PEPE JUAN

Siempre lo dijimos: Pepe Juan no se comería el turrón ya como candidato. Ha fracasado dos veces y eso es mucho para quien ni siquiera es un peso pesado en el partido, pero peor es para el propio partido fracasar por cuarta vez en la capital. ¿Que no tienen ningún candidato mejor? Bueno, eso es lo de menos, porque en estas tesituras lo que ningún “aparato” hace es quedarse quieto, y porque siempre, por lo demás, hay por ahí ambiciones irrefrenables e intereses que casan, de modo que ya verán como inventa uno/a. La gestión de la larga crisis, en todo caso, ha sido catastrófica, no exclusivamente porque han dejado a Pepe Juan hundirse con lentitud en la miseria, sino porque, una vez más, se demuestra, que la cosa anda floja de candidatos con una categoría siquiera mínima. En cuanto a él, lo menos malo que aún le puede ocurrir es que le den una patada hacia arriba, y lo peor que no le agradezcan ese inmenso servicio prestado que es la disciplina y la conformidad.

El antenista

Muchas familias españolas, estimuladas por el reclamo apocalíptico que repite la tele, viven en un sinvivir ante el temor de que el antenista no llegue a tiempo a sus terrazas y las deje compuestas y sin Mundial de Fútbol. Ya se sabe que las audiencias se fabrican con este tipo de alarmas, que los anuncios de bullas y demandas siembran casi indefectiblemente el desasosiego, pero aún así, en esta ocasión al menos, resulta evidente que lo que se juega es algo grave, algo que trae de cabeza a esta nación de naciones en peso, como es la pasión futbolera. Estos días hemos visto llorar desoladas a muchedumbres que veían esfumarse su categoría pero también a multitudes que alcanzaban al fin el ansiado trofeo, a hombretones lloriqueando sólo por haberse salvado del descenso y hasta a ancianas rezando el santo rosario en la grada por la salvación de su club. Las apoteosis de Sevilla primero y Barcelona después demuestran que no hay nada en España que, ni de lejos, pueda competir con aquella pasión sobre la que Patrick Mignon (“La passion du futball”) escribió no hace tanto tiempo cosas tan interesantes al menos como las que, entre nosotros y sobre nosotros, ha escrito Vicente Verdú. Frente a la banalización del significado de un fenómeno tan colosal como éste del fútbol, hay estudiosos que ven en la rivalidad deportiva un sustitutivo del conflicto ancestral que enfrenta y divide a los hombres, un mecanismo reglado –y en este sentido, pacificador—que viene a llenar el hueco psíquico provocado por la civilización al eliminar la vieja competición instintiva común a todo animal territorial. Los excesos e incluso los brotes de violencia feroz cada día más frecuentes, no serían, en este sentido, más que excepciones forzadas en la estrategia del uso reglado de la violencia, y de ahí que, como se ha dicho alguna vez, la popularidad del fútbol resida en el hecho de que plantea el conflicto y la competición como formas normales de la vida social. Una victoria del Barça sobre el Madrid (¡o sobre el Español!) esconde bajo esta superficie convencional su índole belicosa. Manolo el del Bombo o Rudy Ventura no saben que su papel es el mismo que el del Tambor del Bruch.

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Hay que llamar con urgencia al antenista, no hay que hacer caso de las consabidas monsergas que cuestionan el fútbol como una caprichosa banalidad en la que se refleja la insustancialidad de la opinión. Estos días he oído varias veces esa definición que resume el partido con la manoseada imagen –que ya me contó en el liceo, allá a fines de la primera glaciación, algún profesor atrabiliario– de los veintidós hombres en calzoncillos corriendo sobre el césped tras un balón de cuero. No hagan caso. El fútbol es mucho más que eso aunque no alcance a ser, como propuso algún ironista, una ciencia exacta, y lo prueba el colapso del teléfono del antenista, el comején de las familias obsesionadas por la idea de perderse un Mundial al que la democracia mima hoy con el mismo tacto que la mimó la dictadura. El presidente del Barça es una “fuerza viva”, más viva que nunca desde que tanto CiU como IU han dado por hecho que el éxito en la copa europea favorecerá el “sí” en el arriesgado referéndum que se avecina. No llorarían hombres como castillos, no piafarían como lo hacen sus cáfilas, no se desvivirían como lo han hecho las masas si el fútbol no fuera mucho más que la caricatura citada. ¿A qué acontecimiento concurrirían hoy voluntarios los Reyes, el presidente del Gobierno escoltado por algún ministro/a y los capos del separatismo, incluyendo al presidente del Generalitat? El miércoles, los niñatos ‘convergentes’ ensuciaron los Campos Elíseos con pasquines que hacían saber a la Francia jacobina, ¡en inglés!, que “Catalonia is not Spain”. Para que vean claro los trivializadores. Se decía que una nación era una masa con un ejército y una moneda. Cataluña es hoy poco más (y nada menos) que el Barça y la Caixa.

Papeles falsos

No cesa la crónica de las falsedades en la vida pública andaluza. El ex-casitodo marbellí, Juan Antonio Roca, dice en su descargo que las presuntas obras de arte de sus colecciones no eran más que falsificaciones; la Justicia sienta en el banquillo a los colaboradores del alcalde de Sevilla en el caso de las facturas falsas y le obliga a concretar a la oposición el lugar en que se encuentran las obras (falsas) nunca realizadas; un informe independiente descubre que el Ayuntamiento de Carboneras llevaba durante años si contabilidad en ilegibles hojas sueltas de papel; en Cádiz imputan a seis personas en el caso de los cerificados médicos falsos… No hay día en que no se descubra un pufo, un documento amañado, un truco en el inmenso papeleo de nuestra vida pública y ese es uno de los peores daños que puede infligirse a la confianza ciudadana. La sanción de esa garduña debe ser todo lo expeditiva que reclama una opinión pública progresivamente desmoralizada que ya no se fía ni de los papeles.

Unos por otros

No hay otro remedio que estar de acuerdo con el consejero de Turismo, Paulino Plata, cuando dice que la situación del hotel rociero ‘La Malvasía, abierto sin papeles, no es cosa que le incumba porque él no concede ni retira licencias. Vale, pero entonces ¿a quién corresponde el marrón, buen hombre, acaso a su correligionario el alcalde de Almonte, o tal vez a la delega del Gobierno en Huelva? Es lastimoso el espectáculo que brindan un día sí y el siguiente también desde una Administración tan avara de sus competencias pero que se apresura a echarlas por la borda cuando vienen mal dadas, y es una vergüenza, en todo caso, que a estas alturas, nadie haya puesto orden en el lío de ese hotel que ha dado pie a que se llegue a hablar de la “conexión Almonte” en la trama marbellí. ¿De quién es la competencia, en definitiva? La Junta debería ser la última institución que contribuyera a confundir al ciudadano y a demoralizarlo con sus propios ejemplos.

Comer y sanar

El otro día, en un coloquio informal y ‘off the record” en torno al profesor Badiola tras su “Charla de El Mundo”, un grupo de científicos mostraba, también “off the record”, por supuesto, su incomodidad ante la vasta operación que se lleva a cabo en el mundo contra los cultivos transgénicos. Esta sociedad está dominada por una suerte de miedo al ecologismo radical que seguramente no tiene otra explicación que la mala conciencia pero que es posible que esté causando perjuicios irreparables a la Humanidad doliente que se muere de hambre a chorros mientras aquí se discute si son galgos o podencos los frutos de la nueva agricultura. Una fotografía que ha dado la vuelta al mundo acaba de mostrarnos un grupo de “faucheurs” o destructores voluntarios arrasando un campo de maíz experimental cultivado por una multinacional americana, valga la redundancia, en territorio francés pero enseguida nos hemos enterado también de que, en Perú, acaban de cosechar con éxito un “arroz humanizado” en el que la inclusión de dos proteínas habituales de la leche materna consigue compensar la deshidratación provocada por la diarrea infantil, un azote temible, como se sabe, en vastas zonas del mundo pobre en las que las tasas de mortalidad infantil permanecen allí donde estaban cuando despuntó el neolítico. El mundo suficiente y bien alimentado no sabe qué hacer, en definitiva, ante este nuevo dilema planteado por el progreso científico que para unos representa la ocasión de vencer básicamente esas hambrunas mientras que para otro se presenta como la cara oculta y sombría de la explotación sin escrúpulos. Personalmente estoy en la idea de que, al menos a medio plazo, los “ecos” tienen la batalla perdida frente a tan poderoso enemigo, y desde luego conservo mis dudas de que este tipo de decisiones obstruccionistas puedan plantearse desde la abundancia sin consultar siquiera a los hambreados. Cuando la presunta pandemia de las vacas locas, Corea del Norte pidió a los organismos internacionales que no incineraran los cadáveres de las reses sacrificadas que en aquel país famélico se estaba dispuesto a consumir a pesar de los riesgos. El ecologismo es urbanita y desarrollado, y extrae su energía de una vieja trilita utópica que no posee mayores evidencias que los experimentalistas, quizá ése sea el problema.

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La sociedad opulenta va hoy que se mata, en todo caso, hacia una pseudorrevolución alimentaria que promociona la idea del alimento/fármaco, es decir, que nos tienta con el señuelo de que al comer podemos matar de un mismo tiro el pájaro negro del hambre y la paloma blanca de la salud integral. Así como en las parafarmacias de Manhattan pueden encontrarse amontonados igual los remedios contra el dolor que las pócimas contra la obesidad, en nuestros supermercados se multiplican a ojos vista productos que asocian a su virtud nutritiva supuestas propiedades farmacológicas que van desde la reposición del calcio incluido en la leche hasta la derrota del colesterol (malo) a base de remedios embutidos en el alimento. El ‘marketing’ tiene medio convencida a la parroquia de que el aceite de oliva es una panacea sin igual en virtud de ese ácido oleico que actúa a un tiempo como potente cardiotónico y como antioxidante enérgico, de la misma manera que ha incrustado en la opinión la sugestión de las virtudes sanadoras de la naranja o de ciertos frutos secos, o que el consumo de áloe –el remedio encomiado por Dioscórides hace veinte siglos—se ha disparado ya como presunto remedio eficaz en cien afecciones, incluidos los cánceres de mama o de colon. Es probable que nunca el desconcierto de la opinión ante la oferta haya sido tan grave como hoy, y que nunca dispusiera aquella de tanta información al servicio del despiste. De momento ya tienen ahí una “leche humanizada”, benéfica quimera con cabeza materna y cola de dragón. Detrás vendrá lo que tenga que venir aunque el ecologismo pinte su cruz verde en la puerta de todos los primogénitos.

Alcaldes y monterillas

 

Alcaldes condenados en Sanlúcar de Barrameda por cohecho y tráfico de influencias, el Ayuntamiento de Sevilla obligado por la Justicia a facilitar a la oposición municipal la localización de sus “obras fantasmas”, el de Fuente Palmera descubierto como un patio de Monipodio donde la contabilidad se llevaba a la pata la llana en la carpetilla del secretario, tres alcaldes malagueños, el de Marbella sin dejar de proporcionar sustos, los regidores de Banelmádena, Tolox y Gaucín, y varios ediles de diferentes partidos, acusados por la Fiscalía de delitos urbanísticos, líos escandalosos en Camas o en Almonte, en Chiclana o en El Puerto… Los Ayuntamientos tienen tanta razón en exigirle al Estado una “segunda descentralización” –dentro o fuera del Estatuto– como en exigirse a sí mismos un mínimo decoro en su gestión del urbanismo y en el manejo de dineros públicos. Porque si “careciendo” de esas competencias que reclaman hacen lo que hacen, mejor no imaginar lo que podrían llegar a perpetrar con todo el poder en sus manos.