La libertad asimétrica

 

Es difícil imaginar qué ocurriría en el País Vasco si quedara en evidencia la intención de silenciar desde las instituciones a un periódico como ‘Deia’ o ‘Gara’. O si en Cataluña se tratara acallar la TV3 o amordazar al ‘Avui’, a “El Periódico’ o incluso al ‘Sport’. O simplemente si un poder con responsabilidad suficiente intentara conseguir que las instituciones cumplieran la Ley de todos y para todos. Se organizaría la de Dios es Cristo y seguro que nadie en sus cabales, del Ebro para acá –¡somos tan ingenuos los celtíberos!—osaría aplaudir la medida o siquiera justificarla. Cuando en Madrid –desde el nacionalismo suele precisarse, con las del beri, “en la Puerta del Sol”—un grupo de exaltados increpó zafiamente, allá por los 90, al honorable Pujol que estaba detrás de la envolvente “trama antiespañola”, los trenos y lamentaciones se oyeron en La Junquera al tiempo que en Barbate. Pero cuando en Barcelona se acorrala, golpea, injuria y apedrea con huevos al Jefe de la Oposición lo mismo que a distinguidos miembros de la sociedad civil, nadie, ni el propio Congreso del que aquel es segundo líder, sale a la palestra a decir esta boca es mía. “Quien siembra vientos recoge tempestades” moraliza sin decoro Durán y Lleida, viva ilustración de la miseria y ambigüedad del “seny”. “Barato les ha salido”, remata desde su escaño un estólido separatista sin mayor mérito conocido. Boadella, Espada, Azúa o Carreras son hoy ciudadanos perseguidos en España; Rajoy o Acebes también. Y eso quiere decir, admitámoslo de una vez por todas, que el zapaterismo, rematando una antigua deriva condescendiente con los “agraviats”, ha lastimado la democracia española hasta el punto de que se pueda (y deba) decir, valga la legítima sinécdoque, que, en este momento, en España no hay libertad. No la hay. ¿O acaso es libre un país como el vasco en el que la oposición ha de ser escoltada por guardaespaldas, o uno como Cataluña en el que, no sólo a una formación independiente como “Ciutadans”, sino a uno de los dos grandes partidos españoles se les hace imposible el elemental derecho a expresarse en público? No, no lo son. Sean los que fueren los resultados del “referéndum” sobre esa insensata “Carta otorgada” que es el Estatut, siempre planeará sobre él la sombra de esta campaña truncada, la imagen de los candidatos avasallados por los bárbaros. El Estatuto es un disparate pero, en estas condiciones, va a ser, además, un trágala demagógico.

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Desde la perspectiva de la legitimidad el escrutinio no es lo básico ni mucho menos. Es necesario que la elección haya sido limpia, y lo es que los partidos hayan dispuesto de libertad para presentar públicamente sus ofertas. Cualquier intento de relativizar los atropellos sufridos por los no nacionalistas implica complicidad con los agresores. Las retorcidas racionalizaciones que achacan a los perseguidos la provocación del acoso constituyen un simple escarnio. La realidad es sencilla: en Cataluña ni independientes ni conservadores son libres. Como no lo son el País Vasco quienes se oponen al enrevesado contubernio secesionista. Y es obvio que en ambos casos la gran responsabilidad no corresponde a esos cuatro gatos protegidos –‘kale borroka’, ‘maulets’, charnegos exaltados—sino a unos partidos de gobierno (PSE o PSC) y a quienes desde Madrid manejan los hilos del retablo. Puede que sin darnos cuenta, al menos a estos efectos, estemos donde estábamos con Arias Navarro. O tal vez la realidad sea que desde entonces venimos fingiendo el vistoso desfile a base de marcar el paso sobre el propio terreno. Por eso tienen que procurar el silencio de los discrepantes y sostener a sus incondicionales. Hay más gente hoy que nunca mamando de la teta nacionalista. Gente que disculpa, que justifica, que mira a otra parte. A este lado de la muga, la inmensa mayoría española, entre tanto, sigue sumida en la duermevela soñando ingenuamente en su imaginaria libertad.

Unanimidad

“La operación emprendida por el presidente Chaves contra El Mundo es u intento de cercenar la libertad de expresión” (PP, IU y PA). “Me gustaría que el honor de todos los andaluces valga lo mismo porque no tiene más derecho al honor el que está en un cargo o el que gana unas elecciones” (Javier Arenas, presidente del Partido Popular). “La fianza impuesta por la jueza a los periodistas de El Mundo es muy desproporcionada y escandalosamente injusta” (Antonio Romero, portavoz de Izquierda Unida). “Sospecho que con estas acciones judiciales se pretenda cercenar la libertad de expresión mediante al exigencia de cuantías económicas elevadas” (el mismo). “La crítica al poder es la esencia de la democracia y, sobre todo, de la investigación periodística” (el mismo). “Me parece mucho mejor que que exista una investigación periodística aunque en algún momento se pueda equivocar, a que la investigación periodística no exista” (el mismo). “Algo funciona mal en la democracia andaluza cuando el Gobierno se dedica a intentar matar al mensajero y a arremeter contra quienes, le guste más o le guste menos, desempeñan el ejercicio de la libertad de expresión” (Julián Álvarez, secretario general del Partido Andalucista).

Pamplinario onubense

 

Para llorar (patético, diría un moderno) el embrollo dialécticpo con que el pobre de Pepe Juan trata de adecentar su defenestración fulminante (y razonable, dadas las circunstancias) a favor de la Parralo. Graciosísima la ocurrencia de ésta de afirmar como si fuera algo notable –¡una candidata a la alcaldía!—que vive en Huelva, que le gusta la ciudad y que es un orgullo que a uno/a lo nominen para aspirar a la vara. Trillo dice, la criatura, que “políticos tan notables como Gallardón, Aznar o González ganaron a la tercera”, sin darse cuenta de que esa opción es precisamente la que la “mesa camilla” no está dispuesta a darle a él. Y por si algo faltaba, el autodidacta Mario Jiménez descubre tautológicamente (aunque como el personaje moleriano él no sepa que está hablando en prosa) que los dirigentes del partido “harán las listas que tengan que hacer”. ¡Qué rara campaña vamos a tener entre unos y otros! Empezando por una aspirante a alcaldesa que debe aclarar que vive en la ciudad (cosa nada evidente) y que le gusta su ambiente. Lo que sea, sonará. Pero mientras vamos a escuchar mil y una pamplinas.

El ocaso ortográfico

 

La ortografía ha gozado de un antiguo respeto y de una animadversión implacable. Sabemos que hubo grandes escritores que fracasaron antes las haches mudas, que vacilaron indecisos entre las uves y la bes cuando no se echaron al monte, como nuestro Juan Ramón, e hicieron de la jota su daga particular. Se dice que Pessoa resbalaba mucho sobre la cuartilla, que se enredaba con los acentos y signos de puntuación, y no recuerdo ahora con exactitud pero sin con certeza que Baudelaire hizo suya la vieja broma de Gautier que hablaba de entregar el ortógrafo al verdugo. Nada menos. En casa de Félix Grande nos contó una vez Julio Cortázar que su (nuestro) admirado Raymond Quéneau –el padre prodigioso de “Zazie”—estimaba la ortografía como una simple vanidad, es decir, como todo lo contrario a ese inmisericorde corsé escolar que a todos pretendieron apretarnos, con mayor o menor éxito, aquellos maestros de escuela hambrientos y respetados por esta sociedad de cabreros que siempre fue la nuestra. ¿Para qué sirve la ortografía?, se preguntan hoy los escolares, los blogueros y los propios maestros que ven impotentes como tal vez ellos mismos pierden ya el norte en la tundra perdediza del rigor escrito. Y da igual lo que le contestemos, en vista de cómo está el patio de la escuela. Si en Sevilla Educación acaba de archivar el caso de los dos apuñalamientos de alumnos ocurridos en un centro, ya me dirán qué puede importarle al ‘delegata’ o a la docta consejera un acento de menos o una tilde diacrítica de más. “Escribo como hablo”, es fama que decía la doctora Teresa con muy otro sentido estilístico al que hoy se le atribuiría a la expresión. Bien, pues tal como hoy día. Una vez le leí al misterioso Ambrose Bierce que la ortografía es una ciencia que nos enseña a escribir las palabras basándonos en los ojos y no en los oídos. Batalla perdida. En la actualidad no escriben con los ojos abiertos ni los académicos (a la vista está) pero la ‘basca’ lo hace enteramente de oído.

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Unos esforzados editores (Grupo Unison) que vienen aportando reflexiones cruciales sobre el deplorable estado de nuestra docencia., han tenido la humorada de sacar a la luz una “Ortografía práctica de la lengua española”, fíjense qué antigüedad, dirigida ingenuamente tanto a la “primaria” como a la “secundaria” e incluso a las temibles “oposiciones”. Ana Rodríguez Tapia nos proporciona una guía brevísima y útil a más no poder que incluye desde el uso correcto de las letras o la acentuación hasta ese muestrario olvidado de signos –puntos y comas, comillas y paréntesis, interrogantes o guiones– que hacen del texto algo inteligible para evitar que nos suceda como al que recibió el famoso telegrama (‘cable’ diría él) que rezaba “Señor muerto está tarde hemos llegado”, de sentido tan diferente según se distribuyeran en él los acentos y comas. Yo no sé qué habrá sido de los “Miranda Podadera”, aquel método tozudo pero indeleble con que nuestros padres aprendieron la penúltima escritura correcta del español cervantino, pero la verdad es que tampoco tiene tanta importancia teniendo en cuenta que hoy día constituye una suerte de acontecimiento cultural que un membrillo traduzca el Quijote al “spanglish” y hasta haya académico que le ría la gracia. He leído con atención el opúsculo impecable de Ana y he recordado inconsolable a mi padre recitando sus reglas sobre el diptongo tratando de imaginar por dónde irá ya la vera cuando mi nieto alcance a deletrear sobre una plana, por su cuenta y riesgo, la incómoda orografía del lenguaje. Dice la autora que, consciente de la revolución comunicadora que nos abruma, sigue considerando imprescindible saber leer y escribir con corrección para poder comunicarnos. Es como si sobre la pobre no hubiera pasado arrasando la LOGSE y su hijuela. No he podido menos que desearle que Dios le conserve la ingenuidad.

El precio del honor

Es difícil cuantificar el precio del honor, por supuesto, pero imponer a este periódico, como ha hecho una jueza sevillana, una fianza enormemente mayor que la exigida a los terroristas o a la indemnización exigida a Otegui por afirmar que “el Rey es el jefe de los torturadores”, no tiene el menor sentido. ¿Cómo es posible tratar con dureza infinitamente mayor a un medio por informar de un hecho debidamente investigado que afectaba a Chaves, que a un bailarín que atropella a un ciudadano, causa su muerte, lo abandona y se hace suplantar luego como responsable? ¿Por qué el honor de Chaves, en el caso inverosímil de verse afectado por aquellos hechos, ha de valer tantísimo comparado con lo que se concedió a la viuda o al hijo de ese atropellado, a pesar de que la Justicia ya dejó claro que su presencia en esa pleito concernía a su persona y no al Presidente? Si una campaña continuada de calumnias contra un magistrado vale aquí 6.000 euros, ¿cómo pueden pedirse 700.000 para garantizar una eventual reparación a Chaves? Casos como éste ratifican la tesis de que Andalucía vive bajo un “régimen” al que ni la Justicia escapa. Lo que está por los suelos es el honor de la autonomía.

Decíamos ayer

 

El mes pasado, no recuerdo el día, la Comisión de Seguimiento del Pacto Antitransfuguismo, bajo la presidencia del ministro de Administraciones Públicas, Jordi Sevilla, acordó en el Congreso que, en lo sucesivo, los tránsfugas “no podrán ser incluidos en listas electorales, ni tampoco constituir, mantener o cambiar mayorías de gobierno de las instituciones públicas”. Se trataba de “eliminar comportamientos que violan de forma flagrante la voluntad de los electores”, y se constituía una “comisión de expertos independientes” para decidir quién es tránsfuga o no en caso de discrepancia entre partidos rivales, o sea, siempre. Bien, pues ahí tienen al PSOE con el cuento del envergue de que las ejecutivas federal y regional estudiarán la “propuesta” de un grupo de militantes de Gibraleón para que el partido “readmita” a los actuales tránsfugas del PSOE que, apoyados por una tránsfuga del PP, arrebataron la alcaldía a éste. ¿Para qué sirven los pactos y compromisos cuando media el interés? Pues en el caso de Gibraleón para descubrir una comedia cuyos protagonistas estaban en Huelva. Los electores decidirán ahora lo que crean oportuno, pero sabiendo ya quién es quién entre estos títeres de la cachiporra.