Cauces previstos

 

El negocio estatutario andaluz va discurriendo por “los cauces previstos”, según una autorizada voz del ámbito progubernamental. Sin embargo, ese extremeño extremado que es el presidente Ibarra dice que no está dispuesto a convertirse en “súbdito de Andalucía” cediéndole la gestión del Guadalquivir, lo que le ha valido un despectivo revés desde IU que lo acusa de “no trabajar para aumentar el autogobierno”. Camelos para todos los gustos, como pueden comprobar, y lo que te rondaré, morena, pero mientras tanto conviene decir que la verdad es que carece de sentido reclamar para una sola comunidad la gestión de una cuenca que pertenece a varias, y que no es cierto, ni quien tal lo pensó, ese cuento de la posibilidad de gestionar solidaria y equitativamente a base de “consorcios” y “fórmulas de cogestión” en los que siempre dominaría la comunidad mayor. Aquí lo único que va por los cauces previstos es la previsión de Chaves y así y todo ya veremos. Por mucho turiferario que humee incienso en torno a él, está claro como el agua que el Estatuto no alcanza ni con las uñas el interés popular.

Villa Cejudo

 

Lo más destacable y fundamental de la casa alquilada por la Diputación en El Rocío es que va a servir de punto de encuentro de colectivos de personas a las que les es muy difícil acudir a esta romería si no fuera por la invitación y los medios que les pondremos” (sic). Hace falta tenerla de cemento armado para tratar de tangar a los onubenses con semejante discurso, es preciso tener la cara como la espalda para venir ahora con el chascarrillo de que “Villa Cejudo” es “una casa eminentemente institucional” justo para esas hermandades rocieras que miran con tanta desconfianza la invitación. Cejudo no sabe cómo escapar a la encerrona en que le ha metido su desmesura y su megalomanía, y echa por delante a estos lobitos con sus estudiados e inútiles camelos, mientras su partido calla porque ni siquiera a la mesa-camilla, tan ocurrente por lo general, se le ocurre nada. La Dipu ha dado un paso en falso pero esto no tiene por qué ser el fin del mundo. Después de todo no iban a hacer en Almonte nada que no hayan hecho ya en ‘Fitur’, en Bruselas o en Tokio.

El 4 Gats

Está, o estaba, porque ya nunca se sabe, en el museo de Olot. Se llama “La carga” y lo firma Ramón Casas, acaso el artista que captó mejor la estampa de la represión brutal en la España antigua, sobre todo en Cataluña. Pintura revolucionaria, se ha dicho, como la durísima “Ejecución en Barcelona”, como “La Huelga” –sólo mucho después el maestro mimado se dedicaría a retratar a Alfonso XIII, pero esos son vueltas que da la vida–, y en todas ellas un protagonista implacable señorea la escena: un Guardia Civil a caballo, tricornio y mostacho, capote verde y embozo rojo, sable en mano, blancos bombachos, duras espuelas. La tragedia del movimiento obrero, esa ‘Varsovianka’ española que Cataluña vive a comienzos del siglo XX, no ha tenido mejor cronista que esas instantáneas en que los cascos de los rocines amenazan al hombre indefenso y los rostros impasibles de los sicarios son lo único que escapa a la vaguedad del paisaje. Está claro que no tuvo mejor aliado la burguesía catalana –de la que el propio Casas procedía, como sus amigos de “Els 4 Gats”– aunque con el tiempo el peso de la culpa se fuera desviando hacia el Otro, hacia el enemigo invisible pero cierto, hacia España, del que la Guardia Civil sería la larga mano negra. Es curioso: la burguesía opresora transfiriendo el delito a la España inocente, al Madrid mitificado en la distancia, al insensible yermo castellano, a la africana Andalucía de la leyenda bakuninista. Esas imágenes le dieron hecho el trabajo al radicalismo nacionalista lo mismo que a la izquierda radical. Sólo era cuestión de tiempo (y de aritmética electoral) la expulsión de la Guardia Civil de Cataluña, convertida ya en “fuerza ocupante”, en símbolo supino de lo “español”, es decir, de la otredad abominable pero también imprescindible. Y la expulsaron por las bravas hasta que han tenido que tragarse el símbolo y volver a llamarla. Las mafias han devanado del revés la madeja que tejió Casas, y su burguesía, ahora ya más clase media que otra cosa, manda cerrar ese museo de la memoria. Trescientos guardias civiles volverán a Cataluña a poner orden. Sin caballos ya, sin bigotes, incluso sin tricornios. A mí no me extraña ni poco ni mucho: ya digo que Casas también acabó pintando a Alfonso XIII.

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Pocas insensateces tan dañinas para el progresismo como su instintivo y beato rechazo de la seguridad, ése ideal del adversario histórico. Mas para descubrir eso tan elemental no basta siquiera el tiempo, que casi todo lo madura, sino que es precisa la dolorosa catársis: la imagen de las bandas (del Este, se dice) avasallando a los buenos burgueses en sus chalets ha decidido nada menos que al Tripartito de izquierdas a llamar a Madrid pidiendo que vuelvan los guardias civiles a poner orden donde han fracasado las fuerzas autonómicas, esos Mossos d’ Escuadra a los que Maragall gusta de pasar revista como un “Pequeño Rey” de ‘La Codorniz’ visto con ironía por el maestro Pla. Y allá que van, trescientos de entrada, luego ya se irá viendo, olvidado el símbolo por el momento, guardada a cal y canto hasta nueva orden aquella leyenda negra de Casas que enardecía al artisteo juvenil de “Els 4 Gats” y alcanzó a conmover a mi propia generación. El dios de la Historia castiga sin palo ni piedra y acaba reponiendo muchos santos en sus peanas. Ahí están esos trescientos guardias civiles suplicados por Catalunya, purificados de la noche a la mañana en el Jordán de necesidad, reclamados como defensores los que ayer eran echados como ocupantes, ayudando a entender que los sayones que pintó Casas no eran la larga mano de España sino la garra burguesa de Cataluña, hoy enguantada en la seda estatutaria que se despacha en Madrid. El nuevo bandidaje ha hecho más por la verdad que un siglo de razones. Tendremos que mirar esos cuadros con otros ojos, a ver qué remedio. Sobre todo desde Cataluña.

Fuera de quicio

 

Todo lo que se haga por la igualdad entre los sexos, bueno es. Lo que se haga por esa causa o cualquier otra causa justa de manera impropia, malo. Hay demasiada industria alrededor de la legítima aspiración a la igualdad, demasiada burocracia, demasiado camelo. En alguna comarca andaluza se crea “un espacio de reflexión para sentar las bases de cara a la creación de un Foro para la Igualdad de Género” que se inician con las inevitables jornadas y financia…¡la consejería de Agricultura y Pesca! No lejos de allí el afán municipal “abordará la dependencia emocional del colectivo de mujeres y le proporcionará las claves para evitar la dependencia obsesiva hacia sus parejas”, trabajando en “talleres de autoestima” y cursos de relajación, dependencia y ¡defensa personal! Vamos perdiendo el oremus cada día más, en este negociado no cabe duda de que en perjuicio de la justa causa. Demasiada burocracia, ya digo, demasiado camelo. Como alguien no ponga pie en pared este negocio acabará en disparate.

Lo de Punta

 

Merecido el varapalo judicial que ha supuesto el archivo de la denuncia presentada por Los Verdes contra el alcalde de Punta Umbría con el evidente apoyo del PSOE. Justificada la reacción del alcalde que anuncia querellas a gogó y acusa sin ambages a éste último de ser el inductor de ese diputado verde para todo que mantiene en su nómina. Absurda la replica del PSOE onubense achacándole al presuntamente injuriado una “política de insultos” (¡) y el pecado de “hacer política en los Juzgados” (¡¡). El intento de involucrar a ese alcalde en el “caso Camas” no había por donde cogerlo y la Justicia ha puesto las cosas en su sitio, pero la verdad es que quienes deberían ir pensando en cambiar el chip son los judicializadores de ese PSOE que lleva perdidas todas y cada una de sus intentonas contra los alcaldes rivales. Así no se hace política, en efecto, lo mismo si es el porquero quien la perpetra que si es Agamenón.

Sobre ruedas

Una noticia fenomenal ha venido, una vez más esta temporada, a aliviar al Gobierno frente a la previsible carga mediática que pudiera haberse derivado del tragicómico debate del Estatuto andaluz en el Congreso y del brete ante el que el Consejo Superior del Poder Judicial sitúa a los enterradores del 11-M al descalificar al juez instructor de manera tan abrupta. Me refiero, naturalmente, al enredo del ciclismo, a la ardua investigación policial y, en fin, a las sonadas detenciones de personajes conocidos presuntamente implicados en el dopaje de los ciclistas, un caso notabilísimo porque descubre algo muy raro: que mientras carecemos de fuerzas de seguridad para hacer frente a la horda delincuente que arrasa las viviendas, para controlar a las mafias de inmigrantes o mantener a raya a los bandas delincuentes juveniles, resulta que las tenemos de sobra para vigilar a una panda de sujetos que al parecer se dedican a perjudicar –hay que suponer que con consentimiento de los perjudicados—a sus pupilos para conseguir resultados óptimos a base de suministrarles determinadas drogas. A lo mejor ni saben que eso de doparse el atleta ya era practicado en las Olimpiadas clásicas sin que ni Píndaro ni nadie se cuidara de aquellos filtros y bebedizos que los antiguos gastaban en el lugar de nuestros actuales esteroides y anabolizantes. Al secretario de Estado para el Deporte le he escuchado en la radio nocturna revelar con qué ímpetu se ha implicado el Gobierno en la persecución de esa lacra y, francamente, me ha dado que pensar el peregrino criterio con que del Poder establece sus prioridades en este abrumador momento que vivimos. Hubo un tiempo feliz en que Bahamontes se paraba en las bajadas a tomarse un helado tras coronar a pelo en los una cumbre alpina, pero aquello ya pasó. Hoy debemos distraer nuestras policías para espiar cómo se manipula la sangre del ciclista hasta conseguir que el hematocrito se dispare como un obús.

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Bien, allá cada cual, que rabadanes tiene la majada que sabrán lo que más conviene al rebaño. Pero me gustaría que alguien explique por qué una policía tan insuficiente se dedica a vigilar las trampas del ciclismo mientras el consumo de droga va en España como un cañón según acaba de advertir, con acento ciertamente asustado, el mismísimo Observatorio Europeo de las Drogas. No digo yo que no merezca atención el dopaje y sus consecuencias, pero a ver quién explica que semejante despliegue de medios se produzca justo cuando se da a conocer el descomunal crecimiento del consumo de coca entre nuestros jóvenes o cuando acabamos de enterarnos de que tres de cada cuatro urgencias psiquiátricas registradas en nuestro país se deben al abuso de drogas o que cuatro de cada cinco drogotas tragan “éxtasis” o esnifan “nieve” tras beber alcohol en abundancia. Ya, ya, no hace falta que me digan que publicitariamente es mucho más rentable un golpe como el asestado al ciclismo que el que pudiera (y debiera) asestársele al siniestros mercado del narco. Pero a uno, no quiero engañarles, le preocupa infinitamente más la presencia habitual de ‘camellos’ en la puerta o en el patio de la escuela, que los manejos de un médico tramposo que pretende potenciar a sus atletas suministrándoles sustancias vedadas por una ley que el tiempo dirá si vence o se da por vencida en esta pelea. Aunque entiendo a la perfección que no es lo mismo para un Gobierno anotar en su haber un sartenazo del que se hablará hasta la saciedad en la corrala mediática, que apuntarse la oscura e incómoda victoria que reclama hace tiempo la salud de las generaciones nuevas. Aparte de que, a ver, ¿qué es peor, un anabolizante de farmacia o un ese pastillazo que cuatro canallas preparan sin control en el infiernillo de la cocina para ‘pasárselo’ al coleguita? Ahí dejo la pregunta para que cada cual la conteste por su cuenta y riesgo. Sobre todo si tiene hijos en edad de (des)merecer.