El gasto sanitario

De nuevo se temen problemas de atención sanitaria graves durante el verano. Se cierran camas, las vacaciones diezman los equipos sin que la Junta los sustituya las vacantes pero, según parece, el problema está también en que nuestra comunidad autónoma es una de las que menos dinero destina al gasto sanitario. Lo han denunciado los sindicatos profesionales desde dentro, explicando que mientras la media nacional es de 1.208 euros por habitante, la andaluza no alcanza más que a 1.044. Nuestro “buen sistema” (que lo es en muchos sentidos) presenta, sin embargo, vastas y viejas llagas jamás tratadas con decisión y que, en ocasiones, lo convierten en intolerable.

El silencio griego

Cuentan los corresponsales que en las calles de Atenas se hizo el domingo un silencio abrumador. Así como en el mundo cristiano se decía para ilustrar un silencio que había pasado un ángel, los griegos decían cuando el parloteo cesaba de repente que era Hermes (Mercurio, si prefieren) quien pasaba. Hermes : nadie podía verlo porque al llevar el casco de Hades se volvía invisible, nadie podía alcanzarlo porque llevaba las sandalias aladas que abolen toda distancia, y nadie podía competir con él porque con su varita mágica todo lo trastornaba y todo lo podía. El dios tenía que contenerse, eso sí, dentro de unos límites discretos porque si los traspasaba e invadía el orden con el exceso –es decir, si cayera en la “hybris”—habría roto el orden divino, algo impensable. Cuando los dioses querían castigar a los hombres les enviaban esa “hybris” que los desquiciaba hasta la ruina de la que no se libró ni Prometeo. Cuentan que el domingo las calles y plazas de Atenas enmudecieron como si el dios alado no acabara nunca de pasar, pero la realidad era que éste había perdido su varita y acababa de cerrar los cajeros, incapaz de mantener por más tiempo la comedia de la negociación con unos “prestamistas” –ojo, que Tsipras no dice acreedores, sino prestamistas—que, por su parte, acababan de darle el ultimátum. Fue mucho más fácil ganar unas elecciones encaramándose a la montaña de detritus psíquico generada por la crisis, que cuadrar la caja y reordenar al caos.

Europa no quiere encerrar a los griegos en un “corralito” que a nadie conviene ni los demagogos de Syriza confesar que los dados con que tangaron a los electores estaban “cargados”. Y ahí andan, éstos clamando contra la usura en plan shakespeariano, aquellos fieles a la clave mercantil de que lo que se debe, se paga. Los griegos han amasado esta tragedia durante decenios de trampeo y corrupción, y una vez demostrado que lo de la varita mágica era un cuento, quieren hacer ahora borrón y cuenta nueva. ¡Ah, los “prestamistas”, la mala fama de los Euclión, los Shylock, los Harpagón! La demagogia –otro invento griego—supo siempre cómo seducir al pobre con la literatura del avaro y cómo engatusarlo con la promesa de los duros a dos pesetas. Pero Syriza, como Podemos, no son un dios con un caduceo mágico sino simples subproductos de la crisis. Unos antes que otros, todos sus votantes parece que andan descubriéndolo cuando las cosas tienen ya mal arreglo.

¡Sí se puede!

Me dice un togado que el trabajo de la juez Alaya ha sido ímprobo, que tal vez sólo alguien de su mismo molde podría demostrar, contra viento y marea, que enfrentarse al Poder arbitrario o delincuente es posible en una democracia. ¡Sí se puede! Incluso si su sucesora, como auguran los maliciosos, tratara de desmontar su complejo tinglado dialéctico, lo ya hecho prueba que el poder de la Justicia tiene mucho que ver con la voluntad del magistrado. Después de Alaya no cabe seguir negando la corrupción que aquí ha sido la norma. Todos los impedimentos imaginables, incluido el consejero-fiscal, no han podido evitar esta conquista democrática.

¡Que desastre!

Cuando Chaves se bajó a este moro forzado por González, algunos saludamos su venida como remedio –y eso está en la hemeroteca–al decaimiento provocado en la gestión de Borbolla por el boicot implacable de Guerra. Poco nos duró, sin embargo, el arrobo, pues ya en su primera comparecencia, el “presidente a la fuerza” recibió a la prensa encaramado a un estrado al que separaba de la canallesca un elocuente cordón rojo. A Griñán lo conocíamos más, al menos algunos, desde sus tiempos de “vice”, cuando trataba de suplantar a su propio consejero, y luego, tras su sorprendente salto al Gobierno de González –nunca acepté la descortesía de mi periódico llamándole “Un tal Griñán…”– , todavía le saludamos algunos como “ministro favorito”, del mismo modo que cuando se alzó en la presidencia de la Junta –y vuelvo a remitir a la hemeroteca– lo acogimos como la “esperanza blanca” de un “régimen” ya a la deriva. Luego todo ha discurrido cuesta abajo, rodeada la autonomía de su cordón de “clientes” en medio de una escandalera incesante, a la que El Mundo contribuyó durante años, muy a pesar suyo, con su indeclinable deber de información. Andalucía ha sido el Puerto de Arrebatacapas durante este decenio, y Chaves y Griñán han permitido y utilizado sin escrúpulo el disparate de la corrupción masiva como exoesqueleto de su hegemonía financiada. Nunca esta democracia había conocido un escándalo mayor: dos Presidentes de la Junta y del PSOE, y no menos de siete consejeros y cientos de imputados suponen una carga que ningún partido puede soportar.

Da pena contemplar el mutis por el foro que hicieron esos vapuleados por el Tribunal Supremo tanto como sulfura comprobar el descrédito que han legado a esta Andalucía de perfiles cervantinos que ahora se pregunta qué va a ocurrir con la fortuna malversada, pues si se confirma la sospecha generalizada de que no será devuelta jamás, los causantes últimos del saqueo deberían ser expuestos en la picota y los penúltimos, penitenciados en la cárcel. ¡Qué pena, de verdad, comprobar que hemos sido los costaleros de esta vergüenza que nos convierte en el pueblo más babieca (o más pícaro) de España! Ahora conocerá Chaves el injusto y amargo sabor que produce el mismo banquillo que él utilizó para amordazar a los periodistas, y Griñán, tal vez, lo inútil que resulta la soberbia y el engreimiento. Andalucía ha tenido mala suerte con sus responsables. Y eso, evidentemente, no debe ni puede quedarse así.

El deseo y la realidad

La hermosa plaza de Sintagma, en Atenas, se ha visto abarrotada de partidarios de Syriza –el Podemos griego—al enterarse de que, mientras las Bolsas europeas se disparaban, sus implacables dirigentes entregaban la cuchara en Bruselas. La causa era que, más allá del sincorbatismo, los Tsipras y los Varoufakis han cedido al aceptar un ajuste de 8.000 millones, una rebaja de las pensiones exceptuadas las mínimas, una severa limitación del superávit, y la promesa de no despedir –de momento—a más trabajadores públicos además de limitar la edad de las jubilaciones. Adiós al sueño, en fin, esto es lo que hay, porque una cosa es prometer la utopía y otra, muy lógica, no encontrarla, fin de la ilusión de los duros a dos pesetas y de los perros atados con longaniza. La Unión Europea se ha mostrado inflexible, no sólo por el riesgo que entraña dejar al extremismo campar por sus respetos, sino ante la experiencia del desastre griego anterior a esta situación, tal vez la situación social más corrompida del continente. Alguien ha dicho estos días que no basta la austeridad para resolver la cuestión griega sino todo un cambio de mentalidad y un severo ejercicio de disciplina social, mientras nada menos que Habermas critica la dureza de la situación y clama porque la UE sea, al fin, algo más que una unión monetaria. Quienes clamaban en la plaza Sintagma eran esta vez los propios adeptos de Syriza, sorprendidos al comprobar lo poco que tiene que ver la realidad con el deseo.
Los partidos de la “casta” han tenido por norma no cumplir con sus promesas electorales, pero tal vez esa licencia no valga para quienes han arrasado en las urnas prometiendo lo incumplible para acabar estrellándose contra el sólido muro de la racionalidad liberal de los “castizos”. La demagogia resulta útil para agitar pero de poco sirve llegada la hora de la gobernación, sencillamente porque no tiene encaje posible en el esqueleto inquebrantable del Sistema. Tsipras o Iglesias ganan –sobre el paisaje desastroso de la crisis– porque ilusionan a los lastimados y a los ingenuos con promesas inviables, pero hemos de ver en qué poco tiempo habrán de doblegarse ante la tiranía de los presupuestos que es el recurso de las democracias frente a los prestidigitadores de la política. O la integración o la quiebra. Ese duro dilema desafía hoy a una “revolución” que pretende ingenuamente integrarse en el sistema de libertades.

Pedrada al “Régimen”

Las dimisiones fulmíneas de Chaves y Griñán, además de la de sus ex-consejeros cierran un capítulo y abren una grave perspectiva al “régimen” autonómico andaluz. Alguien tendrá que explicar desde el PSOE –tan severo siempre con “los otros”—que ha ocurrido en Andalucía durante este decenio negro para que, no ya un Juzgado, sino el Supremo ponga en el escaparate a su plana mayor, algo inédito hasta ahora en nuestra democracia. Se podrá frenar la investigación, parcelar el trabajo de la juez Alaya o salir por peteneras, pero lo que resulta evidente es que este “overbooking” de máximos responsables en el banquillo exige explicar, sin más excusas, qué ha ocurrido aquí.