Dinero y política

Ha dicho la voz de las Cámaras de Comercio que sería una locura el hecho de que, fracasada la negociación pre-parlamentaria, la Junta tuviera que recurrir a una nueva convocatoria de elecciones que es, sin embargo, lo que, pasado el plazo legal, dispone el Estatuto. ¿Por qué se meterán a teóricos los legos cuando legos son? Y ha añadido que en los pasados comicios “ha habido un partido ganador que tiene derecho a formar gobierno”, algo que a los camaristas no se les ocurrió alegar cuando el que ganó –y con bastante más escaños– fue el PP de Javier Arenas. Zapatero a tus zapatos, aunque la coba sea gratis.

El pobre interventor

Indignado e imputado, que tiene guasa, el ex-Interventor jefe de la Junta, Manuel Gómez, se ha rebelado como una furia y le ha pedido al Tribunal Supremo que, ya que oye con paciencia la sarta de obviedades y absurdos que le están contando los ex-Presidentes, lo cite a él también que es, en realidad, el único que se sabe la cuenta y puede enseñar el pie. Es más, ha llegado incluso a calificar a Griñán y a Chaves de “indignos e indecentes” aparte de asegurar que se siente “avergonzado de ser andaluz” hasta el punto de que si fuera legalmente posible pediría su desnaturalización. Ni más ni menos estupefacto que cualquier andaluz con sentido común, a Manuel Gómez le saca de quicio que los responsables supremos del saqueo que aquí se ha producido aparezcan en escena “embozados en un inicuo aforamiento” para declarar ante la Justicia “un cúmulo de invenciones” tratando de esquivar sus responsabilidades con el mísero expediente de culpar a “los de abajo”. Patético, como dicen ahora los niños, pero no me digan que, le hagan caso o no se lo hagan, ese probo funcionario no lleva más razón que un santo en cabrearse cuando oye decir a los barandas que si recibieron sus advertencias de ilegalidad ni siquiera las leyeron. Un Interventor de los de antes era una cosa muy seria,y casos hemos conocido en que –por velar por la legalidad del gasto, que es su función– hasta ministros ha habido que tuvieron que echarle la mano por el lomo con tal de no chocar con su figura.

El “régimen” autonómico ha logrado, como se ve, ningunearlos y eso es natural que indigne a un funcionario que, además, es una autoridad. Por eso reclama el nuestro personarse en el Supremo para instruir al juez –con mejor conocimiento de causa que nadie—sobre las circunstancias en que aquí se ha guisado esa olla podrida con cuyo coste –se habla en los sumarios de más de 800 millones de euros– casi se podría sacar a la comunidad de su lamentable postración. Por el fuero, más que por el huevo, sin duda, porque de sobra sabe el interventor Gómez que lo más probable es que, tanto los que se han llevado el manso como los que lo han consentido, salgan del apuro más o menos de rositas. ¡Qué vergüenza, ver a dos presidentes y medio gobierno en el banquillo! Menos mal que los parados andaluces, cuyos presupuestos de ayuda se han fumado estos famosos, no saben lo que sabe el Interventor. Si lo supieran, los actuales “antisistema” iban a ser una broma al lado de esa legión.

La primera batalla

Se inicia hoy la legislatura al constituirse –no se sabe bien ni cómo un cuándo—el Parlamento autonómico. Y hacen mal los partidos emergentes si mantienen su decisión de no intervenir en el proceso constitutivo, no sólo porque con ello no hacen otra cosa que apuntalar a la “casta”, sino porque esa inhibición es en sí misma extravagante. El PSOE, a pesar de encontrarse en la peor situación de su vida, pretende controlarlo casi todo, relegando al PP –el espíritu del Tinell sobrevuela siempre sobre este país—a una posición ínfima, cosa que sólo podrá lograr con la complicidad activa o pasiva de las otras fuerzas parlamentarias. Un primer test para un Parlamento por una vez plural de verdad.

Crimen casi perfecto

Al cabo de seis angustiosos años la Justicia ha cerrado, al fin, el procedimiento seguido a los más que presuntos homicidas de Marta del Castillo. Un crimen casi perfecto en medio de un panorama criminal desolador en cuya crónica figuran con letras de luto, entre otros muchos, nombres como Sandra Palo, las tres niñas de Alcácer, Rocío Wanninkhof o Sonia Carabantes, víctimas, casi todas adolescentes, de una crueldad inimaginable que no siempre ha quedado al descubierto. Se entiende la obsesión de los padres afectados, la inagotable esperanza de unos deudos que se agarran al más mínimo indicio para que no desfallezca la atención judicial o la que le dedican –en este caso, hay que decir que incansablemente—las fuerzas de seguridad. ¡Sí existe el crimen perfecto, vaya si existe! Lo otro, lo de que no existe criminal impune, no es más que una leyenda entre piadosa y corporativa a la que se aferra la credulidad de la opinión para reforzar la integración social. Pero algo falla, además, en estas sociedades de las que “desaparecen” sin dejar rastro cientos de jóvenes cada año, son posibles fracasos tan lamentables como el que confundió al asesino de Wannikhof con una inocente o como el que ha traído y llevado de aquí para allá a la policía, como pandero de brujas, a capricho de un niñato sin mayor fundamento y sus cómplices, haciéndola ahora dragar un río, luego escudriñar un basural, más tarde desplazando la búsqueda a otros emplazamientos sin que nadie –ni el juez, ni la policía—hayan explicado nunca por qué se hacía caso a ese malevo sin duda instruido convenientemente en las martingalas procesales.

No hay garantismo que justifique el pitorreo que se han traído los autores materiales confirmados del asesinato de Marta, ni razón capaz de explicar la actitud de unos investigadores abiertos, al parecer sin límites, a las ocurrencias –tan costosas, todo hay que decirlo—del delincuente principal y de los subsidiarios. Y lo peor no es el alto coste humano y económico de esta evidente obstrucción a la Justicia sino el hecho desconcertante de que semejante asesino ha de quedar en libertad a no tardar y volver, como ya volvieron otros cómplices suyos, a constituirse en un peligro público. Mientras no revelaran los datos básicos de su crimen o no devolvieran los dineros robados, la prisión permanente debería ser, en buena lógica, el destino de esos malhechores a los que sus delitos les salen tirados cuando no gratis.

Tamaño del fraude

En su comparecencia de ayer ante el Supremo, imputado por presuntos delitos de prevaricación y malversación de fondos públicos, se le notó a Chaves incómodo con la confesión de Griñán de que, si bien en la Junta no había habido un “plan”, lo que si había habido era “un gran fraude”. Chaves, más precavido y obvio, dijo que si ha habido o no delitos (perpetrados por “segundones”, se entiende) y si el fraude en cuestión era grande o pequeño, quien lo tenía que decidir era el juez. No cabe duda de que la pirueta de Griñán ha puesto de los nervios a más de uno y, desde luego, a este predecible Chaves que sostiene que nunca, pero que nunca, hubo en su Junta una sola ilegalidad en un negocio como el de los ERE que tuvo, según él, “efectos tan positivos para los trabajadores”. No, si al final va a haber que darle una medalla…

El Cuba libre

A mi generación, la odisea cubana la pilló en plena adolescencia o saliendo de ella. Nos llegaban rumores lejanos en nuestros tamizados periódicos, imágenes de una insurgencia guerrillera que hizo de la barba un emblema y de la ambigüedad un prodigio. El corresponsal de “Pueblo” entrevistaba a Fidel en Sierra Maestra y éste le descubría en su biblioteca de campaña –creo que ya lo he contado aquí en otra ocasión– los Evangelios y las obras completas de Primo de Rivera, sus libros de cabecera. Luego nos llegaban noticias, el complot de Castro en México, el apoyo la de la CIA, el fracaso de la invasión proyectada, la leyenda de “los 20” Sierra Maestra, la famosa entrevista de Castro en el New York Times, hasta la falsa nueva de la muerte de Fidel que Batista hizo circular y, por fin, la entrada triunfal en La Habana en el Año Nuevo del 56. Lo que ocurrió luego –desde la purga revolucionaria hasta el abandono de los EEUU—queda ya entrillado entre el mito y la realidad, una larga crónica llena de desencuentros y amenizada por héroes que, finalmente, se vería en la precisión de echarse en los brazos abiertos de los soviéticos para convertirse ingenuamente en una especie de colonia-base rusa a un tiro de piedra de Florida. Un pueblo destruido por el abuso dictatorial aceptó, desde un fuerte acento romántico, la dictadura no poco ingenua de las expropiaciones y los repartos, el líder carismático y la enemiga americana. “Un marino americano/ me quiso dar con la mano/ en el bodegón del puelto./ Pero allí se quedó muelto/ el marino americano que/ en el bodegón del puelto/ me quiso dal con la mano”, escribía incendiario Nicolás Guillén.

Mucha agua pasó luego bajo el puente de los años. La ruina absoluta de la isla, el abandono soviético, el boicot inacabable, la perversión del “régimen” que nos devolvía a la realidad –incluso a los incondicionales—cuando, sobre el terreo comprobábamos, la realidad de la miseria y la burda mentira del “Tropicana”. Cien veces trataron de eliminar a Castro, cien veces fracasaron, pero ahora un apretón de mano recorre la actualidad como señal incontestable de un nuevo tiempo, del fin de una era que habrá de reanudar la Historia en el punto en que se dejó sólo que esta vez contando con un pueblo rescatado tanto de la ignorancia como de la fantasía. Obama no es Bush ni Raúl Castro es Fidel. Nosotros, los de entonces, como diría Neruda, tampoco somos ya los mismos.