, que el coste de la operación no es bajo: mil quinientos inmigrantes se han quedado en el trayecto entre Senegal y Canarias. Y luego, las razones, que son muchas, pero que se resumen en el hecho capital de que África no es aún de los africanos sino que sigue siendo un mundo ajeno en el que un país rico en cacao como Costa de Marfil debe aceptar los precios que marca París, los ciudadanos de la sexta potencia petrolera del planeta, que es Nigeria, han de agenciarse su gasolina robándola de las tuberías taladradas, los pescadores en la miseria ven como las compensaciones por el expolio de sus bancos van derechas al bolsillo de los oligarcas y los algodoneros han de competir con colegas subvencionados generosamente en USA o en Europa. Hajdi ofrece un dato definitivo: una vaca europea recibe dos euros diarios mientras que un africano medio vive con menos de uno. ¿Cómo resistir la tentación del viaje, cómo no sentirse legitimado por la leyenda ética de la solidaridad de Occidente? “El colonialismo se ha embellecido, se ha hecho más balsámico con sus discursos sobre derechos humanos, pero ¿dónde están esos derechos humanos?”, se pregunta el profesor senegalés. Vean como en África ha calado ya el mensaje, como actúa el ‘efecto llamada’ de la civilización. Son unos ilusos quienes creen que estos inmigrantes pretenden sólo escapar a la estepa helada, porque lo que quieren, en realidad, es plantar su viñita a orillas del Tíber. Occidente ha jugado fuerte desde su narcisismo utópico hasta que le ha estallado en las manos el amonal del humanitarismo. Por eso cien negros atados en un avión no son de recibo. Que Senegal quiera sacarle unas perras a la tragedia es otro cantar. Pero otro cantar cuya música y letra también le ha enseñado Occidente.

La oposición gramática

Soplan aires de fronda en la opinión andaluza, vientos racheados que reclaman respeto al administrado por parte del Poder, empezando por el lenguaje. Nunca se ha hablado más de la sintaxis en el ámbito crítico, jamás se había reparado de este modo en el estilo y sus consecuencias. El preámbulo del nuevo Estatuto, aparte de la ocurrencia beocia de la “realidad nacional”, circula en fotocopias con divertidos subrayados y comentarios, como si fueran chistes del difunto Gandía, y hasta hay profesor que lo comenta en clase para ilustrar a la ‘basca’ sobre cómo no se debe escribir en castellano o español. Pero uno cree que esa ganga sinctáctica y esa basura léxica suponen ni más ni menos que la suficiencia del “régimen”, el desparpajo de una situación política que no tiene ya necesidad de respetar a los súbditos. Cuando un escriba dice en el BOJA que una subvención es una “experience museum”, sencillamente nos está tomando el pelo. Pero si añade que se trata de crear “un espacio que será capaz de trasmitir y envolver los contenidos de conocimientos y museísticos (sic) en una manta sensorial y emocional” pueden apostar a que se está cachondeando del contribuyente. Chaves no tiene quien le escriba. Él dirá que con que le voten tiene de sobra.

El Rocío politizado

Ningún Rocío más politizado que el des este año de gracia de 2006. El Superalcalde declina el comentario político y liquida el brete con una breve descalificación a los politizadores. El presi de la Dipu se queda solo en su casoplón tras el plante de más de la mitad de las hermandades invitadas, de sus propios “socios”, y hasta Manuela Parralo, la cada vez más improbable candidata, se quita de en medio con muy buen criterio y se va con la pandereta a otra parte. La autopostulada izquierda onubense es clamorosamente confesional en Pentecostés y comecuras el resto del año, no va a misa ni a tiros como no sea siguiendo la raya (real), pero se niega a cederle a la derecha una efemérides que reúne a un millón de personas. Y este año hasta los curas se dividen en dos, los que hacen estación en “Villa Cejudo” y los que pasan de largo ante su puerta. El Rocío se ha convertido en el estudio de un fotógrafo imparcial que, en su momento, podría colgar su muestra en las vallas electorales. Eso sí, ellos dirán que cuando eso ocurra, que les quiten lo bailao.

El modelo holandés

No es ningún secreto sociológico que la democracia atraviesa una crisis de difícil reajuste. Ha cambiado el mundo, han variado las circunstancias de manera decisiva, apenas tiene que ver la clásica idea de sociedad que contemplaban el proyecto ilustrado y la teoría romántica con la que hoy va imponiendo con prisas un cambio social vertiginoso. Por otro lado, parece claro que la globalización, ése hecho incuestionable ya y enteramente irreversible, plantea al ideal democrático el problema insuperable de la diferencia y deja en evidencia la sospecha antigua de que la democracia no es un sistema de validez universal sino exclusivo de cierta cultura histórica. Es probable, en todo caso, que la crisis democrática no se ciña sólo al desafío imposible de la diversidad axiológica, sino que actúe desde la misma entraña del sistema de libertades, en cuyo tronco crecen hoy excrecencias no sólo difíciles de asumir sino que apuntan con sus excesos a la deslegitimación del montaje en su conjunto. El caso holandés viene preocupando hace tiempo a los observadores por cuanto resulta lógicamente inviable un régimen público sometido al tirón continuo de una vanguardia sin freno, obcecada en una huida hacia delante que, a la vista de algunos proyectos, no parece tener término razonable sino más bien configurarse como una especie de imaginario movimiento sin fin en el que cualquier ocurrencia, por bizarra que resulte a la estimativa común, tiene su sitio seguro. Es arriesgado convertir una democracia nacional en un escaparate del cambio y lo es más todavía hacer de ella un referente de la innovación del que hubieran desaparecido todos los límites racionales porque, en su interior, el cauce legal, liberado de cualquier condicionante moral o ético, trabaja de manera que llega a convertirse en la más seria amenaza del propio sistema de libertades. El liberalismo tradicional holandés, de raíces tan marcadamente burguesas e inspiración tan weberiana, corre serio peligro por la acción corrosiva de su propia desmesura, ese sprint alocado hacia ninguna parte que se funda en el trágico equívoco de que todo es legislable y todo lo legislado benéfico y progresivo. La carrera desbocada de tolerancia que ha dado lugar a las llamadas “leyes laxas”, está llevando la democracia holandesa hacia un peligroso desgalgadero oculto por la ilusión de una libertad ilimitada en la que no es difícil reconocer el perfil de otros espejismos históricos que acabaron como el rosario de la aurora.

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La apertura legal a proyectos cuestionables ha tenido durante años un indiscutible valor. La legalización inteligente de las drogas llamadas ‘blandas’ y su comercio, la aceptación del derecho a la eutanasia, el trato discreto y pragmático dado a la prostitución, son entre esas leyes pioneras ejemplos plenamente elogiables. Otra cosa es, sin embargo, el proyecto de legalizar la pedofilia para cuya consecución se intenta ahora constituir un partido con representación parlamentaria cuyo objetivo inicial es rebajar la edad mínima de doce años al llamado “sexo consentido”, pero cuyo ulterior designio es la definitiva y completa supresión de ese imprescindible límite a la barbarie. Holanda no es la vieja Grecia, evidentemente, y el intento de volver a situaciones felizmente superadas por la civilización y el progreso no puede ser otra cosa que una marcha atrás del humanismo tan trabajosamente conquistado durante siglos. El ejemplo holandés nos está descubriendo otra crisis interna de una razón democrática que, despojada de todo imperativo moral, no sería raro que acabe siendo la causa de su propia ruina. Nada más arriesgado que estas confusiones intestinas que canceran hoy el cuerpo social, ni menos libertario, en el fondo, que esa “libertad para el Mal” que aterrorizaba a Pascal pero también a Paul Celan. El viejo anarquismo era ante todo una moral. Esta acracia depravada es apenas una basura.

La toma de Marbella

El meditado asalto al gilismo por parte de un Poder que coqueteó con él durante tantos años está descubriendo sin ayuda de nadie su índole truquista. No se trata sólo de la imagen un poco cómica de ese pseudoalcalde abrazador designado por Chaves directamente, sino de hechos tan difíciles de entender como la negativa de la Junta a cederle las competencias de urbanismo incluso a “su” propia Gestora y una vez restablecida, según aquella, “la normalidad democrática”. Marbella se ha convertido en un rehén del PSOE andaluz y Chaves no va a ceder ni tanto así contra sus evidentes planes de reconquistar la plaza aunque sea por la puerta falsa. Su parusía en la tele local en sustitución de Gil, la exaltada amistad del “Gestor” supremo, la decisión de no soltar el decisivo machito del mafioso urbanismo, coinciden en apuntar a ese futuro cartel electoral que intentará de nuevo la toma de esa fortaleza del dinero que se ha convertido en auténtico antimodelo de lo que debe ser una ciudad democrática.