Riguroso estreno

El Festival de Cannes acogerá hoy espectacularmente el estreno de la película realizada por Ron Howard sobre la ubicua novela de Dan Brown “El Código da Vinci”, una fantasía de fortuna que ha vendido ya cuarenta millones de libros y amenaza ahora con echar abajo todos los récords taquilleros conocidos. A la Iglesia católica y romana le han sentado muy mal el libro y la película, como lo prueba el duro alegato de algunos purpurados ante el estreno y la larga campaña –tres millones de visitantes mensuales en la web del Opus— mantenida por algunas cofradías. El rollo de Brown es de lo más trivial –no repetiré lo ya dicho aquí en varias ocasiones—y fácilmente controvertible salvo para adictos a programas de misterios, pero la verdad es que la propia oposición de esos sectores susceptibles del catolicismo no va a lograr detener ese vendaval pero puede que acabe logrando favorecer los resultados previstos por sus afortunados promotores. Hace veinte años escribió Aranguren un prólogo a la obra memorable de William James, “Las variedades de la experiencia religiosa”, en el que, tras señalar cómo el siglo XX rompió en la cultura trazando puentes entre el espiritualismo y la ciencia, señalaba el papel que aquel libro jugó de cara a normalizar el respeto crítico hacia la vivencia de lo religioso, hasta conseguir su aceptación, no como un rastro de primitivismo ni como manifestación neurótica, sino como un fenómeno clásico de la personalidad que reclamaba para sí una específica “ciencia de las religiones”. Hoy, en cambio, como muestra el libro reciente de Fritz Eric Hoevels (al que no auguro similar trascendencia ni mucho menos), vuelve el empeño en reducir la religión a simple “delirio colectivo”. Un delirio apuntalado de una parte por el pragmatismo tradicional de la “voluntad de creer” pero lastrado de otra por una galopante tendencia cientificista que ni siquiera –como en el caso presente—se impone a sí misma una mínima exigencia de rigor. Casi todo lo que cuenta Brown en el “Código” es puro camelo, rutinas de la cultura contemporánea. La mediocridad del temario elegido por Brown –¡que ni viejísimas, fantasías de tres al cuarto, pero ahí está el resultado. No hay que infravalorar un camelo capaz de armar, permítanme la expresión añeja, la de Dios es Cristo.

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Para lo que sí ha de servir esta experiencia es para confirmar el rasgo fatalmente trivial siquiera es original!–, la falsificación expeditiva de las “pruebas” empleadas o la vejez de sus leyendas, no constituyen obstáculo para su éxito de masas: la gente, así, en general, no sólo no rechaza sino que se pirra por propuestas extravagantes con tal de que junten a su fácil digestión mental el atractivo de contradecir antiguas creencias probablemente perjudicadas por su propia tradición. Hay un abismo entre el mito revolucionario de la Resurrección y el folletín post-romántico de las bodas de Cristo, no hay color entre el concepto “apostólico” de Magdalena y la reducción de su papel teológico al novelero de novia del profeta. ¿Y qué? La gente que flipa con el “Código” es la misma que niega la llegada del hombre a la luna, sostiene que Hitler vive oculto en el Chaco o cree a pies juntilla que las pirámides faraónicas fueron obra extraterrestre. Hay que darle gusto al cuerpo, y eso no se despacha en las facultades de Teología… ni en las de Historia. Nuestro tiempo es una era banal, eso es todo. Y por eso mismo carece de sentido el sofocón de la Iglesia y el comején que se trae el Opus con el novelón y la película. Consideren cuántos de estos entusiastas conocerían el Evangelio, cuántos se habrían detenido ante un cuadro de Leonardo y qué coños podría importarle a su inmensa mayoría la historia de un priorato espurio. Pero tampoco es cosa de esperar que lean a James como no lo hubiera leído santa Teresa. La Iglesia entra siempre al trapo, no falla. De eso viven los Dan Brown y desde hoy también los Ron Howard.

Promotoras y partidos

Dice el Partido Popular que la obra del hotel de El Algarrobico que finalmente un Chaves caído del caballo verde ha decidido derribar, “fue avalada, amparada y promovida por el PSOE” y que la ley de Costas se ha estado infringiendo durante años “delante de las narices” del propio presidente. Ya se verá en qué termina el lío del hotel que, a lo peor, no es sino el cabo de un ovillo más escondido, pero hay que recordar que esta historia de los proyectos y macroproyectos inmobiliarios promovidos por el partido en el poder o sus dirigentes más destacados no es nueva ni mucho menos. El mismísimo Chaves hubo de parar el que en Punta Umbría patrocinaba el secretario provincial del partido, un proyecto que incluía igualmente la circunstancia de ir sobre un suelo no urbanizable, por oponerse a la cual fue pasaportado a su casa el entonces delegado provincial de Medio Ambiente. Hace bien Anticorrupción proponiendo una oficina en Sevilla. Aunque haría mejor abriendo una por provincia y a ver qué pasaba.

Como lobos

Una vez más en el Pleno de Beas: a la primera, subida de sueldos de los mandamases. Como si hubiera habido que ir a buscarlos a la General Motors, como su tuvieran tras de sí títulos y experiencias de lo más exclusivo. Sin cortarse un pelo por unir a su condición de tránsfugas la de logreros. La actitud el PP, intolerable a poco que se recuerde sus justos plantos contra esta suerte de filibusterismo político. La del PSOE diciendo que le parece “obsceno” el chanchullo olvidado de que lo mismo hicieron, con su aplauso, “sus” filibusteros de Gibraleón. Y la gente de la calle, el hombre de a pie, el que el mes que viene pagará sus impuestos cabreado pero sumiso, cada día más habituada a este espectáculo de la desvergüenza. ¿Se suben los jueces, los peones o los ingenieros sus sueldos por su cuenta? No, ésa es sólo prerrogativa reservada, curiosamente, a este personal al que nadie controla. La política se ha convertido en un negocio para muchos. Pero no le pidan cuentas a ellos sino a los partidos que se lo consienten, ellos sabrán, en cada caso, por qué.

El palmar chino

Es noticia frecuente estos días la “guerra de los obispos” desatada en la China post-comunista. Se trata de la reacción, no poco lógica, de aquel enigmático régimen que crece a un ritmo fabuloso aunque sienta crujir los cimientos bajo sus pies, a la iniciativa papal de acelerar el proyecto wojtiliano de evangelización de aquel enorme país en el que masas crecientes de ciudadanos descolgados del milagro económico se abalanzan sobre iglesias y sectas en busca de la última esperanza. El estopín de la guerra parece que ha sido la concesión del capelo cardenalicio al obispo de Hong Kong, el discutido moseñor Zen, azote implacable de la China continental y sus peculiares métodos de control social, ascenso que el Gobierno y el Partido o viceversa han interpretado como un signo hostil que habría anulado de un plumazo, y nunca mejor dicho, la larga tarea diplomática que no es ningún secreto que se desarrolló bajo el anterior pontificado. La reacción del poder chino, muy lejano ya de los planteamientos maoístas, no ha consistido esta vez en el enfrentamiento y la exclusión de la nueva fe sino en repetir la lejana jugada de Enrique VIII consistente en el establecimiento de una “Iglesia patriótica” en la que la designación de los pastores deja de ser competencia o privilegio de Roma, incluso materia negociable entre las “dos espadas”, como diría el papa Gelasio, para pasar a integrarse lisa y llanamente en el repertorio de competencias políticas del Estado. Los obispos los nombra ahora Beijing y no Roma y las consagraciones las lleva a cabo sus obispos auténticos, según el acreditado modelo puesto en práctica con tanto éxito por el antipapa Clemente en la Iglesia de El Palmar, a su vez mera réplica cutre pero eficaz de las experiencias ortodoxas y, en especial, del patriarcado colaboracionista consentido por el propio Stalin. Hay tiros que salen por la culata y ése de enviar la púrpura a Hong Kong le ha reventado bruscamente a Benedicto XVI. La verdad es que también había que ser lila para esperar que los chinos se quedaran de brazos cruzados tras aquella provocación.

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La Iglesia romana sabe que es en estos hormigueros “en desarrollo” donde permanece agazapado su futuro estadístico. En China, por ejemplo, se cuentan en este momento trece millones de católicos que se disputan la fe de las masas empobrecidas del interior campesino y del suburbio urbano en feroz competición con otras iglesias y sectas de rápido crecimiento. El viaje del papa anterior a Brasil puso de manifiesto tanto la vitalidad de las sectas cristianas como el resurgir de los cultos aborígenes, lo mismo que el que realizó a México descubrió el vigor actual de las devociones sincréticas y de los cultos paganos. También el patriarcado ruso se resiste a un acercamiento del que siempre han recelado los “hermanos separados” y se aleja cada día más, según los observadores, de las posiciones transigentes conseguidas en tiempo y por expreso empeño de Juan Pablo II. En todo caso, el experimento chino –una “iglesia patriótica” vinculada con fuerza al omnipresente partido comunista—cierra una puerta importante a la estrategia romana de una evangelización compensatoria de las vertiginosas secularizaciones registradas en el mundo avanzado. La historia es vieja. Cuando Clemente apareció por Sevilla luciendo su ropa talar el cardenal Bueno Monreal le echó encima a la Guardia Civil pero sólo justo el tiempo imprescindible para percatarse de que la opción de encarcelar a un majareta que, eso sí, era al cabo un obispo consagrado, implicaba más riesgos que ventajas. No es una casualidad que una de las primeras providencias del papa reinante haya sido tender la mano a los cismáticos integristas de monseñor Lefèvbre. Lo que no se comprende es la pifia de Hong Kong. Amenazar “a un león con un mal palo”, como decía ‘don Juan’, nunca resultó razonable fuera quien fuera el domador.

La agenda del capo

No entiendo el sofoco de algunos al comprobar que en la agenda del ahora encarcelado capo del Ayuntamiento marbellí, el de los tesoros y las jirafas disecadas, figuraran los teléfonos de personajes destacados de la política y de todos los ámbitos sociales. Ya me dirán qué esperaban encontrar en ella, y sobre todo, ya me dirán qué se imaginan ellos que ocurriría si por ventura se mirara con lupa la que llevaba en el bolsillo Jesús Gil y las que han llevado y llevan en los suyos respectivos tantos capos y mafiosos como andan por ahí sueltos. La connivencia entre el agio y el poder es una cosa tan manifiesta que resulta ingenuo destacar éste o aquel nombre para simbolizarla o ponerla en evidencia. En esa misma agenda de Roca, aparte de los reconocidos y publicados, debe de haber teléfonos que sus propietarios darían media vida por borrar. De la derecha, de la izquierda, del centro, de arriba y de abajo, del Este y del Oeste. El mundo del negocio es único. El del negocio sucio, un verdadero pañuelo.

Las cosas como son

Ha declarado a este diario el decano de los abogados, Juan José Domínguez, uno de los onubenses con más procesión exterior del momento, que en el tema de la Ciudad de la Justicia que se iba a hacer y ya no se hace, vendrían a tener la culpa repartida entre la Junta y el Ayuntamiento, estoe s entre el PSOE y el PP, que no habrían acabado de ponerse de acuerdo en perjuicio final de los onubenses. Hombre, querido Decano, tampoco es eso, por su Señoría sabe de sobra que la Ciudad estuvo comprometida sin condiciones por la Junta y que si la consejería se ha echado atrás ahora no es ni más ni menos porque, en tanto no se despeje la incógnita municipal, no está dispuesta a arrirmar un duro que pueda beneficiar colateralmente al Superalcalde. ¿O no sabe que el Ayuntamiento ofreció ya solar, que la Junta aprobó primero una Ciudad, luego una adecuación del edificio frontero (la antigua delega de Educación) y, finalmente, nada de nada? La imparcialidad exige mucho, Decano, empezando por darle a la razón a una parte cuando la lleva.