Hacer caja

A la vista de las condonaciones pasadas y presentes con que la exigente banca que esquila al ciudadano de a pie gratifica a los partidos e incluso a los políticos, tendríamos que preguntarnos cómo será la película una vez que Chaves consiga, manteniendo el régimen actual de control partidista de sus órganos de gestión, hacer de todas las Cajas andaluzas solamente una, grande y libre. No puede haber argumento para proponer unificar todo el sistema financiero regional y supeditarlo, en la práctica, al poder omnímodo de un solo hombre, el presidente de la Junta, que poniendo y quitando presidentes, tendrá en su mano alzarse con el santo y la limosna. Juntar la decisión económica al poder político es una temeridad que aceptamos como normal hace años y que Chaves se propone rematar ahora de una vez por todas, quizá por aquello de que más vale una vez colorado que ciento amarillo.

Pintar como querer

 

Las mujeres del PSOE se han arremolinado, en plan aristofánico, en torno a la candidata Parralo, la desconocida con que le han dado pasaporte a Pepe Juan. Petronila Guerrero, pasado perfecto, dice que representa “el cambio y el futuro” y la sitúa en una Huelva como la de hoy “paralizada y falta de ilusión” (¡¡¡); Cinta Castillo, futuro imperfecto, sostiene que peor que ella lo tiene el Superalcalde por “no ser un referente social” y carecer de “política de viviendas sociales o planes de igualdad entre los sexos”. Jo, qué tropa. El secretario regional del PP dice, por su lado, que “Chaves llevaba meses buscando a alguien que quisiera venir de candidato a Huelva pero que nadie quería venir”. Y desde dentro del partido se habla con desconfianza y hasta disgusto del “socialismo pijo”, supercoches, superviviendas, superintereses económicos y hasta abrigos de visión perdidos, vaya mala suerte. Haya paz, que si algo sobra es tiempo. Parralo lo va a necesitar, de momento, para que la gente sepa por lo menos reconocerla. Luego para contrarrestar esas acusaciones tan incómodas como ciertas. Personalmente creo que a Perico, hombre de suerte, ha vuelto a caerle el gordo.

El castor osado

Han sido espectaculares las imágenes de la voladura controlada de la enorme defensa que retenía las aguas ante la presa de las Tres Gargantas, ese proyecto que el faraonismo chino ha sacado adelante contra viento y marea en la cuenca del inacabable río Yangtze y que va a revolucionar de modo radical la economía china. Una presa de seiscientos metros de larga por ocho de ancha y ciento cuarenta de alta, de la que se habla ya como la segunda Muralla China, dicen que podrían aportar al enigmático pero fulgurante desarrollo de aquel país el viejo sueño de Mao –la energía que nunca tuvo—planteando una transformación de imprevisible alcance. Hay en el aire, por supuesto, un grave concierto de protestas que gimen por el daño ecológico, tal vez irreparable, que semejante cambio en el paisaje natural podría comportar, pero la determinación de la dictadura postcomunista no ha cedido un solo paso en esta porfía y esta semana se ha dado fin al proyecto con un año de antelación. Ahora sólo queda esperar una generación para ver qué da de sí la obra, pero parece evidente que a un ritmo incluso superior al 10 por ciento de crecimiento anual como el de los chinos, cuando nuestros hijos y nietos se miren en ese lejano espejo van a ver un espectáculo hoy inimaginable. Mientras tanto en Venecia se plantean eliminar la avanzada construcción del gigantesco complejo de casi ochenta diques inflables y flotantes diseñados para proteger la ciudad de su eterno enemigo, el agua del Adriático, a base de clausurar las bocas del Lido, Malamocco y Chiogia, porque dice la izquierda municipal –Venecia tiene un alcalde filósofo y eso tiene sus ventajas pero también sus costes, qué duda cabe—que no está nada clara la proporcionalidad del coste ni el impacto ambiental que “Moisés” –que así se llama el proyecto– podría acabar produciendo. Hay mucho veneciano que recuerda aún crecidas como la que a mediados de los 60 sumergió San Marcos y el centro urbano bajo un metro de agua, pero la gran prensa británica empieza a sugerir que acaso no resulte posible enmendarle la plana a la Madre Naturaleza en estos términos y ‘Times’ ha llegado a decir esta semana que tal vez valiera más ir pensando en dejar que la ciudad se hundiera abandonada a sí misma como en un teatral ejercicio de colosal eutanasia. No sé qué diría Byron si viera su Laguna gestionada por un ordenador, pero él nunca supo que, mientras nadaba por sus canales nocturnos, la ciudad se hundía a razón de medio metro al siglo.

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La desmesura humana es el problema, la tendencia a lo gigantesco y descomunal sobre la que un sabio como René Dumond –tan olvidado en tan poco tiempo– ironizaba amargamente hace varias décadas diciendo que la única esperanza para la salvación de la vida en el planeta era la definitiva extinción de la Humanidad. Incluso en la escala china, que conviene no perder de vista, represar agua en una extensión equivalente a la provincia de Toledo constituye un desafío no poco temerario a los equilibrios naturales. No menos arrojado, por supuesto, que el que supone el entreguismo de ese periódico al proponer, como salida desesperada, la renuncia a salvar la ciudad acosada por las mareas o la izquierda municipal con su propósito de congelar el proyecto. Quizá lo que Dumond quería significar era que carecemos, como especie, de ese elemental sentido de la medida que ya nuestros ancestros demostraron enfrascándose en obras que hoy mismo ignoramos cómo pudieron lograrse, una carencia improbable en el plano del instinto en que el castor arquitecto, sobre el que tanto han fantaseado bestiarios y zoologías, no se pasa nunca ni se queda corto. Recuerdo haber oído decir a don Julio Caro Baroja que el mito de Babel encerraba una profunda lección de psicología más tramada como propedéutica del futuro que como evocación del pasado. El espectáculo de la voladura me ha puesto por delante esa intuición crucial que tal vez nunca hemos entendido.

Más vigas, más pajas

Para el presidente de la Junta y del PSOE, Manuel Chaves, que un consejero como Plata sea a la vez candidato a la alcaldía de Marbella resulta “compatible, legal y ético”. Que no falte de nada. Mas para la ministra de Fomento y hasta hace poco consejera regional, Magdalena Álvarez, eso mismo, pero aplicado al adversario (a saber, el caso de una concejala del PP candidata a la presidencia de Castilla-La Mancha), constituye una aberración dialéctica, algo intelorable en política. Ni siquiera caen en la cuenta de que lo que diferencia ambos casos y confiere gravedad al caso del consejero/candidato Paulino Plata es que, a diferencia de la castellana, éste tiene a su disposición para gastarse como mejor le acomode y, eventualmente, para financiar su larga campaña, un grueso presupuesto público. El uso sistemático de las dos varas de medir se está convirtiendo en un escándalo imparable en este país demediado que prescinde de hecho de cualquier imperativo moral que no sea el interés propio.

Vaya sorpresa

Se acabó el misterio: Manuela Parralo cogerá el testigo de Pepe Juan en la oposición al Superalcalde. La decisión supone un reconocimiento explícito del fracaso de la anterior estrategia y, en cierta medida, también una huida hacia delante. La resistencia del consejero Saldaña a esa candidatura da una idea clara de lo oscuras que se ven las cosas desde un partido que, ciertamente, tampoco es que ande sobrado de relevos posibles, por lo que Parralo tendrá que luchar a cara de perra con la experiencia y el efecto de la actual “rodrimanía”, animada por el engañoso –absolutamente engañoso—pronóstico desfavorable al veterano alcalde y tal vez también por una hipervaloración del “efecto mujer” en la decisión electoral. Esa candidata es no poco forastera en Huelva, tiene vinculaciones familiares fuertes con la construcción (¿no le decían eso, en su día, a Rodríguez?) y ya fracasó como “segunda” en la anterior candidatura. No cabe duda, en consecuencia, de que no es que el PSOE haya estado dudando, sino que no tenía claro ni fácil a quien poner en ese arriesgado cartel.

El hombre comestible

 

Una noticia atroz, pronto desmentida por nuestra pulcra policía de costumbres, ensombreció estos días atrás la crónica de la tragedia acaecida en la isla indonesia de Java: un hombre muerto habría sido devorado por la turba en un ominoso festín provocado por el hambre extrema a que ha dado lugar la desolación posterior al tremendo terremoto. Leyendo la noticia he recordado que ya Juvenal contaba en una de sus ‘Sátiras” historias de pueblos necrófagos entre los que, dichos sea de paso, incluía a los vascones, por aquel entonces acosados por las implacables legiones romanas. Y como otros tantos comentaristas del canibalismo, Juvenal distinguía con claridad entre ese crimen nefando practicado por pueblos sin entrañas, y la antropofagia obligada por las circunstancias excepcionales a la que creía justo aplicarle la eximente que nosotros conocemos como “estado de necesidad”. Pero la realidad, como demuestra este último incidente, es que el canibalismo ha estado siempre ahí, instalado con comodidad en el subconsciente colectivo, y se resiste a ser borrado de la memoria de la especie, como una marca antigua impresa en las anfractuosidades del cerebro reptiliano que llevamos oculto. En las recientes guerras africanas parece que también hubo mucho antropófago, como los hubo, allá por los 60, en los calveros de la selva vietnamita o camboyana donde los fotógrafos de guerra retrataban soldados exhibiendo cabezas cercenadas o festivos banquetes en que la tropa daba cuenta de algún hígado arrancado al enemigo que la prensa occidental reproducía para enfatizar los horrores de la guerra. Los cercados de Leningrado o esos célebres supervientes del avión de los Andes que andan paseando su circo macabro de televisión en televisión, se zamparon a sus semejantes para sobrevivir ni más ni menos que como se comieron a los suyos las víctimas sertorianas de Pompeyo durante el asedio de la Calahorra hispánica que es, sin duda, el episodio al que se refiere nuestro satírico, aunque Voltaire se equivoque, a mi entender, con el sitio de Sagunto. Perro no come carne de perro: es una injusticia sugerir, incluso como broma, que ‘caníbal’ derive etimológicamente de ‘can’.

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En uno de los artículos de su delicioso “Diccionario Filosófico”, escribió el propio Voltaire con ironía sobre el canibalismo — “Nos hemos ocupado ya del amor; y ahora, con una dura transición, pasaremos de los seres que se besan a los seres que se comen unos a otros”—antes de pasar a contarnos cómo, en una ocasión, una salvaje capturada en Mississippi le explicó en Fontainebleau, con la mayor naturalidad del mundo, las razones con que justificaba su experiencia de antropófaga. Nuestra información sobre la antropofagia ha variado mucho con el tiempo y hoy sabemos por los antropólogos que ese hábito congénito de la Humanidad no necesariamente pivota sobre razones rituales sino que responde en múltiples ocasiones a la simple presión ambiental. Si nos horroriza hoy la idea de que en Java –un infierno al que, por cierto, aún no ha llegado la ayuda indispensable para sobrevivir—una horda famélica haya devorado el cadáver de un semejante no es más que a causa del filisteísmo con que administramos nuestras reservas de moral estética. Los arqueólogos han probado que no hay solución de continuidad entre el canibalismo de un ‘Aníbal Lester’ y el de los homínidos que en Chu Ku Tien horadaban el cráneo de sus víctimas para obtener su cerebro, o los belicosos aztecas que, como otros pueblos de su región y tantos otros en la Antigüedad, tal vez hicieron de la guerra un instrumento imprescindible de la industria alimentaria. Sin salir de Java, el hecho de comerse al prójimo no debería constituir novedad alguna puesto que, según el testimonio de Texeira que Voltaire recoge, caníbales eran sus habitantes hasta un par de siglos antes de ser descubiertos. Eso de que el hombre es un lobo para el hombre se demuestra simplemente poniéndolo a dieta.